Acerca de la muerte en el “Día de los Difuntos” (Primera parte)

día de los difuntosHay pocos lugares en el mundo donde la muerte ha  marcado tan profundamente a un pueblo como al Cerro de Pasco. No es para menos. Se puede decir que el cerreño convive con la muerte; especialmente el minero. No otra cosa sufre diariamente en las profundidades de los socavones. Es muy raro el día en que la sirena de la mina no alargue su tétrico gemido anunciando la muerte de uno o varios obreros. Es una negra constante en las galerías, en los talleres, en los campos. El cerreño no le teme a la muerte, la respeta. Convive con ella. Eso lo saben bien los mineros y las mujeres y los niños; todos. Por eso cuando la fatídica guadaña cercena una vida todos sienten la desgracia como suya compartiendo solidariamente el dolor luctuoso. Si no en la mina, la parca se presenta también en el ambiente exterior que tampoco está exento de riesgos. Aquí, una repentina pulmonía, casi siempre cobra una vida humana; esto lo determinan el frío glacial y la empobrecida oxigenación de las astrales alturas. Por eso, todos a una, las gentes están cerrando filas en torno a lo inevitable. Hay un reverente recogimiento ante la muerte. El deprimente negro del luto uniforma la indumentaria de familias enteras con alarmante regularidad. No he visto otro lugar donde la gente -motu proprio- se aglutine compartiendo el duelo en emocionado silencio.

El doloroso acontecimiento de la muerte ha establecido una  tradición con una serie de pasos que a continuación puntualizamos.

Si la parca no ha actuado antes con premeditación, ventaja, alevosía  y crueldad, llevándose un alma al cielo en accidente minero que conlleva una particular manera de recibir su zarpazo; en el caso de la agonía de una persona, la actuación de los dolientes es distinta. A los agónicos en trance de muerte por enfermedad, se los acompaña alternando los rezos en voz baja con el silencio de la espera. Se suplica al Supremo lo lleve a su Seno ya que una prolongada agonía se interpreta como un castigo que tiene que cumplir; en ese caso, para ayudarle a bien morir, se reza: “Sal, alma cristiana de este mundo, en nombre de Dios Padre Omnipotente que te crió; en nombre de Jesucristo Hijo de Dios vivo que por ti padeció; en nombre del Espíritu Santo, cuya desgracia se derramó sobre ti; en nombre de la gloriosa Santa Virgen, Madre de Dios, María; en nombre de San José, ínclito esposo de la misma Virgen; en nombre de los ángeles y arcángeles; en nombre de los tronos y dominaciones; en nombre de los principados y potestades; en nombre de los querubines y serafines; en nombre de los patriarcas y profetas; en nombre de los santos apóstoles y evangelistas; en nombre de los santos mártires y confesores; en nombre de los santos monjes ermitaños; en nombre de las santas vírgenes y de todos los santos y santas de Dios”.

Como es natural, se ha llamado al cura que tomando el santo óleo ha purificado los sentidos y miembros del agónico por haber visto, oído, olido, gustado, tocado y andado tan lejos de Cristo durante tanto tiempo. Finalmente le hace comulgar la hostia  rezando las jaculatorias en nombre del agónico diciendo: “Santa María, ruega por mí; San José, ruega por mí. San José con la Virgen Santísima, ábreme los senos de la Divina Misericordia. Jesús, José y María, duerma y descanse en paz con Vos el alma mía”.

Si se sospecha que el final ha llegado, se acerca el oído al corazón del doliente o se le coloca un espejo a la boca; si éste se nubla, todavía vive; caso contrario, ha finado. Es en este instante en que el llanto, espontáneo se hace general; todos lloran. Aquí jamás se ha contratado a las plañideras profesionales para que “lloren por el muerto”.

