Acerca de la muerte en el “Día de los Difuntos” (Segunda parte)

día de los difuntos 3Durante toda la noche, los encargados de la familia, llamados “servicios”, repartirán hojas de coca, cal (en pequeños calabacines llamados ‘poros’), cigarrillos y el infaltable “quemao” -manojo de hierbas cálidas como borrajas, escorzonera, eucalipto, wira-wira y huamanripa, en hirviente cañazo, “amansao” con limón, azúcar quemada para endulzarlo y darle color. A cada hora, un “cantor” contratado ex profeso, entonará sentidos responsos en quechua y latín. Al llegar la medianoche y seis de la mañana, se servirán reconfortantes caldos de gallina o de cordero o, en todo caso, el famoso “Yacuchupe”, verde caldo de papas con copioso ají para mantener en jaque al sueño. A las once, una y cinco de la mañana, negro café cargado, acompañado de bollos y petipanes sabrosos.

A las tres de la tarde del segundo día se procede a colocar al finado dentro del ataúd, pero  antes de clavarlo, se despedirán los familiares y amigos. Es el momento más dramático de todo el rito. A las cuatro de la tarde –a esa hora salen los trabajadores de las minas, talleres y oficinas- partirá el cortejo fúnebre. Hombres y mujeres se han premunido de ropas abrigadoras y sus correspondientes capotes, abrigos y paraguas por si se presenta una tromba o chubasco o una nieve implacable. En nuestra ciudad, los amigos jamás han permitido que el cadáver sea transportado por vehículo alguno. Aquí, hasta hace poco, fracasó ese deseo de parecerse a Lima. La primera vez que un campanudo español regaló a la Beneficencia con una carroza halada por cuatro mulas negras debidamente enjaezadas con adornos dorados y cochero con librea negra, nadie la utilizó. Mucho más tarde trajeron un lujoso automóvil negro a usanza de Lima y sólo uno que otro cogotudo lo utilizó. El pueblo jamás. Ahora, me cuentan, todo ha cambiado.

A la llegada del primero de noviembre de cada año, “Día de todos los Santos”, se observa un unánime recogimiento. Con azadas, pico y palas se procede a cortar las hierbas que han crecido pródigas en la tumba; se rehace el túmulo, se pinta la cruz y se limpia la lápida. En esta ocasión, en una verdadera romería familiar, se llevarán flores frescas o coronas de biscuit con llamativas tarjetas para cada uno de los seres queridos muertos. Todos los familiares rodeando la tumba colocarán las ofrendas florales y, encargarán a un “cantor” para que entone, en quechua o en latín,  el consabido responso; para el caso, los cantores son numerosos. Los que más éxito alcanzan son aquellos que por la seriedad de su talante y la tesitura de su voz, convierten al responso, en una serie de notas quejumbrosas y dolidas que mueven a la remembranza cariñosa. Más de una lágrima rueda por la tostada mejilla de los “dolientes”.

Después de haber estado  rezando, conversando y recordando sus pasadas vivencias, las familias pasan a las carpas y toldos que circundan el cementerio y calles aledañas en donde degustarán la “Pachamanca” con su apetitosa variedad de papas, camotes, habas, humitas, carnes y choclos. “El mondongo”, rojo de achiote, tripas, carne de carnero y de chancho, salpimentado de fresco perejil verde y papas amarillas con abundante ají. El picante de cuy, a punto de fuego con sus enormes papas y notables presas colmando el plato. El charquicán, picante de carne seca deshilachada muy bien condimentada y adornada con abundantes papas. Las “arvejitas” en su punto de cocción y de ají; todo esto acompañado de chicha de jora, maíz o cerveza para atenuar el picor de fuego. Como pequeños bocadillos también saborearán los panecillos de maíz, rosquillas bañadas de azúcar fina coloreada, bizcochuelos de finísimo cuerpo, suaves al paladar, cancha maní, numia… Nunca están ausentes las frutas como naranjas, plátanos, granadillas, tunas etc.

Otra de las costumbres conservadas por madres y abuelas cariñosas a la llegada de Todos los Santos en recuerdo y homenaje a los seres ausentes, es la OFRENDA. Consiste en preparar –en vísperas del primero- una mesa en la que se irán colocando amorosamente platos conteniendo potajes que en vida fueron del gusto del finado. Decorada la mesa con algunas flores, se colocarán locros, guisos, frituras, rellenos o ajiacos que eran de preferencia del difunto, tal como si personalmente fuese a comer. Por ningún motivo se soslaya de colocar “cuartitos” de aguardiente de caña, anisado, coñac o el licor que más hubiera preferido en vida; una cajetilla de cigarrillos. Todo esto se hace en el convencimiento de que el difunto, al llegar la medianoche, se alegrará de saber que sus familiares no le han olvidado y todavía queda en sus corazones la memoria de lo que más le agradaba.

Por otro lado, vestidos de riguroso duelo, los deudos, especialmente la cónyuge, guardará todo un año de obligatorio recogimiento durante el cual, no podrá asistir a fiestas ni convites; guardará un comportamiento adecuado de homenaje al difunto. Cumplido el año, terminada la fiesta conmemorativa y la comilona correspondiente, todos los deudos se reúnen en la sala de la casa y en ese momento, la viuda “botará el duelo” para lo cual se cambiará la ropa negra por la de colores y, cumplido el año de recogimiento podrá volver a vivir libremente como cuando era soltera.

EL RESPONSO.

Considerado como la parte más antigua de la Liturgia de la iglesia, las notas del responso recorren a menudo todo el registro de la voz humana con trémolos profundos y conmovedores. Es interpretado por los “cantores” que en los cementerios lucen sus habilidades conmoviendo a los dolientes con sus desgarradores lamentos. Así para el “Día de los difuntos”, sus voces en una infinita variedad de registros, inundan el campo santo que para la fecha luce su arreglo de  flores y adornos. Seguros estamos que estos cantos necrológicos tienen el linaje de las “saetas” sevillanas, canciones sencillas, apasionadas, de un elevado sentimiento místico que nuestro dulce quechua, le dio mayor profundidad y dramatismo. La “saeta”, cual el arma arrojadiza de la que toma el nombre, es ligera y aguda, sube al espacio y penetra en el corazón de los que poseen la viva pasión cristiana en mente, haciéndoles recordar el sangriento episodio de la Pasión y muerte, de una manera desgarradora y casi palpable. Son conocidos los responsos: “Cocha Coillur”, “Sábana Santa” o “Riccharillay”.

