EL HOLOCAUSTO DE DE SAN FRANCISCO (Miércoles 19 de noviembre de 1879) (Primera parte)

El holocausto de San FranciscoLa noche del 18 de noviembre, nada reveló la presencia de seres humanos en la pampa silenciosa. La extensa planicie se perdía en la oscuridad terriblemente fría. Sobre el suelo, en sigilo inmóvil había un oculto contingente de mil ochocientos soldados chilenos al mando del coronel Amunátegui. En zanjas  cavadas   se hallaban mil doscientos del 4º de Línea, doscientos diez jinetes de Cazadores, los sirvientes de ocho cañones al mando del mayor Salvo y seiscientos atacameños ocultos e inmóviles ante la llegada del ejército peruano. El coronel Amunátegui, el comandante Martínez, el mayor Salvo y el comandante de Cazadores, se mantenían en completo silencio. No fumaban ni charlaban en lo mínimo. En un momento preciso, desde el extremo más avanzado de la línea, se escuchó la voz en sordina de un centinela anunciando la presencia del enemigo. Era un grupo pequeño de jinetes que se acercaba por el sur. En medio del silencio descubrieron que era un grupo de arrieros. “Ellos tienen que saber de la presencia de los peruanos” pensaron. Al momento, con una asombrosa velocidad los apresaron. Eran diez argentinos que llevaban sus mulas cargadas de odres que pensaban llenar en las aguadas de Dolores para auxiliar a las fuerzas peruanas.

-¡¡¡¿Cuántos hombres vienen en ese ejército. Diga o lo mato en este instante!!! – se hizo oír el coronal Amunátegui.

-Unos diez mil, señor; más o menos…

– ¡Carajo! … ¿Cuánto tardarán en llegar aquí?

– Posiblemente…-No alcanzó a decir más. Al momento llevado por el aire se escuchó el sonido del ejército peruano que llegaba….Todos, inclusive los arrieros, fueron echados al suelo en completo silencio. Los soldados peruanos ya estaban cerca, pero no podían verlos por la cargada camanchaca que los estaba envolviendo. En eso se oyó decir al jefe del ejército peruano: “¡Qué bestias son estos baqueanos. Otra vez estamos a punto de extraviarnos. Nos estamos alejando de la línea del ferrocarril!. ¡Voltéense hacia el oste, carajo, nos jodimos!. ¡Vivo el paso, carajo; el enemigo puede sorprendernos!”. El ruido fue alejándose precipitadamente y los soldados chilenos quedaron respirando tranquilos, en silencio. Un momento más y un gran equipo de jinetes peruanos volvía al trote. “Son los de la avanzada peruana que han explorado nuestra situación y no nos han visto”. Efectivamente, la oscuridad de la camanchaca era tan grande que hacía imposible ver a dos metros de distancia. Si ambos ejércitos se encontraban, otro habría sido el destino de nuestra guerra.

Al rayar el alba del 19 de noviembre, el sol se abrió en gigantesco  abanico luminoso sobre la pampa. En la cima del cerro Dolores de San Francisco, el ejército chileno fuertemente armado con gigantescos cañones alemanes krupp y numerosas ametralladoras aguardaba al peruano, ubicado al norte de la oficina de Santa Catalina, junto a la línea del ferrocarril, con la misión de tomarlo. Era imprescindible ocuparlo por su posición estratégica, abundancia de agua y, porque desde allí se podía dominar perfectamente toda aquella inmensa extensión. Bajo los abrasadores rayos del sol que caían a plomo sobre el desierto, nuestros soldados estuvieron todo aquel día sin probar alimentos. No lo tenían. En 48 horas no habían probado bocado. La escasísima agua encontrada en la oficina del El Porvenir, apenas si alcanzaba para mojar los labios ya cuarteados. Con los uniformes convertidos en harapos, y fatigados hasta el extremo, tuvieron que quitarse sus arruinados calzados para engrasarse los pies ampollados: sus inflamadas plantas no podían soportar los hirientes calamorros ni la candente arena desértica. El martirio de aquellos valientes era supremo, pero estaban allí, dispuestos a entrar en combate.