Producido el deceso, hay que cerrar los ojos y la boca del muerto. El que los tenga abiertos –aseguran las viejas- es clara advertencia que muy pronto habrá de llevarse a uno de sus seres queridos. A continuación se baña el cuerpo para amortajarlo (Un especialista se encargará de confeccionarle la mortaja); hecho esto se lo conduce a la sala principal de la casa colocándolo sobre una mesa cubierta de rodapiés blancos de blondas y encajes, frente a la puerta; con una sábana grande, se le cubre en tanto se termina de coser el sudario; en las esquinas se colocan los candelabros con cirios encendidos. A la cabecera, el Cristo en la cruz. Sobre la puerta se clavará una cruz  con cintas negras; así, familiares y amigos conocerán el óbito. Es decir que, en todos sus pasajes, se cumple con la tradición cristiana que dice: “La piedad respetuosa que los primeros cristianos sintieron hacia los muertos se manifestaba ya en el momento de expirar; se les lavaba el cuerpo, se les perfumaba a menudo, se les cerraba los ojos y la boca, como para quitar a la muerte lo que tiene de horrorosa y para darle apariencia del sueño tranquilo. El cuerpo se envolvía en su sudario y se le depositaba en un sepulcro”

Por su parte, el “mortajero” debe confeccionar el sudario en un paño muy austero, sin ningún adorno superfluo o pagano ni con guarniciones metálicas. Si el extinto fuera varón se le vestirá el hábito seráfico de San Francisco de Asís de tosco sayal marrón con capucha, sujeto con un cordón que deberá ser tejido cumpliendo un rito muy especial. La capucha esconderá los rasgos descarnados del difunto cuando deambule por la tierra y, el cordón, como un misterioso sortilegio, enmudecerá a los perros. Todos sabemos que a la vista de los espíritus los canes aúllan lastimeramente. Otra de las prendas obligatorias, es el calzado que ha de ser muy ligero, generalmente zapatillas,  para que no se escuchen sus  pisadas cuando venga a ver a sus deudos… El segundo día se procede al amortajamiento con el hábito de San Francisco de Asís. Como es lógico, transcurridas varias horas, la rigidez cadavérica todavía continúa y la frialdad del cuerpo es manifiesta, aunque a veces, cierto calor en la zona de las axilas hace pensar a los dolientes que el finado está esperando a un familiar o amigo querido para despedirse. En tanto se le amortaja, se le habla cariñosamente –como si estuviera vivo- generalmente en quechua para que no esté tan rígido, porque lo que se quiere es  dejarlo presentable para su partida definitiva. Parecido procedimiento se sigue cuando se amortaja a una mujer, en cuyo caso el sudario es de la Virgen del Carmen con su correspondiente escapulario y su rosario de madera, y, si fuera infante, del Niño Jesús de Praga. En el Cerro de Pasco, por lo general se vela al difunto durante  dos días y dos noches; a veces hasta tres. Las bajas temperaturas reinantes así lo permiten. Cuando los familiares no llegan. “No se debe acelerar un entierro porque el alma sufrirá mucho ante la ausencia de un ser querido”.

día de los difuntos 2Para el velatorio, parientes y amigos van llegando desde la siete de la noche ofrendando botellas de licor, cigarrillos, panes, coca, café, etc. Los hombres se sitúan generalmente la sala y  las mujeres, en alguno de los recintos interiores, próximos al principal. Durante toda la noche la conversación  girará en derredor de las virtudes que en vida tuvo el difunto, porque su alma “no se ha marchado definitivamente, está entre los presentes y puede oír de cuánto hacen y dicen, por eso todos hacen elogios del difunto, convencidos de que  les oye y necesita escuchar tales halagos para estar alegre y satisfecho”. También se pueden referir a su anecdotario, a sus andanzas, a algunos pecadillos veniales, eso sí, sotto voce; más tarde ya se “rajará” de las autoridades y de algunos hechos de actualidad; sólo al amanecer, cuando languidecen los ánimos se permiten adivinanzas y relatos probos, respetuosos, porque los otros, los colorados, están destinados al velatorio de los cinco días o “Pichgachy”.

(Continúa…….)

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