Acerca de la muerte en el “Día de los Difuntos” (Segunda parte)

día de los difuntos 3Durante toda la noche, los encargados de la familia, llamados “servicios”, repartirán hojas de coca, cal (en pequeños calabacines llamados ‘poros’), cigarrillos y el infaltable “quemao” -manojo de hierbas cálidas como borrajas, escorzonera, eucalipto, wira-wira y huamanripa, en hirviente cañazo, “amansao” con limón, azúcar quemada para endulzarlo y darle color. A cada hora, un “cantor” contratado ex profeso, entonará sentidos responsos en quechua y latín. Al llegar la medianoche y seis de la mañana, se servirán reconfortantes caldos de gallina o de cordero o, en todo caso, el famoso “Yacuchupe”, verde caldo de papas con copioso ají para mantener en jaque al sueño. A las once, una y cinco de la mañana, negro café cargado, acompañado de bollos y petipanes sabrosos.

A las tres de la tarde del segundo día se procede a colocar al finado dentro del ataúd, pero  antes de clavarlo, se despedirán los familiares y amigos. Es el momento más dramático de todo el rito. A las cuatro de la tarde –a esa hora salen los trabajadores de las minas, talleres y oficinas- partirá el cortejo fúnebre. Hombres y mujeres se han premunido de ropas abrigadoras y sus correspondientes capotes, abrigos y paraguas por si se presenta una tromba o chubasco o una nieve implacable. En nuestra ciudad, los amigos jamás han permitido que el cadáver sea transportado por vehículo alguno. Aquí, hasta hace poco, fracasó ese deseo de parecerse a Lima. La primera vez que un campanudo español regaló a la Beneficencia con una carroza halada por cuatro mulas negras debidamente enjaezadas con adornos dorados y cochero con librea negra, nadie la utilizó. Mucho más tarde trajeron un lujoso automóvil negro a usanza de Lima y sólo uno que otro cogotudo lo utilizó. El pueblo jamás. Ahora, me cuentan, todo ha cambiado.

A la llegada del primero de noviembre de cada año, “Día de todos los Santos”, se observa un unánime recogimiento. Con azadas, pico y palas se procede a cortar las hierbas que han crecido pródigas en la tumba; se rehace el túmulo, se pinta la cruz y se limpia la lápida. En esta ocasión, en una verdadera romería familiar, se llevarán flores frescas o coronas de biscuit con llamativas tarjetas para cada uno de los seres queridos muertos. Todos los familiares rodeando la tumba colocarán las ofrendas florales y, encargarán a un “cantor” para que entone, en quechua o en latín,  el consabido responso; para el caso, los cantores son numerosos. Los que más éxito alcanzan son aquellos que por la seriedad de su talante y la tesitura de su voz, convierten al responso, en una serie de notas quejumbrosas y dolidas que mueven a la remembranza cariñosa. Más de una lágrima rueda por la tostada mejilla de los “dolientes”.

Después de haber estado  rezando, conversando y recordando sus pasadas vivencias, las familias pasan a las carpas y toldos que circundan el cementerio y calles aledañas en donde degustarán la “Pachamanca” con su apetitosa variedad de papas, camotes, habas, humitas, carnes y choclos. “El mondongo”, rojo de achiote, tripas, carne de carnero y de chancho, salpimentado de fresco perejil verde y papas amarillas con abundante ají. El picante de cuy, a punto de fuego con sus enormes papas y notables presas colmando el plato. El charquicán, picante de carne seca deshilachada muy bien condimentada y adornada con abundantes papas. Las “arvejitas” en su punto de cocción y de ají; todo esto acompañado de chicha de jora, maíz o cerveza para atenuar el picor de fuego. Como pequeños bocadillos también saborearán los panecillos de maíz, rosquillas bañadas de azúcar fina coloreada, bizcochuelos de finísimo cuerpo, suaves al paladar, cancha maní, numia… Nunca están ausentes las frutas como naranjas, plátanos, granadillas, tunas etc.

Otra de las costumbres conservadas por madres y abuelas cariñosas a la llegada de Todos los Santos en recuerdo y homenaje a los seres ausentes, es la OFRENDA. Consiste en preparar –en vísperas del primero- una mesa en la que se irán colocando amorosamente platos conteniendo potajes que en vida fueron del gusto del finado. Decorada la mesa con algunas flores, se colocarán locros, guisos, frituras, rellenos o ajiacos que eran de preferencia del difunto, tal como si personalmente fuese a comer. Por ningún motivo se soslaya de colocar “cuartitos” de aguardiente de caña, anisado, coñac o el licor que más hubiera preferido en vida; una cajetilla de cigarrillos. Todo esto se hace en el convencimiento de que el difunto, al llegar la medianoche, se alegrará de saber que sus familiares no le han olvidado y todavía queda en sus corazones la memoria de lo que más le agradaba.

Por otro lado, vestidos de riguroso duelo, los deudos, especialmente la cónyuge, guardará todo un año de obligatorio recogimiento durante el cual, no podrá asistir a fiestas ni convites; guardará un comportamiento adecuado de homenaje al difunto. Cumplido el año, terminada la fiesta conmemorativa y la comilona correspondiente, todos los deudos se reúnen en la sala de la casa y en ese momento, la viuda “botará el duelo” para lo cual se cambiará la ropa negra por la de colores y, cumplido el año de recogimiento podrá volver a vivir libremente como cuando era soltera.

EL RESPONSO.

Considerado como la parte más antigua de la Liturgia de la iglesia, las notas del responso recorren a menudo todo el registro de la voz humana con trémolos profundos y conmovedores. Es interpretado por los “cantores” que en los cementerios lucen sus habilidades conmoviendo a los dolientes con sus desgarradores lamentos. Así para el “Día de los difuntos”, sus voces en una infinita variedad de registros, inundan el campo santo que para la fecha luce su arreglo de  flores y adornos. Seguros estamos que estos cantos necrológicos tienen el linaje de las “saetas” sevillanas, canciones sencillas, apasionadas, de un elevado sentimiento místico que nuestro dulce quechua, le dio mayor profundidad y dramatismo. La “saeta”, cual el arma arrojadiza de la que toma el nombre, es ligera y aguda, sube al espacio y penetra en el corazón de los que poseen la viva pasión cristiana en mente, haciéndoles recordar el sangriento episodio de la Pasión y muerte, de una manera desgarradora y casi palpable. Son conocidos los responsos: “Cocha Coillur”, “Sábana Santa” o “Riccharillay”.

día de los difuntos 4

Acerca de la muerte en el “Día de los Difuntos” (Primera parte)

día de los difuntosHay pocos lugares en el mundo donde la muerte ha  marcado tan profundamente a un pueblo como al Cerro de Pasco. No es para menos. Se puede decir que el cerreño convive con la muerte; especialmente el minero. No otra cosa sufre diariamente en las profundidades de los socavones. Es muy raro el día en que la sirena de la mina no alargue su tétrico gemido anunciando la muerte de uno o varios obreros. Es una negra constante en las galerías, en los talleres, en los campos. El cerreño no le teme a la muerte, la respeta. Convive con ella. Eso lo saben bien los mineros y las mujeres y los niños; todos. Por eso cuando la fatídica guadaña cercena una vida todos sienten la desgracia como suya compartiendo solidariamente el dolor luctuoso. Si no en la mina, la parca se presenta también en el ambiente exterior que tampoco está exento de riesgos. Aquí, una repentina pulmonía, casi siempre cobra una vida humana; esto lo determinan el frío glacial y la empobrecida oxigenación de las astrales alturas. Por eso, todos a una, las gentes están cerrando filas en torno a lo inevitable. Hay un reverente recogimiento ante la muerte. El deprimente negro del luto uniforma la indumentaria de familias enteras con alarmante regularidad. No he visto otro lugar donde la gente -motu proprio- se aglutine compartiendo el duelo en emocionado silencio.

El doloroso acontecimiento de la muerte ha establecido una  tradición con una serie de pasos que a continuación puntualizamos.

Si la parca no ha actuado antes con premeditación, ventaja, alevosía  y crueldad, llevándose un alma al cielo en accidente minero que conlleva una particular manera de recibir su zarpazo; en el caso de la agonía de una persona, la actuación de los dolientes es distinta. A los agónicos en trance de muerte por enfermedad, se los acompaña alternando los rezos en voz baja con el silencio de la espera. Se suplica al Supremo lo lleve a su Seno ya que una prolongada agonía se interpreta como un castigo que tiene que cumplir; en ese caso, para ayudarle a bien morir, se reza: “Sal, alma cristiana de este mundo, en nombre de Dios Padre Omnipotente que te crió; en nombre de Jesucristo Hijo de Dios vivo que por ti padeció; en nombre del Espíritu Santo, cuya desgracia se derramó sobre ti; en nombre de la gloriosa Santa Virgen, Madre de Dios, María; en nombre de San José, ínclito esposo de la misma Virgen; en nombre de los ángeles y arcángeles; en nombre de los tronos y dominaciones; en nombre de los principados y potestades; en nombre de los querubines y serafines; en nombre de los patriarcas y profetas; en nombre de los santos apóstoles y evangelistas; en nombre de los santos mártires y confesores; en nombre de los santos monjes ermitaños; en nombre de las santas vírgenes y de todos los santos y santas de Dios”.

Como es natural, se ha llamado al cura que tomando el santo óleo ha purificado los sentidos y miembros del agónico por haber visto, oído, olido, gustado, tocado y andado tan lejos de Cristo durante tanto tiempo. Finalmente le hace comulgar la hostia  rezando las jaculatorias en nombre del agónico diciendo: “Santa María, ruega por mí; San José, ruega por mí. San José con la Virgen Santísima, ábreme los senos de la Divina Misericordia. Jesús, José y María, duerma y descanse en paz con Vos el alma mía”.

Si se sospecha que el final ha llegado, se acerca el oído al corazón del doliente o se le coloca un espejo a la boca; si éste se nubla, todavía vive; caso contrario, ha finado. Es en este instante en que el llanto, espontáneo se hace general; todos lloran. Aquí jamás se ha contratado a las plañideras profesionales para que “lloren por el muerto”.

