Nuestros juegos infantiles (Primera parte)

maninbolaLos juegos infantiles en mi tiempo estuvieron determinados por el clima reinante a través de sus dos estaciones: invierno y verano. Bueno de alguna manera hay que llamarlas porque la única estación señalada y continua era el invierno. No les faltaba razón a los que decían que las dos únicas estaciones que se conocían en nuestra ciudad eran el invierno y la estación del tren. El invierno comenzaba a mediados de octubre con tímidas lloviznas; época para el uso de pequeños zancos que confeccionábamos con latas de leche vacías a las que les colocábamos manijas de alambre en cada lata a manera de estribo y al extremo opuesto, a manera de manija para guiar con las manos y mantenerlo adherido a los pies.

A medida que transcurrían los días, el invierno se manifestaba abiertamente con sonoras granizadas, imparables celliscas, trombas incontenibles, hasta las silenciosas nevadas que, cayendo día y noche, blanqueaban a nuestro pueblo con su albo manto de incomparable belleza. Era tanto el peso de la nieve que traía por los suelos postes y alambres de luz, teléfono y telégrafo. Esta era la época de los juegos de salón: bolero, sirriachi, tres en raya, damas y todo aquello que nada tuviera que ver con el tiempo.

Luego, desde los primeros días de mayo hasta mediados de octubre, la timidez del sol determinaba el tiempo de la “shulula”, el trompo, las bolas, el palitroque, el salto cabrito… El remiso verano recién se acentuaba a plenitud en junio para ir decayendo con los días. Cuando el piso estaba seco, nos desplazábamos de un sitio a otro por las calles utilizando una rueda que conducíamos mediante un manejador de alambre grueso; las mejores y más buscadas eran aquellas hechas con los extremos de los cilindros metálicos, pulidas adecuadamente; claro, podían tener diferentes tamaños. Este juguete, es necesario decirlo, nos mantenía en perfecto estado físico e in mejorable salud. Era la época en que también jugábamos béisbol. No olvidar que los norteamericanos jugaban en el Cerro de Pasco, Smelter y la Oroya compitiendo con novenas de connacionales o japonesas y peruanas. Nosotros lo asimilamos como “Maninbola” con todo el reglamento que vigía para el deporte.

cometaLas cometas.- El mes de agosto  hacían su aparición los vientos que retozaban a sus anchas por las punas. En el cielo azul de aquellos días se podían ver hermosas cometas de colores, formas y tamaños diversos. Una parvada de niños bullangueros y corretones iban de aquí a allá, tratando de ganar altura y distancia para sus cometas en competencia con sus amigos. Aquí también estaban los que trataban  de destrozar al contrincante. Para ello colocaban filosas navajas de afeitar a las colas de sus cometas,  las que en su balanceo pendular en el aire, cortaban los hilos de la cometa del contrario después que se habían acercado lo suficiente para conseguirlo.

Todos los niños, ilusionados enviábamos mensajes escritos con papeles agujerados por el centro a fin de que  colocados en el hilo, fueran a llegar hasta la cometa; estos mensajes cariñosos alentaban a que se elevasen más y más: eran los famosos “cachapuris”. Si en esta época la bendición del sol calentaba generalmente en el día, era durante la noche cuando la implacable helada con sus hirientes esquirlas escarchaba puquiales y acequias, cebándose en el rostro de los lugareños, atezándolos. Primavera y otoño pasaban inadvertidos.

 LA SHULULA.- Era en los meses de sol, libre ya de lluvias, nevadas y truenos –la tierra acariciada por el sol- cuando recurríamos a un juego muy nuestro, muy cerreño; la shulula. Servía para demostrar la audacia y agilidad de los muchachos. Un peligroso resbaladero del que más de uno salía averiado y embarrado porque era un tobogán natural en el gredoso barro cerreño.

