EL HOLOCAUSTO DE SAN FRANCISCO (Miércoles 19 de noviembre de 1879) (Segunda parte)

El holocausto de San Francisco 2Poco después del mediodía se formaron los batallones en doble línea de combate. La primera, conformada por la División Exploradora compuesta por: La Columna Pasco, con sus cuatro compañías; Provisional Lima Nº 3; la Nº 1 de Ayacucho, al mando del general Pedro Bustamante y la División Ligera, compuesta por una compañía del Zepita y otra de Ayacucho, a cargo del general Rosell.

En ese momento el general Pedro Bustamante se debatía en un terrible dilema por las órdenes contradictorias recibidas. Primero le habían ordenado: “Ataque en el acto sin trepidar”. Cuando todo estaba todo listo, le llega la contraorden.  Muchos de los jefes, entre ellos Andrés Avelino Cáceres que acababa de incorporarse, lo conminaban a que atacase de inmediato; otros, por el contrario, le decían que mejor era esperar la llegada del refuerzo boliviano, ya que con él, el triunfo sería seguro. Nadie en aquella soledad sabía de la maldita traición de los bolivianos que ya no llegarían.

Así las cosas, el coronel Belisario Suárez, insistió ante el general Bustamante:

-Sigo porfiando, mi General. Esta es la ocasión propicia para atacar, caso contrario la división chilena que viene de Pisagua, reforzaría a los defensores del cerro. Actualmente estamos en igualdad numérica; con el refuerzo ellos nos duplicarán y será muy problemático vencerlos.

-¡No atacaremos hasta mañana, coronel Suárez!, ¡Tenemos que esperar a que llegue el refuerzo boliviano!. Además, tenemos que conceder un día de descanso a nuestras tropas para que se repongan de la fatiga del viaje.

-¡¡¡Pero, mi general…Ya las tropas están formadas listas para atacar!!! -Roque Sáenz Peña interrumpió el diálogo y pidiendo permiso dijo- el teniente coronel de nuevas milicias Ladislao Espinar, pide permiso.

-¡Hágalo pasar!.

Al entrar, el miliciano cuzqueño saludó con marcialidad y dijo:

-Mi General, hasta hace un año fui propietario de una salitrera al oeste del cerro Dolores. Ello me permitió conocer todo este territorio como la palma de mi mano… Hace un rato he vuelto a recorrerlo con mi caballo. Nada ha cambiado

-.¿… Y? -preguntó Bustamante.

-He observado la posición tomada por la artillería chilena posesionada del cerro y creemos que podemos vencerla muy fácilmente.

-¿Por qué afirma eso, Espinar?…

-¡Debemos atacar por la garganta del cerro a donde no llegará el fuego de sus cañones! ¡Para ello, mi General, debemos amagar por los flancos.

-¡Veamos el mapa! -Lo hicieron detenidamente y se quedaron sorprendidos.

-Si me permite, mi general -siguió diciendo el impetuoso cuzqueño- debemos amagar por oriente y por occidente como si tratáramos de tomar el cerro. Cuando los chilenos estén ocupados en defender los costados, nosotros, en ataque frontal, treparemos el cerro y venceremos.

-¡Es una gran probabilidad! -comentó entusiasmado Bustamante.

-¡Pero el ataque debe ser ahora!…¡De inmediato!…¡No debemos esperar más! -sentenció Espinar.

La discusión subía de intensidad cuando se cortó por un bullicio espectacular con revuelto de cabalgaduras y arneses. En ese momento llegaba completamente extenuado y a revienta cinchas un oficial peruano que había dado alcance al general Hilarión Daza con el fin de apremiarlo para que apresurara a reforzar nuestras filas.

-¡¡¡Traición, mi General, Traición!!! -comenzó a tartajear el oficial sudoroso y cubierto de polvo –Su rostro demacrado aunque sudoroso, trae una gravísima expresión..

-¡Explíquese, capitán!…¿Qué ha ocurrido? -interrumpió Bustamante.

-¡No vendrán, mi general!…¡Los bolivianos no vendrán!. Las fuerzas boliviana salidas de Tacna a órdenes del general Hilarión Daza, para operar simultáneamente con las que desocuparon Iquique, se han retirado de Camarones dejándonos abandonados…!!!

-¡¡¿Qué dice, carajo?!!…¡¡¿Está usted loco?!!!… ¡¡¡Explíquese…!!!

