EL RESCATE DEL INCA

rescate del incaCautivo de los invasores españoles, Atahualpa se dio cuenta que tenía delante de él una cáfila de ambiciosos enceguecidos por el brillo metálico de sus joyas. En la suposición que satisfecho sus apetitos se marcharían como habían venido, les hizo un ofrecimiento. Llenaría una habitación con cántaros, ollas, ídolos, máscaras, tejuelos y otras piezas de oro; más dos habitaciones iguales de plata a cambio de su libertad. En la esperanza de que no sólo su promesa sino también un gesto de buena voluntad garantizaría su compromiso, ofreció al jefe de los invasores a su propia hermana, la hermosa princesa: Quispe Sisa, de tan sólo diecisiete años de edad.  Pizarro no esperaba otra cosa. Primero la hizo bautizar con el nombre cristiano de Inés Huaylas y luego la desposó. Él contaba cincuenta y cinco, ella, diecisiete años. Tuvieron dos hijos. La mayor, doña Francisca Pizarro Huaylas, llegó a ser famosa, el otro, Hernando, murió.

La ordenanza para cumplir el pago del rescate se expandió por todos los confines del Tahuantinsuyo. De los más apartados lugares comenzaron a llegar a Cajamarca cargamentos de lo pactado. Con mano temblorosa el cronista Agustín de Zárate, describía lo que llegaba. Cada día rebasaban cargas de treinta, cuarenta y cincuenta mil pesos de oro y algunas de sesenta mil. Pero cuando recibieron los cargamentos de la zona central remitidos por el general Chalcuchimac, pelaron tamaños ojos para admirar el increíble abundamiento. Allí se iban las óptimas primicias de los socavones aurorales del Perú, especialmente de lo que hoy es el Cerro de Pasco, constituyendo  el más  rico botín que conquistador alguno encontrara reunido jamás en ningún rincón de la tierra; ni los romanos en Europa, ni los árabes en España, ni los españoles en el Caribe. Jamás se había  visto nada igual. Ídolos imponentes con miradas de ágata y rubí; collares de cuentas áureas, enormes como guijarros, con aguamarinas, esmaltes y melanitas; zarcillos de caprichosos diseños trabajados en oro con montura de nácar, coral o venturina; camafeos de veleidosos berilos engastados en oro brillante; recias muñequeras con incrustaciones de pedrería; opulentas galas de  prodigiosa orfebrería de blanquísima plata; piochas, dijes, prendedores, preseas y aderezos de oro y plata; choclos y guacamayas, ajíes y lagartijas; mágicas mariposas –juguetes de niños nativos- en oro casi transparente que rompiendo leyes físicas se desplazan volando por los aires con gráciles  vaivenes; cántaros, máscaras, vasos e ídolos de oro; llamas, vicuñas, guanacos, tarucas, challwas, ranas y demás fauna doméstica, asombrosamente labrada en tamaño natural. Pero Pizarro –soldado burdo e ignorante- no era precisamente un admirador de obras de arte y en uno de los mayores actos de vandalismo–la codicia sobre la sensibilidad- ordenó a los indios “grandes plateros  que fundían con nueve forjas” transformen todo en lingotes para el reparto.

Felizmente, por extraño milagro, una ínfima cantidad fue salvada. Según la crónica del sevillano, Francisco de Xerez: “aparte de los cántaros grandes y ollas de dos y tres arrobas, fueron enviadas al rey, una fuente de oro grande con sus caños corriendo agua; otra fuente donde hay muchas aves hechas de diversas maneras y hombres sacando agua de la fuente, todo hecho de oro; llamas con sus pastores de tamaño natural primorosamente trabajadas; un cóndor de plata que cabe en su cuerpo dos cántaros de agua; ollas de plata y de oro sólido en las que cabía una vaca despedazada; un ídolo del tamaño de un niño de cuatro años, de oro macizo; dos tambores de oro y dos costales de oro, que cabrá en cada uno dos hanegadas de trigo”. Pedro Sancho –reemplazante de Xerez en determinado momento- puntualiza que “sólo se fundieron piezas pequeñas y muy finas; que se contaron más de 500 planchas de oro del templo del Cusco de cuatro y cinco libras, hasta diez y doce libras, y que entre las joyas había una fuente de oro toda muy sutilmente labrada que era muy de ver, así por el artificio de su trabajo como por la finura con que fue hecha, y un asiento de oro muy fino –la tiara del inca o del sol- labrado en figura de escabel que pesó diez y ocho mil pesos”. El escribano Xerez, dice maravillado: “El oro y la plata del inca que se hubo recogido del campo cajamarquino, en piezas monstruosas y platos grandes y pequeños y cántaros y ollas y braceros y copones grandes y otras piezas diversas, hacen un total de 80 mil pesos de oro y siete mil marcos de plata y 14 esmeraldas”. El tesoro estuvo constituido por joyas y utensilios de oro y plata en un volumen  ciclópeo. Un cálculo actualizado de un especialista dice que el tesoro de Atahualpa arrojaba la cantidad de 8,545 millones con 598.57 dólares americanos, suma que sobrepasa la  deuda externa y el presupuesto anual de la República del Perú.

Deslumbrados se enteraron que estos tesoros los traían de las alturas del centro. Creían que de las minas de Jauja, lugar que andando los días recibiría el nombre de Santa Fe de Xatun Xauxa (25 de abril de 1534). Entonces, Francisco Pizarro, envió a su hermano Hernando con un séquito de soldados para contactarse con Chalcuchimac. Él sabría indicarles el lugar donde se ubicaba el extraordinario venero de metales. La expedición la integraban catorce jinetes y nueve peones. Entre los principales estaban, Hernando de Soto, Juan Pizarro de Orellana, Lucas Martínez Vegaso, Diego de Trujillo, Luis Mazza, Rodrigo de Chávez, Juan de Rojas Solís y el joven cronista Miguel de Estete.

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