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Acerca de la muerte en el “Día de los Difuntos” (Primera parte)

día de los difuntosHay pocos lugares en el mundo donde la muerte ha  marcado tan profundamente a un pueblo como al Cerro de Pasco. No es para menos. Se puede decir que el cerreño convive con la muerte; especialmente el minero. No otra cosa sufre diariamente en las profundidades de los socavones. Es muy raro el día en que la sirena de la mina no alargue su tétrico gemido anunciando la muerte de uno o varios obreros. Es una negra constante en las galerías, en los talleres, en los campos. El cerreño no le teme a la muerte, la respeta. Convive con ella. Eso lo saben bien los mineros y las mujeres y los niños; todos. Por eso cuando la fatídica guadaña cercena una vida todos sienten la desgracia como suya compartiendo solidariamente el dolor luctuoso. Si no en la mina, la parca se presenta también en el ambiente exterior que tampoco está exento de riesgos. Aquí, una repentina pulmonía, casi siempre cobra una vida humana; esto lo determinan el frío glacial y la empobrecida oxigenación de las astrales alturas. Por eso, todos a una, las gentes están cerrando filas en torno a lo inevitable. Hay un reverente recogimiento ante la muerte. El deprimente negro del luto uniforma la indumentaria de familias enteras con alarmante regularidad. No he visto otro lugar donde la gente -motu proprio- se aglutine compartiendo el duelo en emocionado silencio.

El doloroso acontecimiento de la muerte ha establecido una  tradición con una serie de pasos que a continuación puntualizamos.

Si la parca no ha actuado antes con premeditación, ventaja, alevosía  y crueldad, llevándose un alma al cielo en accidente minero que conlleva una particular manera de recibir su zarpazo; en el caso de la agonía de una persona, la actuación de los dolientes es distinta. A los agónicos en trance de muerte por enfermedad, se los acompaña alternando los rezos en voz baja con el silencio de la espera. Se suplica al Supremo lo lleve a su Seno ya que una prolongada agonía se interpreta como un castigo que tiene que cumplir; en ese caso, para ayudarle a bien morir, se reza: “Sal, alma cristiana de este mundo, en nombre de Dios Padre Omnipotente que te crió; en nombre de Jesucristo Hijo de Dios vivo que por ti padeció; en nombre del Espíritu Santo, cuya desgracia se derramó sobre ti; en nombre de la gloriosa Santa Virgen, Madre de Dios, María; en nombre de San José, ínclito esposo de la misma Virgen; en nombre de los ángeles y arcángeles; en nombre de los tronos y dominaciones; en nombre de los principados y potestades; en nombre de los querubines y serafines; en nombre de los patriarcas y profetas; en nombre de los santos apóstoles y evangelistas; en nombre de los santos mártires y confesores; en nombre de los santos monjes ermitaños; en nombre de las santas vírgenes y de todos los santos y santas de Dios”.

Como es natural, se ha llamado al cura que tomando el santo óleo ha purificado los sentidos y miembros del agónico por haber visto, oído, olido, gustado, tocado y andado tan lejos de Cristo durante tanto tiempo. Finalmente le hace comulgar la hostia  rezando las jaculatorias en nombre del agónico diciendo: “Santa María, ruega por mí; San José, ruega por mí. San José con la Virgen Santísima, ábreme los senos de la Divina Misericordia. Jesús, José y María, duerma y descanse en paz con Vos el alma mía”.

Si se sospecha que el final ha llegado, se acerca el oído al corazón del doliente o se le coloca un espejo a la boca; si éste se nubla, todavía vive; caso contrario, ha finado. Es en este instante en que el llanto, espontáneo se hace general; todos lloran. Aquí jamás se ha contratado a las plañideras profesionales para que “lloren por el muerto”.

Producido el deceso, hay que cerrar los ojos y la boca del muerto. El que los tenga abiertos –aseguran las viejas- es clara advertencia que muy pronto habrá de llevarse a uno de sus seres queridos. A continuación se baña el cuerpo para amortajarlo (Un especialista se encargará de confeccionarle la mortaja); hecho esto se lo conduce a la sala principal de la casa colocándolo sobre una mesa cubierta de rodapiés blancos de blondas y encajes, frente a la puerta; con una sábana grande, se le cubre en tanto se termina de coser el sudario; en las esquinas se colocan los candelabros con cirios encendidos. A la cabecera, el Cristo en la cruz. Sobre la puerta se clavará una cruz  con cintas negras; así, familiares y amigos conocerán el óbito. Es decir que, en todos sus pasajes, se cumple con la tradición cristiana que dice: “La piedad respetuosa que los primeros cristianos sintieron hacia los muertos se manifestaba ya en el momento de expirar; se les lavaba el cuerpo, se les perfumaba a menudo, se les cerraba los ojos y la boca, como para quitar a la muerte lo que tiene de horrorosa y para darle apariencia del sueño tranquilo. El cuerpo se envolvía en su sudario y se le depositaba en un sepulcro”

Por su parte, el “mortajero” debe confeccionar el sudario en un paño muy austero, sin ningún adorno superfluo o pagano ni con guarniciones metálicas. Si el extinto fuera varón se le vestirá el hábito seráfico de San Francisco de Asís de tosco sayal marrón con capucha, sujeto con un cordón que deberá ser tejido cumpliendo un rito muy especial. La capucha esconderá los rasgos descarnados del difunto cuando deambule por la tierra y, el cordón, como un misterioso sortilegio, enmudecerá a los perros. Todos sabemos que a la vista de los espíritus los canes aúllan lastimeramente. Otra de las prendas obligatorias, es el calzado que ha de ser muy ligero, generalmente zapatillas,  para que no se escuchen sus  pisadas cuando venga a ver a sus deudos… El segundo día se procede al amortajamiento con el hábito de San Francisco de Asís. Como es lógico, transcurridas varias horas, la rigidez cadavérica todavía continúa y la frialdad del cuerpo es manifiesta, aunque a veces, cierto calor en la zona de las axilas hace pensar a los dolientes que el finado está esperando a un familiar o amigo querido para despedirse. En tanto se le amortaja, se le habla cariñosamente –como si estuviera vivo- generalmente en quechua para que no esté tan rígido, porque lo que se quiere es  dejarlo presentable para su partida definitiva. Parecido procedimiento se sigue cuando se amortaja a una mujer, en cuyo caso el sudario es de la Virgen del Carmen con su correspondiente escapulario y su rosario de madera, y, si fuera infante, del Niño Jesús de Praga. En el Cerro de Pasco, por lo general se vela al difunto durante  dos días y dos noches; a veces hasta tres. Las bajas temperaturas reinantes así lo permiten. Cuando los familiares no llegan. “No se debe acelerar un entierro porque el alma sufrirá mucho ante la ausencia de un ser querido”.

