Acerca de la muerte en el “Día de los Difuntos” (Tercera parte)

Una parte del cementerio general del Cerro de Pasco. Al centro, el mausoleo en  homenaje a los heroicos bomberos del Cerro de Pasco. En la parte exterior de su entorno, una abigarrada multitud de viviendas que, en la actualidad, están rodeando nuestro campo santo.
Una parte del cementerio general del Cerro de Pasco. Al centro, el mausoleo en homenaje a los heroicos bomberos del Cerro de Pasco. En la parte exterior de su entorno, una abigarrada multitud de viviendas que, en la actualidad, están rodeando nuestro campo santo.

En mayo de 1879, a iniciativa del Primer Conciliario de la Beneficencia Pública, Miguel Aparicio López, en un terreno de Pariajirca Alta donado por el minero español José Gallo Díez. (Hermano mayor de don Paco Gallo Díez), se fija para aposentar el cementerio del Cerro de Pasco. Realizadas las demarcaciones correspondientes, la Beneficencia firma un contrato con el gremio de Picapedreros comandados por el catalán, Pedro Yontonel, bajo las siguientes pautas. El cementerio tendrá 180 varas de largo por 14 de ancho, demarcado por una pared de tapial de tres cuartas de ancho y tres varas de alto con un respaldo de dieciocho columnas de piedra labrada de una vara de espesor y cuatro de alto, colocadas a veinticinco varas de distancia, unas de otras. La portada se construirá en arco de piedra labrada y argamasada de un metro y medio de ancho a cada costado, tres ochenta de alto y uno de espesor en donde deberá colocarse la puerta de hierro de dos metros cincuenta. El importe total de la obra será de: TRES CIENTOS CUARENTA SOLES DE ORO.

La construcción empezó el primero de julio de 1879 y, al acabarse la primera etapa, colocan en la parte alta del frontispicio la fecha: 1879. La ocupación chilena de la ciudad demoró la culminación de la obra. Posteriormente, la adecuación interior, el trazado de cuarteles, la erección de nichos y mausoleos, se continuó con donaciones y colectas populares. Terminada la obra, se inauguró el primero de noviembre de 1882, apadrinado por Guillermo Ferreyros, cuando era Director de la Beneficencia don Francisco Martinench.

Hoy en día, al abrirse la amplia cancela de hierro que guarda la intimidad de nuestro camposanto, nos damos con tres callejas: la de la izquierda  desciende a la parte baja; la de la derecha trepa a los cuarteles superiores y, la del centro,  se prolonga hasta el oratorio. El cómodo sendero central está orillado por la coposa fronda de añosos quinuales, plantados por don Gerardo Patiño López, allá por los años treinta. Desde entonces, como un fogoso grito de vida, se alzan allí donde la muerte ha silenciado los rumores terrenales.  Estos heroicos y retorcidos arbolillos –los únicos que pueden crecer en estas astrales alturas- se sujetan a la vida de tal manera que con sus pequeñísimas hojas, redondeadas y brillantes, consumen el escasísimos oxígeno cerreño y, revestidos de capas delgadas, superpuestas como finísimos velos de seda, cubren su tronco y sus ramas para protegerse de las quemantes  esquirlas de la escarcha; de las implacables granizadas que en determinadas épocas del año se convierten en agresivas pedriscas; de las lluvias torrenciales que bañan sus hojas y sus ramas; de la ventisca, con sus arrebatos arremolinan la nieve; de los truenos, de los rayos, de los relámpagos; de la paciente y lenta nieve invernal que los viste con un romántico ropaje blanco; del agua de nieve; de la cellisca, del rocío. En sus abigarradas copas, una multitud de bullentes pájaros esconden sus nidos y, en las áureas mañanas y  murientes vésperos, hacen escuchar sus trinos anunciando el inicio y el final de los días, igual que si cantaran el inicio y el final de las vidas.

El Oratorio construido por gestión de don Gerardo Patiño López, allá en el lejano año de 1938, es una ermita pequeña e íntima cuyo ámbito alcanza apenas para ubicar el féretro al centro y, en derredor, a los inconsolables dolientes. Presidido por la imagen de la dulce y bella Santa Rosa, es el lugar donde se da el último rezo al que parte para nunca más volver. A su puerta, con los semblantes mustios y arropados de riguroso luto, familiares y amigos rodean el ataúd para las últimas placas fotográficas. Esta acogedora capillita está ubicada en la parte central del camposanto de donde –como lo hemos visto- parten los cuatro cardinales caminos que conducen a la última morada. Ya un poco hacia oriente, custodiado por rejas lanceoladas de hierro, la cripta de los Gallo Díez, dueños de estas tierras. La erosión de los años de abandono y silencio, las lágrimas del tiempo de mil y un inviernos, carcomieron las piedras de sus vetustas paredes que guardan una puerta de hierro de sólidos contornos, cuyas gradas conducen al subterráneo donde un túmulo blanco de mármol de Carrara guarda su cadáver.

