JUAN OSO (Cuento popular)

Juan osoHace ya muchos años, en una aldea pasqueña luminosa de sol y verdor, vivía una esbelta joven campesina de hermoso rostro. Muy de madrugada -hacendosa como era- comenzaba sus labores cotidianas ante el contento de sus ancianos padres que veían en ella, no sólo la alegría del hogar, sino también la ayuda providencial a sus afanes. Esta encantadora joven tenía por costumbre ir ordinariamente al manantial del pueblo con un enorme porongo a traer agua que pudiera necesitarse en la noche. Su retorno siempre coincidía con el toque del Ángelus que de la iglesia del pueblo se irradiaba por toda la comarca y, diariamente también, a esa misma hora, de entre los arbustos cercanos al manantial, un par de ojos curiosos y extasiados contemplaban a la joven.

Un día que la muchacha fuera a traer agua de la fuente, emergió la figura de un oso gigantesco de la espesura que sigilosamente se acercó a ella y atrapándola con sus poderosos brazos, se la llevó a las alturas sin que nadie los viera.

Los padres, alarmados por la demora, salieron en su busca sin poder hallarla. Así, todo el pueblo escudriñó por muchísimos días, hasta que se cansaron de hacerlo. Sólo los padres, fieles y amorosos continuaron con el rastreo por mucho tiempo hasta que, uno tras otro, murieron agobiados por la pena y el dolor. Mientras tanto, ¿Qué ocurría allá en la lejana caverna a dónde había sido llevada?…

El oso, manifiestamente enamorado de la joven, la había encerrado en una cueva llenándola de atenciones y caricias que, al comienzo la raptada rechazaba. Para que no faltaran las provisiones, diariamente salía muy de madrugada, para lo cual, gracias a su fuerza descomunal, movía una gigantesca piedra que cubría la entrada. Una vez que salía, retornaba la piedra a su sitio dejando encerrada a la mujer. Esta diaria ocupación duró varios meses, hasta que un día la joven alumbró un hermoso niño, robusto y alegre que, cosa curiosa, no obstante ser hijo del oso, era una criatura completamente normal en su aspecto humano.

Consolada de su mal de ausencia con la compañía de su hijo, la joven volcó todo su amor y  celo en el cuidado del niño que poco a poco fue creciendo inquieto y fuerte como su padre. Cuando adquirió el uso de conciencia, se dio cuenta de la tristeza de su madre y de las furtivas lágrimas que derramaba. Al preguntarle por la razón de su congoja, ésta le contó con lujo de detalles lo que le había ocurrido. Enterado de la historia y dolido por su tristeza decidió ayudarla a recuperar su libertad. Un día, éste, ya desarrollado notablemente, utilizando maderas y piedras, logró mover la gigantesca roca que rodó cuesta abajo, con tan mala suerte, que aplastó a su padre que en ese momento subía. Al verse libre, la madre tomó de las manos al niño y tras muchos años de ausencia, bajó al pueblo.

Al llegar, todo lo encontró cambiado. Se enteró de la muerte de sus padres y lloró, lloró mucho. Las buenas gentes del pueblo, enteradas de su desgracia, decidieron ayudarla. El sacerdote ya anciano y cansado, le ofreció la casa parroquial para que allí viviera en compañía de su hijo. “Hay que hacerlo cristiano primero”,  dijo y así se hizo. El mismo cura fue su padrino y le puso por nombre: Juan.

A partir de entonces, el niño comenzó a llevar una vida normal como todos los niños del pueblo, con una sola excepción: su fuerza colosal. Fue cuando entró en la escuela que el cura pasó a sufrir con las travesuras del niño a quien, por su fuerza desmesurada, habían comenzado a llamar Juan Oso. Esta fue la razón para que en todas las horas de día recibiera quejas de diferente índole.

