EL CONDENADO (Cuento popular)

el condenadoEran dos jóvenes que desde muy niños habían consolidado una estrecha amistad que con el tiempo se trastocó en un fogoso amor. Existía un problema que estaba a punto de separarlos: la situación  económica de los jóvenes. Era muy dispareja. Mientras la tierna, Teodolinda Armas apenas si podía sobrevivir con las escasas pertenencias de su agobiado padre; Donato Apari, rebosaba de abundancia. Esto, naturalmente a ellos no les importaba pero sí a sus progenitores. El viejo Apari había estallado de furia cuando sus vecinos le contaron que su hijo había estado divirtiéndose con la hija de su peor enemigo en la fiesta de un pueblo vecino. Ese día amenazó castigarlo con el destierro si seguía frecuentando a la hija de su odiado rival. De la misma manera procedió el padre de la chica. Muy comedidamente le dijo “Hija: te pido que no vuelvas a juntarte con el muchacho Apari. Él es hijo de mi peor enemigo y no quiero que te humilles ante él ni su familia”. Cubierta de lágrimas pidió una explicación a su padre. ¿Cuál era la razón para ese odio siguiera vigente a pesar de los años? Después de un largo silencio, el viejo dijo. “Es una larga historia que se inició cuando tú no habías nacido. Éramos muy amigos, casi como hermanos. Todo lo compartíamos fraternalmente hasta que a la fiesta patronal llegó una niña muy hermosa que nos gustó a los dos. Estábamos prendados de ella. Entonces, amparado por sus riquezas logró que su padre en connivencia con el de la chica acordara el casorio de ambos. Aquellas veces no podíamos oponernos a las decisiones de nuestros  padres. El matrimonio se realizó no obstante el desacuerdo de la novia. Como ella no estaba feliz, el marido, sabedor del amor que me tenía, comenzó a maltratarla y quitándome el habla,  poco a poco me declaró la guerra. Valiéndose de su amistad con jueces, curas y demás autoridades, me cerraron toda opción de progreso. Cuando llegó la inundación de la aldea yo me quedé sin nada y todos se negaron a ayudarme. Por eso somos muy pobres. Pero igual. No quiero ayuda de nadie pero tampoco quiero que nos humillen con su prepotencia. Tú que eres mi hija, tienes que estar de mi parte sino, tu buena madre, que en todo momento fue mi apoyo y ayuda, sufriría mucho. Esa es la razón: Espero que no me desobedezcas”. No hablaron más. La niña tomó conciencia de su situación y sufrió mucho.

Los días transcurrían aumentando el desasosiego de la pareja. Ambos sufrían mucho por la prohibición paterna, sin embargo lograron encontrarse furtivamente.

Aquel día conversaron ampliamente y se dijeron todo lo que habían estado pensando

  • Lo único que te pido, Tiucha, es que no te lleves de cuentos que están circulando por el pueblo. Yo no quiero a otra más que a ti; bien lo sabes. Si yo quisiera a otras, no te buscaría. La única que quiero eres tú.
  • Pero, ¡Qué vamos hacer Donato!… mi padre me ordena que ni te hable!
  • .. ¿Tú, me quieres o no?.
  • Sí, Donato, por eso sufro mucho de que no podamos encontrarnos siquiera…
  • Yo también Tiucha,… yo también…
  • ¿Qué hacemos Donato?.
  • Vámonos lejos, Tiucha. Vamos a vivir donde nadie nos conozca.
  • .. ¿Dónde?
  • Me han dicho que en las minas del Cerro de Pasco hay bastante trabajo.
  • Tengo miedo, Donato.
  • ¿Pero de qué…?
  • De que te canses de mí… de que me dejes. Tal vez conociendo a una cerreña me abandonas y…
  • Nunca haría eso, tú lo sabes. Yo te quiero. Por lo que tan dicho las malas lenguas, dudas de mí ¿No es así?
  • Sí, Donato. De repente…
  • Para que te convenzas, voy formular un juramento que jamás podré deshacer aunque quisiera…
  • ¿Un juramento?
  • ¡Sí!. ¡Yo te juro en nombre de Dios padre todopoderoso que te querré toda mi vida! ¡Nunca te dejaré ni en la vida ni en la muerte! –El juramento ha sido formulado con una unción verdaderamente conmovedora.
  • ¡¿Ni en la vida… ni en la muerte, dices?!
  • ¡Así es, Tiucha! Ni de vivos ni de muertos nos separaremos. Dame tu mano yo te doy mi palabra…
  • Ya, Donato…
  • .. ¿me crees?….
  • Sí, Donato, sí. Te creo y te quiero.
  • Ahora, harás lo que te diga. La próxima semana como hoy a las seis de la tarde nos encontraremos aquí para irnos muy lejos…
  • Ya, Donato…
  • Durante toda la semana no salgas para nada de tu casa; no quiero que sospechen. Prepárate nomás…
  • Ya, Donato.
  • Ahora me voy, amor. La próxima semana como hoy… no lo olvides.

