EL CONDENADO (Segunda parte)

el condenado 2III

Enclavada en la agreste peñolería del Cerro Azul, hay una caverna con entrada pequeña, como agudo grito del Cerro, lista para cobijar la felicidad de los jóvenes amantes. En el interior, ahora cuidadosamente limpio sin ser muy espacioso, Donato ha ido guardando frazadas y alimentos. Por fuera, como una ventana del cerro, hay un otero formidable, desde donde se puede ver el camino principal, único lugar de entrada y salida del poblado. Pasados los días, desde allí pudo ver Donato las diarias partidas de hombres que salían a buscarlos apenas aparecía el sol y regresaban fatigados de cansancio y polvo, entrada la noche. Así pudo comprobar la odiosa mezquindad de su padre al enterarse que  se había fugado con la hija de su peor enemigo. ¡Cómo estaría rabiando el orgulloso anciano! Ahora Donato, estaba preocupado, muy preocupado…

  • No te vayas a enojar, amor. Yo he debido de ponerte una casa muy buena y sin embargo vivimos en esta cueva…
  • ¡Qué vamos a hacer, Donato!, nuestra suerte será así. Lo importante es que nos queremos.
  • Tienes razón…
  • Además, aquí se está tan abrigado como si tuviéramos una casa.
  • Yo creí que te aburrirías…
  • .. para nada. A propósito… ¿Cómo conociste esta cueva?
  • Cuando era un “chiuche” subíamos a pastear los carneros y un día que veníamos por estos lugares, se desató una fuerte lluvia con muchos truenos…
  • …¿Y…?
  • Alcancé a ver esta cueva. Al comienzo creí que era pequeña, pero cuando entramos con el “Wisha”, nos dimos cuenta que era grande.
  • Seguramente los antiguos viajeros que pasaban por aquí se guarecían en ella.
  • Por eso será tan limpia… yo ya no extraño la casa.
  • Nueve días no es para poco; ya te estarás acostumbrando, pues…
  • Verdad, ya nueve días… cómo han pasado… sin sentirlo.
  • Y nosotros no podemos ir a otro lugar. Yo creí que íbamos a estar dos ó tres días a lo más…
  • Ya se acabó casi toda nuestra comida, Donato.
  • En eso he estado pensando, Tiucha. Por eso he decidido ir a traer alimentos…
  • .. ¿Y si te descubre….?
  • No me dejaré ver. Iré a mi casa. Mi mamá guarda en la troje de los altos bastante comida.
  • Pero es muy peligroso, Donato.
  • No importa, me arriesgaré.
  • No vayas, Donato. Con lo que hay nos podemos acomodar unos días más.
  • ¿Y después?…No, amor, aquí vamos a tener que estar un buen tiempo. Nos están buscando. Todos los días mi papá con cinco cabalgados sale de mi casa a buscarnos y regresan por la madrugada. Desde que nosotros nos hemos venido, es así. Mi padre es muy orgulloso para poder olvidar lo que hicimos y seguro que en los alrededores ya están en alerta para cogernos…
  • Más bien nos ha alcanzado la comida hasta ahora…
  • De haber sabido esto, hubiera traído más alimentos.
  • ¿Qué harás ahora, Donato?
  • Parece que esta noche habrá luna. Cuando todos estén dormidos, yo iré a traer algo…
  • Ojalá que no te pase nada…
  • A mí no me va a ocurrir nada, Tiucha. Tú cuídate nomás…
  • Sí, claro…
  • No te vayas a mover de aquí por ningún motivo; no vayas a tener malas ideas en la cabeza. Ya sabes que yo no te voy a dejar nunca. Ya estás convencida, también que te he dado mi palabra. Sólo tienes que esperarme.
  • Pero, te apuras, Donato.
  • Sí, hijita… voy a volver, ya verás…

Su orgullo maltrecho, no lo deja dormir. El encono se le ha clavado en el cerebro y le impide cerrar los ojos. Su vigilia poblada de silencios se ve, de pronto, interrumpida por un ruido extraño. El viejo Moisés Apari aguza los oídos y un extraño presentimiento lo invade haciéndole estremecer. Se ha incorporado sobre sus cobijas y despierta a su mujer.

–     Shatu… Shatu…

  • ¿mmmmm?.
  • ¿Has oído?….
  • ¿Ja?… No…
  • .. “masque” oye… creo que están entrando en los altos.
  • Sí, sí… parece que alguien está entrando…
  • Desgraciado ladrón… ladrón es…
  • Claro que es ladrón…
  • .. es raro, los perros no ladran… Oye Moishe ¿No será ánima?….
  • ¡Qué ánima ni anima, mujer! Lo que pasa es que los rateros han matado a nuestros perros.
  • ¡Jesús, Ave María Purísima!….
  • Como saben que no está mi Donato, creen que me pueden robar…
  • ¿Qué hacemos?…ahora siento que están andando arriba.
  • Lo que tenemos que hacer pues, voy a llevar la escopeta.
  • ¡No te vayan a atacar!….
  • No voy a ser tan tarugo de salir por delante pues. Voy a ir por la puerta de atrás y por las pircas nomás voy a ver…
  • Ten cuidado, Moishe…
  • ¡Ahora sí se han fregado esos malditos, carajo!

Sigilosamente, como fiera acechante, Moisés Apari ha salido arma en ristre y da una vuelta completa por el corral y ahora está frente a la puerta de los altos. Decide aguardar a que el delincuente salga con su botín para hacer justicia. Lo espera en medio de una fruición que le produce el imaginarse la sorpresa que se llevará el ladrón al salir. Ahora se abre la puerta y sale un hombre con un bulto en el hombro. Su silueta se recorta en el fondo del cielo estrellado. Ahora o nunca. El viejo apunta y el silencio de la noche se hace trizas con el estampido…

  • ¡Le has dado, Moishe… le has dado!…Ya cayó!.
  • Sí, y en todo el corazón…
  • Vamos a ver quién es ese miserable de mierda…
  • Ten cuidado, no se vaya estar haciendo el muerto.
  • No, ni siquiera se mueve…
  • Voltéalo…
  • Sí…
  • ¡Mamalao, mamacooo!… ¡Santo Dios!. !.Nooo!.
  • ¡Donato hijooo!.
  • ¡Hijaco, te han matado, pues…!
  • .. caray… ¿Dónde ha estado este muchacho?… ¿De dónde ha salido?!
  • ¡Dónde habrá estado, pues papalao!.
  • Y todavía ha venido a robarme…
  • ¡Capaz ha tenido hambre, tal vez por eso, Moishe…
  • ¡Anda, anda, despierta al Shimo, a todos los vecinos… ¡Qué hemos hecho!…

El viejo Apari, ha quedado inmóvil, clavado en el suelo, como un viejo ídolo, estático; su rostro curtido y ajado se estremece con una ligera agitación parecida a un llanto sin lágrimas. Su orgullo mellado, pisoteado y ahora impotente, ya no pude erguirse porque más puede el peso de su conciencia castigada al ver el pálido rostro de su hijo muerto iluminado por la alta luna serrana.

Continúa…..

 

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