LA PROSTITUCIÓN EN EL PERÚ: UN PRODUCTO DE LA CONQUISTA ESPAÑOLA (Segunda parte)

Por Juan José Vega

la prostitución en el Perú 2Los conquistadores –denunciaría el Padre Luis de Morales (un Bartolomé de las Casas del Perú)- “viven a la manera de la ley de Mahoma” y “quiero decir que hay chiqueros en algunas casas de paridas y otras de preñadas y otras de sueltas” [9].

No hubo prostitutas

El más antiguo entre los españoles que tocaron el tema de la prostitución es Cristóbal de Molina, llamado “El Almagrista”, quien en 1553 afirmaba con toda razón y con extremada claridad: “…y la india más acepta a los españoles; aquella pensaba que era lo mejor, aunque entre estos indios era cosa aborrecible andar las mujeres públicamente en torpes y sucios actos, y desde aquí se vino a usar entre ellos de haber malas mujeres públicas, y perdían el uso y costumbre que antes tenían, de tomar maridos: porque ninguna que tuviese buen parecer estaba segura con su marido, porque de los españoles o de sus yanaconas era maravilla  si se escaparan”[10]

Existen varios testimonios directos e indirectos de esta naturaleza. En cambio, nadie, ninguno de los testigos de la conquista ni de los historiadores tempranos del Imperio de los Incas, aluden a formas de prostitución en la sociedad que el Cuzco formó y que Occidente destrozó. Ni siquiera lo hacen los más recalcitrantes críticos del Estado Inca, bajo el virrey Toledo.

Lo más probable es que Garcilaso asumiera el vocablo pampayruna en la nueva significación que había ido cobrando en el quechua colonial, etapa en la cual se pasó a confundir a la mujer liviana o libre con la meretriz.

Suponemos así que el gran cronista mestizo confundió la significación del vocablo quechua pampayruna y tomó las antiguas referencias oídas respecto a mujeres deshonestas o libérrimas, (llamadas en efecto pampayruna) como si fuesen informes sobre prostitutas. La confusión –reiteramos- suele ser común en un lenguaje de antiguo cuño moralista en todas las culturas y es fruto del mal dialogo varonil, especialmente dentro del sentido que las mujeres modernas llaman “machista”; tendencia insultante que, en realidad, ha existido en toda la historia patriarcal de la humanidad, merced a un doble y absurdo código ético. Cuyos rezagos quedan, fuertes.

Sobre el tema del doble código ético, no va demás apuntar que los términos prostituta, ramera, meretriz, hetaira, mesalina, puta, y otros mucho más similares, se han otorgado desde tiempos inmemoriales tanto a las mujeres públicas propiamente dichas, (las que venden sus favores), como a las mujeres vistas por los hombres como livianas, infieles, o ligeras; tendencia debida al fuerte patriarcalismo y que, atenuada, aún impera en las sociedades modernas. Ni siquiera las mujeres sencillamente libres se han librado de tan rígidas acusaciones varoniles, A la mujer no se le reconoce derecho o la iniciativa sexual (tiene que velar sus deseos, insinuarse solamente y con mucha prudencia), salvo en esferas modernas o que consideran que la moral no radica de la cintura para abajo. Naturalmente, Garcilaso no fue un excepción a estos lineamientos patriarcales (“machistas” se dice hoy). Al contrario, él asumió las formas más conservadoras del eticismo cristiano. No olvidemos, por otro lado, que el notable cronista mestizo poseía herencia cultural inca y española, ambas con dominio absoluto de los varones en la sociedad y la familia.

Garcilaso, pues, se habría visto inducido, inconscientemente, por las dominantes tendencias patriarcales,  a lo cual se sumó la circunstancia de haber sido un cristiano muy observante y pudoroso. Medioeval, nada renacentista. Fue así que vio prostitutas donde solo pudo haber existido, como en todas partes, un sector de mujeres libres, o livianas, o como se las quiera llamar. Toda su obra se halla teñida de un intenso eticismo sexual cristiano.

Livianas, nada más

Esta hipótesis aparece confirmada por el hecho singular de que el primero que escribe la palabra pampayruna es Pedro Cieza de León en 1551, sesenta años antes de Garbillado. En la Tercera Parte de la Crónica del Perú, el bien calificado “Príncipe de los cronistas” relata como el belicoso General Rumiñahui mató a todas las mujeres que quisieron la paz con los españoles, tras apostrofarlas con el epíteto de “pampayruna”

Es importante ver el uso que el héroe incaico da el término en cuestión:

 “Avían muchas señoras prencipales de los tenplos y de las que avían sido mugeres de Guaynacapa y de Atabalipa e de otros prencipales de los que avían muerto en las guerras. Ruminabi les habló cautelosamente, diziéndoles /fol. XCIII / que ya bían como los españoles venían a entrar en la cibdad, que las que dellas quisiesen salir con él que se pusiesen en camino y las demás mirasen por sí con él porque, entrados aquellos sus henemigos, heran tan malos y luxuriosos que luego las tomarían a todas para las desonrar como avían hecho a otras muchas que traían con ellos. Como esto dixo, las que tuvieron gana salieron sin más aguardar; las otras, que heran más de trezientas, dixeron que no querían salir de Quito sino estar y aguardar lo que sus hados dellas ordenase. Ruminabi airado, llamándolas de panpyronas, las mandó matar a todas sin quedar ninguna, según me contaron, siendo algunas demasiadamente de hermosas e gentiles mugeres. E como las mataron, las echaron en unos hoyos hondables que estavan cerca de allí”[11].

En verdad sólo se trataba de damas de la nobleza (pallas) y acllas, esto es, mujeres que encerradas, realizaban en los acllahuasis diversas tareas de artesanía y servían como semillero de la poligamia aristocrática de los orejones y de altos jefes militares inclusive plebeyos, como el yana- General Rumiñahui. Seguramente, se hallaban fatigadas de hambre y matanzas. Alguna tal vez  creerían hallar su libertad yéndose tras los españoles. Pero Rumiñahui hablaba lo que sentía y por ellos las insultó zahiriéndolas de casquivanas, perdidas, ligeras, infieles. Sin duda no las llamó rameras, concepto que no existía en el quechua imperial. Sobre todo por las antedichas razones del estadio histórico de la época en que vivían.

Tanto mujer como hombre

La segunda referencia cronológica a pampayruna es lingüística. Tampoco en este registro quechua indica prostitución. Al igual que en el ejemplo de Cieza, el vocablo apenas revela liviandad y, asunto importante, liviandad tanto femenina como masculina. Puede verse que en el Lexicón de Fray Domingo de Santo Tomás (1560) señala que pampayruna es “hombre dado a mujeres o mujer dada a hombres” [12]. Alúdese pues a liviandad o lujuria, en cualquier sexo. Ni remotamente se refiere a la prostitución.

Continúa…..

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