  • Parece que de ésta no nos vamos a librar, hermanos – La voz seca del capitán Juan Torres de la Segunda Compañía suena presagiosa. Está conformando un grupo con el teniente Pedro Luis Pacheco y los soldados Pedro Mayoral, Basilio García, Federico Ramis y Pedro Andrade. Están engrasando sus pies ampollados y remendando lo que quedan de los que fueron sus zapatos.
  • Yo creo lo mismo. Ellos, no sólo han descansado toda la noche anterior sino que están bien alimentados y muy bien bebidos. Nosotros no tenemos ni un poco de agua – Luis Pacheco le da la razón a su jefe.
  • Sea como sea, nosotros les vamos a sacar su mierda – Disculpe mi capitán- pero es la verdad. A eso hemos venido y eso es lo que vamos hacer. No creo que tuviéramos que caminar desde el Cerro de Pasco –miles de kilómetros- para entregarnos como unos pollos endebles –dice el soldado Pedro Mayoral.
  • ¡Nadie dice, eso, soldado Mayoral!. ¡No sólo tenemos que enfrentarnos sino también, vencerlos! . ¡Tiene usted razón!.
  • Eso es cierto. El capellán Fernando Rojas, ha recibido las cartas de los que han escrito y verá la manera de hacer llegar a destino. Muchas de ellas son de despedida, pero ¡qué carajo, tenemos que morir, y ese es nuestro destino. Tenemos que cumplir con la patria!.
  • ¡Cuánto no daría por un plato de mondongo con sus papas amarillas, carajo! Y por un picante de cuyes con harto ají. –dice el pífano, Guadalupe Galarza- Mi viejita siempre preparaba para mi cumpleaños un banquete. Hoy día que cumplo 23 y me hago mayor de edad, ni he comido ni he bebido; pero tengo la oportunidad de demostrar que la edad que tengo la voy a celebrar matando chilenos o muriendo por mi Perú. –su voz se quiebra y trata de disimular con un gesto que pretende ser una sonrisa….
  • ¡No hables de comida, zopenco, menos de nuestro mondongo; es como mentar la soga en casa del ahorcado…
  • Bien, mi sargento bien, pero siquiera con el recuerdo debemos volver a nuestra tierra
  • ¡Claro!. Yo recuerdo que para el santo de mi padre, mi vieja se amanecía haciendo hervir el mondongo. En una olla gigantesca de fierro echaba la cabeza, las carnes, las tripas del carnero, carne chancho, y con el mote lo hacía hervir toda la noche. ¡Qué rico! En el almuerzo del día siguiente lo servía en enormes platos. Lo aderezaba con achiote rojo como fuego y le echaba el perejil picado. ¡Todos a comer! No creo que haya otro plato más rico y levanta muertos como el mondongo…
  • ¡Cállate, oye, no seas cruel. Recordarnos ahora las delicias de nuestros platos queridos cuando estamos muertos de hambre…
  • ¡Buena, cholo, carajo! ¡Éste sí que es un cumpleaños cojonudo!. ¡Espérate un rato y vas a ver que de todos los rincones de este desierto se va a prender una gran batería de Fuegos Artificiales en tu nombre. Lo único que va a faltar va ser el trago, pero cuando volvamos a nuestra tierra, vamos a ocupar un “Tonelada” y nos vamos a emborrachar como nunca. ¡Tenlo por seguro! ¡Si no es aquí, será en el infierno! ¡Qué carajo! – Todos, unos más que otros, nerviosos y esperanzados aceitan sus fusiles, arreglan sus morrales y, otra mayoría, en silencio, piensa en la lejana querencia.

Se encontraban hablando animadamente cuando apareció Alejandro Monfort y tras saludarlos le dijo que se encontraba muy preocupado por una noticia que uno de los altos jefes de nuestro ejército le había hecho conocer

En uno de sus viajes al Callao, el Jefe Supremo de las Fuerzas Armadas del Perú, general Juan Buendía, había conocido a una atractiva joven que de inmediato le sorbió los sesos. Creyéndola arequipeña entabló amistad que le fue muy correspondido. Tratando de intimar más con la chica, la buscó pero no la encontró, y lamentó mucho que se hiciera humo. Pero, con el correr de los días, llegó a Iquique en donde tomó conocimiento que habían sido detenidos dos espías chilenos, hombre y mujer, que en ese momento se encontraban en la antesala a la espera de ser juzgados. El comisario le dijo que el hombre había logrado fugar pero que la mujer llamada Zulema Díaz de Arellano, estaba en la antesala.

Cuando la vio entrar, el general estuvo a punto de caer de sorpresa. La que tenía en frente era la que creía arequipeña. Ordenó que los dejaran solos. Con la energía del caso le ordenó que le explicara la razón de su actuación, pero la mujer deshecha en llanto, se cobijó en el pecho del militar que no pudo soportar la cercanía y tras secarle las lágrimas, viéndola tan cerca, sucumbió rendido y la besó como hacía tiempo no lo había hecho. En ese momento empezaba una larga y tormentosa historia de amor. Con el pretexto de buscar su protección, ella se entregó al militar que, como un joven, pasó a disfrutar del cálido amor de la chilena; entretanto ella, con las habilidades extraordinarias de que están premunidas las mujeres, conseguía datos valiosísimos que hacía llegar a su ejército por lo medios más increíbles. Pagaba con su entrega rendida al viejo militar. Al poco tiempo, este amor llegó a ser un secreto a voces. En ese mismo instante, aseguraban que la chilena estaba en la tienda del viejo general. Los que escucharon la historia no podía creerlo y fue comidilla general en la hora del rancho.

Dos cerros, al norte y al sur de San Francisco se yerguen cerca de la estación de Dolores. Una es de ochocientos por ciento ochenta metros y el otro de mil por doscientos. Rodeados de pozos de agua se separan del cerro Tres Clavos por una angosta garganta llamada La Encañada, y del cerro Bartolo por la línea férrea a Pisagua y un terreno ya trabajado por empresas salitreras. En lo alto de esta fortaleza que nuestro ejército debe tomar, se encuentra el ejército chileno. Están resguardados por diez cañones de montaña Krupp, de alta potencia, cuatro potentes ametralladoras apoyadas por el 4º de línea y los batallones de “Los padrecitos”, llamados así por sus levitas negras. Arriba en San Francisco norte, se atrinchera el Buin, los Navales y el Batallón Valparaíso con doce cañones Krupp de tiro rápido y largo alcance. Entre la estación de Colores y el Cerro Bartolo hay más artillería y el 3º de Línea. Seis mil quinientos chilenos con 34 buenos cañones y tres potentes ametralladoras al frente.

En la retaguardia el coronel Cáceres se pregunta por qué no había una orden de ataque si todo estaba listo. ¿Qué esperan? –se preguntaba-. ¿Qué es del boliviano Hilarión Daza que debe estar listo para reforzar nuestras líneas? La respuesta no la conocía.

Continúa….

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