La Columna Pasco (Sexta parte)

la columna pasco VI parteMiércoles 19 de noviembre de 1879, en la mañana.- Al rayar el alba el sol se abrió en gigantesco y luminoso abanico sobre la pampa. En la cima del cerro Dolores de San Francisco, armados con gigantescos cañones alemanes KRUPP y numerosas ametralladoras, estaba el ejército enemigo. Nuestras tropas se hallaban al norte de la oficina de Santa Catalina extendida junto a la línea del ferrocarril con la específica misión de tomar aquel cerro por lo estratégico de su posición y su abundancia de agua. Desde allí se podía dominar perfectamente toda aquella inmensa extensión. Bajo los abrasadores rayos del sol que caían a plomo sobre el desierto nuestros soldados estuvieron todo aquel día sin probar alimentos. No lo tenían. En 48 horas no habían probado bocado. La escasísima agua que habían encontrado en la oficina del El Porvenir, apenas si alcanzaba para mojar los labios resecos y cuarteados. Con los uniformes en harapos y fatigados hasta el extremo tuvieron que quitarse los últimos retazos de lo que habían sido sus calzados para engrasarse los pies ampollados: sus inflamadas plantas no podían soportar los hirientes calamorros ni la quemante arena desértica. El martirio de aquellos valientes era supremo, pero estaban allí, dispuestos a entrar en combate.

Después del mediodía formaron batallones en doble línea. La primera conformada por la División Exploradora compuesta por los batallones: la Columna Pasco, con sus cuatro compañías; Provisional Lima Nº3; y la Nº1 de Ayacucho, al mando del general Pedro Bustamante; la División Ligera, compuesta por una compañía del Zepita y otra de Ayacucho, a cargo del general Rosell.

El general Pedro Bustamante se debatía en terrible dilema por órdenes contradictorias recibidas. El 14 le habían ordenado: “Ataque en el acto sin trepidar”; y cuando estaba todo listo para cumplir la orden, el 18 le llega la contraorden. Muchos de los jefes, entre ellos Andrés Avelino Cáceres, lo conminaban para que atacase de inmediato; otros, por el contrario, le decían que mejor era esperar la llegada del refuerzo boliviano ya que con él el triunfo sería seguro. Así las cosas, el coronel Belisario Suárez, porfiaba ante el general Bustamante:

-Sigo insistiendo, mi General. Esta es la ocasión propicia para atacar, caso contrario la división chilena que viene de Pisagua reforzará a los defensores del cerro. Actualmente estamos en igualdad numérica; con el refuerzo ellos nos duplicarán y será muy problemático el vencerlos.

-¡No atacaremos hasta mañana, coronel Suárez!, ¡Tenemos que esperar a que llegue el refuerzo boliviano!.

-Pero, mi general…Ya las tropas están formadas listas para atacar -Roque Saenz Peña pidió permiso y dijo- el teniente coronel de nuevas milicias Ladislao Espinar, pide permiso.

-¡Hágalo pasar! Al entrar, el miliciano cuzqueño saludó con marcialidad y, con voz emocionada dijo:

-Mi General, hasta hace un año fui propietario de una salitrera al oeste del cerro Dolores. Ello me permitió conocer todo este territorio como la palma de mi mano…

-…¿Y? -preguntó Bustamante.

-He observado la posición tomada por la artillería chilena posesionada del cerro y creemos que podemos vencerlos muy fácilmente.

-¿Por qué afirma eso, Espinar?…

-¡Debemos atacar por la garganta del cerro a donde no llegará el fuego de sus cañones! ¡Para ello, mi General, debemos amagar por los flancos.

-¡Veamos el mapa! -Lo hicieron detenidamente y quedaron sorprendidos.

-Si me permite, mi general -siguió diciendo el impetuoso cuzqueño- debemos amagar por oriente y por occidente como si tratáramos de franquear el cerro. Cuando los chilenos estén ocupados en defender los costados, en un ataque frontal nosotros  treparemos el cerro y venceremos.

-¡Es una gran probabilidad! -comentó al entusiasmarse Bustamante.

-¡Pero el ataque debe ser ahora!…¡De inmediato!…¡No esperar más! -sentenció Espinar.

La conversación se vio cortada de pronto por un bullicio de cabalgaduras y arneses. Llegaba completamente extenuado y a revienta cinchas, un oficial peruano que había ido a dar alcance al general Hilarión Daza con el fin de apremiarlo para que apresurara a reforzar nuestras filas.

-¡Traición, mi General, Traición! -comenzó a tartajear el oficial.

-¡Explíquese, capitán!… ¿Qué ha ocurrido? -interrumpió Bustamante.

-¡No vendrán, mi general!…¡Los bolivianos no vendrán!

-¡¡¿Qué dice usted, carajo….?!!…

-El mismo Hilarión Daza me dijo que esta era una causa perdida en la que no seguirá participando…

-¡¿Qué el general boliviano Hilarión Daza no vendrá?!…

-¡Así es, mi General. Es más, comandando a sus hombres a emprendido la huida a Bolivia, no sin antes dejar la orden de que sus soldados se desbanden y regresen a su tierra…

-¡¡Maldita sea!!…

-¡Ya no contaremos con ellos, mi General…Los bolivianos nos han traicionado.  Ahora debemos luchar solos…

Por más que se trató de ocultar, la noticia se filtró rápidamente entre oficialidad y tropa que, estupefactas y con la indignación al máximo, maldijeron a los bolivianos. La furia que se encendió en sus almas fue terrible. La ira se desencadenó en un clamor imparable que enervó a nuestras tropas. Es en estas circunstancias que, siendo las tres y diez minutos de la tarde, Ladislao Espinar montó sobre su recio moro y señalando el cerro de Dolores con su sable picó espuelas y el noble caballo partió como una centella a su destino.

Inmediatamente, como movidos por un resorte, los integrantes de la Columna Pasco, del Zepita y de Ayacucho, con la bayoneta calada y la mirada fiera comenzaron a avanzar al grito de ¡¡Al cerro!!…¡¡Al cerro!!…¡¡Al cerro!!…Estas voces varoniles se confundían con los de los bolivianos que habían visto la oportunidad de huir ¡¡¡A Oruro!!!…¡¡¡A Oruro!!!…¡¡¡A Oruro!!! huían traicionando a nuestros heroicos combatientes. ¡No sólo no llegaba el refuerzo, sino que los tres mil bolivianos que estaban en el frente, huían cobardemente. ¡Pensar que nosotros estábamos metidos en esa guerra por defenderlos a ellos!. Sólo algunos jefes y dos grupos de soldados se salvaron del deshonor y junto con nuestros hombres escalaron el cerro: el ILLIMANI Y  LOS COLORADOS.

Los chilenos habían abierto un tremendo cañoneo y de todos los contornos del cerro se levantaban negros penachos de humo. El estampido de los cañones repercutía con fragor en los cerros junto al traqueteo de ametralladoras que diezmaban a los nuestros. Nuestra Columna Pasco aproximando su primera línea al pie del cerro, respondía vigorosamente con una implacable lluvia de balas.

El sol abrasaba, la sed era tremenda. Nuestros soldados tenían que superar la distancia del objetivo: 32 cañones chilenos que escupían fuego sin cesar escoltados por innumerables ametralladoras que hacían inexpugnable el lugar. La falda escabrosa del cerro tornaba difícil el avance, pero, nuestros hombres avanzaban.

El corneta Domingo Eusebio trizaba la tarde con su trompeta penetrante y metálica. Tocaba a degüello. Alejandro Monfort, como un coloso,  comenzó a avanzar seguido de sus valientes. La primera descarga enemiga doblegó a varios guerreros. La nutrida crepitación de los fusiles les indicó que el enemigo estaba a dos palmos de distancia. Es entonces que con el calor tremendo, la ira reflejándose en sus ojos profirió un grito desafiante.

-¡¡¡Amárrense los calzones chilenos de mierda, que aquí llegan los cerreños!!!…

-¡¡¡Viva el Perú!!! -secundó Aníbal Chávez.

