EL HOLOCAUSTO DE SAN FRANCISCO (Miércoles 19 de noviembre de 1879) (Tercera parte)

El holocausto de San Francisco 3Ahora que han pasado los años, mezquinos intereses regionales vecinos están haciendo desaparecer el heroísmo de los cerreños. Si eso es censurable, más condenable es la indiferencia del pueblo cerreño. Con el paso de los años ha cubierto de olvido aquella acción heroica. En vano tenemos el monumento más hermoso del centro del Perú. La dimensión de su estatura es del tamaño de la indiferencia cerreña.

En parte oficial de aquella batalla, el Jefe del Estado Mayor, informa que los soldados bolivianos ocasionaron un caos: “Las fuerzas del ejército boliviano en completa dispersión, sin orden, sin que nada autorizara ese procedimiento, rompieron un fuego mortífero para nuestros soldados e inútil contra el enemigo. El campo se cubrió de esos soldados fuera de filas que disparaban desde larga distancia sus municiones sin dirección ni objetivo, produciendo un ruido espantoso que aturdía y una confusión que no tardó en envolverlo todo…. mientras tanto, sordos a la corneta, indóciles al ruego, a la amenaza, a la exhortación y a todo, los soldados bolivianos, sus jefes, continuaban su obra con la precipitación y frenesí propios del que no tiene otro objeto que hacer incontenible el desorden…”

El avance era cruento, arduo, imparable. Por cada tres pasos que daban en la resbalosa arena, patinaban uno; de esos labios resecos, tumefactos, monstruosos, como guturales gemidos de rabia, brotaban las imprecaciones, las maldiciones, los gritos…La Columna Pasco iba a la vanguardia regando de héroes las faldas del cerro, en eso: ¡¡Hay que decirlo!!…-¡Hay que decirlo porque la historia oficial no sólo lo ha callado, sino siempre ha tratado de ocultarlo!-. ¡¡No estaban sus jefes!!…¡¡Dios mío!!..¡¡Sus propios jefes los habían abandonado!!. Los soldados de la Columna Pasco estaban solos; solos en un combate sin tregua. No se veía la figura de Juan Buendía, el amante enamorado, Jefe General de la Columna. No estaban Mori Ortiz, ni el ignominioso individuo llamado Enrique Callirgos, el de las bofetadas, el valentón que se jactaba de ser un gran soldado. Todos los jefes habían desamparado a los nuestros que avanzaban seguidos del batallón Zepita. Esta traición, fruto de una maldita cobardía, se ha tratado siempre de ocultar aunque para ello tengan que hacer desaparecer las acciones de valor de nuestros soldados. A los cerreños no les importó aquel abandono, seguían progresando guiados por la brújula de su corazón bravío y ejemplar.

El heroísmo era tremendo, pero en pleno desierto y frente a una imparable lluvia de balas, no tenían a quién seguir ni obedecer. No tenían rumbo fijo porque sus jefes los habían abandonado. No tenían brújula ni aliento, sin embargo, “haciendo de tripas corazón” avanzaban para vencer al parapetado enemigo que tenían enfrente. Numerosos fueron los caídos en ese primer ataque. Esa inmolación han tratado de acallar para ocultar la traición de los jefes de nuestro ejército. Ocultando la carnicería por improvisación y cobardía, escondían la acción heroica de nuestros soldados. Felizmente, para suerte nuestra, quedan los informes detallados de los ejércitos de Bolivia y Chile.

En ese instante del incontenible fragor en el combate, la legendaria figura del heroico comandante Ladislao Espinar, poniéndose al frente de nuestros soldados, gritaba a voz en cuello: ¡¡¡A los cañones!!!… ¡¡¡A los cañones!!!… ¡¡¡A los cañones!!!… Detrás de este heroico cuzqueño, el único jefe con ellos, los nuestros seguían incansables, fieros, con paso firme y decidido. Delante tenían un valiente que le daba les ejemplo y había que estar con él.

Espinar los conducía desde su caballo. Impávidamente señalando los sitios y hasta personas a quienes debían tirar. Cuando cayó el noble animal atravesado por la bala de un carabinero; sacudiéndose el polvo del gabán y enjugándose el sudor del rostro, continuó la repechada gritando: ¡¡¡A los cañones!!!… ¡¡¡A los cañones!!!… voces que en el fragor de la batalla se oían distintamente. Llegó hasta ellos el Mayor chileno Salvo y con suerte y puntería acertó a darle en la frente, cayendo así heroicamente.

Ya en la cima del cerro, Manuel Saldarriaga, flanqueado por Felipe Reggiani y Adolfo Coursejolles, avanzaban resueltos a plantar nuestra bandera en territorio enemigo. No lo consiguieron. El impacto de un certero cañonazo los hizo volar por los aires. Con ellos voló la bandera bordada con lágrimas de las mujeres cerreñas, empapada de sangre guerrera y pólvora enemiga. Los aguerridos abanderados de nuestra gloriosa Columna yacían desjarretados, cubiertos de gloria, en tanto el combate seguía en derredor. Esta santa enseña de la patria fue tomada por el jefe chileno del batallón Victoria, Héctor la Torre. Actualmente la lucen como un especial trofeo de guerra en uno de sus museos.