día de los difuntos 2Para el velatorio, parientes y amigos van llegando desde la siete de la noche ofrendando botellas de licor, cigarrillos, panes, coca, café, etc. Los hombres se sitúan generalmente la sala y  las mujeres, en alguno de los recintos interiores, próximos al principal. Durante toda la noche la conversación  girará en derredor de las virtudes que en vida tuvo el difunto, porque su alma “no se ha marchado definitivamente, está entre los presentes y puede oír de cuánto hacen y dicen, por eso todos hacen elogios del difunto, convencidos de que  les oye y necesita escuchar tales halagos para estar alegre y satisfecho”. También se pueden referir a su anecdotario, a sus andanzas, a algunos pecadillos veniales, eso sí, sotto voce; más tarde ya se “rajará” de las autoridades y de algunos hechos de actualidad; sólo al amanecer, cuando languidecen los ánimos se permiten adivinanzas y relatos probos, respetuosos, porque los otros, los colorados, están destinados al velatorio de los cinco días o “Pichgachy”.

(Continúa…….)

GRAZIELLA AMÉRICA TREMOLADA (Poeta)

Graziella AméricaPoeta romántica, surge en el mundo de la poesía -(1940-1945)- al mismo tiempo que Esther Moreno Alcocer, sólo que ella no tuvo mejores auspicios que otras artistas de su tiempo; no obstante, sus colaboraciones fueron leídas con beneplácito por los lectores de EL MINERO. Del racimo de creaciones que adornan su producción, señalamos algunas.

R E G R E S O

El día que tú vuelvas a mi lado,

no habrá penas en mi alma;

cual se vislumbra el sol dorado,

con tu amor retornará la calma.

 

En ese dulce y feliz regreso

con que tantas noches sueño,

habrá como salado un suave beso

lleno de olvido y de perdón para mi dueño.

 

Con los rayos del sol de tu cariño,

se deshará la nieve de mis penas,

y los bracitos frágiles de un niño,

ceñirán tu cuello cual dulcísimas cadenas.

 

Yo siempre te espero, vida mía;

jamás el rencor de mi pecho ha herido,

porque sé que volverás un día,

la certeza del regreso, feliz me ha sostenido.

 

El día que tú vuelvas a tu lado,

olvidando tu traición y mi amargura,

al fin te recobrará mi bien amado

para darte de nuevo mi ternura….

(EL MINERO, de 3 de diciembre de 1945).

R E M E M B E R

 (Ante la tumba de mi padre  en el segundo aniversario de su muerte).

RIP

¡Padre!, tú no escuchas el lamento que de mi pecho brota

yo sé bien que tú no oyes, no ves, ni sientes nada…

por todo ello, tengo el corazón transido y el alma rota,

y ante el silencio inexorable, me siento atribulada….!

 

Hay silencio en las tumbas, silencio en las almas,

silencio en el tiempo y sollozo en mi pecho,

pero llorosa te traigo laureles y palmas

para ceñir tu frente con el corazón desecho.

 

El camino es corto con el trofeo de mi victoria,

iré en pos de tu recuerdo con mi alma anhelante,

y buscaré la tuya como homenaje a tu memoria,

la frente imaginaria coronará feliz y triunfante…!

 

Hay silencio en todas partes y en mi loco tormento;

me pregunto acongojada:¿Para qué si hay silencio

detrás de las tumbas, por qué en el pensamiento,

que he de verte alguna vez, cada día evidencio…?

 

Es para mi alma desolada, horrible y cruel congoja,

saber que inexorable de tí el tiempo me separa,

y por el mundo voy sembrando cual una hoja…

triste y marchita sin saber lo que el destino me depara…

 

¿Hasta cuándo, Señor, he de seguir luchando

con este cruel tormento de seguir viviendo,

esta vida que de tí más y más me está separando?

sin pausa, sin consuelo en continua agonía.

 

¡Padre!…yo sé que no me escuchas…

yo sé que el silencio tan solo me responde…

pero quiero que sepas que son negras mis luchas

y es amarga la pena que en mi alma se esconde…!

 

Para ceñir tu frente, sin cansancio ninguno

conquistaré llorosa y tendrás laureles y palmas,

y allá donde estés tú, con mi amor profundo,

te buscaré y te hallaré entre todas las almas…!

 

¡Silencio en las tumbas…!. Pero mi amor profundo

desbordando en sollozos de mi pecho oprimido,

irá a llorar plegarias hacia el otro mundo…

vibrante en el recuerdo, el corazón transido….!.

(EL MINERO, NOVIEMBRE DE 1946).

DIA  DE  LA  PRIMAVERA

Ya llegó la tan soñada primavera…

me besó en la frente esta mañana,

asomóse traviesa y picaresca de manera

suave, con perfume de pradera a mi ventana.

 

Vibrante, alegre con gorjeos y trinos

ya llegó la Primavera con suave evocación

de alegres tintineos, con hábitos divinos

con flores y sones de dulcísima canción…!

 

Hay perfumes gratos en la pradera…!

amapolas y jazmines, rosas y claveles

sensación de fragancias, sensación placentera,

están llenas de nuevas alegrías los vergeles….

 

Los ruiseñores cantan alegres,

cantos a la vida son sus cantos….

y son estos dulces pequeños mensajeros

embajadores de la Primavera y sus encantos.