-¡¡¡Vivaaaaa!!!… -las voces roncas de los cerreños respaldaron la guapeada.

Atacaron como fieras enceguecidas. La larga bayoneta de Mauricio Torres penetró en el cuerpo de un chileno. Más allá, de un culatazo reventó un cráneo que se partió como una calabaza. Quiso seguir adelante pero sintió que su pierna derecha se inundaba de sangre. No podía caminar. Al caer, alcanzó ver un sable enemigo cebándose en su cuello. Quiso maldecir al oficial que lo hería y no pudo ver sino un surtidor de sangre que se le atragantaba en tanto sus ojos se extraviaban. Domingo Eusebio inyectaba coraje en esos cuerpos esqueléticos. Su trompeta seguía tremolando en la tarde quemante con un sol detenido allá arriba. El combate era fiero.

El capitán José Matías Salazar con sus ojos colgándole de la cara, avanzaba como un autómata hiriendo a diestra y siniestra con una bayoneta calada. Severiano Taramona, Juan Carhuancho, Manuel Rojas, Eduardo Montalvo y Tomás Osorio, habían conseguido formar un solo grupo. El duelo era con arma blanca de la parte peruana; ellos tenían sables y también balas.

-¡¡¡Adelante, mis cerreños, adelante!!! -Pío Ángel Figueroa, gigantesco como si en aquel instante su figura se hubiera centuplicado, avanzaba imparable con una herida abierta como un boquete en la frente.

La sangre empapaba las faldas de San Francisco, pero nuestros guerreros progresaban decididos. En su avance veían rostros con ojos reventados, cabezas con cabellos apelmazados en sangre y arena; torsos con salvajes tajos de sable; gargantas tasajeadas; vientres abiertos exhibiendo la grotesca variedad de sus intestinos; cabezas chamuscadas separadas por ígneos y certeros cañonazos; torsos, piernas, brazos separados, chamuscados, cubiertos de arena…

El avance era cruento, por cada tres pasos que daban, resbalaban uno; de esos labios resecos, tumefactos, monstruosos, como guturales gemidos de rabia, brotaban incontenibles las imprecaciones, las maldiciones, los gritos…La Columna Pasco iba a la vanguardia regando de héroes las faldas del cerro, en eso: ¡¡Hay que decirlo!!…¡¡No estaban sus jefes!!…¡¡Dios mío!!..¡¡Sus propios jefes los habían abandonado!!. Ellos estaban solos, solos en un combate sin tregua. No se veía la figura de Pedro Bustamante, Jefe General de la Columna. No estaban Mori Ortiz, ni el ignominioso individuo llamado Enrique Callirgos, el de las bofetadas, el valentón que se jactaba de ser un gran soldado. Todos los jefes habían abandonado a la Columna Pasco que en ese momento avanzaba junto al batallón Zepita. A nuestros hombres no les importó aquel abandono, siguieron avanzando guiados por la brújula de su corazón bravío.

En aquel momento resurge nuevamente la legendaria figura del heroico comandante Ladislao Espinar que poniéndose al frente de nuestro ejército gritaba a voz en cuello: ¡¡¡A los cañones!!!… ¡¡¡A los cañones!!!… ¡¡¡A los cañones!!!… Detrás de este heroico cuzqueño, nuestros hombres seguían inconmovibles, fieros, con paso firme y decidido. Delante tenían un valiente que le daba les ejemplo y había que estar con él.

Espinar los conducían desde su caballo. Señalaba lugares y hasta personas a quienes debían tirar. Cayó en ese momento el noble animal atravesado por la bala de un carabinero; entonces, sacudiéndose el polvo del gabán y enjugándose el sudor del rostro, continuó la repechada gritando: ¡¡¡A los cañones!!!… ¡¡¡A los cañones. Llegó hasta ellos el Mayor chileno Salvo que con suerte y puntería acertó a darle en la frente.

Ya en la cima del cerro, Manuel Saldarraiga, flanqueado por Felipe Reggiani y Adolfo Coursejolles, avanzó decidido a plantar nuestra bandera en territorio enemigo, cuando el impacto de un certero cañonazo los hizo volar por los aires. Con ellos la bandera bordada con las lágrimas de las mujeres cerreñas, caía ahora con honor, empapada de sangre guerrera y pólvora enemiga. Los aguerridos abanderados de nuestra gloriosa Columna yacían desjarretados, cubiertos de gloria, en tanto el combate seguía en derredor. Esta santa enseña de la patria fue tomada por el jefe chileno del batallón Victoria, Héctor la Torre. Hoy día la lucen como trofeo de guerra.

En ese instante, en el tope de los riscos posteriores de la cima resonó un formidable griterío de batalla. Eran los mineros del “Atacama” que llegaban como fieras, saltando sobre las peñas, precipitados como demonios con las bayonetas rectas frente al pecho. Cuando los bravos de la Columna Pasco advirtieron la carga, se pusieron a pie firme, clavados sobre la arena y soportando la terrible carga con coraje. La trompeta de Fermín Eusebio tocaba a degüello. Alejandro Monfort, gritando a voz en cuello arengaba a la tropa de la Columna en un choque entre los mineros de “Atacama” y los mineros de la “Columna Pasco”. Otro tanto hacían Pío Ángel Figueroa y Aníbal Chávez. Las faldas de los cerros se cubrieron de centenares de cadáveres. ¡¡¡Tres veces habían sido tomados los cañones chilenos y tres veces los habían recuperado!!!

Miércoles 19 de noviembre de 1879, al atardecer.- Después de dos horas de combate en que la artillería chilena había disparado 815 cañonazos apoyando a su infantería, los arenales de San Francisco quedaban regados por la sangre patriota peruana. En las fragosidades de sus faldas tirados los restos de 158 cerreños, muertos heroicamente en defensa de la patria, lejos de la tierra que los viera nacer. Habían tratado de conquistar lo imposible y en ese desempeño habían caído como hombres.

La suerte estaba echada. Heridos, exhaustos, hambrientos y con una sed devoradora, los gloriosos infantes de la Columna Pasco fueron reagrupándose. El corneta Eusebio, herido en una pierna, no había perdido su instrumento. Haciendo esfuerzos supremos llamó a reunión y nuestros hombres fueron reagrupándose. En ese momento aconteció lo increíble, lo inverosímil. Con sus uniformes intactos, sin ningún rasguño, como cobardes alimañas aparecieron en el escenario Mori Ortiz y el despreciable Callirgos. Nuestros soldados, entonces, conservaron su orgullo, sólo con sus miradas de infinito desprecio los arrojaron como a viles gusanos. Podían haberlos matado por traidores y cobardes ya que ninguno de los infames no había combatido. Nuestros hombres juzgaron que no era necesario, que aquellos cobardes estaban muertos en vida y hedían.

Los heroicos oficiales Pío Ángel Figueroa, Domingo Martínez, Alejandro Monfort, Nicéforo Candiotti y Aníbal Chávez, procedieron al recuento de nuestros hombres. Llamaron lista. Sólo respondieron setenta heroicos cerreños, heridos, extenuados y exangües, pero con el orgullo de haber cumplido con la patria. Después de orar por sus hermanos caídos pero sin poder enterrarlos en el arenal, decidieron emprender la marcha con el fin de reagruparse con los otros sobrevivientes. La noche oscurecía el luctuoso escenario que comenzaba a ser barrido por un viento salvaje y tétrico.

la columna pasco VI parte 2
Alejandro Monfort, paradigma de los soldados de la “Columna Pasco”

LA COLUMNA PASCO (Quinta parte)

la columna pasco V parteLa llegada al campamento de La Alianza se produjo a las dos de la tarde. A las cuatro ordenaron servir el rancho en que se dio arroz con salitre. No había sal. No obstante el hambre agresiva muchos soldados apenas si lo probaron. Los que comieron aquel menjunje sufrieron los estragos de un terrible purgante. La deshidratación era manifiesta.