Allá arriba, a la derecha, como un consulado pos – mortem de gentes de remotos predios, se levanta serena, carcomida por los años, la cripta de los extranjeros. Aquí descansan, desde hace muchos años, los cuerpos ya rendidos de sueños y aventuras de osados visionarios que vinieron a llevarse la plata de estos predios y enamorados de la nueva querencia, dejaron sus huesos. Austriacos, croatas,  polacos, ingleses, franceses, dálmatas, alemanes, montenegrinos, italianos, yankis, judíos, españoles, rusos, eslavos magiares, chinos y japoneses unidos en un osario que sepultó sueños y venció  ambiciones.

Las zonas divididas por senderos cuidados, están señalados por acequias profundas por donde corre el agua. En estas divisiones de un siglo de silencio, se han acumulado tantas cruces que son como hitos que señalan el término de la vida de cada quien y, junto a ellas, los túmulos de tierra que se visten de nutrida hierba verde y se festonan de blanquecinas y algodonosas hojas que semejan orejas de conejos y de espinosa y verde escorzonera, alimentadas por las subterráneas emanaciones de los cuerpos yacientes. La vida naciendo de la muerte.

Unas de las partes laterales del panteón de los extranjeros muertos en nuestra tierra. Muchos de estas tumbas fueron profanadas por quienes creían que eran enterrados con todas su alhajas y demás pertenencias. Sólo polvo encontraron al abrir los nichos pero habían hecho desaparecer datos muy interesantes de los difuntos. Los pocos quedan nos dan datos muy interesantes.
Unas de las partes laterales del panteón de los extranjeros muertos en nuestra tierra. Muchos de estas tumbas fueron profanadas por quienes creían que eran enterrados con todas su alhajas y demás pertenencias. Sólo polvo encontraron al abrir los nichos pero habían hecho desaparecer datos muy interesantes de los difuntos. Los pocos quedan nos dan datos muy interesantes.

En los cuarteles de los nichos añosos, nombres muy queridos nos recuerdan a seres que se fueron dejándonos recuerdos de lejanas vivencias y, unos con expresivas flores cantando la vigencia de lazos irrompibles y, otros, abandonados y mustios, no tienen ni una flor, ni una oración, ni una lágrima.

Así, un día, no sé cuándo, pero será un día, nuestros cuatro hijos, adustos y contritos, con sus corazones traspasados de dolor, nos llevarán en hombros rodeados de amigos y en medio de plegarias, de recuerdos, de oraciones y, tal vez, de alguna que otra lágrima, nos sepultarán en aquella tierra que tanto amamos. Y cuando depositen nuestros tristes despojos en esa tumba helada, una flor encendida, como fue nuestra vida, caerá sobre la caja y luego, entre sollozos, paletadas de tierra dirán de nuestro fin.

Mausoleo de la familia Gallo Díez, erigido en primer lugar en nuestro cementerio general. Se había dispuesto que allí reposaran los restos de la familia santanderina Gallo Díez, dueños de Pariajirca Alta que, en gesto de gratitud a nuestra ciudad, regalaron a la Beneficencia Pública para construirse el cementerio general. En la bóveda de este mausoleo, al que se entra por la puerta de acero frontal, hay un túmulo con mármol de carrara para el benefactor, pero sólo tres miembros de esta familia reposan allí. El tiempo está destruyendo, poco a poco, toda su integridad.
Mausoleo de la familia Gallo Díez, erigido en primer lugar en nuestro cementerio general. Se había dispuesto que allí reposaran los restos de la familia santanderina Gallo Díez, dueños de Pariajirca Alta que, en gesto de gratitud a nuestra ciudad, regalaron a la Beneficencia Pública para construirse el cementerio general. En la bóveda de este mausoleo, al que se entra por la puerta de acero frontal, hay un túmulo con mármol de carrara para el benefactor, pero sólo tres miembros de esta familia reposan allí. El tiempo está destruyendo, poco a poco, toda su integridad.
Composición fotográfica de lo que queda de nuestro cementerio general.
Composición fotográfica de lo que queda de nuestro cementerio general.
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