Recuerdo que frente a nuestra escuela había una falda de pronunciado declive conformando una pendiente peligrosa, muy empinada de 45 a 50 metros que iba a morir a las orillas de la laguna de Patarcocha; laguna ésta muy querida que, a instancias de los “dueños” de la ciudad, se desecó. Sobre ella, es decir sobre el relave que ocupa el lugar de las aguas, se levanta hoy, parte de la ciudad. Aquí estaba ubicado el resbaladero: un reto a nuestra agilidad y audacia temerarias.

Mientras escuchábamos las clases, de ocho a diez de la mañana, nadie se acercaba al baño; todos aguantábamos heroicamente, a como diera lugar, la urgencia de orinar y cuando la sonora campana resonaba en nuestro patio anunciándonos el único recreo de la mañana, rápidamente tapábamos nuestros tinteros, limpiábamos nuestras plumas y  libros y cuadernos y reglas y lapiceros guardándolos en nuestra bolsa hecha de talegas viejas de harina. No se esperaba ni un minuto. En medio de una bulla ensordecedora, en loca carrera íbamos a ubicarnos al filo de la pendiente y, todos a una,  soltábamos nuestra continencia orinando sobre el marcado surco de nuestra shulula, afinando el camino por donde discurría la micción lubricando el trayecto.

Expedito el resbaladero -no era cosa de esperar- el más audaz de los muchachos, encajaba un pie sobre el carril, se ponía en cuclillas y al levantar el otro pie, se convertía en una bala humana que se deslizaba raudo desde la cima hasta la orilla de la laguna donde muchas veces se “costaleaba” aparatosamente. Pocos eran los que poseían la maestría de llegar invictos. El clamoreo general era enorme; aplausos, vivas, silbidos y mofas para los que llegaban a destino. No eran pocos los que rodaban espectacularmente por no haberse podido mantener con un pie en alto mientras se deslizaba. Una vez abajo, se levantaba el héroe, se sacudía los pantalones embarrados y volvía a ejercer su turno de velocidad y vértigo.

Muchas veces –perdónenme la digresión- mientras nosotros estábamos en clase dentro de las aulas, el “Matón” Marcial Riofano, un hombre enorme, sargento licenciado del Ejército que fungía de disciplinario del plantel, con el único objetivo de hacernos daño, clavaba sibilinamente unos huesos en el trayecto de la “shulula” de tal suerte que, el que inauguraba, al tropezar con estos obstáculos, volaba por los aires, a veces hasta perder el conocimiento; pero ese traspiés delataba claramente en dónde se encontraban los huesos que el matón había enterrado. Los retirábamos prestos e  inmediatamente  continuábamos con la hermosa tarea de “shulular”.

Cuando la campana volvía a convocarnos, cansados pero felices, llegábamos a filas con los zapatos cubiertos de barro, en un tris de abrirse como rosas y las ropas hecho una miseria, especialmente los pantalones, todos almidonados de greda que, más tarde, secados ya por el calor del cuerpo, semejaban una armaduras de pobres caballeros de la aventura. ¡Y claro que eran armaduras!, porque cuando los viejos nos azotaban por tamaña aberración, los rebencazos que nos prodigaban no los sentíamos.

EL TROMPO.- Era un bonito juguete de madera con una púa de acero en una punta y el tromposuave cabezal en la parte superior opuesta. Estaba hecho de una madera dura y resistente como ishpingo, moena, tornillo, naranjo y, en algunos casos de noble caoba; ágil y leve como una avecilla. Torneado en forma de pera llevaba decorativas estrías laterales y, en algunos casos, decorados con llamativos colores y diseños concéntricos que, al bailar ofrecían un solo y hermoso color. Estos eran los más bellos y espectaculares, pero muy raros.

Los más ligeros y elegantes eran los torneados en caoba –ya lo dijimos -, pero con la púa en forma de corazón que, colocada con precisión, hacían bailar al trompo como clavado en el suelo en un alarde de equilibrio y precisión geométricos y, como si fuera poco, levantado a la mano, casi no tenía peso; por eso decíamos que era “pajita”. En su frenético girar emitía un zumbido agudo pero sutil que hacía exclamar a los muchachos: ¡Está “ringiando”!..