“Que a mi hijo le ha desgranado todos los dientes de un golpe con su manaza…”

— “Que mi carretón lleno de víveres la ha hecho rodar por la pendiente”.

— “Que de un solo golpe a destrozado mi cerca y mis animales se han escapado…”

— “Que de un puntapié ha matado a mi perro”… 

Que si esto; que si lo otro; en fin, las quejas eran numerosas y graves. De nada valieron las recomendaciones ni los azotes del anciano cura. La situación era insostenible, hasta que un día, creyendo que un buen susto lo arreglaría, el cura se coludió con un pariente del sacristán con el que tramaron un plan para asustarlo. Ceremoniosamente, el cura le llamó y le dijo:

— Mira, hijo; ayer ha muerto un hombre muy malo, al que confesé y ayudé a bien morir. Como era un canalla, nadie irá a su velorio; por eso te pido que vayas tú cristianamente y lo veles por esta noche para enterrarlo mañana…

— Bien, padre. Así lo haré – respondió muy solícito Juan Oso.

Llegado a la casa mortuoria comprobó que efectivamente, sobre una mesa, cubierto con una sábana, estaba tirado el cadáver de un hombre. Era –como sabemos- el pariente del sacristán que, complotado con el cura, se fingía muerto. En la sala no había nadie más. Él solo velaría al muerto

Juan oso se sentó al lado del difunto y cuidando de que las ceras ardieran bien, velaba en silencio cumpliendo con el encargo de su padrino. Ya había transcurrido más o menos una hora de su llegada cuando el “muerto” se sentó rígido, haciendo caer las ceras y la sábana. Juan Oso, comprensivo y sin inmutarse, tomó al hombre con una mano en el pecho y la otra en la espalda y con un movimiento enérgico lo volvió a acostar; puso los cirios en su lugar y siguió velando. El “muerto” repuesto del primer sacudón tomó fuerzas y volvió a sentarse. Nuevamente Juan Oso lo hizo echarse con energía. Después de casi dos horas y casi al amanecer, el “muerto” volvió a sentarse estrepitosamente, esta vez emitiendo gruñidos amenazadores, gesticulando aparatosamente para asustar a su velador. Juan Oso no resistió más; de un solo manotazo en el cráneo lo dejó definitivamente muerto.

A la mañana siguiente, al verlo entrar muy campante, el curioso sacerdote le preguntó:

— Dime hijo… ¿Cómo te fue en el velorio?…

— Bien, padre; sólo que usted tenía razón…

— ¿Por qué?…

— El muerto era un hombre malo y a punto de condenarse.

— ¿Por qué lo dices?…

— Durante el velorio se incorporó varias veces de la mesa…

— ¿…Y?

— Cuando se estaba condenando yo le di un golpe en la cabeza y lo maté definitivamente, y para que no se le ocurra condenarse, acabo de enterrarlo cubriendo su tumba con las piedras más grandes que he encontrado. No tenga cuidado, padre; no saldrá, se lo aseguro.

— ¡Dios mío… ¡Dios mío!…¡Si a este hombre no tenía que ocurrirle esto!……¡Salvaje!…  – gritaba desesperado el sacerdote.

Juan Oso 2Así de trágicas las cosas, el pobre cura ya cansado y viejo habló con la madre de Juan Oso y le dijo que era necesario que su hijo, saliera en busca de su destino, que ya era suficientemente fuerte para afrontar la vida. Era imperioso que se fuera. La madre, entre lagrimas, le manifestó que ella también estaba de acuerdo con la medida.

En cumplimento de esta disposición, un día muy de mañana, después de recibir la bendición de su padrino y el cariñoso beso de su madre, salió con rumbo desconocido sin más equipaje que su fiambre y una manta para su abrigo.