 

Evocación del sueño aquel primero…!

manantial de risas, policromía de colores,

vibración de emociones, goce pasajero,

revolotear de mariposas, fragor entre las flores.

 

Ya llegó la esperada primavera….

me besó en la frente esta mañana,

asomóse traviesa y picaresca, de manera

dulce, con perfume de pradera a mi ventana…! 

(EL MINERO, 28 de setiembre de 1946).

 

 

 

 

 

Nuestros juegos infantiles (Segunda parte)

Sol  o luna.- Era en las noches, aquellas en las que se podía distinguir con una asombrosa claridad toda la orfebrería de estrellas que resplandecían en aquel cielo azul, intensamente azul de nuestra tierra; cuando en la explanada del barrio nos reuníamos los niños del Misti. Cogidos de las manos, mirando hacia arriba, con una candidez conmovedora cantábamos en coro:

Mama luna, dame medio,

                        Para comprarme un caramelo. 

            Pasada la primera euforia producida por la contemplación de la astral maravilla, nos poníamos de acuerdo para jugar: SOL O LUNA. El juego consistía en que, en secreto, los dos muchachos más grandes del grupo, se nombren de sol o luna (esto sin que el resto lo supiera), y cogiéndose de las manos formaban un túnel por donde debíamos pasar el resto de los muchachos que, agrupados en una fila indestructible, pasábamos raudos –imitando a un ferrocarril con sus coches- por el túnel y el último de la fila trataba de ser cogido por los mayores. Si lo conseguían, le preguntaban: ¿Sol o luna?. De acuerdo a la respuesta se colocaban detrás de uno u otro, según correspondiera. Formados ya los dos grupos, procedíamos a pelear el “Nudo de Guerra” para lo cual se trazaba una línea divisoria, pasada la cual por cualquiera de los equipos, determinaba al ganador. Esto, claro está, después de un fogoso tira y afloje espectacular. El caso es que nos divertíamos de lo lindo hombre y mujeres.

El Mercader.- Otro juego nocturno que recuerdo con enorme cariño es el que denominábamos EL MERCADER. Comenzaba nombrando al comprador y al vendedor de una determinada especie a negociarse, generalmente fruta o herramientas. El vendedor le ponía nombre a cada uno de los productos sin que el comprador pudiera escucharlo. Hecho esto, el vendedor aglutinaba su mercadería y comenzaba el juego.

El comprador llegaba a la puerta del vendedor y se suscitaba el siguiente diálogo:

— El ángel viene con una bola de oro.

— ¿Qué desea…?

— Una fruta…

— ¿Qué fruta..?

El comprador decía el nombre y de haber en existencia se lo llevaba, caso contrario fingía irse para volver con otra fórmula.

— El diablo viene con setenta mil  cachos…

— Y…¿Qué quiere?.

— Un fruta…

— ¿Qué fruta…?.

De la misma forma que la anterior se seguía jugando hasta que todo estuviera vendido. Luego se cambiaba de comprador y vendedor.

la coloniaEl Mundo o la Colonia.- Cualquiera de estos nombres podía asignársela a este juego que se practicaba en los meses secos, es decir en los que no había lluvia ni nieve. Servía para poner en juego la habilidad y resistencia de dos contendientes; quien mayor habilidad tuviera en cerrar cajones en disputa y resistía incólume el juego: ganaba.

Para ello, utilizando un resistente clavo grueso se trazaba sobre el piso un figura de un avión de dos alas, una iglesia con muchos cajones o un edificio de muchos compartimentos. Cada uno de los compartimentos se señalaba con sus números correspondientes que indicaban el valor de cada cajón. Se comenzaba arrojando la teja –cada uno de los contendientes debía preparar una a fin de que no saltara en el momento de caer sobre el cajón- . Se iniciaba en el primer cajón del que se debía llevar la teja con un solo pie hasta el siguiente cajón teniendo cuidado de no pisar en ningún momento las líneas demarcadas. Esto debía hacerse a saltos en el trazado sosteniéndose solamente con un pie. Así sucesivamente debía arrastrar la teja ganando los varios cajones, pasando cada vez  los compartimentos anteriores hasta llegar al último. Cada vez que uno terminaba la vuelta, estaba autorizado a cerrar un cajón que el contendiente no podía pisar.

El otro sistema correspondía a echar la teja y luego ir saltando de cajón en cajón, cerrando uno en cada vuelta pero alternadamente a fin de que el contrario pudiera tener acceso al juego brincando alternadamente sobre los cajones que les correspondía mas no en el del contrario.

El salto cabrito.- En Argentina, a este juego lo llaman “Lingo”, lo hemos leído en Billiken. Para su práctica se necesitaba agilidad y resistencia y consistía en efectuar saltos apoyados sobre el rival.

Se comenzaba rifando el turno para “chantarse”, es decir, para ponerse de cabrito sobre el que debía de saltar el resto. El perdedor se ponía con el cuerpo inclinado a fin de resistir los embates del salto. Los contendientes corrían por turno para saltar sobre el “chantado”. A medida que transcurría el tiempo, los saltos demandaban mayor dificultad. El muchacho que no conseguía saltar limpiamente, reemplazaba y se “chantaba” hasta que otro chico fracasara.

Tres en raya.- Este es un juego para practicarlo en invierno, es decir dentro de la casa. Consiste en que cada uno de los contendientes debería tener tres fichas (piedrecitas, maicitos, palitos etc.) los que van colocándose alternativamente en los puntos de partida de cierto trazado de líneas, de manera que, para ganar la partida, había que conseguir alinear las tres fichas en determinado sentido de las rectas. Es decir debía haber “tres en raya”; en una sola raya.

Cara o sello o “Chapas”.- Este es un juego que lo mayores llevaban a extramuros de los de envite porque jugaban monedas en apreciables cantidades que, nosotros los niños, no podíamos acceder. Pertenece a la época en la que entró en vigencia las monedas de cobre gordos y chicos. Se jugaba con los gordos. Como tenía dos figuras (Cara o sello) se tenía dos piezas, una con la cara para arriba y otra con la cara para abajo. Al tirarse al aire ambas monedas y caer sobre el suelo,  tenían que coincidir en su significado para que el tirador gane. Por cada tiro se hacía una apuesta.