Producido el deceso, hay que cerrar los ojos y la boca del muerto. El que los tenga abiertos –aseguran las viejas- es clara advertencia que muy pronto habrá de llevarse a uno de sus seres queridos. A continuación se baña el cuerpo para amortajarlo (Un especialista se encargará de confeccionarle la mortaja); hecho esto se lo conduce a la sala principal de la casa colocándolo sobre una mesa cubierta de rodapiés blancos de blondas y encajes, frente a la puerta; con una sábana grande, se le cubre en tanto se termina de coser el sudario; en las esquinas se colocan los candelabros con cirios encendidos. A la cabecera, el Cristo en la cruz. Sobre la puerta se clavará una cruz  con cintas negras; así, familiares y amigos conocerán el óbito. Es decir que, en todos sus pasajes, se cumple con la tradición cristiana que dice: “La piedad respetuosa que los primeros cristianos sintieron hacia los muertos se manifestaba ya en el momento de expirar; se les lavaba el cuerpo, se les perfumaba a menudo, se les cerraba los ojos y la boca, como para quitar a la muerte lo que tiene de horrorosa y para darle apariencia del sueño tranquilo. El cuerpo se envolvía en su sudario y se le depositaba en un sepulcro”

Por su parte, el “mortajero” debe confeccionar el sudario en un paño muy austero, sin ningún adorno superfluo o pagano ni con guarniciones metálicas. Si el extinto fuera varón se le vestirá el hábito seráfico de San Francisco de Asís de tosco sayal marrón con capucha, sujeto con un cordón que deberá ser tejido cumpliendo un rito muy especial. La capucha esconderá los rasgos descarnados del difunto cuando deambule por la tierra y, el cordón, como un misterioso sortilegio, enmudecerá a los perros. Todos sabemos que a la vista de los espíritus los canes aúllan lastimeramente. Otra de las prendas obligatorias, es el calzado que ha de ser muy ligero, generalmente zapatillas,  para que no se escuchen sus  pisadas cuando venga a ver a sus deudos… El segundo día se procede al amortajamiento con el hábito de San Francisco de Asís. Como es lógico, transcurridas varias horas, la rigidez cadavérica todavía continúa y la frialdad del cuerpo es manifiesta, aunque a veces, cierto calor en la zona de las axilas hace pensar a los dolientes que el finado está esperando a un familiar o amigo querido para despedirse. En tanto se le amortaja, se le habla cariñosamente –como si estuviera vivo- generalmente en quechua para que no esté tan rígido, porque lo que se quiere es  dejarlo presentable para su partida definitiva. Parecido procedimiento se sigue cuando se amortaja a una mujer, en cuyo caso el sudario es de la Virgen del Carmen con su correspondiente escapulario y su rosario de madera, y, si fuera infante, del Niño Jesús de Praga. En el Cerro de Pasco, por lo general se vela al difunto durante  dos días y dos noches; a veces hasta tres. Las bajas temperaturas reinantes así lo permiten. Cuando los familiares no llegan. “No se debe acelerar un entierro porque el alma sufrirá mucho ante la ausencia de un ser querido”.

día de los difuntos 2Para el velatorio, parientes y amigos van llegando desde la siete de la noche ofrendando botellas de licor, cigarrillos, panes, coca, café, etc. Los hombres se sitúan generalmente la sala y  las mujeres, en alguno de los recintos interiores, próximos al principal. Durante toda la noche la conversación  girará en derredor de las virtudes que en vida tuvo el difunto, porque su alma “no se ha marchado definitivamente, está entre los presentes y puede oír de cuánto hacen y dicen, por eso todos hacen elogios del difunto, convencidos de que  les oye y necesita escuchar tales halagos para estar alegre y satisfecho”. También se pueden referir a su anecdotario, a sus andanzas, a algunos pecadillos veniales, eso sí, sotto voce; más tarde ya se “rajará” de las autoridades y de algunos hechos de actualidad; sólo al amanecer, cuando languidecen los ánimos se permiten adivinanzas y relatos probos, respetuosos, porque los otros, los colorados, están destinados al velatorio de los cinco días o “Pichgachy”.

(Continúa…….)

GRAZIELLA AMÉRICA TREMOLADA (Poeta)

Graziella AméricaPoeta romántica, surge en el mundo de la poesía -(1940-1945)- al mismo tiempo que Esther Moreno Alcocer, sólo que ella no tuvo mejores auspicios que otras artistas de su tiempo; no obstante, sus colaboraciones fueron leídas con beneplácito por los lectores de EL MINERO. Del racimo de creaciones que adornan su producción, señalamos algunas.

R E G R E S O

El día que tú vuelvas a mi lado,

no habrá penas en mi alma;

cual se vislumbra el sol dorado,

con tu amor retornará la calma.

 

En ese dulce y feliz regreso

con que tantas noches sueño,

habrá como salado un suave beso

lleno de olvido y de perdón para mi dueño.

 

Con los rayos del sol de tu cariño,

se deshará la nieve de mis penas,

y los bracitos frágiles de un niño,

ceñirán tu cuello cual dulcísimas cadenas.

 

Yo siempre te espero, vida mía;

jamás el rencor de mi pecho ha herido,

porque sé que volverás un día,

la certeza del regreso, feliz me ha sostenido.

 

El día que tú vuelvas a tu lado,

olvidando tu traición y mi amargura,

al fin te recobrará mi bien amado

para darte de nuevo mi ternura….

(EL MINERO, de 3 de diciembre de 1945).

R E M E M B E R

 (Ante la tumba de mi padre  en el segundo aniversario de su muerte).

RIP

¡Padre!, tú no escuchas el lamento que de mi pecho brota

yo sé bien que tú no oyes, no ves, ni sientes nada…

por todo ello, tengo el corazón transido y el alma rota,

y ante el silencio inexorable, me siento atribulada….!

 

Hay silencio en las tumbas, silencio en las almas,

silencio en el tiempo y sollozo en mi pecho,

pero llorosa te traigo laureles y palmas

para ceñir tu frente con el corazón desecho.

 

El camino es corto con el trofeo de mi victoria,

iré en pos de tu recuerdo con mi alma anhelante,

y buscaré la tuya como homenaje a tu memoria,

la frente imaginaria coronará feliz y triunfante…!

 

Hay silencio en todas partes y en mi loco tormento;

me pregunto acongojada:¿Para qué si hay silencio

detrás de las tumbas, por qué en el pensamiento,

que he de verte alguna vez, cada día evidencio…?

 

Es para mi alma desolada, horrible y cruel congoja,

saber que inexorable de tí el tiempo me separa,

y por el mundo voy sembrando cual una hoja…

triste y marchita sin saber lo que el destino me depara…

 

¿Hasta cuándo, Señor, he de seguir luchando

con este cruel tormento de seguir viviendo,

esta vida que de tí más y más me está separando?

sin pausa, sin consuelo en continua agonía.

 

¡Padre!…yo sé que no me escuchas…

yo sé que el silencio tan solo me responde…

pero quiero que sepas que son negras mis luchas

y es amarga la pena que en mi alma se esconde…!

 

Para ceñir tu frente, sin cansancio ninguno

conquistaré llorosa y tendrás laureles y palmas,

y allá donde estés tú, con mi amor profundo,

te buscaré y te hallaré entre todas las almas…!

 

¡Silencio en las tumbas…!. Pero mi amor profundo

desbordando en sollozos de mi pecho oprimido,

irá a llorar plegarias hacia el otro mundo…

vibrante en el recuerdo, el corazón transido….!.

(EL MINERO, NOVIEMBRE DE 1946).

DIA  DE  LA  PRIMAVERA

Ya llegó la tan soñada primavera…

me besó en la frente esta mañana,

asomóse traviesa y picaresca de manera

suave, con perfume de pradera a mi ventana.

 

Vibrante, alegre con gorjeos y trinos

ya llegó la Primavera con suave evocación

de alegres tintineos, con hábitos divinos

con flores y sones de dulcísima canción…!

 

Hay perfumes gratos en la pradera…!

amapolas y jazmines, rosas y claveles

sensación de fragancias, sensación placentera,

están llenas de nuevas alegrías los vergeles….

 

Los ruiseñores cantan alegres,

cantos a la vida son sus cantos….

y son estos dulces pequeños mensajeros

embajadores de la Primavera y sus encantos.

 

Evocación del sueño aquel primero…!

manantial de risas, policromía de colores,

vibración de emociones, goce pasajero,

revolotear de mariposas, fragor entre las flores.

 

Ya llegó la esperada primavera….

me besó en la frente esta mañana,

asomóse traviesa y picaresca, de manera

dulce, con perfume de pradera a mi ventana…! 

(EL MINERO, 28 de setiembre de 1946).

 

 

 

 

 

Nuestros juegos infantiles (Segunda parte)

Sol  o luna.- Era en las noches, aquellas en las que se podía distinguir con una asombrosa claridad toda la orfebrería de estrellas que resplandecían en aquel cielo azul, intensamente azul de nuestra tierra; cuando en la explanada del barrio nos reuníamos los niños del Misti. Cogidos de las manos, mirando hacia arriba, con una candidez conmovedora cantábamos en coro:

Mama luna, dame medio,

                        Para comprarme un caramelo. 

            Pasada la primera euforia producida por la contemplación de la astral maravilla, nos poníamos de acuerdo para jugar: SOL O LUNA. El juego consistía en que, en secreto, los dos muchachos más grandes del grupo, se nombren de sol o luna (esto sin que el resto lo supiera), y cogiéndose de las manos formaban un túnel por donde debíamos pasar el resto de los muchachos que, agrupados en una fila indestructible, pasábamos raudos –imitando a un ferrocarril con sus coches- por el túnel y el último de la fila trataba de ser cogido por los mayores. Si lo conseguían, le preguntaban: ¿Sol o luna?. De acuerdo a la respuesta se colocaban detrás de uno u otro, según correspondiera. Formados ya los dos grupos, procedíamos a pelear el “Nudo de Guerra” para lo cual se trazaba una línea divisoria, pasada la cual por cualquiera de los equipos, determinaba al ganador. Esto, claro está, después de un fogoso tira y afloje espectacular. El caso es que nos divertíamos de lo lindo hombre y mujeres.

El Mercader.- Otro juego nocturno que recuerdo con enorme cariño es el que denominábamos EL MERCADER. Comenzaba nombrando al comprador y al vendedor de una determinada especie a negociarse, generalmente fruta o herramientas. El vendedor le ponía nombre a cada uno de los productos sin que el comprador pudiera escucharlo. Hecho esto, el vendedor aglutinaba su mercadería y comenzaba el juego.

El comprador llegaba a la puerta del vendedor y se suscitaba el siguiente diálogo:

— El ángel viene con una bola de oro.

— ¿Qué desea…?

— Una fruta…

— ¿Qué fruta..?

El comprador decía el nombre y de haber en existencia se lo llevaba, caso contrario fingía irse para volver con otra fórmula.

— El diablo viene con setenta mil  cachos…

— Y…¿Qué quiere?.

— Un fruta…

— ¿Qué fruta…?.

De la misma forma que la anterior se seguía jugando hasta que todo estuviera vendido. Luego se cambiaba de comprador y vendedor.

la coloniaEl Mundo o la Colonia.- Cualquiera de estos nombres podía asignársela a este juego que se practicaba en los meses secos, es decir en los que no había lluvia ni nieve. Servía para poner en juego la habilidad y resistencia de dos contendientes; quien mayor habilidad tuviera en cerrar cajones en disputa y resistía incólume el juego: ganaba.

