Una experiencia estudiantil de cinco y medio

cinco y medioAquella mañana del 18 de julio de 1962 nos enteramos del golpe de estado que acababa de producirse en Lima. La Junta Militar de Gobierno presidida por el general Ricardo Pérez Godoy anulaba las recientes elecciones desconociendo el triunfo de Víctor Raúl Haya de la Torre sobre sus adversarios, Belaúnde y Odría.

A esas horas de la mañana estábamos en la secretaria general de la universidad para conocer lo que nos esperaba como estudiantes. El Rector Manuel Carranza Márquez -al que motejaban el “sabio”-  no quería saber nada de nuestra filial que se ahogaba en problemas terribles por falta de dinero. Desde Huancayo, abiertamente desafiante, se negaba a alcanzarnos la parte que nos correspondía como filial. Le debíamos a todo el mundo y no había posibilidad de conseguir una ayuda del gobierno. Cuando estaba vigente el gobierno democrático, el senador Ferreyra, nos había negado su ayuda porque sostenía que nuestra casa de estudios era “un peligroso nido de comunistas”. La mensualidad de los alumnos apenas alcanzaba para gastos corrientes y pagar los haberes de profesores a tiempo completo. El encargado de la filial se llevaba casi todo. 

Así las cosas, más en broma que en serio, llamamos a la central telefónica para que nos comunicaran con Palacio de Gobierno. Las telefonistas, todas amigas nuestras,  que conocían de nuestro drama de morosidad, más por amistad que por otra cosa, nos comunicaron. Estábamos en la seguridad de que nadie nos atendería porque creíamos que en su ajetreo no tendrían tiempo para escucharnos. Nos llevamos una sorpresa. Del otro lado del hilo nos contestaron marcialmente.

  • Al habla el comandante Pedro Rivadeneira de la Secretaria General del Gobierno Revolucionario recién instalado. ¡¿Qué desea?!
  • Habla César Pérez Arauco, Secretario General de la Federación de Estudiantes de la filial cerreña de la Universidad Comunal del Centro.
  • A sus órdenes. ¿En qué puedo servirlo?
  • Que me comunique con el general Pérez Godoy para hacerle llegar nuestro respaldo a la decisión que ha adoptado….
  • Es una positiva sorpresa para nosotros pero, en este momento, está en una junta de gobierno. (Nosotros sospechábamos que esa sería la respuesta)…
  • ¡Qué lástima! Me habría gustado hacerle llegar mi saludo personal y el de los estudiantes.
  • No se preocupe, en cuanto concluya la sesión urgente le haré conocer de su llamada.
  • – Cortamos.

Los muchachos que estaban conmigo celebraron la ocurrencia porque jamás pensamos que recibiríamos una respuesta como esa. No habría pasado media hora cuando sonó el teléfono. Era el mismo comandante.

  • El general y todos los miembros de la Junta se han emocionado por su patriótico saludo y me manda decir que mañana a las ocho en punto de la mañana los espera aquí en Palacio para conversar con usted. Por favor sea puntual. Los visitantes son numerosos y a todos quiere atenderlos. Aquí en Agenda hemos tomado nota de usted y su junta directiva, por lo tanto, los esperamos mañana a las ocho en punto de la mañana. Hasta entonces. Colgó.

         En ese momento se me vino el mundo encima. Yo no había esperado nada de esto. Creímos que se contentarían con sólo el saludo. Jamás esperamos que nos extendiera una cita. Claro que era una magnífica oportunidad de hacerle conocer nuestro problema pero, ¿De dónde sacaríamos dinero para movilizarnos? De hacerlo, ¿Quiénes viajarían? El problema se me hizo tremendo. Sin dejarme llevar por la desesperación hice una llamada inmediata a la única persona que podría ayudarme en ese momento, al ingeniero decano de la Facultad de Ingeniería de Minas. (Su nombre lo callo para evitar problemas).  Éste era un hombre íntegro que quería mucho a la universidad y estaba dispuesto a cualquier  sacrificio por ayudarla. Acerté. No solo aceptó acompañarme en su calidad de autoridad universitaria sino que él mismo conduciría su elegante Impala que acababa de comprar. Nos reunimos de urgencia y estructuramos el plan  definitivo. Viajarían Juan Abregú Galván, Secretario General, en representación del rector interino, doctor Custodio Hidalgo Oblitas que se disculpó por las enormes responsabilidades que tenía que cumplir en su cargo. Era el Fiscal Departamental. Yo en mi calidad de Autoridad Estudiantil y el representante de alumnos de ingeniería, N. Zevallos. (Estudiante al que se ha olvidado no obstante haber sido el motor de la facultad de ingeniería desde sus momentos aurorales). Buscaríamos otro profesor de Minas hasta completar el exacto número de viajeros. En un gesto extraordinario el decano me dijo: “Conozco el problema económico que están atravesando. No te preocupes. Yo pongo mi carro y voy a cubrir los gastos de la delegación. Voy a buscar a otro ingeniero que me acompañe por mi facultad. Ya lo encontraré”. 