-El mismo general Hilarión Daza me dijo que esta era una causa perdida en la que no seguirá participando…

-¡¿Qué el general boliviano Hilarión Daza no vendrá?!…-El general no creía que tamaña traición fuera verdad -¡Maldito maricón de mierda!. ¡Yo mato a ese mal nacido! ¡Hijo de mala madre!. No, no puedo creer que tanta infamia sea verdad…¡¿Pero usted habló personalmente con ese hijo de puta….?!!

-¡Así es, mi General; es más, comandando a sus hombres a emprendido la huida a Bolivia, no sin antes dejar la orden de que sus soldados se desbanden y regresen a su tierra como puedan…!Es un caos, mi general!!. ¡¡¡ Estamos perdidos….!!!

-¡¡Maldita sea!!… ¡Ahora sí que estamos solos!.

-¡Ya no contaremos con ellos, mi General… Ahora debemos luchar solos…

-¡¡¡Así es. Pero no nos pongamos a llorar, carajo. Ya nada más queda por hacer. No podemos seguir esperando. Debemos atacar!!!.

Por más que se trató de ocultar, la noticia se filtró rápidamente entre oficialidad y tropa que, estupefacta, con la indignación al máximo, maldijeron a los bolivianos. La furia que se inflamó en sus almas fue terrible. La ira desencadenó un clamor imparable que enervó a nuestras tropas.

  • ¡Nunca debimos confiar de esos malditos….!!! –grita el capitán Juan Correa.
  • ¡Así es!. Pero no es conveniente que nos pongamos a llorar. Este es el momento decisivo. Si los chilenos se enteran de la traición de los malditos bolivianos, van a retacearnos porque con los soldados que tienen más los refuerzos que están por llegar, van a ser superior en número que nosotros….-Respaldó el capitán, Lorenzo Lozano….
  • ¡Eso, es!!. ¡¡Estamos listos….???!!! – preguntó Alejandro Monfort
  • ¡¡¡Siiiii ¡!!- un rugido terrible recibió por respuesta
  • Esperemos la orden de ataque, ¡Suerte muchachos…!!

En esas circunstancias, siendo las tres y diez minutos de la tarde, Ladislao Espinar montó su recio moro cuatralbo y señalando el cerro de Dolores con su sable picó espuelas y el noble caballo partió como una centella a su destino.

Inmediatamente, como movidos por un resorte, los integrantes de la Columna Pasco, fieros e imparables, partieron a la lucha en primer lugar; detrás iban los del Zepita y de Ayacucho, con la bayoneta calada y la mirada bravía. Avanzaban al grito de ¡¡Al cerro!!…¡¡Al cerro!!…¡¡Al cerro!!…Estas voces varoniles se confundían con los de los bolivianos que habían visto la oportunidad de huir ¡¡¡A Oruro!!!…¡¡¡A Oruro!!!…¡¡¡A Oruro!!!. Ellos acababan de enterarse que su ejército no llegaría para auxiliarlos. Vergonzosamente, emprendieron la huida dando las espaldas al enemigo y traicionando a nuestros heroicos combatientes. ¡No sólo no llegaba el refuerzo, sino que los tres mil bolivianos que estaban en el frente, huían cobardemente. ¡Pensar que nosotros estábamos metidos en esa guerra por defenderlos!. Sólo algunos jefes y dos grupos de soldados, el ILLIMANI Y  LOS COLORADOS, se salvaron del deshonor y junto con nuestros hombres comenzaron a escalar el cerro de Dolores detrás de nuestra Columna.

Los chilenos habían iniciado un colosal cañoneo por la ruta que seguían nuestras tropas y de todos los contornos del cerro se levantaban negros penachos de humo en ensordecedor  estruendo. El estampido repercutía con fragor en los cerros, el ronco traqueteo de las ametralladoras derramando fuego en todas direcciones, diezmando a los nuestros. La Columna Pasco, por su parte, aproximando su primera línea al pie del cerro, respondía vigorosamente con una implacable lluvia de balas.

El sol abrasaba, la sed era tremenda, pero el amor a la patria era mucho más grande. Había que avanzar y lo estaban haciendo. Nuestros soldados tenían que superar la distancia que los separaba del objetivo: 32 cañones chilenos que escupían fuego sin cesar, escoltados por innumerables ametralladoras que hacían inexpugnable el lugar. La falda escabrosa del monte tornaba difícil el avance, pero decididos, nuestros hombres avanzaban.