Las bolas.- Este fue un juego hermoso con grandes variantes. Llegados los días de sol,las bolas todos los niños nos premuníamos de nuestras correspondientes bolas para competir en el juego con sus amenas variantes como: la quena, la trinca, la sierra etc. Cada uno, por ley, deberíamos tener una “mediana” que era la que mandaba, por eso era la más grande o más sólida; el caso es que cada quien tenía la suya. Las habían de acero, de vidrio o de piedra; sí, de piedra. Una piedra perfectamente pulida y brillante que se utilizaba para cualquier juego. También, cada uno debería de poseer su arsenal de bolas, principalmente “ojitos” que eran bolas de cristal de una belleza increíble y de diseños y colores tan caprichosos que causaba arrobamiento el contemplarlas. Cuando estos ojitos eran pequeñitos, se les llamaba “chinis”; las melladas o maltratadas recibían el nombre de “sarnas”, que no valía sino media bola.

Recuerdo claramente que a nuestra escuela a donde llegábamos jugando “la trinca”, había muchachos diestros que daban fácil cuenta de sus rivales. En mi barrio, el “Shico” y el “Chancho” Julián Espíritu era los más diestros.

El pelotaris.- Este deporte tan amado y practicado por nuestros mayores era, para los vascos que lo trajeron, “el deporte ideal para desarrollar la fuerza, la agilidad, la vista y la resistencia”. En nuestra tierra se jugaba a mano pelada con pelotas fabricadas ex profesamente con un envoltorio de cintas de jebe que llegaban a pesar 125 gramos cada una y que daban rebote en las canchas que recibían el nombre de FRONTÓN. Consistían estas canchas en un campo de 15 a 20 metros con una sólida pared en ángulo recto de 12 a 14 metros de altura, cubierta de cemento o barro apisonado que permitiera el bote adecuado de la pelota que por turno estrellaban los jugadores en partidos simples o dobles, después que la pelota botara sobre el piso.

Era tan apasionante este deporte que no obstante su alto valor atlético, ya casi no se practica en nuestra tierra donde hubo memorables peloteros. Cada barrio tenía su frontón; los más recordados son los frontones de Pío Ramírez, en la Esperanza; de José Castillo Díaz, en Huancapucro; de Gregorio Merello, en Rockovich y el de nuestra escuela de Patarcocha, donde nuestros maestros sostenían reñidos partidos. También utilizaban las paredes de la iglesia Yanacancha y otros lugares. Jugadores notables fueron: Pedro Santiváñez, Marcelino Suárez, Julio Paitán, “Togro” Rojas, Mamerto “Gato” Galarza, Horacio Zárate Jurado, Juan Casas Vásquez…

Nuestros juegos infantiles (Primera parte)

maninbolaLos juegos infantiles en mi tiempo estuvieron determinados por el clima reinante a través de sus dos estaciones: invierno y verano. Bueno de alguna manera hay que llamarlas porque la única estación señalada y continua era el invierno. No les faltaba razón a los que decían que las dos únicas estaciones que se conocían en nuestra ciudad eran el invierno y la estación del tren. El invierno comenzaba a mediados de octubre con tímidas lloviznas; época para el uso de pequeños zancos que confeccionábamos con latas de leche vacías a las que les colocábamos manijas de alambre en cada lata a manera de estribo y al extremo opuesto, a manera de manija para guiar con las manos y mantenerlo adherido a los pies.

A medida que transcurrían los días, el invierno se manifestaba abiertamente con sonoras granizadas, imparables celliscas, trombas incontenibles, hasta las silenciosas nevadas que, cayendo día y noche, blanqueaban a nuestro pueblo con su albo manto de incomparable belleza. Era tanto el peso de la nieve que traía por los suelos postes y alambres de luz, teléfono y telégrafo. Esta era la época de los juegos de salón: bolero, sirriachi, tres en raya, damas y todo aquello que nada tuviera que ver con el tiempo.

Luego, desde los primeros días de mayo hasta mediados de octubre, la timidez del sol determinaba el tiempo de la “shulula”, el trompo, las bolas, el palitroque, el salto cabrito… El remiso verano recién se acentuaba a plenitud en junio para ir decayendo con los días. Cuando el piso estaba seco, nos desplazábamos de un sitio a otro por las calles utilizando una rueda que conducíamos mediante un manejador de alambre grueso; las mejores y más buscadas eran aquellas hechas con los extremos de los cilindros metálicos, pulidas adecuadamente; claro, podían tener diferentes tamaños. Este juguete, es necesario decirlo, nos mantenía en perfecto estado físico e in mejorable salud. Era la época en que también jugábamos béisbol. No olvidar que los norteamericanos jugaban en el Cerro de Pasco, Smelter y la Oroya compitiendo con novenas de connacionales o japonesas y peruanas. Nosotros lo asimilamos como “Maninbola” con todo el reglamento que vigía para el deporte.

cometaLas cometas.- El mes de agosto  hacían su aparición los vientos que retozaban a sus anchas por las punas. En el cielo azul de aquellos días se podían ver hermosas cometas de colores, formas y tamaños diversos. Una parvada de niños bullangueros y corretones iban de aquí a allá, tratando de ganar altura y distancia para sus cometas en competencia con sus amigos. Aquí también estaban los que trataban  de destrozar al contrincante. Para ello colocaban filosas navajas de afeitar a las colas de sus cometas,  las que en su balanceo pendular en el aire, cortaban los hilos de la cometa del contrario después que se habían acercado lo suficiente para conseguirlo.

Todos los niños, ilusionados enviábamos mensajes escritos con papeles agujerados por el centro a fin de que  colocados en el hilo, fueran a llegar hasta la cometa; estos mensajes cariñosos alentaban a que se elevasen más y más: eran los famosos “cachapuris”. Si en esta época la bendición del sol calentaba generalmente en el día, era durante la noche cuando la implacable helada con sus hirientes esquirlas escarchaba puquiales y acequias, cebándose en el rostro de los lugareños, atezándolos. Primavera y otoño pasaban inadvertidos.