II

La semana ha transcurrido normalmente, sin embargo a Donato Apari le pareció desesperadamente interminable. Con gran delectación y esperanza ha contado los días y las horas de la semana. Su ansiedad ha ido en aumento con la sola evocación de aquella prodigalidad de belleza y vitalidad que se llama Teodolinda Armas. Su espera, que ahora llega a su fin, bien ha merecido todos aquellos desvelos. Por fin podrá tener en sus brazos a aquella mujer que se le fue clavando en el corazón y pensamiento; ya no tendrá que buscar mezquinos atajos, ni soledades riesgosas para gustar de sus besos. Ahora será suya, entera y limpiamente suya; por eso hace ya un buen rato que espera, cuando los rayos últimos del sol se han escondido tras los cerros verdes…

  • ¡Donato!… ¡Donato!
  • ¡Tiucha!.
  • Donato, temí que no vinieras. He tenido mucho miedo. No he podido ni dormir pensando en que podrías arrepentirte y no venir…
  • Tú no me tienes confianza Tiucha, pero ya ves, he cumplido; aunque yo también te diré que temía que tu papá podría hacerte cambiar de parecer…
  • Ya no, ahora, ya no. Yo sé que me quieres y he venido para irnos.
  • Bien, Tiucha.
  • Sólo temo que no iremos muy lejos. Tanto mi padre como el tuyo podrían alcanzarnos y encontrándonos nos castigarían o sabe Dios qué nos harían…
  • No tengas miedo. Si nos fuéramos a cualquier pueblo cercano, nos descubrirían, pero no vamos a hacer eso…
  • .. ¿Adónde vamos a irnos?
  • Iremos a un lugar que nadie conoce. Sólo yo.
  • ¿Adónde, Donato?
  • Allá en las alturas de Cerro Azul yo conozco una cueva. Allí estaremos hasta que, cansados de buscarnos se olviden de nosotros. Entonces nos iremos a otro lugar…
  • Pero en Cerro Azul también podrían buscarnos… ¿Y si nos encuentran?
  • Nadie nos encontrará. Esa cueva sólo la conocemos el “Wisha” Palacios y yo, pero él está trabajando en las minas del Cerro y no dirá nada.
  • Será lo que tú digas, Donato. “Ultimadamente” si nos encuentran también, que vamos a hacer. Les diremos que nos queremos y le hablaremos al padre Melecio.
  • Él nos comprenderá Tiucha, pero mientras tanto, vámonos sin que nos vean. Ya se está haciendo tarde… ¿Has traído tus cosas?
  • Sí, Donato; lo que más necesito está en este “quipecito”…y ¿tú?.
  • Yo, en estas alforjas llevó lo necesario…
  • Vamos, pues Donato…
  • Vámonos mi Tiuchita…

Continúa…….

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