Martes 14 de Octubre de 1879, en la mañana- Los soldados estaban exhaustos con la mirada extraviada, sufriendo un calofrío trágico. La disentería seguía aguijoneando los cuerpos. Durante cinco días estuvieron debatiéndose entre la vida y la muerte. Con auxilio médico que llegó, se pudo atenuar el mal. En esa oportunidad se aumentó el rancho a dos onzas de arroz y media libra de carne.

Cuando se hubo reconfortado a los soldados, surgió otra muestra de improvisación que melló la resistencia de nuestra tropa. El ingeniero Teodoro Elmore, ordenó abrir numerosas trincheras a los extenuados soldados, debilitándonos aún más. Éstas nunca se utilizaron porque el enemigo ni siquiera estaba a la vista.

Lunes 3 de noviembre de 1879.- Al promediarse el mediodía llegó un mensajero ensangrentado y hambriento con una terriblemente noticia. El día anterior, diez mil soldados chilenos apoyados por 19 buques habían bombardeado Pisagua exterminando a 1135 soldados peruanos que al mando del coronel Recavarren, habían resistido heroicamente durante siete horas. El incendio de los depósitos de carbón y salitre habían convertido a Pisagua en un infierno que terminó por abrazar a los heroicos defensores.

Aquel día se dio la increíble orden de contramarchar el camino andado. Es decir, volver al lugar de donde se había partido. La improvisación era manifiesta. No se sabía lo que se estaba haciendo.

Con la Columna Pasco a la vanguardia se partió del Monte de la Soledad hasta el Pozo Almonte donde debía concentrarse la tropa peruano-boliviana. Después de recorrer nueve leguas llegaban a Lagunas a las tres de la tarde. Este día continuaron marchando hasta la mañana del día cinco. A las cuatro de la tarde de este mismo día siguieron caminando toda la noche y el día seis de noviembre, a las doce del meridiano, arribaban a San Pablo. Habían pasado por la Alianza, primero y Pan de Azúcar, después.

Nuestras tropas estaban concentradas en Pozo Almonte. 8055 hombres: 3859 bolivianos y 4196 peruanos, entre los que se encontraban 218 cerreños. Tenían por misión apoderarse del Cerro San Francisco que estaba en poder de los chilenos, notablemente fortificado y pertrechado. Se aguardaba la llegada de  refuerzos bolivianos de los generales Hilarión Daza y Narciso Campero.

Aquí es necesario detenernos para hacer un análisis de como se encontraba nuestra tropa. Citamos el parte oficial de Belisario Suárez: “Salió el ejército casi desnudo, muy próximo a quedar descalzo, desabrigado y hambriento, a luchar  antes que con el enemigo, con la intemperie y el cansancio. De la alimentación ni digamos, la ración oficial era, en el mejor de los casos, dos onzas de papas, tres de arroz y un pedazo de charqui. En cuanto al vestuario, había tropas con raídos y despedazados uniformes de bayeta: toscas ojotas o descalzos”. Los cerreños con los zapatos y ropas destrozadas. Eran espectros andantes que iban al frente a morir. Un sólo ideal los mantenía en pie: combatir en aras de la Patria.

Estaban calamitosamente vestidos y precariamente armados, con insospechada variedad de armas como los rifles COMBLAIN, CHASSEPOT, REMINGTON, PEABODY, MINIE PERUANO, CHASSEPOT REFORMADO, sin contar con que las municiones eran demasiado escasas. Más que soldados parecían fantasmas con ojeras marcadas en semblantes terrosos y quemados por el frío de las noches desérticas. Y si esto era tremendo, había un agravante más: el trato abusivo de Enrique Callirgos.

Y fue con estos hombres, con estos gigantes, cuya gloria alcanza los linderos de la eternidad, con los que nos enfrentamos a los chilenos. Ellos se encontraban bien armados, bien alimentados y excelentemente preparados.

Viernes 14 de noviembre de 1879, en la mañana.- Se produjo la salida de Pozo Almonte; el 16 se descansó en Ramírez y, en la tarde del mismo día, se emprendió la marcha sobre Agua Santa, el terminal del Ferrocarril de Pisagua. En esta travesía hubo una excesiva separación entre la vanguardia y el resto de la tropa. El cansancio y la sed hacían estragos entre los hombres. En Agua Santa el calor ya fue más insoportable: cobró más víctimas. Nuestros hombres acostumbrados al frío implacable tenían que soportar el infernal fuego de los soles de aquellas soledades sin sombra. El 17 se tuvo que avanzar hasta Negritos, en donde tuvieron la suerte de encontrar algunos pozos de agua.

Martes 18 de noviembre de 1879, en la tarde.- Ya algo repuestos, salieron de Negritos, y ante la noticia de un pronto encuentro con el enemigo, el entusiasmo se redobló. Al respecto, en el folleto titulado LA CAMPAÑA DE LOS DIECIOCHO DIAS, el militar boliviano Lizandro Quiroga dice: “La fraternidad de Perú y Bolivia, pocas veces encontrará una hora de más elocuentes manifestaciones. Las bandas militares del Perú interpretaron el himno boliviano y las nuestras el del Perú, permaneciendo durante su ejecución todos con la cabeza descubierta; después atronadoras vivas llenaban el aire. Por fin los comandantes generales de división y los jefes de cuerpo se dieron un abrazo que simbolizaban el de los pueblos armados que representaban”

la columna pasco V parte 2continua…

LA COLUMNA PASCO (Cuarta parte)

la columna pasco IV parteDomingo 5 de octubre en la Mañana. Después de permanecer en Iquique por cuatro días, partieron a La Noria, a quince kilómetros. En este lugar, gracias a Dios, amenguó la dramática situación. Aquí están los yacimientos de Pozo Almonte, Argentina, Peña Chica, Peña Grande y Cocina, que exportan cuatro millones de quintales de nitratos al año. ¡Hay que cuidar el botín!

Durante ocho días estuvieron en la Noria, luego marcharon al Monte Soledad, a 40 kilómetros al sur de Iquique y muy cerca de Calama, importante cuartel chileno. La Columna Pasco bajo el mando del Comandante Eleodoro Dávila, iba a la vanguardia seguida de la Provisional Lima Nº 3, al mando del Coronel Pedro Zavala, seguida de las dos compañías del Batallón Ayacucho al mando del Coronel Roselló. Cerrando filas los 50 Húsares de Junín al mando del Coronel Suarez.

Domingo 12 de octubre de 1879, en la mañana. Partieron con las primeras claridades del alba. A poco de caminar el sol ya chamuscaba al poblado como un gigantesco horno. Los labios resecos se consumen en costras superpuestas que impiden hablar. La bendición de las cantimploras no puede alargarse. Apenas si es posible humedecer los labios tumefactos. Los ojos se enrojecen de febril aridez. Alfredo O’ Hara “el gringuito”, se aleja tras larga caminata como un autómata; sus labios resecos sonríen y sus ojos sanguinolentos ven una ilusión; su fiebre alocada, en disloque de tiempo y espacio la ha vuelto al Cerro de Pasco. Allí esta él, caminando por las inmensas soledades cubiertas de nieve. Va a la mina de su padre Frank O’Hara. La alfombra blanca de hunde a cada paso que da que se arrodilla para hartarse de su inmensa frescura, suya, muy suya. Ahora, cuando se ha arrodillado y como un alucinado recoge la arena que se le escurre entre los dedos en su delirio de estar cogiendo la nieve, sus compañeros lo levantan.

-¡Alfredo!…¡Alfredo!…Bebe un poco, hermano -las manazas de Pío Ángel le acercan la mezquina cantimplora y vierte unos sorbos en las labios balbucientes.

-¡Pobre muchacho!… ¡Está loco! -afirma el cabo Ezequiel Fuentes.

-¡No!, no. Es solo este calor asesino. Humedécele la frente y pide a Bocanegra un poco de vinagre Bully. Ponle en el cerebro. Eso le refrescará.

