LA PROSTITUCIÓN EN EL PERÚ: UN PRODUCTO DE LA CONQUISTA ESPAÑOLA

Por Juan José Vega

En la extensa e inagotable conversación que tuvimos con el distinguido maestro peruano, tocamos una serie de temas referidos a nuestra tierra minera. En otros casos –en magistrales exposiciones- me hacía conocer aspectos poco tocados en la historiografía nacional. Uno de ellos aborda el tema de la prostitución que con especial deferencia nos entregó por escrito para difundirlo en nuestra revista EL PUEBLO y que, ahora, transcurrido el tiempo, lo reactualizo en nuestro blog como un homenaje de gratitud a su valiosa contribución al conocimiento de nuestra historia.

la prostitución en el PerúPampayruna era en el Incario: “mujer pública”, según el Inca Garcilaso de la Vega [1]. Sorprende la afirmación del mestizo cronista dado que todos conocemos que su tendencia es más bien a idealizar el Incario, a verlo en la forma en que seguramente lo entendían los aristócratas orejones imperiales cuzqueños, de quienes tenía sangre, a través de su madre Isabel Chimpu Ocllo. Pero ¿qué es una prostituta? La mejor definición sigue siendo la de Justiniano, el de los códigos romano-bizantinos: “Mujer que se entrega por dinero y no por placer”.

Por esta sencilla razón, denunciar que hubo prostitución en el Incario rompe con todos los esquemas garcilacistas; lo que es peor, deshace todas las demás informaciones e torno a la sociedad incaica. Resulta así imprescindible una revisión del caso. Además, la discutida aseveración garcilacista hundiría todos los esquemas vigentes en torno a la evolución universal de las sociedades, puesto que el Antiguo Perú, no pasó del Calcolítico (cobre y piedra). Período que aunque brillantemente cumplido, no llegaba aun a los niveles económicos de la evolución que son base para el surgimiento de ciertas instituciones y costumbres, la prostitución entre ellas [2].

Resulta muy factible, en cambio, que algunas prostitutas indígenas apareciesen durante la Conquista Española (1532-1544). Eran mujeres desarraigadas de sus ayllus, casi siempre arrastrando hijos de rostros extraños (mestizos, zambos) se multiplicaron sin duda cuando las “entradas” y más con las Guerras Civiles Españolas que significaban miles de indios de guerra, carga y acarreo (sólo la artillería, cinco mil). Indios e indias seguían a los diversos caudillos hispánicos, de un lado a otro. Resulta obvio que esas desdichadas, por su pobreza y raza, fuesen obligadas a permanecer fuera de las ciudades, como era de rigor en toda Europa a causa de los prejuicios de la falsa moral imperante. Así,  tal vez las vería Garcilaso en su adolescencia y juventud.

Por otro lado, el extremo recato de Garcilaso niño y joven pudo haber aumentado el margen de error. ¿Con quién conversaría del tema? No habría de ser con sus solemnes tíos maternos. Tampoco con la madre, cada día más distante. El padre nunca lo trato como a un hijo. Era parte de su drama cultural y étnico. Quizá lo haría con sus escasísimos compañeros de aula, mestizos todos e igualmente desconocedores de ciertos aspectos del Incario. En todo caso, jamás habría un diálogo con aquellas mujeres, las contemplaría de lejos, dentro de la castidad que se percibe en sus páginas. Bien pudo haber dejado el Cuzco a los veinte años (1560) sin conocerlas, bíblicamente hablando. Más cerca pudo hallarse de las hetairas españolas, mestizas, moriscas y negras que proliferaban dentro del mismo Cuzco, al igual que en otros lados del Perú, para clientela no indígena por supuesto (salvo casos de excepción con indios ricos). Pero de cualquier forma, de los constantes recuerdos garcilasistas de infancia y juventud, ninguno se orienta por allí, ni detalle específico consta en sus obras ellas o sobre los chocheríos donde pululaban las parias, las prostitutas indígenas que sin duda habría tres decenios después del derrumbe del Incario. Por otro lado así fue de discreto el cronista hasta el fin de sus días. Es por otras vías que conocemos sus devaneos con moriscas en España y del hijo (quizá dos) que allá tuvo. Pero dejemos esto; vayamos a los datos concretos.