 LA SHULULA.- Era en los meses de sol, libre ya de lluvias, nevadas y truenos –la tierra acariciada por el sol- cuando recurríamos a un juego muy nuestro, muy cerreño; la shulula. Servía para demostrar la audacia y agilidad de los muchachos. Un peligroso resbaladero del que más de uno salía averiado y embarrado porque era un tobogán natural en el gredoso barro cerreño.

Recuerdo que frente a nuestra escuela había una falda de pronunciado declive conformando una pendiente peligrosa, muy empinada de 45 a 50 metros que iba a morir a las orillas de la laguna de Patarcocha; laguna ésta muy querida que, a instancias de los “dueños” de la ciudad, se desecó. Sobre ella, es decir sobre el relave que ocupa el lugar de las aguas, se levanta hoy, parte de la ciudad. Aquí estaba ubicado el resbaladero: un reto a nuestra agilidad y audacia temerarias.

Mientras escuchábamos las clases, de ocho a diez de la mañana, nadie se acercaba al baño; todos aguantábamos heroicamente, a como diera lugar, la urgencia de orinar y cuando la sonora campana resonaba en nuestro patio anunciándonos el único recreo de la mañana, rápidamente tapábamos nuestros tinteros, limpiábamos nuestras plumas y  libros y cuadernos y reglas y lapiceros guardándolos en nuestra bolsa hecha de talegas viejas de harina. No se esperaba ni un minuto. En medio de una bulla ensordecedora, en loca carrera íbamos a ubicarnos al filo de la pendiente y, todos a una,  soltábamos nuestra continencia orinando sobre el marcado surco de nuestra shulula, afinando el camino por donde discurría la micción lubricando el trayecto.

Expedito el resbaladero -no era cosa de esperar- el más audaz de los muchachos, encajaba un pie sobre el carril, se ponía en cuclillas y al levantar el otro pie, se convertía en una bala humana que se deslizaba raudo desde la cima hasta la orilla de la laguna donde muchas veces se “costaleaba” aparatosamente. Pocos eran los que poseían la maestría de llegar invictos. El clamoreo general era enorme; aplausos, vivas, silbidos y mofas para los que llegaban a destino. No eran pocos los que rodaban espectacularmente por no haberse podido mantener con un pie en alto mientras se deslizaba. Una vez abajo, se levantaba el héroe, se sacudía los pantalones embarrados y volvía a ejercer su turno de velocidad y vértigo.

Muchas veces –perdónenme la digresión- mientras nosotros estábamos en clase dentro de las aulas, el “Matón” Marcial Riofano, un hombre enorme, sargento licenciado del Ejército que fungía de disciplinario del plantel, con el único objetivo de hacernos daño, clavaba sibilinamente unos huesos en el trayecto de la “shulula” de tal suerte que, el que inauguraba, al tropezar con estos obstáculos, volaba por los aires, a veces hasta perder el conocimiento; pero ese traspiés delataba claramente en dónde se encontraban los huesos que el matón había enterrado. Los retirábamos prestos e  inmediatamente  continuábamos con la hermosa tarea de “shulular”.

Cuando la campana volvía a convocarnos, cansados pero felices, llegábamos a filas con los zapatos cubiertos de barro, en un tris de abrirse como rosas y las ropas hecho una miseria, especialmente los pantalones, todos almidonados de greda que, más tarde, secados ya por el calor del cuerpo, semejaban una armaduras de pobres caballeros de la aventura. ¡Y claro que eran armaduras!, porque cuando los viejos nos azotaban por tamaña aberración, los rebencazos que nos prodigaban no los sentíamos.

EL TROMPO.- Era un bonito juguete de madera con una púa de acero en una punta y el tromposuave cabezal en la parte superior opuesta. Estaba hecho de una madera dura y resistente como ishpingo, moena, tornillo, naranjo y, en algunos casos de noble caoba; ágil y leve como una avecilla. Torneado en forma de pera llevaba decorativas estrías laterales y, en algunos casos, decorados con llamativos colores y diseños concéntricos que, al bailar ofrecían un solo y hermoso color. Estos eran los más bellos y espectaculares, pero muy raros.

Los más ligeros y elegantes eran los torneados en caoba –ya lo dijimos -, pero con la púa en forma de corazón que, colocada con precisión, hacían bailar al trompo como clavado en el suelo en un alarde de equilibrio y precisión geométricos y, como si fuera poco, levantado a la mano, casi no tenía peso; por eso decíamos que era “pajita”. En su frenético girar emitía un zumbido agudo pero sutil que hacía exclamar a los muchachos: ¡Está “ringiando”!..

Era un deleite verlo bailar y silbar, pero allí concluía su encanto, porque para las competencias, no servía de mucho. Era otra cosa. Para los torneos estaban los trompos más robustos y con púas largas hechas de clavos de acero pulido. Estos trompos bailaban trazando una elipse muy precisa y servía para jugar a las “sacachapas” y “sacamedio’, “mandacuco” y la infame “cocina”.

Había trompos matreros con púas gigantescas y tan mal colocadas que bailaban dando saltos, brincando de un lado a otro; eran los infames “berreteros” que por sus saltos imprecisos también eran llamados “zangaracheros”. Estos eran los trompos asesinos que en manos de los sicarios, abrían el corazón de los otros trompos al primer intento.

Sin embargo, seamos justos, a parte de este destripador juego de la “cocina” y el “mandacuco” -en el que se iban pegando golpes al otro trompo mientras bailaba- los “barreteros” eran excelentes para jugar “sacachapas”y “sacamedio” (medio real) ya que su acerada prominencia metálica se prestaba para ello. A cada “wipia”, es decir, a cada lance, con una habilidad de maestro, se dirigía el trompo bailando sobre la chapa o la moneda y ésta aparecía fuera del círculo en el que estaba encerrado. El “chipche” (prenda) que era expulsado, pertenecía al jugador que lo sacaba.

En mi promoción hubo excelentes maestros del trompo. Se les conocía porque, a la altura de la segunda falange de la mano derecha, lucían una sangrante abertura originada por el áspero roce de la “huaraca”, es decir, el cordel con el que se hacía bailar el trompo. A ese extremo llegaba el fanatismo por este juego. Bueno, es que la recompensa de las ganancias bien lo merecía. Todo dependía de los trompos. Había algunos que caían rendidos después de haber durado hasta seis “wipias”.