Para ello, utilizando un resistente clavo grueso se trazaba sobre el piso un figura de un avión de dos alas, una iglesia con muchos cajones o un edificio de muchos compartimentos. Cada uno de los compartimentos se señalaba con sus números correspondientes que indicaban el valor de cada cajón. Se comenzaba arrojando la teja –cada uno de los contendientes debía preparar una a fin de que no saltara en el momento de caer sobre el cajón- . Se iniciaba en el primer cajón del que se debía llevar la teja con un solo pie hasta el siguiente cajón teniendo cuidado de no pisar en ningún momento las líneas demarcadas. Esto debía hacerse a saltos en el trazado sosteniéndose solamente con un pie. Así sucesivamente debía arrastrar la teja ganando los varios cajones, pasando cada vez  los compartimentos anteriores hasta llegar al último. Cada vez que uno terminaba la vuelta, estaba autorizado a cerrar un cajón que el contendiente no podía pisar.

El otro sistema correspondía a echar la teja y luego ir saltando de cajón en cajón, cerrando uno en cada vuelta pero alternadamente a fin de que el contrario pudiera tener acceso al juego brincando alternadamente sobre los cajones que les correspondía mas no en el del contrario.

El salto cabrito.- En Argentina, a este juego lo llaman “Lingo”, lo hemos leído en Billiken. Para su práctica se necesitaba agilidad y resistencia y consistía en efectuar saltos apoyados sobre el rival.

Se comenzaba rifando el turno para “chantarse”, es decir, para ponerse de cabrito sobre el que debía de saltar el resto. El perdedor se ponía con el cuerpo inclinado a fin de resistir los embates del salto. Los contendientes corrían por turno para saltar sobre el “chantado”. A medida que transcurría el tiempo, los saltos demandaban mayor dificultad. El muchacho que no conseguía saltar limpiamente, reemplazaba y se “chantaba” hasta que otro chico fracasara.

Tres en raya.- Este es un juego para practicarlo en invierno, es decir dentro de la casa. Consiste en que cada uno de los contendientes debería tener tres fichas (piedrecitas, maicitos, palitos etc.) los que van colocándose alternativamente en los puntos de partida de cierto trazado de líneas, de manera que, para ganar la partida, había que conseguir alinear las tres fichas en determinado sentido de las rectas. Es decir debía haber “tres en raya”; en una sola raya.

Cara o sello o “Chapas”.- Este es un juego que lo mayores llevaban a extramuros de los de envite porque jugaban monedas en apreciables cantidades que, nosotros los niños, no podíamos acceder. Pertenece a la época en la que entró en vigencia las monedas de cobre gordos y chicos. Se jugaba con los gordos. Como tenía dos figuras (Cara o sello) se tenía dos piezas, una con la cara para arriba y otra con la cara para abajo. Al tirarse al aire ambas monedas y caer sobre el suelo,  tenían que coincidir en su significado para que el tirador gane. Por cada tiro se hacía una apuesta.

Las bolas.- Este fue un juego hermoso con grandes variantes. Llegados los días de sol,las bolas todos los niños nos premuníamos de nuestras correspondientes bolas para competir en el juego con sus amenas variantes como: la quena, la trinca, la sierra etc. Cada uno, por ley, deberíamos tener una “mediana” que era la que mandaba, por eso era la más grande o más sólida; el caso es que cada quien tenía la suya. Las habían de acero, de vidrio o de piedra; sí, de piedra. Una piedra perfectamente pulida y brillante que se utilizaba para cualquier juego. También, cada uno debería de poseer su arsenal de bolas, principalmente “ojitos” que eran bolas de cristal de una belleza increíble y de diseños y colores tan caprichosos que causaba arrobamiento el contemplarlas. Cuando estos ojitos eran pequeñitos, se les llamaba “chinis”; las melladas o maltratadas recibían el nombre de “sarnas”, que no valía sino media bola.

Recuerdo claramente que a nuestra escuela a donde llegábamos jugando “la trinca”, había muchachos diestros que daban fácil cuenta de sus rivales. En mi barrio, el “Shico” y el “Chancho” Julián Espíritu era los más diestros.

El pelotaris.- Este deporte tan amado y practicado por nuestros mayores era, para los vascos que lo trajeron, “el deporte ideal para desarrollar la fuerza, la agilidad, la vista y la resistencia”. En nuestra tierra se jugaba a mano pelada con pelotas fabricadas ex profesamente con un envoltorio de cintas de jebe que llegaban a pesar 125 gramos cada una y que daban rebote en las canchas que recibían el nombre de FRONTÓN. Consistían estas canchas en un campo de 15 a 20 metros con una sólida pared en ángulo recto de 12 a 14 metros de altura, cubierta de cemento o barro apisonado que permitiera el bote adecuado de la pelota que por turno estrellaban los jugadores en partidos simples o dobles, después que la pelota botara sobre el piso.

Era tan apasionante este deporte que no obstante su alto valor atlético, ya casi no se practica en nuestra tierra donde hubo memorables peloteros. Cada barrio tenía su frontón; los más recordados son los frontones de Pío Ramírez, en la Esperanza; de José Castillo Díaz, en Huancapucro; de Gregorio Merello, en Rockovich y el de nuestra escuela de Patarcocha, donde nuestros maestros sostenían reñidos partidos. También utilizaban las paredes de la iglesia Yanacancha y otros lugares. Jugadores notables fueron: Pedro Santiváñez, Marcelino Suárez, Julio Paitán, “Togro” Rojas, Mamerto “Gato” Galarza, Horacio Zárate Jurado, Juan Casas Vásquez…

Nuestros juegos infantiles (Primera parte)

maninbolaLos juegos infantiles en mi tiempo estuvieron determinados por el clima reinante a través de sus dos estaciones: invierno y verano. Bueno de alguna manera hay que llamarlas porque la única estación señalada y continua era el invierno. No les faltaba razón a los que decían que las dos únicas estaciones que se conocían en nuestra ciudad eran el invierno y la estación del tren. El invierno comenzaba a mediados de octubre con tímidas lloviznas; época para el uso de pequeños zancos que confeccionábamos con latas de leche vacías a las que les colocábamos manijas de alambre en cada lata a manera de estribo y al extremo opuesto, a manera de manija para guiar con las manos y mantenerlo adherido a los pies.

A medida que transcurrían los días, el invierno se manifestaba abiertamente con sonoras granizadas, imparables celliscas, trombas incontenibles, hasta las silenciosas nevadas que, cayendo día y noche, blanqueaban a nuestro pueblo con su albo manto de incomparable belleza. Era tanto el peso de la nieve que traía por los suelos postes y alambres de luz, teléfono y telégrafo. Esta era la época de los juegos de salón: bolero, sirriachi, tres en raya, damas y todo aquello que nada tuviera que ver con el tiempo.

Luego, desde los primeros días de mayo hasta mediados de octubre, la timidez del sol determinaba el tiempo de la “shulula”, el trompo, las bolas, el palitroque, el salto cabrito… El remiso verano recién se acentuaba a plenitud en junio para ir decayendo con los días. Cuando el piso estaba seco, nos desplazábamos de un sitio a otro por las calles utilizando una rueda que conducíamos mediante un manejador de alambre grueso; las mejores y más buscadas eran aquellas hechas con los extremos de los cilindros metálicos, pulidas adecuadamente; claro, podían tener diferentes tamaños. Este juguete, es necesario decirlo, nos mantenía en perfecto estado físico e in mejorable salud. Era la época en que también jugábamos béisbol. No olvidar que los norteamericanos jugaban en el Cerro de Pasco, Smelter y la Oroya compitiendo con novenas de connacionales o japonesas y peruanas. Nosotros lo asimilamos como “Maninbola” con todo el reglamento que vigía para el deporte.

cometaLas cometas.- El mes de agosto  hacían su aparición los vientos que retozaban a sus anchas por las punas. En el cielo azul de aquellos días se podían ver hermosas cometas de colores, formas y tamaños diversos. Una parvada de niños bullangueros y corretones iban de aquí a allá, tratando de ganar altura y distancia para sus cometas en competencia con sus amigos. Aquí también estaban los que trataban  de destrozar al contrincante. Para ello colocaban filosas navajas de afeitar a las colas de sus cometas,  las que en su balanceo pendular en el aire, cortaban los hilos de la cometa del contrario después que se habían acercado lo suficiente para conseguirlo.

Todos los niños, ilusionados enviábamos mensajes escritos con papeles agujerados por el centro a fin de que  colocados en el hilo, fueran a llegar hasta la cometa; estos mensajes cariñosos alentaban a que se elevasen más y más: eran los famosos “cachapuris”. Si en esta época la bendición del sol calentaba generalmente en el día, era durante la noche cuando la implacable helada con sus hirientes esquirlas escarchaba puquiales y acequias, cebándose en el rostro de los lugareños, atezándolos. Primavera y otoño pasaban inadvertidos.

 LA SHULULA.- Era en los meses de sol, libre ya de lluvias, nevadas y truenos –la tierra acariciada por el sol- cuando recurríamos a un juego muy nuestro, muy cerreño; la shulula. Servía para demostrar la audacia y agilidad de los muchachos. Un peligroso resbaladero del que más de uno salía averiado y embarrado porque era un tobogán natural en el gredoso barro cerreño.

Recuerdo que frente a nuestra escuela había una falda de pronunciado declive conformando una pendiente peligrosa, muy empinada de 45 a 50 metros que iba a morir a las orillas de la laguna de Patarcocha; laguna ésta muy querida que, a instancias de los “dueños” de la ciudad, se desecó. Sobre ella, es decir sobre el relave que ocupa el lugar de las aguas, se levanta hoy, parte de la ciudad. Aquí estaba ubicado el resbaladero: un reto a nuestra agilidad y audacia temerarias.

Mientras escuchábamos las clases, de ocho a diez de la mañana, nadie se acercaba al baño; todos aguantábamos heroicamente, a como diera lugar, la urgencia de orinar y cuando la sonora campana resonaba en nuestro patio anunciándonos el único recreo de la mañana, rápidamente tapábamos nuestros tinteros, limpiábamos nuestras plumas y  libros y cuadernos y reglas y lapiceros guardándolos en nuestra bolsa hecha de talegas viejas de harina. No se esperaba ni un minuto. En medio de una bulla ensordecedora, en loca carrera íbamos a ubicarnos al filo de la pendiente y, todos a una,  soltábamos nuestra continencia orinando sobre el marcado surco de nuestra shulula, afinando el camino por donde discurría la micción lubricando el trayecto.

Expedito el resbaladero -no era cosa de esperar- el más audaz de los muchachos, encajaba un pie sobre el carril, se ponía en cuclillas y al levantar el otro pie, se convertía en una bala humana que se deslizaba raudo desde la cima hasta la orilla de la laguna donde muchas veces se “costaleaba” aparatosamente. Pocos eran los que poseían la maestría de llegar invictos. El clamoreo general era enorme; aplausos, vivas, silbidos y mofas para los que llegaban a destino. No eran pocos los que rodaban espectacularmente por no haberse podido mantener con un pie en alto mientras se deslizaba. Una vez abajo, se levantaba el héroe, se sacudía los pantalones embarrados y volvía a ejercer su turno de velocidad y vértigo.