A poco de andar y ya con las sombras cubriendo la tarde, llegó a una villa hospitalaria que lo acogió con gran cariño. Había llegado justo cuando los habitantes estaban aterrorizados por la presencia de un sanguinario puma que, no sólo atacaba a los animales y se los comía, sino que también arremetía y engullía humanos. Las gentes llenas de pánico se cuidaban de salir de sus predios. Al ver que el espanto había hecho presa de hombres, mujeres y niños del pueblo, Juan Oso pidió fiambre y una filuda y poderosa hacha, con la que, imperturbable, se aventuró en el peligroso bosque, guarida de la sanguinaria bestia. Al verlo salir, las gentes temieron por su vida, pero con un resto de esperanza lo alentaron.

Las horas pasaban, las expectativas crecían pero nada se sabía. Por fin, después de tres días de ausencia,  cuando ya la confianza se había desvanecido,  vieron llegar a Juan Oso halando un gigantesco carretón repleto de leña cortada y, sobre la leña, el cuerpo muerto de un gigantesco puma victimado a hachazos por él.

El pueblo agradecido en medio de vítores le brindó lo mejor que tuvo en víveres y Juan oso 3regalos, y en un ambiente de fiesta campesina lo retuvo por dos días, hasta que decidió seguir su marcha.

En su largo trayecto, llegó a otro pueblo que acababa de ser asolado por unos bandoleros despiadados que habían robado las pertenencias, alimentos y animales de los pobladores, dejándoles en el desamparo y la miseria; es más, habían jurado volver en tres días para que el cura les hiciera entrega de todo lo que la iglesia atesoraba. El sacerdote y todos los feligreses estaban aterrorizados. Enterado de esta amenaza, Juan Oso, decidió esperar a los malhechores. Llegado el día –efectivamente- ocho desalmados desmontaron en el centro de la plaza y amenazantes se dirigieron a la iglesia. No lo esperó más, Juan Oso encaminó sus pasos a la santa casa y  cuando estaban a punto de maltratar al cura, cogiendo uno a uno por el cogote  les endilgó tal paliza que, a la media de hora, cuando los fieles entraron en la iglesia, encontraron amontonados a los facinerosos, uno sobre otro.

En este mundo de andanzas de sendos triunfos, Juan Oso iba demostrando su poder y osadía hasta que, peregrino de la aventura, llegó finalmente a un pueblo al que encontró misteriosamente temeroso. Todavía la noche no había llegado al pueblo pero estaba agazapado y en sigilo. Ni los animales estaban en sus corrales. Intrigado por esta actitud tocó una puerta inquiriendo por lo que acontecía y, un aterrorizado anciano por una ventana entreabierta le dijo que se fuera, que el pueblo estaba así de cierrapuertas porque a partir de esa hora llegaba el condenado que destrozaba todo lo que encontraba y devoraba a todo el ganado; que el condenado era un rico y cruel terrateniente muerto, al que Dios había castigado. Diciendo esto, el viejo volvió a cerrar la ventana y todo quedó nuevamente en silencio.

Viendo que el cielo se encapotaba amenazante, decidió pernoctar en el único lugar posible en ese momento: el ruinoso caserón que en otra época había sido floreciente mansión del terrateniente muerto. El aspecto lúgubre de la vieja casona no influyó para nada en el espíritu del fogoso aventurero que sin temor alguno tendió una manta y se recostó a descansar. Muy pronto se quedó dormido.

Promediaba la medianoche, cuando un silbido tétrico seguido de un vientecillo helado, le hizo despertar. En ese estado oyó una voz misteriosa y bronca que preguntaba:

—        ¿Caeré… o no… caeré?.

De primera intención, el significado de la pregunta más que en la forma en que había sido formulada, le intrigó. Pasado un buen tiempo, nuevamente la voz se hizo escuchar en el recinto:

—        ¿Caeré o no caeré?.