Era un deleite verlo bailar y silbar, pero allí concluía su encanto, porque para las competencias, no servía de mucho. Era otra cosa. Para los torneos estaban los trompos más robustos y con púas largas hechas de clavos de acero pulido. Estos trompos bailaban trazando una elipse muy precisa y servía para jugar a las “sacachapas” y “sacamedio’, “mandacuco” y la infame “cocina”.

Había trompos matreros con púas gigantescas y tan mal colocadas que bailaban dando saltos, brincando de un lado a otro; eran los infames “berreteros” que por sus saltos imprecisos también eran llamados “zangaracheros”. Estos eran los trompos asesinos que en manos de los sicarios, abrían el corazón de los otros trompos al primer intento.

Sin embargo, seamos justos, a parte de este destripador juego de la “cocina” y el “mandacuco” -en el que se iban pegando golpes al otro trompo mientras bailaba- los “barreteros” eran excelentes para jugar “sacachapas”y “sacamedio” (medio real) ya que su acerada prominencia metálica se prestaba para ello. A cada “wipia”, es decir, a cada lance, con una habilidad de maestro, se dirigía el trompo bailando sobre la chapa o la moneda y ésta aparecía fuera del círculo en el que estaba encerrado. El “chipche” (prenda) que era expulsado, pertenecía al jugador que lo sacaba.

En mi promoción hubo excelentes maestros del trompo. Se les conocía porque, a la altura de la segunda falange de la mano derecha, lucían una sangrante abertura originada por el áspero roce de la “huaraca”, es decir, el cordel con el que se hacía bailar el trompo. A ese extremo llegaba el fanatismo por este juego. Bueno, es que la recompensa de las ganancias bien lo merecía. Todo dependía de los trompos. Había algunos que caían rendidos después de haber durado hasta seis “wipias”.

EL PALITROQUE.- En el palitroque se ponía en juego la habilidad, rapidez y buena vista de dos contendientes. Para practicarlo, se utilizaban dos palos generalmente cortados de un mango de escoba. El más largo, de unos cincuenta centímetros más o menos, servía para arrojar lo más lejos posible al pequeño, generalmente de unos 15 centímetros. Previamente, a éste se le había colocado sobre una piedra pequeña, a la altura de la mitad, para que la parte inferior se posara sobre el suelo y la otra quedara en el aire a manera de una palanca. Al recibir el golpe del palo grande, el pequeño saltaba unos centímetros del suelo, lo que aprovechaba el jugador para darle un segundo golpe y arrojarlo unos diez o quince metros.

Entretanto el contendiente esperaba que el palo pequeño fuera arrojado para intentar atraparlo en el aire. Si lo conseguía, reemplazaba al jugador de turno para tirar el palo; caso contrario, de donde cayera lo enviaba al cajón que no era sino un cuadro pequeño señalado en el suelo de más o menos diez centímetros de lado. La distancia en la que cayera era medida por los largos del palo grande cuyo valor era de diez puntos cada largo. Fijados los topes, cada jugador utilizaba su turno y a cada centenar se cambiaba la manera de tirar: rapiña, libre, doble rapiña etc.

el sirriachiEl Sirriachi.- Este era un juguete peligroso, muy peligroso. Su nombre no era sino la prostitución del diminutivo sierra; es decir un hipocorístico regional (que expresaba que era una sierrita). Estaba constituido por una finísima lámina circular hecha de tapa de gaseosa, aplanada, atravesada de parte a parte por un cordel a través de dos agujeros. Atadas las puntas del cordel y la lámina del centro, envolviendo y luego estirando simultáneamente, una y otra vez, se conseguía que ésta girara misma sierra circular. La lámina aplanada al máximo por haber sido colocada sobre la riel al paso del ferrocarril  adquiría un filo tremendo que circulando con un zumbido muy peculiar podía cortar ciertos objetos. Muchos “chuches” –los malos- cortaban con él las ropas y bolsones escolares de sus compañeros.

Continúa…

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