Muchas veces –perdónenme la digresión- mientras nosotros estábamos en clase dentro de las aulas, el “Matón” Marcial Riofano, un hombre enorme, sargento licenciado del Ejército que fungía de disciplinario del plantel, con el único objetivo de hacernos daño, clavaba sibilinamente unos huesos en el trayecto de la “shulula” de tal suerte que, el que inauguraba, al tropezar con estos obstáculos, volaba por los aires, a veces hasta perder el conocimiento; pero ese traspiés delataba claramente en dónde se encontraban los huesos que el matón había enterrado. Los retirábamos prestos e  inmediatamente  continuábamos con la hermosa tarea de “shulular”.

Cuando la campana volvía a convocarnos, cansados pero felices, llegábamos a filas con los zapatos cubiertos de barro, en un tris de abrirse como rosas y las ropas hecho una miseria, especialmente los pantalones, todos almidonados de greda que, más tarde, secados ya por el calor del cuerpo, semejaban una armaduras de pobres caballeros de la aventura. ¡Y claro que eran armaduras!, porque cuando los viejos nos azotaban por tamaña aberración, los rebencazos que nos prodigaban no los sentíamos.

EL TROMPO.- Era un bonito juguete de madera con una púa de acero en una punta y el tromposuave cabezal en la parte superior opuesta. Estaba hecho de una madera dura y resistente como ishpingo, moena, tornillo, naranjo y, en algunos casos de noble caoba; ágil y leve como una avecilla. Torneado en forma de pera llevaba decorativas estrías laterales y, en algunos casos, decorados con llamativos colores y diseños concéntricos que, al bailar ofrecían un solo y hermoso color. Estos eran los más bellos y espectaculares, pero muy raros.

Los más ligeros y elegantes eran los torneados en caoba –ya lo dijimos -, pero con la púa en forma de corazón que, colocada con precisión, hacían bailar al trompo como clavado en el suelo en un alarde de equilibrio y precisión geométricos y, como si fuera poco, levantado a la mano, casi no tenía peso; por eso decíamos que era “pajita”. En su frenético girar emitía un zumbido agudo pero sutil que hacía exclamar a los muchachos: ¡Está “ringiando”!..

Era un deleite verlo bailar y silbar, pero allí concluía su encanto, porque para las competencias, no servía de mucho. Era otra cosa. Para los torneos estaban los trompos más robustos y con púas largas hechas de clavos de acero pulido. Estos trompos bailaban trazando una elipse muy precisa y servía para jugar a las “sacachapas” y “sacamedio’, “mandacuco” y la infame “cocina”.

Había trompos matreros con púas gigantescas y tan mal colocadas que bailaban dando saltos, brincando de un lado a otro; eran los infames “berreteros” que por sus saltos imprecisos también eran llamados “zangaracheros”. Estos eran los trompos asesinos que en manos de los sicarios, abrían el corazón de los otros trompos al primer intento.

Sin embargo, seamos justos, a parte de este destripador juego de la “cocina” y el “mandacuco” -en el que se iban pegando golpes al otro trompo mientras bailaba- los “barreteros” eran excelentes para jugar “sacachapas”y “sacamedio” (medio real) ya que su acerada prominencia metálica se prestaba para ello. A cada “wipia”, es decir, a cada lance, con una habilidad de maestro, se dirigía el trompo bailando sobre la chapa o la moneda y ésta aparecía fuera del círculo en el que estaba encerrado. El “chipche” (prenda) que era expulsado, pertenecía al jugador que lo sacaba.

En mi promoción hubo excelentes maestros del trompo. Se les conocía porque, a la altura de la segunda falange de la mano derecha, lucían una sangrante abertura originada por el áspero roce de la “huaraca”, es decir, el cordel con el que se hacía bailar el trompo. A ese extremo llegaba el fanatismo por este juego. Bueno, es que la recompensa de las ganancias bien lo merecía. Todo dependía de los trompos. Había algunos que caían rendidos después de haber durado hasta seis “wipias”.

EL PALITROQUE.- En el palitroque se ponía en juego la habilidad, rapidez y buena vista de dos contendientes. Para practicarlo, se utilizaban dos palos generalmente cortados de un mango de escoba. El más largo, de unos cincuenta centímetros más o menos, servía para arrojar lo más lejos posible al pequeño, generalmente de unos 15 centímetros. Previamente, a éste se le había colocado sobre una piedra pequeña, a la altura de la mitad, para que la parte inferior se posara sobre el suelo y la otra quedara en el aire a manera de una palanca. Al recibir el golpe del palo grande, el pequeño saltaba unos centímetros del suelo, lo que aprovechaba el jugador para darle un segundo golpe y arrojarlo unos diez o quince metros.

Entretanto el contendiente esperaba que el palo pequeño fuera arrojado para intentar atraparlo en el aire. Si lo conseguía, reemplazaba al jugador de turno para tirar el palo; caso contrario, de donde cayera lo enviaba al cajón que no era sino un cuadro pequeño señalado en el suelo de más o menos diez centímetros de lado. La distancia en la que cayera era medida por los largos del palo grande cuyo valor era de diez puntos cada largo. Fijados los topes, cada jugador utilizaba su turno y a cada centenar se cambiaba la manera de tirar: rapiña, libre, doble rapiña etc.

el sirriachiEl Sirriachi.- Este era un juguete peligroso, muy peligroso. Su nombre no era sino la prostitución del diminutivo sierra; es decir un hipocorístico regional (que expresaba que era una sierrita). Estaba constituido por una finísima lámina circular hecha de tapa de gaseosa, aplanada, atravesada de parte a parte por un cordel a través de dos agujeros. Atadas las puntas del cordel y la lámina del centro, envolviendo y luego estirando simultáneamente, una y otra vez, se conseguía que ésta girara misma sierra circular. La lámina aplanada al máximo por haber sido colocada sobre la riel al paso del ferrocarril  adquiría un filo tremendo que circulando con un zumbido muy peculiar podía cortar ciertos objetos. Muchos “chuches” –los malos- cortaban con él las ropas y bolsones escolares de sus compañeros.

Continúa…

Lizandro Proaño Soto Ilustre pionero de la minería peruana y forjador de su constante modernización

Destacado por su especial apuesta para la consolidación de una industriaLizandro Proaño Soto minera nacional a finales del siglo XIX e inicios del XX, y por su esfuerzo por modernizar y hacer competitivos los procesos mineros, don Lizandro Antonio Proaño Soto fue un Minero Notable que marcó una época y dejó una huella imborrable en la historia de la minería peruana.

Nació en Cerro de Pasco el 10 de mayo de 1866, en el seno de una familia estrechamente vinculada a la actividad minera en Perú. Su padre fue don Ricardo Proaño y su madre doña Petronila Soto, y sus abuelos don Miguel Proaño y doña María del Pilar Quintana.

Sus primeros estudios los cursó en el Colegio Ortecho de Tarma y en el Colegio San José de Jauja, dedicándose desde muy joven a trabajos mineros, lo que le permitió adquirir una vasta experiencia en esta dura actividad a la que se ligaría con especial predilección hasta el fin de sus días.

Como un predestinado hombre de minas, en 1894, junto con su cuñado Octavio Valentini, en uno de sus múltiples recorridos por el centro del país, descubrió mineral de alta ley de cobre en el distrito de Morococha de la provincia de Yauli en el departamento de Junín, donde luego fundó la negociación de mediana minería Alapampa para explotar, entre otras, la mina Ombla.

De esta forma, a fines del siglo XIX, se inicia la exploración y explotación formal de este rico depósito mineral, que es uno de los pilares de la minería nacional, en uno de los distritos mineros más importantes del mundo.

Con el tiempo, don Lizandro Proaño funda también las Sociedades Mineras Austria Duvaz y La Mar, e inicia operaciones en las minas de carbón bituminoso en el asiento minero de Huari, en la provincia de Yauli, desde donde fue configurando su objetivo de establecer un centro metalúrgico propio, meta que materializó posteriormente en Tamboraque.

Industria nacional

En la primera década de 1900, un representante del millonario norteamericano Jones B. Haggin adquirió un importante número de concesiones en Morococha, con una inversión cercana a las cuatrocientas mil libras esterlinas, y otras tantas en Cerro de Pasco, sentando las bases de la futura compañía Cerro de Pasco Corporation.

LIzandro y Cipriano ProañoSegún reseñaron Rosemary Thorp y Geoffrey Bertram en su obra Entry of the Cerro de Pasco Mining Company to Peru, editada en Oxford en 1974, don Lizandro Proaño “fue el único propietario minero que activamente se opuso a la expansión del control extranjero de las minas peruanas”.

Luego de una serie de litigios legales por la posesión de algunos asientos mineros, invirtió en desarrollar vigorosamente el distrito minero Viso-Aruri, ubicado en San Mateo, provincia de Huarochirí en el departamento de Lima, para enfrentar lo que se denominó la desnacionalización de la minería.

De esta forma, en 1905 funda Minera Lizandro Proaño S.A. para explotar el yacimiento aurífero de Tamboraque, donde un año después construye una planta de fundición, una hidroeléctrica, campamentos e instalaciones conexas.

(En la fotografía está don Lizandro Proaño con Cipriano Proaño, insigne cerreño)

Por lo agreste de la topografía de la región, en una muestra de su ingenio innovador, mandó instalar un cablecarril de diecisiete kilómetros, cuya primera etapa entre Coricancha y Tamboraque significó un importante ahorro de tiempo y costos en el transporte del mineral entre el yacimiento y la planta.

En estas instalaciones, tres décadas más tarde, debido al aumento de la demanda de metales básicos,  se construyó una planta de flotación con una capacidad de tratamiento de 50 TM diarias para la recuperación de plomo y zinc. Posteriormente, se amplió la capacidad de la concentradora hasta las 200 TM y se instaló una de las primeras plantas de biolixiviación del país, como una muestra del carácter innovador y vanguardista que siempre identificó a este minero.

En relación a su fructífera trayectoria, don Mario Samamé Boggio, en su obra El Perú Minero, destaca que, junto a Eulogio Fernandini, Antenor Rizo Patrón, Ricardo Bentín, Fermín Málaga Santolalla y Manuel Mujica Carassa, don Lizandro Proaño representa el espíritu emprendedor de una legión de pioneros peruanos que constituyen la fuente del impulso para la transformación y crecimiento de la minería peruana del siglo XX.

Actividad pública

 A la par de su indudable labor trascendental en el sector minero peruano, don Lizandro Proaño tuvo una activa y acertada participación en política municipal y nacional. Así, durante más de seis años, fue alcalde del distrito de Ancón, cargo en el que desplegó ingentes esfuerzos para dotar al balneario de los servicios de alumbrado eléctrico y desagüe, además de construir el malecón principal y urbanizar los terrenos de Playa Hermosa, lo que contribuyó a su embellecimiento.