A las tres y media de la tarde estábamos listos a la puerta del castillo de la mina Lourdes para recoger al quinto integrante. Entró el decano en la mina y en su calidad de jefe de personal nos trajo al joven ingeniero Pedro López, vivaracho y muy jovial, al que conocían por “Pulgón”. Ya éramos cinco. A esa hora partimos rumbo a Lima. 

Encerrados en la elegante comodidad del lujoso coche, cada uno expuso su punto de vista para estructurar un discurso convincente y coherente de nuestra situación. La discusión fraterna pero muy acalorada llegó a un consenso. Sabíamos lo que argumentaríamos ante la Junta Militar. 

Aquellos tiempo nos existía ni atisbos de una carretera asfaltada, lo único que nos comunicaba con Lima era un camino terroso plagado de agujeros y abundante polvo que cubrimos en tiempo record. Ya entrando en Chosica, como dueño de un misterioso secreto, el decano detuvo el coche y nos dijo: “Miren, hermanos, está amaneciendo y nos falta muy poco para llegar a Lima. Yo les propongo a manera de un “relax” -que bien lo necesitamos-, en lugar de llegar a Lima a estas horas, los invito a un lindo lugar que está aquí nomás, para que podamos descansar y tomarnos unos tragos. No se preocupen por los gastos. Yo afrontaré lo que hay que gastar. ¿Qué dicen?”. No esperó ninguna respuesta y enfiló a un camino que salía de la carretera central. 

No había pasado ni media hora cuando entrábamos admirados  en una ciudadela brillante, repleta de luces de neón y música moderna que inundaba todo el ambiente. “Este el famoso CINCO Y MEDIO y vamos a entrar en él”, dijo en decano. Lo seguimos. Llegamos a una sala muy iluminada donde brillaban unas exóticas y bellas mujeres de ensueño. Nos parecía estar entrando en Las Vegas. Inmediatamente notamos que un gigantesco moreno que hacía de vigilante nos acompañaba. Como es lógico, la entrada del grupo no pasó inadvertida. Las miradas de curiosidad nos acosaban. Era natural la interrogante. Lucíamos como una parvada de aventureros salidos de una película del oeste norteamericano. El trayecto de todo el camino nos había dejado cubiertos de polvo. Teníamos trazas de impresentables vagabundos. Juntamos cinco sillas y nos sentamos alrededor de la mesa. En eso, una rubia, emperifollada y vieja dama que lucía colares, brazaletes y anillos de brillantes, preguntó con estentórea voz para que todos escucharan…¡¿Qué se van a servir, los caballeros?!. El decano preguntó.

         -Tienen Whisky…?

         -Sí, de que marca prefiere, Tenemos: Bell’s:; Label 5; William Lawson’s; Dewars; The famous Grouse; William Grants; J&B; Chivas Regal; Ballantine’s;  Johnnie Walker: ¿Cuál prefiere?.

         – CHIVAS

         – La botella cuesta ochocientos soles… (Lo dijo de una manera muy marca y socarrona como para dejarnos lelos)

         – Envíe dos botellas, vasos, sodas y abundante hielo

         – ¿…Dos?

         – ¡Dos…!

         – ¡Se paga por adelantado…!

         – ¡De acuerdo…aquí tiene!

         – Factura a nombre de quien…?

         – De la Cerro de Pasco Corporation.

Como si el decano acabara de pronunciar unas palabras mágicas, se nos prodigó una eficaz e inmediata atención. Es más. Sin que lo pidiéramos, nos vimos rodeados de mujeres de ensueño, hermosas, perfumadas y sofisticadas. Trajeron sus sillas y se sentaron una al lado de cada viajero.

 Dos elegantes mozos trajeron el pedido y contaron con  parsimonia el importa del pedido. Las damas, como si nos conocieran de tiempo, se mostraron muy amables y coquetas. El más perplejo  de todos era “Pulgón”. Tenía a su lado a una hermosa rubia de metro ochenta con provocativas curvas que nos recordaban a Marylin Monroe. Cuando tras un rato tomó confianza habló tendido con la chica que me parece le planteó una exigencia. Sacó del carro el terno que el decano le había guardado y la pareja subió a un elegante segundo piso. En poco tiempo nos olvidamos de él pero, cuando volvió a la mesa rebozaba de felicidad. Parecía un niño travieso con juguete nuevo. Era otra persona. La gringa le había exigido que se bañe. Cuando vio nuestros rostros cargados de interrogación solo atino a decir: ¡Me la he comido!.

 Viendo lo avanzada de la hora no retiramos y a la hora puntual estábamos en el salón de los espejos de palacio de gobierno. Un capitán tomaba nota de los visitantes. A las ocho en punto se hizo presente la Junta Militar de Gobierno y tras una corta introducción se dispuso a escuchar al pueblo. En el momento correspondiente, el maestro de ceremonias me presentó y, conforme se había estructurado, hice un sintetizado relato de nuestros problemas y solicité al gobierno entrante nos ayude a solucionar nuestro problema. Después de las promesas que en estos casos se formula, todo quedó en nada, al contrario, nuestros inconvenientes se agravaron de tal manera que nos vimos en la imperiosa necesidad de realizar la histórica marcha de sacrificio con la que logramos la creación de nuestra Universidad.

 

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