Luego de ligerísimo descanso para ingerir el magro rancho han seguido su camino. Tiene la impresión de no moverse del mismo sitio. Unidos, alentándose los unos a los otros, los hombres de la Columna Pasco que van a la vanguardia, avanzan. Por fin, cuando las sombras refrescantes engullen las brasas del sol, alcanzan a ver una aldehuela acurrucada en el arenal, alentados avanzan como autómatas, y al llegar beben agua como locos, y luego de apurar un poco de charqui y mote caen como muertos. A dormir. Están en Solferino y es la noche del 12 de octubre de 1879. ¡Han caminado doce horas ininterrumpidamente!

Domingo 12 de octubre, en la noche. Para evitar los aciagos problemas que se habían soportado, se dispuso que la marcha se continuara aquella misma noche. Los hombres solo han descansado ¡tres horas! Presintieron que el sol ya no les molestaría y de noche avanzarían con más frescura. Supusieron mal. A medida que progresaban iban sintiendo un frío cada vez más horroroso: el frío nocturno de los desiertos. Se cubrieron con sus frazadas y unieron sus correajes para caminar unidos y no extraviarse en la noche. Hicieron bien. A medida que avanzaban, apareció una niebla espesa como humo de carbón con emanaciones de yodo y bromo que impedían distinguir a corta distancia. ¡¡”Es la maldita camanchaca”!! -murmuró alguien.

Así, con la “camanchaca” y el frío punzante que hería el rostro y los ojos, cayéndose de sed, hambre, frío y cansancio, avanzaban. Muchas veces habían dado vueltas en el mismo lugar, perdidos, sin un guía experto. Por fin, a las cuatro de la mañana, como almas en pena llegaron a Pan de Azúcar. Aquí se hizo un alto y se repartió unos mendrugos y un poco de agua. ¡Habían caminado catorce leguas más!

Lunes 13 de Octubre de 1879, en la mañana.- Los hombres, presas de extremo cansancio y la moral decaída se abandonaron al sueño. Los jefes que el trayecto lo habían hecho cabalgados, juzgando que los extravíos los había retrasado demasiado, decidieron continuar. Era inverosímil, pero así ocurrió. A las seis de la mañana, urgidos por sus jefes, aquellos espectros vivientes estaban nuevamente de pie. ¡Habían descansado solamente dos horas! Dos horas de pesadillas y alucinaciones. Dos horas solamente cuando habían caminado por un espacio de veintiséis, ininterrumpidas. ¡Así fue! ¡Es cierto! ¡Y se aprestaban a realizar otra prueba de resistencia humana!

Cuando el infierno comenzaba a encenderse a la salida del sol con los uniformes hechos jirones, los zapatos deshechos, salieron de Pan de Azúcar. La ruta era barrida por un viento silbante que con sus miles de microscópicas esquirlas, azotaba desollando los rostros. Sus pasos eran vacilantes arrastrados. Parecían condenados caminos al cadalso. De pronto, un grito gutural del teniente Evaristo Candiotti les hizo levantar las caras despellejadas y una ligera sonrisa se escorzo en aquellos rostros fantasmales. Allá en el fondo, como un milagro, se divisaba a un grupo de rancherías. Era la Alianza.

Acopiando fuerzas de su esmirriada osamenta, Demetrio Bocanegra, sargento primero de la cuarta compañía alentaba su tropa. A unos y a otros, palmadas en el hombro, estrechadas de mano, sonrisas sobrevivientes. De pronto nota que faltan dos de los más inseparables compañeros… ¿Dónde están? pregunta. Nadie los ha visto. Al final, unos soldados que venían atrasados dijeron haber visto a dos hombres, uno ayudando al otro, que se rezagaban, pero no sabían más… ¡Dios mío!…¡Se han extraviado! ¡Hay que darles alcance! A la carrera se ha puesto delante de su compañía…

-¡¡Necesito a un voluntario que me acompañe!! -grita Demetrio Bocanegra con su voz seca pero apremiante.

-¡¿Qué ha ocurrido?! -se alarman los guerreros.

-¡Dos de nuestros hermanos se han extraviado¡…¡Seguramente se han quedado en el camino!…¡Hay que buscarlos!

-¡Yo iré! -la voz del sargento segundo Federico Bustamante ha sido terminante.

-¡¡Bien, me alegra!!, usted sargento es uno de los más fuer­tes!…regresemos a buscarlos…!

Bajo el fuego agobiante del mediodía, con el sol implacable y tenaz han desandado el camino antes recorrido. Ya se encontraban extenuados cuando, alcanzaron a ver los cuerpos inmóviles de dos hombres tirados sobre el arenal. Avanzando a duras penas llegaron al lugar. Uno de ellos estaba inerte, inmóvil, y el otro  apenas si lograba respirar. Eran los dos soldados de la Columna Pasco. El que acababa de morir era Elías Papreniza; el otro era Fernando Rowe, el rubio hijo de un comerciante inglés. Ambos no se habían separado. Fernando Rowe se había quedado auxiliando a Papreniza que, víctima de disentería y deshidratación, había muerto un poco antes. El abnegado soldado rubio, agobiado por el inmenso cansancio, había quedado allí tendido, después de tratar de reanimar infructuosamente a su amigo de toda la vida. En vano trataron de reanimarlo. Al contacto con el agua que corría por la comisura de sus labios, entreabrió los ojos azules en una mueca que en lugar de sonrisa era un rictus doloroso y dramático. Quedó mirando un rato, luego, esos ojos enormemente abiertos, se quedaron fijos e inanimados para siempre. Acababa de morir.

Demetrio Bocanegra y Federico Bustamante no supieron qué hacer. Permanecieron de rodillas, inmóviles, anonadados. Cuando Demetrio cerró los ojos azules de Rowe, un sollozo convulsivo sacudió su cuerpo; entonces, como un niño desamparado buscó los brazos de su colega que también estaba sollozando. Un dolor sobrehumano, lacerante, los unió. Luego de un rato, ya más tranquilos, con sus manos febriles abrieron una tumba y los pusieron allí, juntos, muy juntos, como siempre habían estado en la tierra amada y lejana.

Cuando la noche ensombrecía los arenales, en una prueba de esfuerzo sobrehumano llegaron al campamento donde sus compañeros los esperaban ansiosos de interrogación.

Continúa….

LA COLUMNA PASCO (Tercera parte)

oficiales de la Columna Pasco
Oficiales de la “Columna Pasco”, retratados en traje de faena, un día antes de su partida.

Desde el 7 de mayo de 1879, nuestros soldados recorrieron enormes distancias atravesando inacabables páramos fríos, soledosas cordilleras, amenazantes abismos, riesgosos farallones; enfrentaron despiadadas granizadas, silenciosas nevazones, flamígeros truenos y despiadadas trombas de agua. En todo ese tramo el disciplinado entusiasmo era el denominador común, sólo el trato arbitrario de Callirgos con la silenciosa complicidad de Mori Ortiz, se puso de manifiesto ¡Claro!, éste había encontrado la oportunidad de vengarse de aquellos muchachos que en la vida civil le habían ocasionado muchísimos problemas; cundas, jaranistas, decidores e inquietos, habían colmado la paciencia del jefe de gendarmes. Ahora había encontrado la mezquina ocasión de la venganza. De cuerpo enteco y mirada esquiva, rostro afilado y agresivo, sabía que nuestros hombres no podían sublevarse porque de hacerlo habrían sido fusilados. Sin embargo, jamás dieron oportunidad a que Callirgos se regodeara de sus sanciones.

Por fin, después de doce días arribaron a la hacienda Santa Clara, en Chicla, cerca de Matucana, donde les aguardaba el ferrocarril que los conduciría a la  capital. El ánimo  de la Columna Pasco se encontraba al tope.

El lunes 19 de mayo de 1879, la tropa llegaba a Desamparados. Tres de la tarde. Enorme cantidad de gente concurrió a tributarles calurosa bienvenida. Era la primera legión de voluntarios provincianos que llegaba a la capital. El Gobierno había dispuesto que la Columna Salaverry, en pleno, fuera la que recibiera a los bravos cerreños.

