LA PROSTITUCIÓN EN EL PERÚ: UN PRODUCTO DE LA CONQUISTA ESPAÑOLA (Tercera parte)

Por Juan José Vega

la prostitución en el Perú 3El Diccionario Anónimo de 1586 consigna pampayruna como “disoluta mujer”, y, cosa interesante, también como “mundana” y, por esa vía, como “mujer pública”, en el sentido que no era difícil tener acceso a ella [13].

Cuando Diego González Holguín recogía pacientemente su enorme vocabulario quechua en los Andes, Garbillado hacía ya tiempo que residía en España. La diferencia es menester recalcarla, puesto que para el célebre quechuista todavía pampayruna es tanto “mujer mundana” como “mujer pública”, que al igual de la “mujer cantonera” era la que vivía con deshonestidad. Es suma, pampayruna valdría por “mujer mundana” en el quechua de los indios y por “ramera” sólo en el quechua colonial [14] de mestizos, criollos y seguramente un sector nativo rico.

Había surgido ya una nueva acepción  colonial para la pampayruna. No en vano habían transcurrido sesenta años de aniquilamiento de los viejos moldes económicos, sociales y éticos del Imperio de los Incas.

Por su lado, el Padre Diego Torres Rubio, que publicó más tarde su Diccionario Quechua, en 1619, dijo que la “hayhayñic huarmi” es la “mujer de todo, vil y fácil” y señala ya a la pampayruna como “ramera” momento en el cual tenemos, nos parece, el asentamiento por escrito, definitivo, del quechuismo colonial que, usado antes sólo oralmente, había llegado ya a España, a través de cartas, en su nueva significación, engañando a Garbillado. Ya circulaban por entonces en el trato diario entre españoles y mestizos, negros y seguramente indios y se refería a las prostitutas propias de la Colonia.[15]

Asimismo, Holguín consigna varios sinónimos de pampayruna, como pampahuarmi, que es más acertado, hutascahuarmi (mujer de muchos”) etc. [16]

Conviene, asimismo, advertir desde ahora que runa, como bien se sabe, es voz quechua que designa al ser humano, hombre o mujer. En tal forma pampayruna valía también por licencioso, libertino. En ambos casos “era gente de la plaza, de la pampa”, cuando menos desde el primer siglo colonial porque reafirmamos que el vocablo en cuestión fue temprano quechuismo en el castellano, pero de aquellos que cambiaron en parte su significación, como huaca, chupe, inca, guano y tantos más.

Notas complementarias

Nada tienen que ver con prostitución ni con vida frívola o airada o placentera dos instituciones, el Acllahuasi, que era fundamentalmente un centro riguroso de tareas destinadas al servicio de la aristocracia y un reservorio poligámico para esta misma clase social; de allí salían esposas principales y secundarias; jamás prostitutas, que, reiteramos, no las había ni podía haberlas en el Calcolítico, período incaico de evolución histórica; o si se quiere, en el “modo asiático de producción” o “El despotismo oriental”, formas con las que se asemeja más el Incario. La otra institución incaica, todavía débil en 1532 (y quizá inexistente, pues solo contamos con una fuente, la de Juan de Betanzos, deformador de innumerables pasajes de la historia inca). Dice este Betanzos, que existió un centro para jóvenes, pero, si es que existió, fue toda una institución oficial, donde ciertas jóvenes prisioneras de guerra habrían sido obligadas a servir así, entregando su cuerpo (nada de putería por tanto). Además, no da el nombre de esta supuesta entidad estatal. Y son tantas sus contradicciones que por el momento no se la puede considerar en serio. En todo caso, si acaso existió, habría sido un pequeño anexo de esclavas sexuales, no de rameras. Más nos parece una descripción de los centros de prostitución barata que habría en el Cuzco en medio de los desórdenes de las guerras civiles y sublevaciones y campañas contra Manco Inca, que acarreaban mucho número de soldados y auxiliares indígenas a la capital imperial. A veces veinte y treinta mil, como sucedió cuando la alianza hispana con Paullo Topa, convertido en Paullo Inca, el príncipe traidor.

Anexo al inicio del meretricio

La conquista española y las Guerras Civiles de los conquistadores dejaron en la miseria a cientos de miles de viudas indígenas. Por otra parte, un número desconocido de mujeres tuvo que pasar el resto de su vida atendiendo a maridos inválidos y a hijas desocupadas en medio del vendaval social que significó la alteración total de las formas de vida y de trabajo.

Cierto número de mujeres se dedicó entonces a una actividad hasta entonces desconocida en el Perú: la prostitución. Los españoles hicieron uso torcido de antiguas normas éticas de las mujeres aborígenes y que eran flexibles en las solteras, generalmente. Las pampa-huarmi se multiplicaron entonces. Ya desde un inicio cristianos observantes censuraron que las “vírgenes de los templos se salían y andaban hechas placeras” (Cieza, Parte III, 45°). Pero luego el mal se extendió más. Guaman Poma registra en su obra no menos de una veintena de reprobaciones contra las “putas indias” y sus “puterías” y hasta una lámina en la cual una mujer recibe paga de un negro. En verdad, esas desdichadas no tuvieron otra opción, en la nueva sociedad creada por los españoles sobe el caos de los oprimidos. Con el desconcierto de su género oprimido.

No sólo fue cuestión de covachas en los extramuros, ni de fugaces e ininterrumpidas convivencias con los españoles. Los tambos de los caminos,  que eran numerosos, sirvieron también como centros de mercadeo de favores eróticos y en las Ordenanzas del Virrey Toledo se alude ya a las “indias de mal ejemplo usando mal de sus cuerpos con los caminantes y con otros, so color que es para pagar la tasa”. Negros libres e indios encumbrados aprovecharon también del sistema.