En 1914 integró también el cuerpo de regidores del Concejo Provincial de la Municipalidad Metropolitana de Lima y fue diputado del Congreso de la República en representación del departamento de Junín, desde donde impulsó una serie de mejoras en favor de la provincia de Yauli.

De otro lado, tuvo una brillante intervención en el Congreso de Minería, que se desarrolló en Lima en 1917, y en eventos similares propuso la creación del Banco Minero, que años más tarde se haría realidad, y el establecimiento de refinerías para procesar minerales en diferentes puntos del país.

Para dejar sentada su lúcida visión de la minería peruana, en una oportunidad manifestó: “ante la contemplación que una vez más se nos ofrece de los tesoros que encierra el suelo de la Patria, hay motivo para que los hombres que solo cifran la felicidad nacional en las fecundas tareas del trabajo y de la paz se sientan llenos de complacencia por el brillante porvenir que le está reservado al Perú con la explotación de sus riquezas naturales, si para ello los poderes del Estado acuden con las medidas de aliento y protección que la industria minera nacional viene reclamando”.

Este Minero Notable, que desde sus inicios se erigió en uno de los principales impulsores de la minería peruana como un instrumento para alcanzar el desarrollo integral del país, dejó de existir el 24 de junio de 1945, tras años de una intensa actividad, para ser recordado ahora como uno de los personajes más ilustres de nuestra historia minera. (Fuente: Revista Minería – Publicación oficial)

Integrantes de la Hermandad de la Virgen del Tránsito (1960)

Grupo de socias de la hermandad de la Virgen del  Tránsito a la salida de su santuario ubicado en la plazuela Ijurra, debajo de la Casa del Deporte. Se aprestan a dejar el viejo santuario para sacar en reverente procesión a su Matrona. La casi totalidad de estas señoras han partido al viaje sin retorno. Todas ellas han dejado grandes recuerdos El santuario al que se le había cambiado la fecha de fundación (1914) por (1960) en que se abandonaba para ser demolido, se ubicaba  en la Plazuela Ijurra en cuyo ámbito vivían conocidas familias como las Baldoceda,  Yanútulo, Caballero, Castillo, Fúnegra, Remuzgo, Rocca, Cruz, Braown, etc. Esta calle ha desaparecido para dar paso el tétrico Tajo Abierto, tumba de nuestro pueblo mártir.
Grupo de socias de la hermandad de la Virgen del Tránsito a la salida de su santuario ubicado en la plazuela Ijurra, debajo de la Casa del Deporte. Se aprestan a dejar el viejo santuario para sacar en reverente procesión a su Matrona. La casi totalidad de estas señoras han partido al viaje sin retorno. Todas ellas han dejado grandes recuerdos El santuario al que se le había cambiado la fecha de fundación (1914) por (1960) en que se abandonaba para ser demolido, se ubicaba en la Plazuela Ijurra en cuyo ámbito vivían conocidas familias como las Baldoceda, Yanútulo, Caballero, Castillo, Fúnegra, Remuzgo, Rocca, Cruz, Braown, etc. Esta calle ha desaparecido para dar paso el tétrico Tajo Abierto, tumba de nuestro pueblo mártir.

.Otro sí digo:

Después de la reunión que tuvimos el último sábado (Octubre del 2015) con los amigos de nuestra tierra, tuvimos una serie de noticias que nos han conmovido mucho. En primer lugar los decesos de amigos entrañables que nos han dejado y cuyas muertes lamentamos.

Arturo Cadema, notable basquetbolista que estaba hace tiempo afincado en Lima, falleció víctima de penosa enfermedad. Estuvimos en sus funerales donde son encontramos con muchos amigos que compartieron con él escenarios deportivos y lo recuerdan con mucho afecto. Fue muy sentida su despedida.

Sabemos también del fallecimiento de Javier Pagán, joven futbolista más conocido por “Pastoriza”, que hace algunos días nos dejó. Hacemos llegar nuestras condolencias a su señora esposa y a sus hijos. Otro futbolista que también se ha ido, es Portilla, aquel extraordinario back central de las selecciones de Atacocha que ha dejado grandes recuerdos en los que lo conocimos.

Y de Ambo (Huánuco) hemos recibido la noticia de que hace unos días han sepultado a nuestro gran amigo José “Pepe” Fuster, más conocido por el mote de ZAPATÓN, excelente arquero con el que compartimos inolvidable tardes deportivas. Ha fallecido tras lamentable enfermedad. Pedimos al Todopoderoso paz y descanso eterno para las almas de nuestros amigos queridos.

Queremos, a través de este espacio -por otra parte- hacer llegar nuestro saludo cariñoso a Valenzuela, inolvidable futbolista del Centro Tarmeño y las selecciones de Pasco, más conocido por “Chessmann”, deseando su pronto restablecimiento.

Un saludo especial para mi hermano Félix Luquillas Hualpa que sigue laborando en Ambo conduciendo un programa de difusión de nuestra música. Un abrazo desde la distancia a mi querido “Mandela”.

Nuestra felicitación muy efusiva a Pepe Alfonso García que se ha sumado al elenco artístico del exitoso programa AL FONDO HAY SITIO. ¡Buena, Pepe!

Antes de comenzar con el tema del día, un saludo cordial a nuestro amigo Clemente Avellaneda Romero a quien extrañamos bastante.

EL HOLOCAUSTO DE SAN FRANCISCO (Miércoles 19 de noviembre de 1879) (Tercera parte)

El holocausto de San Francisco 3Ahora que han pasado los años, mezquinos intereses regionales vecinos están haciendo desaparecer el heroísmo de los cerreños. Si eso es censurable, más condenable es la indiferencia del pueblo cerreño. Con el paso de los años ha cubierto de olvido aquella acción heroica. En vano tenemos el monumento más hermoso del centro del Perú. La dimensión de su estatura es del tamaño de la indiferencia cerreña.

En parte oficial de aquella batalla, el Jefe del Estado Mayor, informa que los soldados bolivianos ocasionaron un caos: “Las fuerzas del ejército boliviano en completa dispersión, sin orden, sin que nada autorizara ese procedimiento, rompieron un fuego mortífero para nuestros soldados e inútil contra el enemigo. El campo se cubrió de esos soldados fuera de filas que disparaban desde larga distancia sus municiones sin dirección ni objetivo, produciendo un ruido espantoso que aturdía y una confusión que no tardó en envolverlo todo…. mientras tanto, sordos a la corneta, indóciles al ruego, a la amenaza, a la exhortación y a todo, los soldados bolivianos, sus jefes, continuaban su obra con la precipitación y frenesí propios del que no tiene otro objeto que hacer incontenible el desorden…”

El avance era cruento, arduo, imparable. Por cada tres pasos que daban en la resbalosa arena, patinaban uno; de esos labios resecos, tumefactos, monstruosos, como guturales gemidos de rabia, brotaban las imprecaciones, las maldiciones, los gritos…La Columna Pasco iba a la vanguardia regando de héroes las faldas del cerro, en eso: ¡¡Hay que decirlo!!…-¡Hay que decirlo porque la historia oficial no sólo lo ha callado, sino siempre ha tratado de ocultarlo!-. ¡¡No estaban sus jefes!!…¡¡Dios mío!!..¡¡Sus propios jefes los habían abandonado!!. Los soldados de la Columna Pasco estaban solos; solos en un combate sin tregua. No se veía la figura de Juan Buendía, el amante enamorado, Jefe General de la Columna. No estaban Mori Ortiz, ni el ignominioso individuo llamado Enrique Callirgos, el de las bofetadas, el valentón que se jactaba de ser un gran soldado. Todos los jefes habían desamparado a los nuestros que avanzaban seguidos del batallón Zepita. Esta traición, fruto de una maldita cobardía, se ha tratado siempre de ocultar aunque para ello tengan que hacer desaparecer las acciones de valor de nuestros soldados. A los cerreños no les importó aquel abandono, seguían progresando guiados por la brújula de su corazón bravío y ejemplar.

El heroísmo era tremendo, pero en pleno desierto y frente a una imparable lluvia de balas, no tenían a quién seguir ni obedecer. No tenían rumbo fijo porque sus jefes los habían abandonado. No tenían brújula ni aliento, sin embargo, “haciendo de tripas corazón” avanzaban para vencer al parapetado enemigo que tenían enfrente. Numerosos fueron los caídos en ese primer ataque. Esa inmolación han tratado de acallar para ocultar la traición de los jefes de nuestro ejército. Ocultando la carnicería por improvisación y cobardía, escondían la acción heroica de nuestros soldados. Felizmente, para suerte nuestra, quedan los informes detallados de los ejércitos de Bolivia y Chile.

En ese instante del incontenible fragor en el combate, la legendaria figura del heroico comandante Ladislao Espinar, poniéndose al frente de nuestros soldados, gritaba a voz en cuello: ¡¡¡A los cañones!!!… ¡¡¡A los cañones!!!… ¡¡¡A los cañones!!!… Detrás de este heroico cuzqueño, el único jefe con ellos, los nuestros seguían incansables, fieros, con paso firme y decidido. Delante tenían un valiente que le daba les ejemplo y había que estar con él.

Espinar los conducía desde su caballo. Impávidamente señalando los sitios y hasta personas a quienes debían tirar. Cuando cayó el noble animal atravesado por la bala de un carabinero; sacudiéndose el polvo del gabán y enjugándose el sudor del rostro, continuó la repechada gritando: ¡¡¡A los cañones!!!… ¡¡¡A los cañones!!!… voces que en el fragor de la batalla se oían distintamente. Llegó hasta ellos el Mayor chileno Salvo y con suerte y puntería acertó a darle en la frente, cayendo así heroicamente.

Ya en la cima del cerro, Manuel Saldarriaga, flanqueado por Felipe Reggiani y Adolfo Coursejolles, avanzaban resueltos a plantar nuestra bandera en territorio enemigo. No lo consiguieron. El impacto de un certero cañonazo los hizo volar por los aires. Con ellos voló la bandera bordada con lágrimas de las mujeres cerreñas, empapada de sangre guerrera y pólvora enemiga. Los aguerridos abanderados de nuestra gloriosa Columna yacían desjarretados, cubiertos de gloria, en tanto el combate seguía en derredor. Esta santa enseña de la patria fue tomada por el jefe chileno del batallón Victoria, Héctor la Torre. Actualmente la lucen como un especial trofeo de guerra en uno de sus museos.

