POZUZO, VALLE DE PROMISIÓN por Dionisio Ortiz. O.F.M

El padre Dionisio Ortiz O.F.M merece todo nuestro homenaje y admiración. Su obra extraordinaria, escrita tras largos y duros padecimientos, tiene la virtud de revelarnos toda la grandeza de los pioneros que con notable esfuerzo colonizaron nuestra selva. Nadie mejor que él para hablarnos con conmovedora propiedad de aquel territorio hermoso, pugnaz y productivo como es Pozuzo. En este aniversario de nuestro departamento le rendimos homenaje como digno representante de una sus más ubérrimas provincias de Oxapampa.

pozuzoSi el rey de aquél cuento hubiera llegado hasta Pozuzo en busca de la camisa del hombre feliz, sin duda que la hubiera encontrado y con ella la salud del príncipe, porque en Pozuzo hay una porción de hombres felices y con camisa.

¿Quiénes son esos seres dichosos? Hace la broma de más de 150 años que un grupo de alemanes y tiroleses pisaban la tierra peruana y tras indescriptibles trabajos, se abrieron paso hacia lo que, para ellos, era auténtica “tierra de promisión”. Construyeron sus casas en el hermoso valle y ahí siguen. Se sienten más peruanos que el mismísimo Castilla, aunque muchos hablen alemán y todos vivan como alemanes, piensen como alemanes y trabajen como alemanes.

No es fácil llegar a la “perla” de la montaña peruana. Un ómnibus de la empresa “Los Andes” lo dejará en Oxapampa. Con un poco de suerte un vehículo particular, siguiendo una pintoresca carretera, le conducirá por Huancabamba hasta Agua Dulce y, desde allí, con buenas piernas o a lomo de bestia, se puede llegar hasta  Pozuzo. Son cinco horas rondando las fauces del Huancabamba que ruge amenazante, a los pies del viajero. Olor acre de selva, perfumes deliciosos de flores exóticas que brotan por doquier, como mala hierba; infinidad de mariposas que cubren partes del camino y el barullo de los  papagayos, loros y guacamayos serán compañeros inseparables hasta avistar “La Prusia”, una de las campiñas integrantes del Pozuzo.

He preguntado a muchas personas si se sienten felices de vivir en sitio tan aislado del resto del Perú. Me han contestado que sí, pero…a su camisa de hombres felices le falta un botón: una carretera con qué comunicarse fácilmente con el mundo y que además les permita sacar los productos que tantas hambres aliviarían; también por donde llevar a sus hijos a centros de estudios superiores para labrarles un buen porvenir. Hace más de cien años que esperan la incumplida promesa de una carretera. Una historia que cuando llegue a escribirse, dejará chiquitas las historias de la conquista del oeste americano.

Un buen día del otoño de 1852, el quijote Baron Cosme Damián de Schutz-Holhauzen llegó al puerto del Callao. Traía entre manos hallar una región colonizable para sus paisanos austriacos. Recorrió durante diez años la América entera y encontró en el Perú el lugar de sus ensueños.

En Lima, el barón Cosme Damián tuvo una entrevista con Tirado, Ministro de Relaciones de aquel entonces, quien le habló de un proyecto de conectar la costa del pacífico con el Atlántico. De tal entrevista nació la idea de colonizar el Pozuzo con inmigrantes austriacos y alemanes, con un tiro que desde el Callao, Cerro de Pasco, Huancabamba, Pozuzo, el puerto de Mayro y los ríos Pachitea y Ucayali, condujera por Iquitos y el Amazonas a las costas del Brasil.

El Barón quiso conocer de cerca el lugar prometido y, tras un año de largo caminar por la selva, llegó al Pozuzo. El valle le pareció ideal. El 6 de noviembre de 1855 concertó un tratado con el Gobierno Peruano en las siguientes condiciones:

Los inmigrantes debían llegar al Perú, en un número de 10 mil, en el espacio de 6 años. El primer grupo llegaría el año de 1856 y ocuparía el valle del Pozuzo en su confluencia con el  Huancabamba. El Gobierno Peruano se comprometía a abrir un camino desde el Cerro de Pasco al Pozuzo, alimentar a los colonos durante el primer semestre y proporcionarles herramientas y semillas para cultivar la tierra.

El Barón Cosme Damián regresó a Europa y en el año de 1856 publicó su plan de colonización en los periódicos alemanes.

Un grupo de familias tirolesas de Silz y del valle de Inn acogieron con ilusión el ofrecimiento del Barón Shultz Holhauzen. Un centenar de prusianos les siguieron y todos al frente del párroco de Wald, José Egg embarcaron en Amberes, a bordo de la nave inglesa “Norton”, camino al Perú. Los inmigrantes eran en total 302. Los acompañaban dos sacerdotes, un médico y un maestro. El viaje fue agotador. Vientos  huracanados casi hunden la nave. El sol, el viento y las enfermedades hicieron trágica una travesía que duró cuatro meses. El 25 de julio de 1857 tocaban el puerto del Callao. Guardaron tres días de cuarentena en la isla de San Lorenzo. De allí el vapor “Inca” los transportó hasta Huacho.

El primer revés para los planes del Barón Cosme Damián al pisar nuevamente el Perú, fue enterarse que el camino prometido hasta el Pozuzo aún estaba en proyecto, que el presupuesto estaba votado y aprobado y que la mayor parte del dinero la tendría el Prefecto en el Cerro de Pasco, don Juan Salcedo, a quien no le quedó un solo centavo después de equipar con armamento a un grupo de montoneros en la lucha contra Vivanco.

¿Qué hacer cuando los inmigrantes estaban desembarcando en Huacho?. Dejó que “El Inca” vaciara su preciosa carga en las playas huachanas. El 30 de julio una recua de 600 mulas, caballo y pollinos con sus correspondientes arreadores salía el huacho hacia el Cerro de Pasco. Allí se enteraron que ellos mismos deberían de abrirse paso hacia el valle prometido. El impacto fue terrible y un buen número de ellos se disgregó del grupo. Quedaron los valientes. Juntos estudiaron las distintas posibilidades para llegar hasta el Pozuzo. Tras un acuerdo con el párroco, el Barón determinó seguir la ruta de Acobamba. Tras dos años de lucha y pasando por mil y una penurias, de los 203 hombre que iniciaron la ruta, 170 tiroleses y prusianos, hombres mujeres y niños, hollaron las vírgenes tierras del Pozuzo en julio de 1859.

Reunidos en cabildo Abierto determinaron los límites del terreno que habría de trabajar cada familia. Los prusianos escogieron la zona sur del valle; los tiroleses el norte. Un río al que llamaron límite, separaría las dos zonas. Eligieron como Alcalde de Prusia a don Cristóbal Joham; como Alcalde del Tirol a don José Gatir. Ambos Alcaldes trabajarían de común acuerdo y para deslindar cuestiones de importancia, el párroco sería el árbitro.

No todo fue flores para los pozuzinos. Desde un principio tuvieron que aclimatarse, combatir enfermedades y cultivar plantas y frutos para ellos desconocidos. ¡Cuántas vidas, cuántos sudores, cuántas lágrimas han sorbido las tierra pozuzinas!.

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