Calurosas fueron las palabras pronunciadas por el Coronel Francisco de Paula Secada en el andén de la Estación. De igual manera, las expresiones del jefe de la  Columna Pasco, coronel Mori Ortiz. Finalizado el acto: jefes, oficiales, clases y soldados, se confundieron en fraternales abrazos y, por espacio de media hora estuvieron intercambiando comentarios y opiniones.

A las cuatro de la tarde, presididos por sus banderas, ambas Columnas desfilaron bizarramente por las calles limeñas. La banda de guerra de la Columna Pasco, coordinada y brillante, llamó la atención de las gentes. Los comentarios referentes a la correcta  presentación de la escolta y las cuatro compañías eran visiblemente favorables y remarcados con aplausos y aclamaciones. Después de una hora de imponente desfile marcial, los cerreños fueron acuartelados en el Convento de San Francisco.

Desde el 20 de mayo al 28 de julio, fueron sometidos a diaria preparación técnico-táctica en los arenales de Lima. Con voluntad y entusiasmo ejemplares respondieron. No obstante este trabajo, el mal trato de Callirgos empañaba la entereza de la Columna. Los castigos se sucedían con una alarmante frecuencia. Aunque clases y soldados estuvieron a punto de castigar al tirano, la interven­ción de sus compañeros impidió esta acción que habría desembocado en el fusilamiento de los agresores.

Por las noches, mientras unos lavaban y reparaban sus uniformes y armamentos, otros con sus infaltables guitarras emocionaban al cuartel con tristes, chimaychas, mulizas y huaynos de la lejana querencia cerreña. Muchos, acicateados por las notas dolidas dejaban correr sus plumas sobre cartas cargadas de emotividad y cariño por los seres queridos.

Los primeros días de julio la superioridad descubre el vil comportamiento de Callirgos y lo somete a Corte Marcial conjuntamente con el jefe Manuel Mori Ortiz. Las sanciones son severísimas pero con motivo de Fiestas Patrias, son amnistiados.

En Fiestas Patrias, el comando supremo ha organizado una revista militar. Siete mil patriotas estarán presentes en la parada. Aquella mañana del 28 de julio de 1879, por orden superior, se cambió el uniforme de nuestra tropa. En lugar de las casacas rojas y pantalones blancos de resistente casimir inglés, les dieron cotona y pantalones de brin gris; en lugar de las botas ganaderas de cuero negro, les dieron toscos zapatones de cuero claveteado; en lugar de los modernos fusiles Remington traídos por el consulado inglés del Cerro de Pasco, les dieron los casi inservibles MINIE austriacos. No obstante, justo es decirlo, nuestros soldados no desmayaron jamás en su  preparación ni claudicaron en su entusiasmo.

El 25 de setiembre de 1879 la noticia estremeció los corrillos castrenses. Los soldados de la Columna Pasco leían la Orden del Día: “Mañana, viernes 26 de setiembre, a las once de la mañana, deberá embarcar en el Transporte Rímac el grupo de avanzada la DIVISION EXPORADORA, conformada por: La Columna Pasco, el Batallón Ayacucho Nº1 y el Batallón Provisional Lima Nº3, bajo las órdenes del General Pedro Bustamante”. La emoción de los nuestros solados fue enorme. Durante el día prepararon sus implementos guerreros y cursaron emotivas cartas a sus seres queridos.

El 26 de setiembre de 1879, después de recorrer las calles de Lima embarcaron en el transporte Rímac. En cubierta se aglutinaron los soldados peruanos entre los que estaban 220 cerreños de la Columna Pasco. Desde cofas, puentes y castillo, los jefes vigilan la distribución de los hombres. Las sonoras máquinas de la nave están listas para zarpar. A una orden enérgica oficiales clases y soldados ocupan los puestos que les corresponde en menos de un minuto. Nadie estorba ni nadie tropieza por las escalas ni pasillos. Todos están en cubierta con los kepís en mano despidiéndose de la enorme cantidad de gente que ha acudido a despedirlos.

Veintiún cañonazos desgarran el mediodía porteño y la nave hiende las procelosas aguas con el agudo cuchillo de su quilla. A bordo, mezclándose con las sonoras rompientes del casco, las notas del Himno Nacional.

Cuatro días y cuatro noches, nuestros soldados soportaron el inclemente frío cargado de yodo que hendía el ambiente. En las noches, apretujados para conjurar el frío, conversaban y entonaban canciones de la lejana querencia cerreña. Eusebio y su trompeta acompaña las roncas voces en sentidas mulizas, huaynos y cachuas alegres. Nunca como en aquellas noches, nuestra música tuvo la mágica evocación de los recuerdos.

Así, escoltado por el monitor Huáscar y por la corbeta Unión, entraba en Iquique el transporte Rímac. Se preservaba con celo el desembarco de aquella preciosa carga humana que iba a combatir. Era las cinco de la tarde del 1º de octubre de 1879. De inmediato, falúas y chinchorros cargados de soldados desembarcaron en la playa. El humo de la chimenea del trasporte ascendiendo en gruesas espirales se iba difuminando. A las nueve de la noche ya todos están en tierra. Después de un magro rancho frío se han dormido rendidos por el cansancio.

Jueves 2 de octubre de 1879. El estridente toque de diana despierta a los soldados que luego del magro desayuno, descubren una lacerante realidad que no imaginaban. Están en una árida costa sin una sola gota de agua. Al sur, inmensos arenales sin sombra, orillando el temible Tamarugal a la vera del río Loa, línea fronteriza con Bolivia que se extiende en el temido desierto de Atacama. Este es el más importante yacimiento de nitratos del planeta. El botín de guerra por el que habrán de morir muchos hombres.

Empapados en sudor, con la sed cuarteándoles los labios, los soldados han sido obligados a realizar “maniobras”. Se mueren de sed y no hay agua. El único depósito está ubicado a quince kilómetros del lugar, en Pozo Almonte. Es agua de raro sabor que, lejos de calmar la sed, la agrava, ¡Claro! ¡Es agua destilada de mar! Con los labios resecos y la lengua hinchada como trapo, los hombres que se deshidratan sufren ya alucinacio­nes y fuertes convulsiones.

Ficha de la Columna Pasco
Copia facsimilar de la primera compañía de la Columna Pasco Archivo del Centro de Altos Estudios militares del Perú

Si llegara a faltar agua, al instante, la energía muscular y moral desaparecería sobreviniendo el delirio seguido de la muerte. Las bestias de carga sufren tanto como los hombres; las mulas pueden soportar la sed por más tiempo que los otros animales, pero producen en ellas la ceguera irreversible.

 

Otra noticia ha conmovido   a los  soldados: hay angustiosa escasez de alimentos. Las raciones personales se han limitado a dos onzas de papas, tres onzas de arroz y un pedazo de charqui agusanado. Al día siguiente, muchísimos hombres fueron acometidos de sudoraciones frías y repetidas. ¡Es la disentería! En el campamento se ha desatado una epidemia de disentería.

 

Continúa…

LA COLUMNA PASCO (Segunda parte)

la columna pasco
Cuando la escolta se ubicó a la puerta de la iglesia de Chaupimarca, los cerreños, uno a uno, en ordenada fila, “desfilaron delante de la enseña sagrada de la patria besando reverentes sus pliegues eternos”. Era la mañana del domingo 6 de mayo de 1879, horas antes de partir a los frentes de lucha.

La mañana del domingo  6 de mayo de 1879, todo el templo de Chaupimarca rebozaba de gente. Con marcado recogimiento encomendarían al Todopoderoso la divina custodia de aquellos 220 valientes de la Columna: flor y nata del Cerro de Pasco. Todo el pueblo estaba en la iglesia. Como nunca. El Altar Mayor profusamente iluminado por gran cantidad de velas encendidas por manos temblorosas y suplicantes. Los altares reverberaban adornados de flores blancas y rojas. En la nave central se había dispuesto una calleja donde se ubicarían los soldados de la Columna.