En ese instante, en el tope de los riscos posteriores de la cima resonó un formidable griterío de batalla. Eran los mineros del “Atacama” que llegaban como fieras, saltando sobre las peñas, precipitados como demonios con las bayonetas rectas frente al pecho. Cuando los bravos de la Columna Pasco advirtieron la carga, se pusieron a pie firme, clavados sobre la arena para soportar la terrible carga con coraje y decisión. La trompeta de Fermín Eusebio los animaba a la lucha. Alejandro Monfort, gritando desaforadamente como un condenado arengaba a la tropa de la Columna en un choque entre los mineros de “Atacama” y los mineros de la “Columna Pasco”. Otro tanto hacían Pío Ángel Figueroa y Aníbal Chávez. Era admirable el valor que sacaban de sus cuerpos castigados y exangües. Las faldas de los cerros quedaban  cubiertos de centenares de cadáveres como resultado de una lucha encarnizada…¡¡¡Tres veces habían sido tomados los cañones chilenos y tres veces los habían recuperado!!!.

Miércoles 19 de noviembre de 1879, al atardecer

Después de dos horas de cruento combate en las que la artillería chilena había disparado 815 cañonazos apoyando a su infantería, los arenales de San Francisco quedaban regados por la sangre patriota peruana. No había nada qué hacer. En las fragosidades de sus faldas caídos los despojos de 158 cerreños, muertos heroicamente en defensa de la patria, lejos de la tierra que los viera nacer. Habían tratado de conquistar lo imposible y en ese desempeño habían caído como hombres.

Toda esa carne muerta que fue el amor y la gloria

Del  pueblo que marchaba triunfante hacia el futuro;

Esa sangre estancada en un océano enorme,

Fue el amor de los siglos y el dolor de su historia

 

Toda esa abandonada y ensangrentada grandeza

Que devoran los buitres bajo el gran cielo oscuro,

Fue un pueblo que sembraba, inspirado y seguro,

Ideales y esfuerzos para otra gran victoria.

 

Esos brazos inmóviles, esas ciegas pupilas,

Esas bocas y frentes lívidas y tranquilas,

Esos pechos abiertos mostrando el corazón.

 

Gloria, amor y grandeza de un pueblo legendario…

¡Oh!,  Madres de los muertos! ¡Oh, madres solitarias!

Todo está mudo y frío … y aún retumba el cañón.

La Alforja-noviembre de 1879

La suerte estaba echada. Heridos, exhaustos, hambrientos y con una sed devoradora, los gloriosos sobrevivientes de la Columna Pasco fueron reagrupándose. El corneta, Eusebio, herido en una pierna, no había perdido su instrumento. Haciendo esfuerzos supremos llamó a reunión y, poco a poco, conocedores de su toque, nuestros infantes fueron reagrupándose. En ese momento aconteció lo increíble, lo inverosímil. Con sus uniformes intactos, sin ningún rasguño, como cobardes alimañas aparecieron en el escenario Mori Ortiz y el despreciable Callirgos. Nuestros soldados, entonces, conservaron su orgullo, sólo con sus miradas de infinito desprecio los arrojaron como a viles gusanos. Podían haberlos matado por traidores y cobardes ya que ninguno de los malditos había combatido. Nuestros hombres juzgaron que no era necesario. Aquellos cobardes estaban muertos en vida y, hedían.

Los oficiales Pío Ángel Figueroa, Domingo Martínez, Alejandro Monfort, Nicéforo Candiotti y Aníbal Chávez, procedieron al recuento de nuestros hombres. Pasaron lista. Sólo respondieron sesenta; heridos, extenuados y exangües, pero con el orgullo de haber cumplido con la patria. Después de orar religiosamente por sus hermanos caídos, sin tiempo para sepultarlos, decidieron emprender la marcha con el fin de reagruparse con el resto de sobrevivientes. Era un desfile doloroso. Iban con los rostros compungidos, ensangrentados, pesarosos; muchos llevaban apósitos ensangrentados en la cabeza, en los brazos en las manos, en los pies, ayudándose entre ellos. Quedaban tan pocos de aquel heroico grupo de jóvenes bizarros y valientes. La noche se cerraba en el luctuoso escenario que comenzaba a ser barrido por un viento tétrico y salvaje.

En el rojo crepúsculo van las sombras dolientes,

Solos en la tragedia de los campos desiertos,

Los caídos quedaron fríos, rígidos, yertos,

Pudriéndose en la sangre que se volcó a torrentes.

 

Y se ve en las pupilas de los sobrevivientes,

El mismo horror inmenso que se ve en los muertos,

En los ojos terribles, grandes, fijos, abiertos…

Y se lee en sus heridas sus dolores ardientes.

 

Allá van. Son las sombras desgarradas y errantes

Que vuelven de la muerte… Que vuelven vacilantes,

Mutilados, sangrientos, solos, para decir

 

Con sus trágicos ojos y sus hondas heridas

El mensaje de aquellos que entregaron sus vidas,

El horror de los muertos que ellos vieron morir…

(La Alforja, noviembre de 1879)

Nuestro pueblo conocía que, en esos días, se llevaría a efecto la batalla para apoderarse del cerro de Dolores por la importancia estratégica que ella encerraba. Los estudiosos y estrategas consideraban –llevados por los datos a la mano- de que nuestras fuerzas triunfarían. Lo tenían por seguro. Lo que jamás se les ocurrió pensar es que los bolivianos, llevados por prebendas malditas que nuca debemos olvidar, se retirarían del frente de guerra al que nos habían metido. Una denigrante  traición que seguirá doliendo en nuestro espíritu, más a nosotros los cerreños, porque debido a ello, nuestros hombres de la Columna Pasco sucumbieron en gran número.

El dolorido informe propalado por el Boletín Municipal del Cerro de Pasco, el 21 de noviembre de 1879, se daba a conocer el verdadero resultado de la Batalla de San francisco.  Conmocionando hasta las lágrimas los ciudadanos cerreños, leían:

LA BATALLA DE SAN FRANCISCO

“El miércoles 19 de noviembre, se ha producido la batalla en el cerro de Dolores o San Francisco, cuyo resultado enluta a innumerables hogares cerreños. Los despachos telegráficos recibidos dicen lo siguiente: “En las partes altas se habían apostado las tropas chilenas provenientes de Pisagua. Contaban con una excelente artillería y tenían a sus 7000 soldados descansados y con buenas provisiones. Las fuerzas aliadas, encabezadas por el general Juan Buendía, después de una dura marcha a través del desierto, llegaron desde Iquique ese mismo día. Contábamos con 4000 hombres, y esperábamos el refuerzo de 3000 más que debía traer Hilarión Daza, jefe boliviano que nunca llegó con ayuda”.

“Buendía ordenó acampar en la llanura para recuperar fuerzas y asaltar las posiciones chilenas al día siguiente, pero inesperadamente el batallón boliviano Illimani comenzó a disparar y se extendió un ataque desordenado donde muchos soldados peruanos murieron al intentar ascender a los cerros bajo una lluvia de fuego de la artillería enemiga. En este encuentro casi fue diezmada la COLUMNA PASCO que encabezaba el ataque debido a su arrojo y decisión. El héroe de la infausta jornada fue el cusqueño Ladislao Espinar. Este coronel, con un puñado de indómitos compatriotas de la Columna Pasco y el Batallón Zepita llegaron a tomar algunos cañones chilenos murió por una bala de revolver que le atravesó la frente”.

“Al llegar la noche nuestras tropas se retiraron a Tarapacá, sin ser perseguidos por los chilenos que temían un sorpresivo ataque si descendían de sus excelentes posiciones”. “Hacemos llegar nuestro pésame a los familiares de los soldados muertos en combate, cuya nómina, publicaremos en cuanto nos lo haga llegar el mando militar correspondiente”.                                      

La Conmoción que causó la noticia fue dramática. En la prefectura, municipalidad, parroquia y demás reparticiones estatales, corros de madres, hermanas, esposas y parientes cercanos de nuestros soldados inquirían por noticias más claras, más precisas. A partir de ese momento comenzó a circular una institución muy cerreña: el chisme. “Dicen que todos nuestros muchachos han muerto”. “Dice que hay gran cantidad de prisioneros”. “Dicen que se han perdido en los desiertos de la frontera”. “No, hay un respetable número de sobrevivientes que van a ser despachados a nuestra tierra”. Al final, con la aclaración de diversos despachos cablegráficos, se supo la verdad: “Gran cantidad de soldados de la Columna Pasco habían muerto en la lucha y los sobrevivientes habían sido asimilados a otros cuerpos de combate”. En nuestro pueblo, secretamente abrigaban la esperanza de que sus familiares no hubieran muerto. Abrigaban la esperanza de que siguieran vivos.

El sufrimiento de nuestro pueblo fue inmenso. En ese instante comprendimos que nuestra suerte estaba echada. El Cerro de Pasco había enviado a lo mejor de su juventud a las fronteras cumpliendo con el supremo deber filial de amar y defender lo nuestro. No obstante las enormes penurias sufridas a lo largo de su marcha por aquellos inhóspitos arenales, se entregaron en cuerpo y alma en defensa de nuestro suelo en San Francisco. La mayoría ha caído pero, los que quedan, con valor espartano, curando sus heridas, siguen en la brega. El significado de aquella derrota que nos conmovió enormemente tuvo formidables repercusiones posteriores.

El holocausto de San Francisco 4

EL HOLOCAUSTO DE SAN FRANCISCO (Miércoles 19 de noviembre de 1879) (Segunda parte)

El holocausto de San Francisco 2Poco después del mediodía se formaron los batallones en doble línea de combate. La primera, conformada por la División Exploradora compuesta por: La Columna Pasco, con sus cuatro compañías; Provisional Lima Nº 3; la Nº 1 de Ayacucho, al mando del general Pedro Bustamante y la División Ligera, compuesta por una compañía del Zepita y otra de Ayacucho, a cargo del general Rosell.

En ese momento el general Pedro Bustamante se debatía en un terrible dilema por las órdenes contradictorias recibidas. Primero le habían ordenado: “Ataque en el acto sin trepidar”. Cuando todo estaba todo listo, le llega la contraorden.  Muchos de los jefes, entre ellos Andrés Avelino Cáceres que acababa de incorporarse, lo conminaban a que atacase de inmediato; otros, por el contrario, le decían que mejor era esperar la llegada del refuerzo boliviano, ya que con él, el triunfo sería seguro. Nadie en aquella soledad sabía de la maldita traición de los bolivianos que ya no llegarían.

Así las cosas, el coronel Belisario Suárez, insistió ante el general Bustamante:

-Sigo porfiando, mi General. Esta es la ocasión propicia para atacar, caso contrario la división chilena que viene de Pisagua, reforzaría a los defensores del cerro. Actualmente estamos en igualdad numérica; con el refuerzo ellos nos duplicarán y será muy problemático vencerlos.

-¡No atacaremos hasta mañana, coronel Suárez!, ¡Tenemos que esperar a que llegue el refuerzo boliviano!. Además, tenemos que conceder un día de descanso a nuestras tropas para que se repongan de la fatiga del viaje.

-¡¡¡Pero, mi general…Ya las tropas están formadas listas para atacar!!! -Roque Sáenz Peña interrumpió el diálogo y pidiendo permiso dijo- el teniente coronel de nuevas milicias Ladislao Espinar, pide permiso.