Ya repuesto de la sorpresa, contesto:

—        ¡Cae pues, si quieres! – Y al instante cayeron los despojos de un torso y el vientre de un cadáver nauseabundo. Intrigado y sin moverse, Juan Oso contemplaba aquella carroña sin sentir por ella ningún temor. Ya se estaba olvidando del asunto cuando nuevamente la misma voz:

—        ¿Caeré o no caeré?¡¡

—        ¡¡Haz lo que quieras, ya te he dicho! – Y un par de piernas primero y de brazos después cayeron al lado del tronco y al instante se unieron con un sonido horrendo y desagradable. No había transcurrido mucho tiempo, cuando nuevamente la voz:

—        ¿Caeré o no caeré?…

—        ¡Ya, carajo!, tanto preguntas. ¡Cae las veces que quieras! – Y al instante una cabeza de rostro terrorífico cayó para unirse con el cuerpo yaciente. Completado su cuerpo se puso de pie el espectro gigantesco, y dirigiéndose a Juan Oso le espetó con voz gangosa:

—        ¡¿Quién eres tú que te atreves a invadir mis dominios y a enfrentarme sin ningún temor?!…  ¡¿Quién eres?!

—        Eso a ti no te importa – respondió Juan Oso.

—        Bien, veo que eres muy valiente porque eres el único que ha osado enfrentarme. En consecuencia, sino no quieres morir y ser devorado, tendrás que defenderte. ¡Aquí hay dos espadas!.

El condenado, arrastrando su hediondez de muerte, trajo las dos armas y arrojando uno a los pies de Juan Oso le reto:

—        ¡Toma la espada y defiéndete si no quieres morir!…¡Voy acabar contigo por tu atrevimiento a venir a ofenderme! Es la media noche y lucharemos –si me resistes– hasta que cante el último gallo; en ese momento veremos quien ha vencido.

Sin hacer ningún comentario, -lacónico como era- Juan Oso se enfrentó al condenado con quien comenzó a luchar a brazo partido.

La pelea se hizo tremenda y escalofriante. Misteriosamente, después de cada tajo que seccionaba el cuerpo del condenado, las partes se volvían a juntar. Así toda la noche. El combate era sin cuartel. Ni uno ni otro pedían tregua. Cuando ya, Juan Oso comenzaba a sentir cansancio y aparecían las primeras claridades del alba, cantó el primer gallo. Continuaron batallando más encarnizadamente hasta que cantó el segundo gallo y, en ese ambiente desesperante y agónico cantó el último gallo. Ya había  amanecido. En ese momento el condenado arrojó su arma y poniéndose de rodillas implorante, le dijo a Juan Oso.

—¡¡Basta ya!…¡Me has vencido!…¡Gracias a Dios me has vencido! “Yo en mi vida fui un cruel hacendado que hice mucho mal en la tierra en mi afán de acumular riquezas. A mi muerte Dios no me dejó entrar en su reino y me condenó a sufrir en la tierra. Sólo un hombre como tú podía liberarme venciéndome. Ahora estoy en condiciones de volver al lado de Dios, pero para esto, te enseñare el lugar donde tengo enterrada mis riquezas. Te pido por favor que la repartas entre todos los habitantes de este pueblo. A ti, te regalo el más grande cajón de oro y por último te pido que me hagas decir una misa para poder descansar en paz” -Diciendo esto, el condenado se convirtió en humo y ascendió a la paz eterna.

Juan Oso enternecido por la historia, desenterró los tesoros y los repartió al pueblo que volvió a vivir muy dichoso después de la misa que mandaron celebrar por el descanso del infeliz condenado.

Cuando se disponía a llevar su cajón lleno de oro, advirtió que no podía moverlo; en ese instante cayó en la cuenta que Dios misericordioso, lo había convertido en un hombre común y corriente, como los demás.

Al retornar a su pueblo fue recibido con muestras de cariño, especialmente por el cura y por su madre. Organizó una gran fiesta, compró una casa muy hermosa y casó con una lindísima chica y en compañía de su madre y sus hijos, vivió feliz por el resto de sus días.

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