En ese instante, en el tope de los riscos posteriores de la cima resonó un formidable griterío de batalla. Eran los mineros del “Atacama” que llegaban como fieras, saltando sobre las peñas, precipitados como demonios con las bayonetas rectas frente al pecho. Cuando los bravos de la Columna Pasco advirtieron la carga, se pusieron a pie firme, clavados sobre la arena para soportar la terrible carga con coraje y decisión. La trompeta de Fermín Eusebio los animaba a la lucha. Alejandro Monfort, gritando desaforadamente como un condenado arengaba a la tropa de la Columna en un choque entre los mineros de “Atacama” y los mineros de la “Columna Pasco”. Otro tanto hacían Pío Ángel Figueroa y Aníbal Chávez. Era admirable el valor que sacaban de sus cuerpos castigados y exangües. Las faldas de los cerros quedaban  cubiertos de centenares de cadáveres como resultado de una lucha encarnizada…¡¡¡Tres veces habían sido tomados los cañones chilenos y tres veces los habían recuperado!!!.

Miércoles 19 de noviembre de 1879, al atardecer

Después de dos horas de cruento combate en las que la artillería chilena había disparado 815 cañonazos apoyando a su infantería, los arenales de San Francisco quedaban regados por la sangre patriota peruana. No había nada qué hacer. En las fragosidades de sus faldas caídos los despojos de 158 cerreños, muertos heroicamente en defensa de la patria, lejos de la tierra que los viera nacer. Habían tratado de conquistar lo imposible y en ese desempeño habían caído como hombres.

Toda esa carne muerta que fue el amor y la gloria

Del  pueblo que marchaba triunfante hacia el futuro;

Esa sangre estancada en un océano enorme,

Fue el amor de los siglos y el dolor de su historia

 

Toda esa abandonada y ensangrentada grandeza

Que devoran los buitres bajo el gran cielo oscuro,

Fue un pueblo que sembraba, inspirado y seguro,

Ideales y esfuerzos para otra gran victoria.

 

Esos brazos inmóviles, esas ciegas pupilas,

Esas bocas y frentes lívidas y tranquilas,

Esos pechos abiertos mostrando el corazón.

 

Gloria, amor y grandeza de un pueblo legendario…

¡Oh!,  Madres de los muertos! ¡Oh, madres solitarias!

Todo está mudo y frío … y aún retumba el cañón.

La Alforja-noviembre de 1879

La suerte estaba echada. Heridos, exhaustos, hambrientos y con una sed devoradora, los gloriosos sobrevivientes de la Columna Pasco fueron reagrupándose. El corneta, Eusebio, herido en una pierna, no había perdido su instrumento. Haciendo esfuerzos supremos llamó a reunión y, poco a poco, conocedores de su toque, nuestros infantes fueron reagrupándose. En ese momento aconteció lo increíble, lo inverosímil. Con sus uniformes intactos, sin ningún rasguño, como cobardes alimañas aparecieron en el escenario Mori Ortiz y el despreciable Callirgos. Nuestros soldados, entonces, conservaron su orgullo, sólo con sus miradas de infinito desprecio los arrojaron como a viles gusanos. Podían haberlos matado por traidores y cobardes ya que ninguno de los malditos había combatido. Nuestros hombres juzgaron que no era necesario. Aquellos cobardes estaban muertos en vida y, hedían.

Los oficiales Pío Ángel Figueroa, Domingo Martínez, Alejandro Monfort, Nicéforo Candiotti y Aníbal Chávez, procedieron al recuento de nuestros hombres. Pasaron lista. Sólo respondieron sesenta; heridos, extenuados y exangües, pero con el orgullo de haber cumplido con la patria. Después de orar religiosamente por sus hermanos caídos, sin tiempo para sepultarlos, decidieron emprender la marcha con el fin de reagruparse con el resto de sobrevivientes. Era un desfile doloroso. Iban con los rostros compungidos, ensangrentados, pesarosos; muchos llevaban apósitos ensangrentados en la cabeza, en los brazos en las manos, en los pies, ayudándose entre ellos. Quedaban tan pocos de aquel heroico grupo de jóvenes bizarros y valientes. La noche se cerraba en el luctuoso escenario que comenzaba a ser barrido por un viento tétrico y salvaje.

En el rojo crepúsculo van las sombras dolientes,

Solos en la tragedia de los campos desiertos,

Los caídos quedaron fríos, rígidos, yertos,

Pudriéndose en la sangre que se volcó a torrentes.

 

Y se ve en las pupilas de los sobrevivientes,

El mismo horror inmenso que se ve en los muertos,

En los ojos terribles, grandes, fijos, abiertos…

Y se lee en sus heridas sus dolores ardientes.