-¡Hágalo pasar!.

Al entrar, el miliciano cuzqueño saludó con marcialidad y dijo:

-Mi General, hasta hace un año fui propietario de una salitrera al oeste del cerro Dolores. Ello me permitió conocer todo este territorio como la palma de mi mano… Hace un rato he vuelto a recorrerlo con mi caballo. Nada ha cambiado

-.¿… Y? -preguntó Bustamante.

-He observado la posición tomada por la artillería chilena posesionada del cerro y creemos que podemos vencerla muy fácilmente.

-¿Por qué afirma eso, Espinar?…

-¡Debemos atacar por la garganta del cerro a donde no llegará el fuego de sus cañones! ¡Para ello, mi General, debemos amagar por los flancos.

-¡Veamos el mapa! -Lo hicieron detenidamente y se quedaron sorprendidos.

-Si me permite, mi general -siguió diciendo el impetuoso cuzqueño- debemos amagar por oriente y por occidente como si tratáramos de tomar el cerro. Cuando los chilenos estén ocupados en defender los costados, nosotros, en ataque frontal, treparemos el cerro y venceremos.

-¡Es una gran probabilidad! -comentó entusiasmado Bustamante.

-¡Pero el ataque debe ser ahora!…¡De inmediato!…¡No debemos esperar más! -sentenció Espinar.

La discusión subía de intensidad cuando se cortó por un bullicio espectacular con revuelto de cabalgaduras y arneses. En ese momento llegaba completamente extenuado y a revienta cinchas un oficial peruano que había dado alcance al general Hilarión Daza con el fin de apremiarlo para que apresurara a reforzar nuestras filas.

-¡¡¡Traición, mi General, Traición!!! -comenzó a tartajear el oficial sudoroso y cubierto de polvo –Su rostro demacrado aunque sudoroso, trae una gravísima expresión..

-¡Explíquese, capitán!…¿Qué ha ocurrido? -interrumpió Bustamante.

-¡No vendrán, mi general!…¡Los bolivianos no vendrán!. Las fuerzas boliviana salidas de Tacna a órdenes del general Hilarión Daza, para operar simultáneamente con las que desocuparon Iquique, se han retirado de Camarones dejándonos abandonados…!!!

-¡¡¿Qué dice, carajo?!!…¡¡¿Está usted loco?!!!… ¡¡¡Explíquese…!!!

-El mismo general Hilarión Daza me dijo que esta era una causa perdida en la que no seguirá participando…

-¡¿Qué el general boliviano Hilarión Daza no vendrá?!…-El general no creía que tamaña traición fuera verdad -¡Maldito maricón de mierda!. ¡Yo mato a ese mal nacido! ¡Hijo de mala madre!. No, no puedo creer que tanta infamia sea verdad…¡¿Pero usted habló personalmente con ese hijo de puta….?!!

-¡Así es, mi General; es más, comandando a sus hombres a emprendido la huida a Bolivia, no sin antes dejar la orden de que sus soldados se desbanden y regresen a su tierra como puedan…!Es un caos, mi general!!. ¡¡¡ Estamos perdidos….!!!

-¡¡Maldita sea!!… ¡Ahora sí que estamos solos!.

-¡Ya no contaremos con ellos, mi General… Ahora debemos luchar solos…

-¡¡¡Así es. Pero no nos pongamos a llorar, carajo. Ya nada más queda por hacer. No podemos seguir esperando. Debemos atacar!!!.

Por más que se trató de ocultar, la noticia se filtró rápidamente entre oficialidad y tropa que, estupefacta, con la indignación al máximo, maldijeron a los bolivianos. La furia que se inflamó en sus almas fue terrible. La ira desencadenó un clamor imparable que enervó a nuestras tropas.

  • ¡Nunca debimos confiar de esos malditos….!!! –grita el capitán Juan Correa.
  • ¡Así es!. Pero no es conveniente que nos pongamos a llorar. Este es el momento decisivo. Si los chilenos se enteran de la traición de los malditos bolivianos, van a retacearnos porque con los soldados que tienen más los refuerzos que están por llegar, van a ser superior en número que nosotros….-Respaldó el capitán, Lorenzo Lozano….
  • ¡Eso, es!!. ¡¡Estamos listos….???!!! – preguntó Alejandro Monfort
  • ¡¡¡Siiiii ¡!!- un rugido terrible recibió por respuesta
  • Esperemos la orden de ataque, ¡Suerte muchachos…!!

En esas circunstancias, siendo las tres y diez minutos de la tarde, Ladislao Espinar montó su recio moro cuatralbo y señalando el cerro de Dolores con su sable picó espuelas y el noble caballo partió como una centella a su destino.

Inmediatamente, como movidos por un resorte, los integrantes de la Columna Pasco, fieros e imparables, partieron a la lucha en primer lugar; detrás iban los del Zepita y de Ayacucho, con la bayoneta calada y la mirada bravía. Avanzaban al grito de ¡¡Al cerro!!…¡¡Al cerro!!…¡¡Al cerro!!…Estas voces varoniles se confundían con los de los bolivianos que habían visto la oportunidad de huir ¡¡¡A Oruro!!!…¡¡¡A Oruro!!!…¡¡¡A Oruro!!!. Ellos acababan de enterarse que su ejército no llegaría para auxiliarlos. Vergonzosamente, emprendieron la huida dando las espaldas al enemigo y traicionando a nuestros heroicos combatientes. ¡No sólo no llegaba el refuerzo, sino que los tres mil bolivianos que estaban en el frente, huían cobardemente. ¡Pensar que nosotros estábamos metidos en esa guerra por defenderlos!. Sólo algunos jefes y dos grupos de soldados, el ILLIMANI Y  LOS COLORADOS, se salvaron del deshonor y junto con nuestros hombres comenzaron a escalar el cerro de Dolores detrás de nuestra Columna.

Los chilenos habían iniciado un colosal cañoneo por la ruta que seguían nuestras tropas y de todos los contornos del cerro se levantaban negros penachos de humo en ensordecedor  estruendo. El estampido repercutía con fragor en los cerros, el ronco traqueteo de las ametralladoras derramando fuego en todas direcciones, diezmando a los nuestros. La Columna Pasco, por su parte, aproximando su primera línea al pie del cerro, respondía vigorosamente con una implacable lluvia de balas.

El sol abrasaba, la sed era tremenda, pero el amor a la patria era mucho más grande. Había que avanzar y lo estaban haciendo. Nuestros soldados tenían que superar la distancia que los separaba del objetivo: 32 cañones chilenos que escupían fuego sin cesar, escoltados por innumerables ametralladoras que hacían inexpugnable el lugar. La falda escabrosa del monte tornaba difícil el avance, pero decididos, nuestros hombres avanzaban.

El corneta Domingo Eusebio trizaba la tarde con su bullido penetrante y metálico. Tocaba a degüello.

Alejandro Monfort, como un coloso de encrespadas barbas nazarenas al viento, se puso delante de sus hombres y comenzó a avanzar seguido de sus valientes. La primera descarga enemiga doblegó a varios guerreros. La nutrida crepitación de los fusiles les indicó que el enemigo estaba a dos palmos de distancia. Con el color demudado y la ira reflejándose en sus ojos profirió un grito desafiante.

-¡¡¡Amárrense los calzones chilenos de mierda, que aquí llegan los cerreños!!!…

-¡¡¡Viva el Perú!!! -secundó Aníbal Chávez.

-¡¡¡Vivaaaaa!!!… -las voces roncas de los cerreños respaldaron la guapeada.

Y comenzaron a atacar como fieras enceguecidas. La larga bayoneta de Mauricio Torres penetró en el cuerpo de un chileno. Más allá, de un culatazo reventó un cráneo que se partió como una calabaza. Quiso seguir adelante pero sintió que su pierna derecha se inundaba de sangre. No podía caminar. Al caer, alcanzó ver un sable enemigo cebándose en su cuello. Quiso maldecir al oficial que lo hería y no pudo. A penas alcanzó a ver  un surtidor de sangre que se le atragantaba en coágulos espesos y sus ojos se extraviaban.

Domingo Eusebio inyectaba coraje en esos cuerpos esqueléticos a punto de desfallecer. Su trompeta seguía tremolando en la tarde quemante con un sol detenido allá arriba. El combate era salvaje entre imprecaciones, insultos y maldiciones fieras.

El capitán José Matías Salazar con los globos oculares colgándole de la cara, avanzaba como un autómata hiriendo a diestra y siniestra con una bayoneta calada. No veía nada. Más allá –caminante sin rumbo- cayó cosido a bayonetazos. Severiano Taramona, Juan Carhuancho, Manuel Rojas, Eduardo Montalvo y Tomás Osorio, habían conseguido formar un solo grupo. El duelo era con arma blanca de la parte peruana; ellos tenían sables, pero también balas.

-¡¡¡Adelante, mis cerreños, adelante!!! -Pío Ángel Figueroa, imponente como si en aquel instante su figura se hubiera agigantado, avanzaba imparable con una herida abierta como un boquete en el parietal izquierdo.

El sol abrasaba el escenario y la arena quemante chamuscaba sus pies.  El calor subía por sus carnes torturándoles y haciendo difícil el avance. Los retazos de los zapatos destrozados para nada les servía. Sentían viva la quemante acción de las arenas. El cañoneo era tenaz y el traqueteo de las ametralladoras, imparable. El asfixiante olor a pólvora y sangre era tremendo. Los chilenos disparaban sin tregua tratando de impedir el avance de los primeros hombres que asomaron por aquellas alturas: nuestros soldados. Líderes de la División Vanguardia. Cuando aparecieron ante su vista, una ráfaga mortal dio cuenta de otra buena cantidad de nuestros paisanos. Los que venían atrás no se amilanaron. Repechaban y con sus gritos secos de indignación contestaban iracundos e imparables. Estaban cumpliendo su varonil, juramento del 6 de mayo en el templo de Chaupimarca.

La sangre empapaba las faldas de San Francisco, pero nuestra tropa avanzaba con ferocidad; decidida, imparable. En su trayecto veían ojos reventados, cabezas con  cabellos apelmazados de sangre y arena; torsos mostrando salvajes tajos de sable; gargantas tasajeadas; vientres abiertos; cabezas chamuscadas separadas por ígneos y certeros cañonazos; torsos, piernas, brazos separados, carbonizados, cubiertos de arena en una asfixiante humareda de penetrante olor a pólvora…

En ese momento habrían dado parte de su vida por una bocarada de agua que les refrescara. Sus gargantas estaban secas, a punto de desgarrarse; podía decirse que sus gritos y guapeadas de guerreros estaban pronunciados con sangre. No tenían ni un poco de saliva y el sol quemante, allá arriba, los castigaba sin piedad. Hombres del frío desafiaban ahora la resistencia humana al correr por aquellos campos abrasados de  un calor asesino.

Continúa…..