A las once de la mañana, redoble de tambores, estridencia de pífanos y trompetas, anunciaba la llegada de los inmortales. Presididos por las autoridades, el comité de damas portaba el sagrado lábaro de la patria; a continuación, los guerreros de estas tierras. Hermosas casacas rojas con filetes azules y botones dorados; pantalones blancos sujetos con altas botas granaderas; kepís rojos con vivos azules y dorados; novísimo fusil Remington con bayoneta calada; mochila, frazada, capote de aguas, cantimplora. Jefes y oficiales portaban, además, hermosos sables toledanos.

Fue verdaderamente conmovedor aquel supremo momento.

 En ambiente de contrito recogimiento popular, el viejo párroco Silvestre Castañeda  dijo la misa; impartió su bendición a los soldados que se hallaban prosternados y procedió a la consagración de su bandera de guerra. La enseña estaba hermosa. Había sido bordada en oro y plata; sus flecos y pliegues relucientes conservaban todavía húmedas las lágrimas de las madres, hermanas, novias y esposas de los que irían a morir por la patria.

En medio de un silencio dramático, se escuchó los pasos del sacerdote al trepar las gradas del púlpito. Los ojos húmedos convergieron en él, como nunca, dijo unas palabras cargadas de profunda emoción patriótica al final de las cuales invitó a los fieles a que salieran a la plaza para presenciar la entrega de la bandera a manos de los soldados.

La bandera desplegada en manos de las matronas, salieron a la plaza. Ya en ella, en marco de conmovedora ternura, la anciana madre del portaestandarte Manuel Saldarriaga, se aprestó a colocar la bandera en el asta correspondiente. El bizarro Manuel Saldarriaga -inmensos ojos claros y cara de niño- inclinó el asta y, su anciana madre, procedió a colocarla. ¡Cómo le temblaban las manos! En su pálido rostro se notaba el esfuerzo que hacía para no deshacerse en lágrimas. El hijo en marcial apostura luchaba con la misma emoción. En el ámbito de la vieja plaza no se oía ningún ruido. Cuando se hubo terminado el acto, los soldados cerreños presentaron armas y el corneta Fermín Eusebio ejecutó un largo toque de atención que se escuchó en las lejanas distancias mineras. Así, en silencio reverente, se escuchó la tronante voz el coronel Manuel Mori Ortiz, jefe de la Columna:

— ¡Soldados!… ¡¿Juráis por Dios y por la Patria, luchar y si es preciso morir, en defensa de nuestra bandera…?!.

—¡¡¡Sí, Juro…!!!

La respuesta no sólo fue de aquellos héroes. Todo el mundo, emocionado hasta las lágrimas, hizo eco de la decidida respuesta de los bisoños soldados. En ese momento, de los cuatro rincones de la plaza cerreña, acompañando a los invictos guerreros, hombres, mujeres y niños, entonaron la hermosa canción de la patria.

Cuando la escolta de ubicó a la puerta de la iglesia, todos uno a uno, fueron desfilando delante de la enseña sagrada besando reverentes sus pliegues eternos y gloriosos.

Aquella noche los soldados no pudieron dormir. Desde la cinco de la mañana,  estaban en pie. El día felizmente se anunciaba sereno. El cielo lucía muy pocas nubes. No nevaría.

A las seis comenzaron a marchar por las calles de la vieja ciudad. Abriendo el desfile, la bandera de guerra, seguida de la plana mayor de la Columna. Adelante, sable en mano, el Teniente Coronel Manuel Mori Ortiz, a continuación el Sargento Mayor Enrique Callirgos, segundo jefe. Inmediatamente la escolta integrada por Manuel Saldarria­ga, Felipe Reggiani y Adolfo Coursejolles. Luego, en orden sucesivo, las 1º, 2º, 3º y 4º Compañías de la Columna Pasco. Bordeando los caminos, grandes y chicos, los cerreños aplaudían y vitoreaban. Todos los seguían. Ellos, gallardos y emocionados, hacían trepidar las empedradas calles mineras.

La Diputación, Ijurra, Calle Parra, Plazuela del León, Plaza Chaupimarca. Banderas, adioses, flores, lágrimas, cánticos a los que partían. De allí, por Sovero, Junín, los pasos vibrantes y los ojos húmedos, los gloriosos soldados de nuestra Columna deseaban recorrer por última vez las viejas calles de la infancia que nunca más volverían a ver. Querían sentir el adiós de los que amaban, el último vaho de la tierra querida y, entre dulces evocaciones, más de una lágrima rodó por sus rubicundos rostros. De allí a Uliachín por la Chancayana, rumbo a Lima, luego al sur, al frente de guerra, al heroísmo, a la inmortalidad.

La gente con banda de música, flores, y pancartas acompañaron a nuestros soldados a dos kilómetros de la salida del pueblo. Allí quedaron los rostros empapados de las madres, los labios temblorosos del último beso de los novios y los esposos; los fraternales abrazos de los hermanos y amigos.

Fusil en bandolera, nuestros valientes soldados partían para no volver más, rumbo a la gloria, a la eternidad. Era el lunes 7 de mayo de 1879.

la columna pasco 1
Desde el 7 de mayo, nuestros 220 inmortales, atravesaron páramos fríos, soledosas cordilleras, amenazantes abismos; enfrentaron despiadadas granizadas, silenciosas nevazones, flamígeros truenos e imparables trombas de agua para llegar a la estación del ferrocarril central, en Chicla. Allí se embarcaron rumbo a Lima.

Continua…

 

LA COLUMNA PASCO (Primera parte)

(Con mi siempre rendido homenaje a los 220 patriotas cerreños que ofrendaron su vida por la patria en la infausta guerra con Chile (1879). Entérese de los detalles más minuciosos de aquella contienda leyendo las páginas de mi libro LA COLUMNA PASCO, Ediciones “El Pueblo”- junio 2013)

Declaratoria de GuerraAquel domingo 6 de abril de 1879, el Cerro de Pasco amaneció indignado. Chile acababa de declararle la guerra al Perú. Los periódicos informaban de los últimos acontecimientos que restallaban en los corros formados en cada uno de ellos. LA PIRAMIDE DE JUNIN, LA GACETA DEL TRABAJO, LOS ANDES, LA ALFORJA, EL RESTAURADOR, EL PORVENIR, LA PRENSA DE JUNIN, Todos proclamaban:” ¡Estamos en guerra!…¡Que cada quien cumpla con su deber!”.

 El Prefecto del Departamento de Junín, Coronel Joaquín Anduvire, el Alcalde de la ciudad, Manuel Dianderas González; el Subprefecto, Coronel, Manuel Mori Ortiz; el Párroco de Chaupimarca, Silvestre Castañeda y su ayudante Fernando Rojas; el Mayor de Guardias, Enrique Callirgos, el médico titular, y un corro de autoridades decidieron convocar a un Cabildo Abierto para que el pueblo dijera su palabra. La orden fue urgente y enérgica. Todos debían estar en la Municipalidad a las tres…! ¡Así fue!

Al promediarse las tres de la tarde, el estruendo de las campanas inundaba el ambiente tocando a rebato. Las de San Miguel de Chaupimarca y las de Yanacancha, convocaban al pueblo cerreño. Pocos instantes después, ríos de gente se desplazaba por las arterias pueblerinas rumbo al consistorio.

Hombres y mujeres de todos los barrios cerreños, Yurajhuanca, Quiulacocha, Rancas, Sacrafamilia, haciendo retumbar las calles con sus gritos estentóreos van a tomar acuerdos para afrontar la agresión chilena. Detrás, una abigarrada caballería campesina, hace lo propio.

En el centro hay un grupo de extranjeros que tienen a una hermosa mujer ataviada con un encarnado gorro frigio. En la mano derecha lleva una bandera peruana y detrás una pancarta que reza ¡Estamos contigo Perú! Presididos por sus cónsules  están franceses, italianos, españoles, húngaros, croatas,  montenegrinos, yugoeslavos, ingleses…

 El local edilicio está abarrotado de gente. No falta nadie. El cierrapuertas  ha sido total. Puertas y ventanas han sido abiertas de par en par para que todos, inclusive los nutridos grupos representativos que se hallan fuera del recinto, puedan participar de la Asamblea.