EL PALITROQUE.- En el palitroque se ponía en juego la habilidad, rapidez y buena vista de dos contendientes. Para practicarlo, se utilizaban dos palos generalmente cortados de un mango de escoba. El más largo, de unos cincuenta centímetros más o menos, servía para arrojar lo más lejos posible al pequeño, generalmente de unos 15 centímetros. Previamente, a éste se le había colocado sobre una piedra pequeña, a la altura de la mitad, para que la parte inferior se posara sobre el suelo y la otra quedara en el aire a manera de una palanca. Al recibir el golpe del palo grande, el pequeño saltaba unos centímetros del suelo, lo que aprovechaba el jugador para darle un segundo golpe y arrojarlo unos diez o quince metros.

Entretanto el contendiente esperaba que el palo pequeño fuera arrojado para intentar atraparlo en el aire. Si lo conseguía, reemplazaba al jugador de turno para tirar el palo; caso contrario, de donde cayera lo enviaba al cajón que no era sino un cuadro pequeño señalado en el suelo de más o menos diez centímetros de lado. La distancia en la que cayera era medida por los largos del palo grande cuyo valor era de diez puntos cada largo. Fijados los topes, cada jugador utilizaba su turno y a cada centenar se cambiaba la manera de tirar: rapiña, libre, doble rapiña etc.

el sirriachiEl Sirriachi.- Este era un juguete peligroso, muy peligroso. Su nombre no era sino la prostitución del diminutivo sierra; es decir un hipocorístico regional (que expresaba que era una sierrita). Estaba constituido por una finísima lámina circular hecha de tapa de gaseosa, aplanada, atravesada de parte a parte por un cordel a través de dos agujeros. Atadas las puntas del cordel y la lámina del centro, envolviendo y luego estirando simultáneamente, una y otra vez, se conseguía que ésta girara misma sierra circular. La lámina aplanada al máximo por haber sido colocada sobre la riel al paso del ferrocarril  adquiría un filo tremendo que circulando con un zumbido muy peculiar podía cortar ciertos objetos. Muchos “chuches” –los malos- cortaban con él las ropas y bolsones escolares de sus compañeros.

Continúa…

Lizandro Proaño Soto Ilustre pionero de la minería peruana y forjador de su constante modernización

Destacado por su especial apuesta para la consolidación de una industriaLizandro Proaño Soto minera nacional a finales del siglo XIX e inicios del XX, y por su esfuerzo por modernizar y hacer competitivos los procesos mineros, don Lizandro Antonio Proaño Soto fue un Minero Notable que marcó una época y dejó una huella imborrable en la historia de la minería peruana.

Nació en Cerro de Pasco el 10 de mayo de 1866, en el seno de una familia estrechamente vinculada a la actividad minera en Perú. Su padre fue don Ricardo Proaño y su madre doña Petronila Soto, y sus abuelos don Miguel Proaño y doña María del Pilar Quintana.

Sus primeros estudios los cursó en el Colegio Ortecho de Tarma y en el Colegio San José de Jauja, dedicándose desde muy joven a trabajos mineros, lo que le permitió adquirir una vasta experiencia en esta dura actividad a la que se ligaría con especial predilección hasta el fin de sus días.

Como un predestinado hombre de minas, en 1894, junto con su cuñado Octavio Valentini, en uno de sus múltiples recorridos por el centro del país, descubrió mineral de alta ley de cobre en el distrito de Morococha de la provincia de Yauli en el departamento de Junín, donde luego fundó la negociación de mediana minería Alapampa para explotar, entre otras, la mina Ombla.

De esta forma, a fines del siglo XIX, se inicia la exploración y explotación formal de este rico depósito mineral, que es uno de los pilares de la minería nacional, en uno de los distritos mineros más importantes del mundo.

Con el tiempo, don Lizandro Proaño funda también las Sociedades Mineras Austria Duvaz y La Mar, e inicia operaciones en las minas de carbón bituminoso en el asiento minero de Huari, en la provincia de Yauli, desde donde fue configurando su objetivo de establecer un centro metalúrgico propio, meta que materializó posteriormente en Tamboraque.

Industria nacional

En la primera década de 1900, un representante del millonario norteamericano Jones B. Haggin adquirió un importante número de concesiones en Morococha, con una inversión cercana a las cuatrocientas mil libras esterlinas, y otras tantas en Cerro de Pasco, sentando las bases de la futura compañía Cerro de Pasco Corporation.

LIzandro y Cipriano ProañoSegún reseñaron Rosemary Thorp y Geoffrey Bertram en su obra Entry of the Cerro de Pasco Mining Company to Peru, editada en Oxford en 1974, don Lizandro Proaño “fue el único propietario minero que activamente se opuso a la expansión del control extranjero de las minas peruanas”.

Luego de una serie de litigios legales por la posesión de algunos asientos mineros, invirtió en desarrollar vigorosamente el distrito minero Viso-Aruri, ubicado en San Mateo, provincia de Huarochirí en el departamento de Lima, para enfrentar lo que se denominó la desnacionalización de la minería.

De esta forma, en 1905 funda Minera Lizandro Proaño S.A. para explotar el yacimiento aurífero de Tamboraque, donde un año después construye una planta de fundición, una hidroeléctrica, campamentos e instalaciones conexas.

(En la fotografía está don Lizandro Proaño con Cipriano Proaño, insigne cerreño)

Por lo agreste de la topografía de la región, en una muestra de su ingenio innovador, mandó instalar un cablecarril de diecisiete kilómetros, cuya primera etapa entre Coricancha y Tamboraque significó un importante ahorro de tiempo y costos en el transporte del mineral entre el yacimiento y la planta.

En estas instalaciones, tres décadas más tarde, debido al aumento de la demanda de metales básicos,  se construyó una planta de flotación con una capacidad de tratamiento de 50 TM diarias para la recuperación de plomo y zinc. Posteriormente, se amplió la capacidad de la concentradora hasta las 200 TM y se instaló una de las primeras plantas de biolixiviación del país, como una muestra del carácter innovador y vanguardista que siempre identificó a este minero.