EL HOLOCAUSTO DE DE SAN FRANCISCO (Miércoles 19 de noviembre de 1879) (Primera parte)

El holocausto de San FranciscoLa noche del 18 de noviembre, nada reveló la presencia de seres humanos en la pampa silenciosa. La extensa planicie se perdía en la oscuridad terriblemente fría. Sobre el suelo, en sigilo inmóvil había un oculto contingente de mil ochocientos soldados chilenos al mando del coronel Amunátegui. En zanjas  cavadas   se hallaban mil doscientos del 4º de Línea, doscientos diez jinetes de Cazadores, los sirvientes de ocho cañones al mando del mayor Salvo y seiscientos atacameños ocultos e inmóviles ante la llegada del ejército peruano. El coronel Amunátegui, el comandante Martínez, el mayor Salvo y el comandante de Cazadores, se mantenían en completo silencio. No fumaban ni charlaban en lo mínimo. En un momento preciso, desde el extremo más avanzado de la línea, se escuchó la voz en sordina de un centinela anunciando la presencia del enemigo. Era un grupo pequeño de jinetes que se acercaba por el sur. En medio del silencio descubrieron que era un grupo de arrieros. “Ellos tienen que saber de la presencia de los peruanos” pensaron. Al momento, con una asombrosa velocidad los apresaron. Eran diez argentinos que llevaban sus mulas cargadas de odres que pensaban llenar en las aguadas de Dolores para auxiliar a las fuerzas peruanas.

-¡¡¡¿Cuántos hombres vienen en ese ejército. Diga o lo mato en este instante!!! – se hizo oír el coronal Amunátegui.

-Unos diez mil, señor; más o menos…

– ¡Carajo! … ¿Cuánto tardarán en llegar aquí?

– Posiblemente…-No alcanzó a decir más. Al momento llevado por el aire se escuchó el sonido del ejército peruano que llegaba….Todos, inclusive los arrieros, fueron echados al suelo en completo silencio. Los soldados peruanos ya estaban cerca, pero no podían verlos por la cargada camanchaca que los estaba envolviendo. En eso se oyó decir al jefe del ejército peruano: “¡Qué bestias son estos baqueanos. Otra vez estamos a punto de extraviarnos. Nos estamos alejando de la línea del ferrocarril!. ¡Voltéense hacia el oste, carajo, nos jodimos!. ¡Vivo el paso, carajo; el enemigo puede sorprendernos!”. El ruido fue alejándose precipitadamente y los soldados chilenos quedaron respirando tranquilos, en silencio. Un momento más y un gran equipo de jinetes peruanos volvía al trote. “Son los de la avanzada peruana que han explorado nuestra situación y no nos han visto”. Efectivamente, la oscuridad de la camanchaca era tan grande que hacía imposible ver a dos metros de distancia. Si ambos ejércitos se encontraban, otro habría sido el destino de nuestra guerra.

Al rayar el alba del 19 de noviembre, el sol se abrió en gigantesco  abanico luminoso sobre la pampa. En la cima del cerro Dolores de San Francisco, el ejército chileno fuertemente armado con gigantescos cañones alemanes krupp y numerosas ametralladoras aguardaba al peruano, ubicado al norte de la oficina de Santa Catalina, junto a la línea del ferrocarril, con la misión de tomarlo. Era imprescindible ocuparlo por su posición estratégica, abundancia de agua y, porque desde allí se podía dominar perfectamente toda aquella inmensa extensión. Bajo los abrasadores rayos del sol que caían a plomo sobre el desierto, nuestros soldados estuvieron todo aquel día sin probar alimentos. No lo tenían. En 48 horas no habían probado bocado. La escasísima agua encontrada en la oficina del El Porvenir, apenas si alcanzaba para mojar los labios ya cuarteados. Con los uniformes convertidos en harapos, y fatigados hasta el extremo, tuvieron que quitarse sus arruinados calzados para engrasarse los pies ampollados: sus inflamadas plantas no podían soportar los hirientes calamorros ni la candente arena desértica. El martirio de aquellos valientes era supremo, pero estaban allí, dispuestos a entrar en combate.

  • Parece que de ésta no nos vamos a librar, hermanos – La voz seca del capitán Juan Torres de la Segunda Compañía suena presagiosa. Está conformando un grupo con el teniente Pedro Luis Pacheco y los soldados Pedro Mayoral, Basilio García, Federico Ramis y Pedro Andrade. Están engrasando sus pies ampollados y remendando lo que quedan de los que fueron sus zapatos.
  • Yo creo lo mismo. Ellos, no sólo han descansado toda la noche anterior sino que están bien alimentados y muy bien bebidos. Nosotros no tenemos ni un poco de agua – Luis Pacheco le da la razón a su jefe.
  • Sea como sea, nosotros les vamos a sacar su mierda – Disculpe mi capitán- pero es la verdad. A eso hemos venido y eso es lo que vamos hacer. No creo que tuviéramos que caminar desde el Cerro de Pasco –miles de kilómetros- para entregarnos como unos pollos endebles –dice el soldado Pedro Mayoral.
  • ¡Nadie dice, eso, soldado Mayoral!. ¡No sólo tenemos que enfrentarnos sino también, vencerlos! . ¡Tiene usted razón!.
  • Eso es cierto. El capellán Fernando Rojas, ha recibido las cartas de los que han escrito y verá la manera de hacer llegar a destino. Muchas de ellas son de despedida, pero ¡qué carajo, tenemos que morir, y ese es nuestro destino. Tenemos que cumplir con la patria!.
  • ¡Cuánto no daría por un plato de mondongo con sus papas amarillas, carajo! Y por un picante de cuyes con harto ají. –dice el pífano, Guadalupe Galarza- Mi viejita siempre preparaba para mi cumpleaños un banquete. Hoy día que cumplo 23 y me hago mayor de edad, ni he comido ni he bebido; pero tengo la oportunidad de demostrar que la edad que tengo la voy a celebrar matando chilenos o muriendo por mi Perú. –su voz se quiebra y trata de disimular con un gesto que pretende ser una sonrisa….
  • ¡No hables de comida, zopenco, menos de nuestro mondongo; es como mentar la soga en casa del ahorcado…
  • Bien, mi sargento bien, pero siquiera con el recuerdo debemos volver a nuestra tierra
  • ¡Claro!. Yo recuerdo que para el santo de mi padre, mi vieja se amanecía haciendo hervir el mondongo. En una olla gigantesca de fierro echaba la cabeza, las carnes, las tripas del carnero, carne chancho, y con el mote lo hacía hervir toda la noche. ¡Qué rico! En el almuerzo del día siguiente lo servía en enormes platos. Lo aderezaba con achiote rojo como fuego y le echaba el perejil picado. ¡Todos a comer! No creo que haya otro plato más rico y levanta muertos como el mondongo…
  • ¡Cállate, oye, no seas cruel. Recordarnos ahora las delicias de nuestros platos queridos cuando estamos muertos de hambre…
  • ¡Buena, cholo, carajo! ¡Éste sí que es un cumpleaños cojonudo!. ¡Espérate un rato y vas a ver que de todos los rincones de este desierto se va a prender una gran batería de Fuegos Artificiales en tu nombre. Lo único que va a faltar va ser el trago, pero cuando volvamos a nuestra tierra, vamos a ocupar un “Tonelada” y nos vamos a emborrachar como nunca. ¡Tenlo por seguro! ¡Si no es aquí, será en el infierno! ¡Qué carajo! – Todos, unos más que otros, nerviosos y esperanzados aceitan sus fusiles, arreglan sus morrales y, otra mayoría, en silencio, piensa en la lejana querencia.

Se encontraban hablando animadamente cuando apareció Alejandro Monfort y tras saludarlos le dijo que se encontraba muy preocupado por una noticia que uno de los altos jefes de nuestro ejército le había hecho conocer

En uno de sus viajes al Callao, el Jefe Supremo de las Fuerzas Armadas del Perú, general Juan Buendía, había conocido a una atractiva joven que de inmediato le sorbió los sesos. Creyéndola arequipeña entabló amistad que le fue muy correspondido. Tratando de intimar más con la chica, la buscó pero no la encontró, y lamentó mucho que se hiciera humo. Pero, con el correr de los días, llegó a Iquique en donde tomó conocimiento que habían sido detenidos dos espías chilenos, hombre y mujer, que en ese momento se encontraban en la antesala a la espera de ser juzgados. El comisario le dijo que el hombre había logrado fugar pero que la mujer llamada Zulema Díaz de Arellano, estaba en la antesala.

Cuando la vio entrar, el general estuvo a punto de caer de sorpresa. La que tenía en frente era la que creía arequipeña. Ordenó que los dejaran solos. Con la energía del caso le ordenó que le explicara la razón de su actuación, pero la mujer deshecha en llanto, se cobijó en el pecho del militar que no pudo soportar la cercanía y tras secarle las lágrimas, viéndola tan cerca, sucumbió rendido y la besó como hacía tiempo no lo había hecho. En ese momento empezaba una larga y tormentosa historia de amor. Con el pretexto de buscar su protección, ella se entregó al militar que, como un joven, pasó a disfrutar del cálido amor de la chilena; entretanto ella, con las habilidades extraordinarias de que están premunidas las mujeres, conseguía datos valiosísimos que hacía llegar a su ejército por lo medios más increíbles. Pagaba con su entrega rendida al viejo militar. Al poco tiempo, este amor llegó a ser un secreto a voces. En ese mismo instante, aseguraban que la chilena estaba en la tienda del viejo general. Los que escucharon la historia no podía creerlo y fue comidilla general en la hora del rancho.

Dos cerros, al norte y al sur de San Francisco se yerguen cerca de la estación de Dolores. Una es de ochocientos por ciento ochenta metros y el otro de mil por doscientos. Rodeados de pozos de agua se separan del cerro Tres Clavos por una angosta garganta llamada La Encañada, y del cerro Bartolo por la línea férrea a Pisagua y un terreno ya trabajado por empresas salitreras. En lo alto de esta fortaleza que nuestro ejército debe tomar, se encuentra el ejército chileno. Están resguardados por diez cañones de montaña Krupp, de alta potencia, cuatro potentes ametralladoras apoyadas por el 4º de línea y los batallones de “Los padrecitos”, llamados así por sus levitas negras. Arriba en San Francisco norte, se atrinchera el Buin, los Navales y el Batallón Valparaíso con doce cañones Krupp de tiro rápido y largo alcance. Entre la estación de Colores y el Cerro Bartolo hay más artillería y el 3º de Línea. Seis mil quinientos chilenos con 34 buenos cañones y tres potentes ametralladoras al frente.

En la retaguardia el coronel Cáceres se pregunta por qué no había una orden de ataque si todo estaba listo. ¿Qué esperan? –se preguntaba-. ¿Qué es del boliviano Hilarión Daza que debe estar listo para reforzar nuestras líneas? La respuesta no la conocía.

Continúa….