 Mucho tuvo que trabajar el Prefecto para mantener el orden. Sólo después que se oyeran las participaciones individuales con mucho  fervor, hondo dramatismo y ternura como la participación de las madres, se arribó a los acuerdos siguientes:

PRIMERO.- Pedir al Comando General del Perú, la debida autorización para formar un batallón de soldados voluntarios. Era manifiesto el deseo de los hombres el partir a los frentes de guerra en defensa de nuestra Nación. Se encargó de esta misión al Coronel Manuel Mori Ortiz.

SEGUNDO.- Efectuar una erogación entre mineros, comerciantes, hacendados y pueblo en general para reunir fondos que irían a incrementar la Caja de Guerra y  la compra de uniformes y armamentos. Los responsables de su organización y ejecución serían las señoras, Carolina Pellegrini de Trujillo, Isidora Malpartida de Iglesias, María Languasco de Dellepiane, Francisca Alania de Aldecoa, Josefina Arrieta de Faget y Manuela Arias de Demosti.

TERCERO.- Los ocho periódicos de la localidad informarían al detalle y con ediciones especiales, los acontecimientos referentes a la actualidad bélica.

Las mujeres cumplieron la abnegada tarea de la recolección de fondos. Viajaron a las minas y haciendas más apartadas y visitaron a todos los comerciantes sin olvidarse de ninguno; a las más connotadas y a las más humildes familias. De todos ellos recibieron generoso aporte. Sólidas barras de plata, generosos montones de argentífero rosicler, cajones de chafalonía, cajas de plata pella, bolsas de plata piña como queso blanco; plata nativa de caprichosas conformaciones. Los comerciantes tributaron con monedas su generosa participación. Durante doce días recibieron las contribuciones. Un hermoso  rosario de crucifijo de oro y cuentas de plata; una par de hermosas “lloronas” (aretes) que por generaciones habían lucido coquetas cerreñas de la familia; trece tintineantes “arras” de oro puro, monedas con las que se habían “pagado” suntuosas bodas; aros y anillos opulentos con incrustaciones de valiosa pedrería. Macizos y opulentos relojes con brillantes leontina; bastones de marfil con incrustaciones de pedrería y marcos de plata que acotaban patriarcales cerreños; cubiertos y vajilla de plata de nueve décimos; monedas de oro de los ahorros familiares. Junto a este acopio generoso, hubo otros de estremecedora ternura. Las jóvenes cerreñas que por su limitada capacidad económica no pudieron aportar pecuniariamente, en un gesto conmovedor, se cortaron sus frondosas cabelleras y las entregaron a los peluqueros franceses para ser vendidas. Por su parte las matronas cerreñas desplegaron su actividad y entusiasmo  para colectar fondos para la confección del estandarte y algunos gastos preliminares de la Columna.

Transcurridos doce días, los hombres estaban descontentos: no llegaba la autorización oficial para formar el batallón de voluntarios. Recién el 18 de abril se recibió la orden. El júbilo fue inmenso.

La mañana del 19 de abril de 1879, el Cerro de Pasco se conmovió hasta las lágrimas. Una ordenada fila de patriotas rodeaba la Diputación de Minería. Todos los hombres de la ciudad estaban allí. Imberbes adolescentes conjuntamente con algunos niños de límpida mirada, entremezclados con bizarros jóvenes, luciendo sus sonrisas optimistas y sus exclamaciones de entusiasmo. Aspiraban a vestir el uniforme de la patria. Allí también estaban, junto a los de vigorosa madurez, hombres que en el otoño de sus vidas aspiraban a guerrear por el Perú. Con sus cabellos grises o sus calvas relucientes formaban fila a la espera de ser elegidos. Pasaban de ochocientos voluntarios. Sólo cuando se hizo rigurosa selección dejando de lado a niños y ancianos, quedaron 220 patriotas que en perfecto estado de salud física y mental, se encontraban aptos para partir a las fronteras.

La misma noche se dio a conocer la nómina completa de soldados elegidos a la que se dio el nombre de LA COLUMNA PASCO. El jefe sería el Subprefecto, coronel Manuel Mori Ortiz, natural de Lima; el también limeño Enrique Callirgos, jefe de la Gendarmería, sería el segundo jefe. Los únicos, limeños de la Columna. Los oficiales serían elegidos de entre los soldados de mayor preparación.

El vocero de comerciantes extranjeros, el italiano Emmanuelle Chiessa, ofreció su  apoyo incondicional. Cuando se puso de pie doña Melchora Minaya de Slee – dicen los periódicos de la fecha-, con voz quebrada de emoción, dijo:

— ¡Queridos compatriotas! Quienes partirán a las fronteras a luchar por nuestra amada patria, son aquellos a los que hemos traído al mundo y hemos amamantado; aquellos a quienes enseñamos a caminar y a santiguarse; aquellos que llevan nuestra sangre y nuestros nombres:..¡Nuestros hijos! A ellos que son carne de nuestra carne y vida de nuestra vida, entregaremos con supremo amor  en el altar de la patria..! Sólo Dios sabe lo que esto significa para una madre! Nuestros amados hijos que con hermanos, amigos, novios y esposos partirán al frente a ofrendar sus luminosas existencias por nuestro Perú amado, deberán llevar la sacra bandera que iluminará el camino de la victoria final. Esta bandera de guerra la confeccionaremos nosotras las cerreñas con nuestras manos y nuestro peculio. Sus pliegues sacrosantos llevarán nuestras oraciones, nuestras bendiciones, nuestras lágrimas…!

Las aclamaciones surgieron como torrentes incontenibles. Allí mismo Charles Rowe ofreció la donación del asta de la bandera y una caja especial para transportarla; el joyero José María Montero, la lanza de la bandera confeccionada con tres marcos de plata cerreña; los tornillos para fijarla, Piero Falconí y, el correaje, fornituras y demás aditamentos, el peletero inglés William Blanckinson.

Como se había programado la preparación de la Columna comenzó el domingo 20 de abril. Acondicionamiento físico se realizó dos veces por día. Callirgos sometió a los hombres a maniobras extenuantes que los soldados respondieron con entereza. Desplazamientos, carreras, ataques simulados con viejas carabinas y rifles en tanto llegaran los fusiles oficiales; escalamientos, prácticas de tiro, uso de cuchillos y espadas, es decir todo aquello indispensable para partir a las fronteras. Después de tres semanas de entrenamientos rigurosos, los soldados estaban listos para marchar.

Continúa….

PASCO Por Aurelio Miro Quesada

Un libro que resultó de sus viajes por nuestro territorio, habla de los elementos que más le impresionaron en cada lugar que visitara. Referente a Pasco, que es el nombre de la crónica que publicamos, recogemos el acierto de ellas que, viniendo de un visitante notable, es doblemente impresionante.

Cerro de Pasco 1Al salir de la vega del Mantaro, el camino se va haciendo difícil. Torcemos a la izquierda entre parajes agrios, corriendo por una quebrada tan estrecha que ha habido que horadar más de un túnel en el cerro. Se acabaron los campos extensos, los quishuares esbeltos, los trigales. Ahora vemos montañas desnudas, puquiales que resuman, cauces pedregosos, quebradas hondas; y, como para acentuar la gravedad, un viejo puente con torres cuadradas. La calva aspereza de las rocas debe ser efecto no solo del frío y de la altura, sino también de la industria minera tan cercana; y, así, como un reproche, observo que una hostería del camino lleva el nombre de “La neblina Americana”, evidente aunque eufemística alusión a los humos de la Oroya.