En relación a su fructífera trayectoria, don Mario Samamé Boggio, en su obra El Perú Minero, destaca que, junto a Eulogio Fernandini, Antenor Rizo Patrón, Ricardo Bentín, Fermín Málaga Santolalla y Manuel Mujica Carassa, don Lizandro Proaño representa el espíritu emprendedor de una legión de pioneros peruanos que constituyen la fuente del impulso para la transformación y crecimiento de la minería peruana del siglo XX.

Actividad pública

 A la par de su indudable labor trascendental en el sector minero peruano, don Lizandro Proaño tuvo una activa y acertada participación en política municipal y nacional. Así, durante más de seis años, fue alcalde del distrito de Ancón, cargo en el que desplegó ingentes esfuerzos para dotar al balneario de los servicios de alumbrado eléctrico y desagüe, además de construir el malecón principal y urbanizar los terrenos de Playa Hermosa, lo que contribuyó a su embellecimiento.

En 1914 integró también el cuerpo de regidores del Concejo Provincial de la Municipalidad Metropolitana de Lima y fue diputado del Congreso de la República en representación del departamento de Junín, desde donde impulsó una serie de mejoras en favor de la provincia de Yauli.

De otro lado, tuvo una brillante intervención en el Congreso de Minería, que se desarrolló en Lima en 1917, y en eventos similares propuso la creación del Banco Minero, que años más tarde se haría realidad, y el establecimiento de refinerías para procesar minerales en diferentes puntos del país.

Para dejar sentada su lúcida visión de la minería peruana, en una oportunidad manifestó: “ante la contemplación que una vez más se nos ofrece de los tesoros que encierra el suelo de la Patria, hay motivo para que los hombres que solo cifran la felicidad nacional en las fecundas tareas del trabajo y de la paz se sientan llenos de complacencia por el brillante porvenir que le está reservado al Perú con la explotación de sus riquezas naturales, si para ello los poderes del Estado acuden con las medidas de aliento y protección que la industria minera nacional viene reclamando”.

Este Minero Notable, que desde sus inicios se erigió en uno de los principales impulsores de la minería peruana como un instrumento para alcanzar el desarrollo integral del país, dejó de existir el 24 de junio de 1945, tras años de una intensa actividad, para ser recordado ahora como uno de los personajes más ilustres de nuestra historia minera. (Fuente: Revista Minería – Publicación oficial)

Integrantes de la Hermandad de la Virgen del Tránsito (1960)

Grupo de socias de la hermandad de la Virgen del  Tránsito a la salida de su santuario ubicado en la plazuela Ijurra, debajo de la Casa del Deporte. Se aprestan a dejar el viejo santuario para sacar en reverente procesión a su Matrona. La casi totalidad de estas señoras han partido al viaje sin retorno. Todas ellas han dejado grandes recuerdos El santuario al que se le había cambiado la fecha de fundación (1914) por (1960) en que se abandonaba para ser demolido, se ubicaba  en la Plazuela Ijurra en cuyo ámbito vivían conocidas familias como las Baldoceda,  Yanútulo, Caballero, Castillo, Fúnegra, Remuzgo, Rocca, Cruz, Braown, etc. Esta calle ha desaparecido para dar paso el tétrico Tajo Abierto, tumba de nuestro pueblo mártir.
Grupo de socias de la hermandad de la Virgen del Tránsito a la salida de su santuario ubicado en la plazuela Ijurra, debajo de la Casa del Deporte. Se aprestan a dejar el viejo santuario para sacar en reverente procesión a su Matrona. La casi totalidad de estas señoras han partido al viaje sin retorno. Todas ellas han dejado grandes recuerdos El santuario al que se le había cambiado la fecha de fundación (1914) por (1960) en que se abandonaba para ser demolido, se ubicaba en la Plazuela Ijurra en cuyo ámbito vivían conocidas familias como las Baldoceda, Yanútulo, Caballero, Castillo, Fúnegra, Remuzgo, Rocca, Cruz, Braown, etc. Esta calle ha desaparecido para dar paso el tétrico Tajo Abierto, tumba de nuestro pueblo mártir.

.Otro sí digo:

Después de la reunión que tuvimos el último sábado (Octubre del 2015) con los amigos de nuestra tierra, tuvimos una serie de noticias que nos han conmovido mucho. En primer lugar los decesos de amigos entrañables que nos han dejado y cuyas muertes lamentamos.

Arturo Cadema, notable basquetbolista que estaba hace tiempo afincado en Lima, falleció víctima de penosa enfermedad. Estuvimos en sus funerales donde son encontramos con muchos amigos que compartieron con él escenarios deportivos y lo recuerdan con mucho afecto. Fue muy sentida su despedida.

Sabemos también del fallecimiento de Javier Pagán, joven futbolista más conocido por “Pastoriza”, que hace algunos días nos dejó. Hacemos llegar nuestras condolencias a su señora esposa y a sus hijos. Otro futbolista que también se ha ido, es Portilla, aquel extraordinario back central de las selecciones de Atacocha que ha dejado grandes recuerdos en los que lo conocimos.

Y de Ambo (Huánuco) hemos recibido la noticia de que hace unos días han sepultado a nuestro gran amigo José “Pepe” Fuster, más conocido por el mote de ZAPATÓN, excelente arquero con el que compartimos inolvidable tardes deportivas. Ha fallecido tras lamentable enfermedad. Pedimos al Todopoderoso paz y descanso eterno para las almas de nuestros amigos queridos.

Queremos, a través de este espacio -por otra parte- hacer llegar nuestro saludo cariñoso a Valenzuela, inolvidable futbolista del Centro Tarmeño y las selecciones de Pasco, más conocido por “Chessmann”, deseando su pronto restablecimiento.

Un saludo especial para mi hermano Félix Luquillas Hualpa que sigue laborando en Ambo conduciendo un programa de difusión de nuestra música. Un abrazo desde la distancia a mi querido “Mandela”.

Nuestra felicitación muy efusiva a Pepe Alfonso García que se ha sumado al elenco artístico del exitoso programa AL FONDO HAY SITIO. ¡Buena, Pepe!

Antes de comenzar con el tema del día, un saludo cordial a nuestro amigo Clemente Avellaneda Romero a quien extrañamos bastante.