SOY UN CRIMINAL. Por SAMLAS.

No es raro que escondiera su identidad por medio de un seudónimo. Era la moda al iniciarse el siglo pasado. Todos los artistas que trabajaban la Literatura, usaban seudónimos. Sólo los muy próximos a ellos conocían su verdadera identidad. Se hacía llamar SAMLAS, y su producción narrativa ocupa las páginas de todos los diarios cerreños. Éste, conjuntamente con El Conde de Villarroja y D’Albani eran los únicos que escribían relatos por aquellos años; entre los veintes y los treintas. He aquí una muestra de su talento.

soy un criminalSí, señores, soy un criminal: Voy a matar una vez más.  La voz de mi conciencia y con ella la tranquilidad de mi espíritu se han hundido en un abismo; hasta ahora he estado viviendo en un mundo de ofuscación y misterio. Para que me puedan entender, es necesario que escuchen mi confesión: 

Yo nací rico. En la época de mi nacimiento era  un ser mimado por la sociedad. Todas las puertas y corazones se abrían ante el paso majestuoso del dinero que tenía. Mi padre si no me amaba, al menos me manifestaba el más grande engreimiento; mis gustos todos eran satisfechos, tan pronto como mi deseo o mi curiosidad me incitaban a querer algo. Eso fue mi perdición.

Yo, el mimado, tenía unos parientes pobres, muy pobres a los que la indiferencia y el despotismo, -herencia de familia-, me hacían no conocerlos. 

Mi padre debido a su vida tempestuosa agravada por el frío y la altitud de esta ciudad minera, se vio un día rodeado de médicos que seguían anhelantes el rápido curso de la enfermedad que minaba su débil naturaleza. Era presa de la tisis en su más rápida y cruel faz. Pensar en salvarlo era pensar en lo imposible. Según los discípulos de Galeno, su vida no duraría más allá de unos días; desgraciadamente ello fue una triste realidad: expiró en mis brazos. 

soy un criminal 2Antes de que la madre tierra lo llamara a sí, solicitó de los presentes que nos dejaran solos; se había dado cuenta de su falsa situación y deseaba ponerme al corriente de algunos pormenores de su vida, de los que había de enterarme. Hicieron conforme a su deseo y, ya solos, he aquí lo que me dijo: “Hijo mío y más que mi hijo, mi amigo, perdóname y pídele a Dios que me perdone; sólo ahora, a un paso de la tumba, voy a confiarte un triste secreto del que debí hablarte apenas pudieras valerte por ti; pero, por no verme en la miseria y por no dejarte en el mismo estado, no lo hice, ya que nuestra situación así lo requería: ¡La fortuna que he malgastado y malgastas, no nos pertenece… !. 

Mi asombro fue tan grande al oír las antedichas frases, que permaneciendo espantosamente callado, me limité a hacer un signo de extrañeza. 

Los parientes pobres –continuó mi padre- a los que hemos llenado siempre de desprecios cuando humildes solicitaban nuestra protección, son los legítimos dueños. Escucha. Mi hermano por su carácter disciplinado, había logrado reunir una gran fortuna en diez años de rudos trabajos en la mina, llevando una vida de economías y privaciones. Esto pasaba en esta alta ciudad  minera donde vivió con gran sacrificio. A poco de llegar, conoció a una santa mujer que aunque nativa de esta ciudad, muy humilde y trabajadora, se hizo  digna de él;  con ella se casó ocultamente y  tuvo dos hijos. Quiso la mala suerte que, un día que se encontraba trabajando como nunca, fue atacado por unos bandoleros que querían adueñarse de sus pertenencias. Después de una sangrienta refriega, murió a causa de las heridas mortales que recibiera dejando en la orfandad a sus tiernos hijos y a su mujer. Él, sabiendo o presintiendo, había hecho su testamento mucho tiempo antes, dejándome como tutor de sus herederos. Sólo yo tenía conocimiento de la existencia de ese documento y aprovechando esa casual coincidencia, exploté todas sus minas que dejaron grandes ganancias, me apoderé de los ahorros consignados en el Banco de Perú y Londres y me mantuve en silencio, dueño de  lo que no me pertenecía. Destruí ese testamento antes de llevar a cabo mi resolución. Desde esa época, he llevado esta vida mundana que ha arruinado mi salud y me ha llevado a los confines de la muerte. ¡Perdóname!”

Dos días después de revelarme este secreto, mi padre pasó a mejor vida. Comprendan mi sufrimiento. He pensado mucho acerca de sus palabras. Todo esto no era mío y tendré que devolverlo. En un momento pensé seguir con la farsa establecida por mi padre, pero una fuerza interior que me anonada, me ha gritado desde entonces que no debo hacer eso. Sería inhumano y cruel.  No sería justo que siguiera aprovechando de lo que no me pertenece mientras los legítimos dueños vivieran privados de sus derechos.

 Ahora, como mi decisión está tomada, quiero que sus verdaderos dueños asuman su propiedad. Como yo no podría vivir de otra manera de la que siempre he vivido, me voy al más allá. Dejo esta nota que es una confesión y un arrepentimiento. Que Dios me perdone y, si mis parientes tienen algo de piedad, lo único que les pido es que en nuestra Iglesia me digan una misa. Mucho se los agradeceré. Adiós.

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