El automóvil me hace pasar luego por el barrio de Chúlec, agradable lugar residencial, verdadero sitio de refugio en esta zona rica, pero desgraciadamente tan inhóspita. Estamos ascendiendo a una de las partes más altas del camino. Esta es la puna plena, con lagunas metálicas, mesetas de paja amarillenta, colinas blandas e infinitas que se suceden unas a otras, como para llegar a los nevados que vislumbramos a lo lejos. Puna severa, rala, fría, batida siempre por el viento, y donde las únicas notas de vida son la grama minúscula, el paso sereno de las llamas y alguna choza rústica arropada bajo un techo de paja. Región de silencio y de misterio, en que hasta el cielo mismo nos parece que deja de ser azul, para acomodarse al aire pálido y como esmerilado del paisaje.

Y fue en esta región – “techo del mundo”, como decían los antiguos viajeros- donde se desarrollo una de las batallas de mayor trascendencia para los destinos del Perú. En la amplia pampa de Junín- “sunin” parece que significa, precisamente, vasto, extenso- se libró el 6 de agosto de 1824 el combate entre las fuerzas realistas y el ejército emancipador, que no sólo dio una descollante victoria a éste, sino que le abrió las puertas para sellar más tarde, en Ayacucho, la independencia de todo un Continente. En el lugar donde la lucha fue más áspera, se ha levantado una columna, coronada por un redondo sol de bronce, que ostenta solamente la palabra  “Junín”.

Fue un duelo extraño y singular, como convenía a este ambiente de puna. No se escuchó un disparo, no hubo un solo ruido de metralla; sino el sordo rumor del galope tenaz y fatigoso de las caballerías. El ejército patriota venía del norte. Encabezado por Bolívar y reuniendo entre sus filas nombres ya tan sonoros como Sucre, Córdova, La Mar, Santa Cruz, Necochea, Gamarra, Miller. Los realistas avanzaban del sur al mando de Canterac. En su grave desfile, desplegaban los cuerpos de su ejército apelativos audaces y probados; Dragones de la Unión, Dragones de Lima, Granaderos de la Guardia, Húsares de Fernando VII, Escuadrón San Carlos y Guardias del Virrey.

El 6 de agosto las caballerías de ambos ejércitos –que iban adelantadas- se encontraron. Hubo chocar de aceros, fuertes voces de guerra, arremetida esforzada y vivaz de los caballos. La “ciénaga cubierta de verdor” de que nos hablan los informes del día, se vio también cubierta de sangre en muchas partes. Necochea, herido por siete lanzadas, es reemplazado en el mando por Miller. Un momento parece que han de ser los realistas los que dominen la batalla. Continúa la lucha y entonces no se ve sino mezcla de brazos y corceles, sonar de cascos y de arzones caídos. Hay una dispersión que el comandante Isidoro Suárez aprovecha. Sus Húsares del Perú arrollan con gran ímpetu y deciden el lance. Los realistas tienen que replegarse, y la arrogante caballería de Canterac recibe, junto con la derrota de esa hora, una herida mortal irrestañable. El comandante Suárez se ve, en cambio, envuelto por la gloria. La caballería peruana –vendría a decir más tarde Miller- fue la que dio “la ganancia del día”. Los Húsares del Perú eran llamados, desde ese momento, por Bolívar, Húsares de Junín; y en la posterior demarcación el Departamento que se creó fue bautizado con el nombre de la pampa, perdiendo el antiguo y prestante de Tarma.

Ahora, sin embargo, se ha producido un nuevo cambio en la demarcación política, cuando se creó el Departamento de Pasco, segregado de Junín, y se le dio como capital a la ciudad del Cerro de Pasco. Ciudad elevada, agrupada, compacta, de población muy numerosa relacionada casi en su totalidad con la industria minera, presenta un movimiento y una vida comercial considerables. Sobre todo a la caída de la tarde. Empiezan a poblarse de rumores sus calles principales, o se animan de pasos otras calles estrechas y torcidas, con casas encaladas, zócalos negros, techos de calamina, y a veces puertas y hasta muros de un verde brillante y excesivo.

El ambiente de la población es así totalmente moderno. Los mismos monumentos de sus plazas –algunas de las cuales no es sino un breve y simple triángulo- recuerdan episodios y figuras de nuestra historia más cercana: la muerte gloriosa de quienes componían la “Columna Pasco” en la guerra con Chile; el sacrificio de un cerreño como el ilustre Daniel A. Carrión, quien rindió la vida por inocularse el germen de la verruga en una heroica investigación científica, que ya se ha hecho legendaria. Sorprende por eso saber que el actual Cerro fue fundado por el Virrey Manuel de Amat, reedificado como “Distinguida Villa” por Hipólito Unanue, y consagrado, en 1839, con el título de “Opulenta Ciudad del Cerro de Pasco”.

En realidad, esa opulencia no ha correspondido tanto a la ciudad como a las minas de cobre, de plata y hasta de oro, circundantes. El Cerro ha sido sólo un lugar de refugio y de comercio, esforzado campamento minero, rodeado por cerros de riqueza, horadados por cuevas y galerías subterráneas y envuelto en cierto prestigio de leyenda que ha sabido poner su nota cálida en el frío cortante, hecho aún más intenso en esta altura de 4,300 metros. Poco a poco, el campamento se fue haciendo Villa; la villa convirtióse en ciudad; y en sus calles brotaron tiendas, casas, edificios comerciales, hoteles animados y un resonante Club Social, en el que es fama iban y venían en el juego apuestas de carros de ferrocarril cargados de mineral, que correspondían a decenas de miles de soles.

Este mismo carácter hace que el Cerro de Pasco, sino tiene como ciudad una fisonomía muy marcada, presente sin embargo, desde el punto de vista humano, un importante valor de documento. A diferencia de otras poblaciones, lo que interesa allí no son los edificios sino los habitantes. Al Cerro acuden gentes de todos los lugares, atraídas por el trabajo de las minas, que vienen a cambiar en esta nueva bolsa, esfuerzos, costumbres,  reacciones, opiniones, problemas, algunas veces los problemas y las opiniones son explícitos; pero otras surgen o se adivinan en un canto, en un modismo, en una música. Como en esas canciones y “mulizas”, traídas quien sabe desde cuantos lugares, pero acuñadas en el Cerro y repetidas junto a la guitarra en esas noches en que el corazón se hace más amplio y la confidencia es más urgente.

Y así hay cantos de trabajo y de amor, de nostalgia de tierra y de esperanza; dolores del esfuerzo, desengaños sentimentales, junto a triunfos. Un día es la amada que se va; o es el problema de la vida moderna que pone su angustia y su aventura en una existencia que puede ser penosa pero que no sabe el dolor del azar. Otra vez es un idilio suave cortado bruscamente por la llamada cotidiana al trabajo:

El pito de “la Central”

ya me llama, cerreñita.

Para librarme del mal,

que me bese tu boquita.

 

La canción es mestiza; pero parece que en ocasiones el alma misma del paisaje trae el recuerdo de voces lejanas. Se habla así de las flores sencillas de otros campos; el fino dulzor del capulí; de las “urpis”, esas palomas de tanto abolengo en los cantos andinos (“Urpillay de negros ojos” –”Te quiero pertenecer sólo a ti, mi palomita”). O se deciden los cantos amorosos por las letras bilingües, escritas en el “runa-simi” de la región y en castellano:

Puca huya cerreñita,

capulí ñahui pasqueñita

cuyaycamamay corazoncita,

ama gongamaicho ñañita.

 

En ocasiones, la “muliza” deja su nota leve y apacible para llegar a motivos profundos. El tema solo puede ser individual, pero la intensidad de la vida le hace alcanzar un hondo sentido filosófico. Así es la canción “A ti” (letra de Mariano V. Collao, y música de Graciano Rixi), una de las más intensas de la lira cerreña:

De la vida en el camino

muchas veces encontramos

al placer que va de prisa,

al dolor que va despacio.

 

Cuando una flor se marchita

otra flor brota en la tierra;

cuando una pena se acaba,

nace en el alma otra pena.

 

Dicen que la vida es sueño

y todos quieren soñar,

!sueño yo cosas tan tristes

que quisiera despertar!

 

Pero es sólo el decaimiento de un instante; porque luego el espíritu se anima y vuelven a triunfar en las “mulizas” el dinamismo y los afanes de la vida cerreña.