 

Allá van. Son las sombras desgarradas y errantes

Que vuelven de la muerte… Que vuelven vacilantes,

Mutilados, sangrientos, solos, para decir

 

Con sus trágicos ojos y sus hondas heridas

El mensaje de aquellos que entregaron sus vidas,

El horror de los muertos que ellos vieron morir…

(La Alforja, noviembre de 1879)

Nuestro pueblo conocía que, en esos días, se llevaría a efecto la batalla para apoderarse del cerro de Dolores por la importancia estratégica que ella encerraba. Los estudiosos y estrategas consideraban –llevados por los datos a la mano- de que nuestras fuerzas triunfarían. Lo tenían por seguro. Lo que jamás se les ocurrió pensar es que los bolivianos, llevados por prebendas malditas que nuca debemos olvidar, se retirarían del frente de guerra al que nos habían metido. Una denigrante  traición que seguirá doliendo en nuestro espíritu, más a nosotros los cerreños, porque debido a ello, nuestros hombres de la Columna Pasco sucumbieron en gran número.

El dolorido informe propalado por el Boletín Municipal del Cerro de Pasco, el 21 de noviembre de 1879, se daba a conocer el verdadero resultado de la Batalla de San francisco.  Conmocionando hasta las lágrimas los ciudadanos cerreños, leían:

LA BATALLA DE SAN FRANCISCO

“El miércoles 19 de noviembre, se ha producido la batalla en el cerro de Dolores o San Francisco, cuyo resultado enluta a innumerables hogares cerreños. Los despachos telegráficos recibidos dicen lo siguiente: “En las partes altas se habían apostado las tropas chilenas provenientes de Pisagua. Contaban con una excelente artillería y tenían a sus 7000 soldados descansados y con buenas provisiones. Las fuerzas aliadas, encabezadas por el general Juan Buendía, después de una dura marcha a través del desierto, llegaron desde Iquique ese mismo día. Contábamos con 4000 hombres, y esperábamos el refuerzo de 3000 más que debía traer Hilarión Daza, jefe boliviano que nunca llegó con ayuda”.

“Buendía ordenó acampar en la llanura para recuperar fuerzas y asaltar las posiciones chilenas al día siguiente, pero inesperadamente el batallón boliviano Illimani comenzó a disparar y se extendió un ataque desordenado donde muchos soldados peruanos murieron al intentar ascender a los cerros bajo una lluvia de fuego de la artillería enemiga. En este encuentro casi fue diezmada la COLUMNA PASCO que encabezaba el ataque debido a su arrojo y decisión. El héroe de la infausta jornada fue el cusqueño Ladislao Espinar. Este coronel, con un puñado de indómitos compatriotas de la Columna Pasco y el Batallón Zepita llegaron a tomar algunos cañones chilenos murió por una bala de revolver que le atravesó la frente”.

“Al llegar la noche nuestras tropas se retiraron a Tarapacá, sin ser perseguidos por los chilenos que temían un sorpresivo ataque si descendían de sus excelentes posiciones”. “Hacemos llegar nuestro pésame a los familiares de los soldados muertos en combate, cuya nómina, publicaremos en cuanto nos lo haga llegar el mando militar correspondiente”.                                      

La Conmoción que causó la noticia fue dramática. En la prefectura, municipalidad, parroquia y demás reparticiones estatales, corros de madres, hermanas, esposas y parientes cercanos de nuestros soldados inquirían por noticias más claras, más precisas. A partir de ese momento comenzó a circular una institución muy cerreña: el chisme. “Dicen que todos nuestros muchachos han muerto”. “Dice que hay gran cantidad de prisioneros”. “Dicen que se han perdido en los desiertos de la frontera”. “No, hay un respetable número de sobrevivientes que van a ser despachados a nuestra tierra”. Al final, con la aclaración de diversos despachos cablegráficos, se supo la verdad: “Gran cantidad de soldados de la Columna Pasco habían muerto en la lucha y los sobrevivientes habían sido asimilados a otros cuerpos de combate”. En nuestro pueblo, secretamente abrigaban la esperanza de que sus familiares no hubieran muerto. Abrigaban la esperanza de que siguieran vivos.

El sufrimiento de nuestro pueblo fue inmenso. En ese instante comprendimos que nuestra suerte estaba echada. El Cerro de Pasco había enviado a lo mejor de su juventud a las fronteras cumpliendo con el supremo deber filial de amar y defender lo nuestro. No obstante las enormes penurias sufridas a lo largo de su marcha por aquellos inhóspitos arenales, se entregaron en cuerpo y alma en defensa de nuestro suelo en San Francisco. La mayoría ha caído pero, los que quedan, con valor espartano, curando sus heridas, siguen en la brega. El significado de aquella derrota que nos conmovió enormemente tuvo formidables repercusiones posteriores.

El holocausto de San Francisco 4

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