El corneta Domingo Eusebio trizaba la tarde con su bullido penetrante y metálico. Tocaba a degüello.

Alejandro Monfort, como un coloso de encrespadas barbas nazarenas al viento, se puso delante de sus hombres y comenzó a avanzar seguido de sus valientes. La primera descarga enemiga doblegó a varios guerreros. La nutrida crepitación de los fusiles les indicó que el enemigo estaba a dos palmos de distancia. Con el color demudado y la ira reflejándose en sus ojos profirió un grito desafiante.

-¡¡¡Amárrense los calzones chilenos de mierda, que aquí llegan los cerreños!!!…

-¡¡¡Viva el Perú!!! -secundó Aníbal Chávez.

-¡¡¡Vivaaaaa!!!… -las voces roncas de los cerreños respaldaron la guapeada.

Y comenzaron a atacar como fieras enceguecidas. La larga bayoneta de Mauricio Torres penetró en el cuerpo de un chileno. Más allá, de un culatazo reventó un cráneo que se partió como una calabaza. Quiso seguir adelante pero sintió que su pierna derecha se inundaba de sangre. No podía caminar. Al caer, alcanzó ver un sable enemigo cebándose en su cuello. Quiso maldecir al oficial que lo hería y no pudo. A penas alcanzó a ver  un surtidor de sangre que se le atragantaba en coágulos espesos y sus ojos se extraviaban.

Domingo Eusebio inyectaba coraje en esos cuerpos esqueléticos a punto de desfallecer. Su trompeta seguía tremolando en la tarde quemante con un sol detenido allá arriba. El combate era salvaje entre imprecaciones, insultos y maldiciones fieras.

El capitán José Matías Salazar con los globos oculares colgándole de la cara, avanzaba como un autómata hiriendo a diestra y siniestra con una bayoneta calada. No veía nada. Más allá –caminante sin rumbo- cayó cosido a bayonetazos. Severiano Taramona, Juan Carhuancho, Manuel Rojas, Eduardo Montalvo y Tomás Osorio, habían conseguido formar un solo grupo. El duelo era con arma blanca de la parte peruana; ellos tenían sables, pero también balas.

-¡¡¡Adelante, mis cerreños, adelante!!! -Pío Ángel Figueroa, imponente como si en aquel instante su figura se hubiera agigantado, avanzaba imparable con una herida abierta como un boquete en el parietal izquierdo.

El sol abrasaba el escenario y la arena quemante chamuscaba sus pies.  El calor subía por sus carnes torturándoles y haciendo difícil el avance. Los retazos de los zapatos destrozados para nada les servía. Sentían viva la quemante acción de las arenas. El cañoneo era tenaz y el traqueteo de las ametralladoras, imparable. El asfixiante olor a pólvora y sangre era tremendo. Los chilenos disparaban sin tregua tratando de impedir el avance de los primeros hombres que asomaron por aquellas alturas: nuestros soldados. Líderes de la División Vanguardia. Cuando aparecieron ante su vista, una ráfaga mortal dio cuenta de otra buena cantidad de nuestros paisanos. Los que venían atrás no se amilanaron. Repechaban y con sus gritos secos de indignación contestaban iracundos e imparables. Estaban cumpliendo su varonil, juramento del 6 de mayo en el templo de Chaupimarca.

La sangre empapaba las faldas de San Francisco, pero nuestra tropa avanzaba con ferocidad; decidida, imparable. En su trayecto veían ojos reventados, cabezas con  cabellos apelmazados de sangre y arena; torsos mostrando salvajes tajos de sable; gargantas tasajeadas; vientres abiertos; cabezas chamuscadas separadas por ígneos y certeros cañonazos; torsos, piernas, brazos separados, carbonizados, cubiertos de arena en una asfixiante humareda de penetrante olor a pólvora…

En ese momento habrían dado parte de su vida por una bocarada de agua que les refrescara. Sus gargantas estaban secas, a punto de desgarrarse; podía decirse que sus gritos y guapeadas de guerreros estaban pronunciados con sangre. No tenían ni un poco de saliva y el sol quemante, allá arriba, los castigaba sin piedad. Hombres del frío desafiaban ahora la resistencia humana al correr por aquellos campos abrasados de  un calor asesino.

Continúa…..

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