Los hechos

Las aseveraciones de Garcilaso en torno a la prostitución debemos confrontarlas con otras fuentes, necesidad tanto más sentida si recordamos que escribió la mayor parte de su obra sesenta y setenta años después de la caída del Incario; y aún más Garcilaso, que se alejó joven del Perú tuvo olvidos y yerros, como todo ser humano; y a veces se guió por referencias de terceros, no suficientemente comprobadas o imposibles de verificar: las cartas recibidas en los finales del siglo XVI y aun en los inicios del XVIII, por ejemplo. Resulta así inevitable confrontar lo que sostiene Garcilaso con lo que afirman otros cronistas muchos más antiguos que él. Veamos primero lo que él expresa: “Resta decir de las mujeres públicas, las cuales permitieron los Incas por evitar mayores daños. Vivían en los campos, en unas malas chozas, cada una por sí y no juntas. No podían entrar en los pueblos porque no comunicasen con las otras mujeres. Llámanles pampairuna nombre que significa la morada y el oficio, porque es compuesto de pampa, que es plaza o campo llano (que ambas significaciones contiene), y de runa que en singular es persona, hombre o mujer, y en plural quiere decir gente. Juntas ambas dicciones, si las toman en la significación del campo, pampairuna quiere decir gente que vive en el campo, esto es por su mal oficio; y si las toman en la significación de plaza, quiere decir persona o mujer de plaza, dando a entender que, como la plaza es pública y esta dispuesta a recibir a cuantos quieren ir a ella así lo están ellas y son públicas para todo el mundo. En suma quiere decir mujer pública.

Los hombres las trataban con grandísimo menosprecio. Las mujeres no hablaban con ellas, so pena de llevar el mismo nombre y ser trasquilada y en público y dadas por infames y ser repudiadas de los maridos, si eran casadas. No las llamaban por su nombre propio, sino pampairuna, que es ramera” [3].

La información de Garcilaso resulta sorprendente. Como lo señalamos, lo que dice carece de confirmación en otras fuentes españolas, indias o mestizas. Lo que resulta incontrastable es que las prostitutas indígenas solo pudieron surgir tras la conquista española, y a través de una economía que empezaba a monetarizarse y, sobre todo, con el derrumbe cataclismo del antiguo régimen social.

Por supuesto esto no quiere indicar que en el Incario faltasen algunas mujeres ligeras, libres, amorales, en todas las clases sociales. Pero venta  de favores eróticos no hubo.  En cambio sí nació tal costumbre con la dominación europea. El propio cronista quechua Guamán Poma de Ayala incluye en su obra un dibujo en el cual un negro pasa una moneda a una india, demandándole sus mejores caricias [4].

Por último, no hay constancia de que en el Tahuantinsuyu se rapase la cabeza como signo de infamia, que es costumbre europea. Más bien constituía símbolo de distinción de los Hanan-cuzcos. Tal como se puede leer en varias crónicas [5] y apreciar en los dibujos del citado Guamán Poma[6].

Otras fuentes

No existe ninguna referencia a prostitución incaica en las miles de páginas que integran las viejas crónicas y extensas cartas del siglo XVI que versan sobre el Imperio de los Incas; al contrario, muchas son las que expresamente lo niegan. Guamán Poma expresaba con orgullo que en el Incario no había “ni putas, ni putos”[7], aunque por cierto, no negaba festines y liviandades de la nobleza cuzqueña. El conquistador Mancio Sierra, que falleció de avanzada edad, aunque exagerando, no puede menos que reconocer que en el Imperio que ayudó a subyugar “no había ladrón ni mala mujer”. Dilatada sería la lista de informantes respecto a la inexistencia de prostitución en el Imperio.

Los conquistadores, nimbados del mágico prestigio del dinero, pudieron en cambio corromper con facilidad a las mujeres en una sociedad diezmada por las guerras de la conquista, con viudas y huérfanos que sumaban decenas de miles y donde la economía zozobró; cien mil murieron de hambre solamente a las puertas del Cuzco, hacia 1538. Reparemos que los españoles usaron sin escrúpulos determinadas creencias ingenuas de la población nativa; en este caso la convicción inicial de muchas mujeres de que los conquistadores eran semi-dioses y que era bueno unirse a ellos; fue sentimiento muy común, inicialmente en especial entre mujeres de etnias sojuzgadas por los Incas. Era, además, la usual ley del vencedor. Asimismo, por recuperar su libertad, miles de acllas se fueron ingenuamente con los españoles. Casi la totalidad de ellas acabarían muertas, vejadas o infamadas. Pero ya cargando hijos mestizos.

Contribuyó a diluir las antiguas formas de éticas incaicas e indígenas en general la presencia de auténticas prostitutas en la colectividad dominante: unas pocas españolas, varias moriscas, negras y mulatas (véase anexo). Su presencia es nítida en las fiestas con las cuales celebrábanse el botín del reparto del Perú. El más famoso caso es el de la orgía celebrada en la misma iglesia principal del Cuzco por el joven capitán de todos los ejércitos españoles del Perú, Hernando Pizarro, el auténtico dueño del país, mucho más que su ilegítimo, iletrado y dubitativo hermano,  Francisco el Gobernador. Consta la acusación almagrista como en 1539, en el templo de La Trinidad del Cuzco, “derribó las imágenes, deshizo los altares, echó en el suelo campanas y cruces y se entró a vivir a dicho monasterio e hizo caballerizas de caballos y viviendas de putas indias y cristianas e infieles”.[8]

Continúa……

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