En verdad, el tributo agobiaba a las familias campesinas. Pero muchas mujeres escogieron el mal camino en esa sociedad desintegrada. En los centros de riqueza esto fue notorio y son muchísimas las páginas de aquel tiempo que se refieren a las hetairas indias, mestizas, mulatas y españolas de Potosí, muchas de las cuales vivían con lujo.

En el Cuzco hubo desde un inicio varias españolas de vida fácil. “La Hernández” fue la primera, ya en 1532. Se tienen datos sobre las orgías de Hernando Pizarro, desde una fecha tan lejana como 1538, “con putas cristianas, indias y moriscas”. Y es conocida la anécdota según la cual Diego de Almagro el Mozo fue capturado en esa misma ciudad por las huestes del Rey al entretenerse su lugarteniente, Diego Méndez, más tiempo de debido con una de esas compañeras de paso; entretenimiento que les costó la vida. El meretricio florecería doquiera. María de Toledo ejercía en La Plata (actual Sucre) en 1544 y María Enciso dio mucho quehacer cuando la “la entrada” a las pampas rioplatenses, por esa época. Inés Sánchez, mujer de aventura, fue por lo menos la compañera, concubina pública, de Pedro Valdivia desde los inicios de la década de 1540, luego se la llevó a Chile. Menos santas aparecen la amasia del rico Antonio Picado, Ana Suárez y la Mari López, que sabía dar puñaladas.

En las ciudades las mesalinas fueron del máximo nivel; españolas incluidas. La primera que llegó a nuestras tierras fue Juana Hernández. Al oficio también se dedicaron algunas negras y moriscas. No todas por consentimiento. Hubo esclavas que daban de comer a sus desvergonzados amos españoles y  criollos con esta forma de trabajo, contra la cual se dictaron específicas disposiciones por el Cabildo de Lima;  puesto que se prefirió la rufianería y el peculado o el contrabando a trabajar con las manos. Así estaba Lima hace más de cuatro siglos.

Una característica de la prostitución limeña fue después su lujo desbordado: y no pocas mestizas alcanzaron relieve por esta vía, en una sociedad urbana de gran tolerancia hacia “pecados y delitos” de toda laya. Pronto se diría de la capital que era la “Babilonia de América”. Lo mismo se dijo de Potosí primero y Cerro de Pasco, después.

BIBLIOGRAFÍA REFERENCIAL

[1] Garcilaso Inca de la Vega. “Comentarios Reales de los Incas”. Lib. IV, Cap. XVI. Madrid, BAE, 1960.

[2] La prostitución nació tardíamente en todo el mundo como una consecuencia del desarrollo de la propiedad privada y se asentó con la moneda; de todo lo cual se derivaron normas familiares menos flexibles (vigencia de la virginidad, etc). El meretricio no es pues, como tanto se repite vulgarmente, la profesión más antigua; ni siquiera la que de tipo sagrado se ejerció en los templos, en ciertas culturas. La existencia de una enorme bibliografía sobre estas manterias nos exime de desarrollarlas aquí.

[3] Garcilaso Inca de la Vega. Idem.

[4] F. Guaman Poma de Ayala. “Nueva Crónica y Buen Gobierno”. París, 1936, folio 709.

[5] Entre los principales informantes de esta costumbre están: Joan Cabezas en carta a Gonzalo Fernández de Oviedo en 1537 (p.99); Juan de Betanzos en el Cap. I. de su crónica; Molina El Almagrista (p.32); Pedro Pizarro )p. 83); Agustín de Zarate, Cap. I, etc.

[6] Guaman Poma, Ob.cit., folio 442.

[7] En la época se denominaba “putos” a los homosexuales.

[8] Toribio Medina. Colección de Documentos Inéditos para la Historia de Chile. T. VI, pág. 404.

[9] Luis de Morales. Memorial de la Iglesia de España el.- Sevilla, 1943, “Protesta 47”, pág. 70.

[10] Cristobal de Molina. “Destrucción del Perú” (El Almagrista) So-chantre de la Catedral de Santiago de Chile, año 1553. Pub. En: Colección: Los Pequeños Grandes Libros de la Historia Americana. Serie I, T. VI.

[11] Pedro Cieza de León. Tercera Parte. Roma, 19  Lib. III, Cap. LXX.

[12] Domingo de Santo Tomás, Fray. “Lexicón o Vocabulario de la Lengua General del Perú” (1560), p. 335.

[13] Anónimo “Diccionario Quechua 1586”, pp. 68,136, 163.

[14] Diego González Holguin. “Vocabulario Quichua 1608”. Ed. San Marcos, pp. 446, 596, 647, 651 y 506.  El quechua posterior sumaría varios vocablos, muchos de ellos muy picantes; ulluchupa (cola de falo); ullusiqui (trasero para falo), etc. Este quechua era hablado tanto por indios de la ciudad, como por los mestizos y por supuesto los criollos, los dueños de los Andes. También por algunos españoles esforzados. En este tiempo virreinal también se llamó huakñaña a la prostituta. Pensemos en un mundo de extremada prostitución en ciertos lugares cortesanos, como el Cuzco, y laboral, como Potosí y Huancavelica. En Potosí los mitayos hablaban varios idiomas, que se sumaban al aimara. En estos centros los paraísos artificiales funcionaban con alcohol, coca y mujeres pagadas. Mitayos había que se gastaban en una noche estar bajo tierra dos semanas; eran los “hombres topos”.

[15] Diego de Torres Rubio. “Arte de la Lengua Quichua”. Cuzco, 1963, p. 158.

[16] González Holguín, Ob. Cit., pp. 597, 204, etc .

Fin…

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