PASCO Por Aurelio Miro Quesada

Un libro que resultó de sus viajes por nuestro territorio, habla de los elementos que más le impresionaron en cada lugar que visitara. Referente a Pasco, que es el nombre de la crónica que publicamos, recogemos el acierto de ellas que, viniendo de un visitante notable, es doblemente impresionante.

Cerro de Pasco 1Al salir de la vega del Mantaro, el camino se va haciendo difícil. Torcemos a la izquierda entre parajes agrios, corriendo por una quebrada tan estrecha que ha habido que horadar más de un túnel en el cerro. Se acabaron los campos extensos, los quishuares esbeltos, los trigales. Ahora vemos montañas desnudas, puquiales que resuman, cauces pedregosos, quebradas hondas; y, como para acentuar la gravedad, un viejo puente con torres cuadradas. La calva aspereza de las rocas debe ser efecto no solo del frío y de la altura, sino también de la industria minera tan cercana; y, así, como un reproche, observo que una hostería del camino lleva el nombre de “La neblina Americana”, evidente aunque eufemística alusión a los humos de la Oroya.

El automóvil me hace pasar luego por el barrio de Chúlec, agradable lugar residencial, verdadero sitio de refugio en esta zona rica, pero desgraciadamente tan inhóspita. Estamos ascendiendo a una de las partes más altas del camino. Esta es la puna plena, con lagunas metálicas, mesetas de paja amarillenta, colinas blandas e infinitas que se suceden unas a otras, como para llegar a los nevados que vislumbramos a lo lejos. Puna severa, rala, fría, batida siempre por el viento, y donde las únicas notas de vida son la grama minúscula, el paso sereno de las llamas y alguna choza rústica arropada bajo un techo de paja. Región de silencio y de misterio, en que hasta el cielo mismo nos parece que deja de ser azul, para acomodarse al aire pálido y como esmerilado del paisaje.

Y fue en esta región – “techo del mundo”, como decían los antiguos viajeros- donde se desarrollo una de las batallas de mayor trascendencia para los destinos del Perú. En la amplia pampa de Junín- “sunin” parece que significa, precisamente, vasto, extenso- se libró el 6 de agosto de 1824 el combate entre las fuerzas realistas y el ejército emancipador, que no sólo dio una descollante victoria a éste, sino que le abrió las puertas para sellar más tarde, en Ayacucho, la independencia de todo un Continente. En el lugar donde la lucha fue más áspera, se ha levantado una columna, coronada por un redondo sol de bronce, que ostenta solamente la palabra  “Junín”.

Fue un duelo extraño y singular, como convenía a este ambiente de puna. No se escuchó un disparo, no hubo un solo ruido de metralla; sino el sordo rumor del galope tenaz y fatigoso de las caballerías. El ejército patriota venía del norte. Encabezado por Bolívar y reuniendo entre sus filas nombres ya tan sonoros como Sucre, Córdova, La Mar, Santa Cruz, Necochea, Gamarra, Miller. Los realistas avanzaban del sur al mando de Canterac. En su grave desfile, desplegaban los cuerpos de su ejército apelativos audaces y probados; Dragones de la Unión, Dragones de Lima, Granaderos de la Guardia, Húsares de Fernando VII, Escuadrón San Carlos y Guardias del Virrey.

El 6 de agosto las caballerías de ambos ejércitos –que iban adelantadas- se encontraron. Hubo chocar de aceros, fuertes voces de guerra, arremetida esforzada y vivaz de los caballos. La “ciénaga cubierta de verdor” de que nos hablan los informes del día, se vio también cubierta de sangre en muchas partes. Necochea, herido por siete lanzadas, es reemplazado en el mando por Miller. Un momento parece que han de ser los realistas los que dominen la batalla. Continúa la lucha y entonces no se ve sino mezcla de brazos y corceles, sonar de cascos y de arzones caídos. Hay una dispersión que el comandante Isidoro Suárez aprovecha. Sus Húsares del Perú arrollan con gran ímpetu y deciden el lance. Los realistas tienen que replegarse, y la arrogante caballería de Canterac recibe, junto con la derrota de esa hora, una herida mortal irrestañable. El comandante Suárez se ve, en cambio, envuelto por la gloria. La caballería peruana –vendría a decir más tarde Miller- fue la que dio “la ganancia del día”. Los Húsares del Perú eran llamados, desde ese momento, por Bolívar, Húsares de Junín; y en la posterior demarcación el Departamento que se creó fue bautizado con el nombre de la pampa, perdiendo el antiguo y prestante de Tarma.

Ahora, sin embargo, se ha producido un nuevo cambio en la demarcación política, cuando se creó el Departamento de Pasco, segregado de Junín, y se le dio como capital a la ciudad del Cerro de Pasco. Ciudad elevada, agrupada, compacta, de población muy numerosa relacionada casi en su totalidad con la industria minera, presenta un movimiento y una vida comercial considerables. Sobre todo a la caída de la tarde. Empiezan a poblarse de rumores sus calles principales, o se animan de pasos otras calles estrechas y torcidas, con casas encaladas, zócalos negros, techos de calamina, y a veces puertas y hasta muros de un verde brillante y excesivo.

El ambiente de la población es así totalmente moderno. Los mismos monumentos de sus plazas –algunas de las cuales no es sino un breve y simple triángulo- recuerdan episodios y figuras de nuestra historia más cercana: la muerte gloriosa de quienes componían la “Columna Pasco” en la guerra con Chile; el sacrificio de un cerreño como el ilustre Daniel A. Carrión, quien rindió la vida por inocularse el germen de la verruga en una heroica investigación científica, que ya se ha hecho legendaria. Sorprende por eso saber que el actual Cerro fue fundado por el Virrey Manuel de Amat, reedificado como “Distinguida Villa” por Hipólito Unanue, y consagrado, en 1839, con el título de “Opulenta Ciudad del Cerro de Pasco”.

En realidad, esa opulencia no ha correspondido tanto a la ciudad como a las minas de cobre, de plata y hasta de oro, circundantes. El Cerro ha sido sólo un lugar de refugio y de comercio, esforzado campamento minero, rodeado por cerros de riqueza, horadados por cuevas y galerías subterráneas y envuelto en cierto prestigio de leyenda que ha sabido poner su nota cálida en el frío cortante, hecho aún más intenso en esta altura de 4,300 metros. Poco a poco, el campamento se fue haciendo Villa; la villa convirtióse en ciudad; y en sus calles brotaron tiendas, casas, edificios comerciales, hoteles animados y un resonante Club Social, en el que es fama iban y venían en el juego apuestas de carros de ferrocarril cargados de mineral, que correspondían a decenas de miles de soles.

Este mismo carácter hace que el Cerro de Pasco, sino tiene como ciudad una fisonomía muy marcada, presente sin embargo, desde el punto de vista humano, un importante valor de documento. A diferencia de otras poblaciones, lo que interesa allí no son los edificios sino los habitantes. Al Cerro acuden gentes de todos los lugares, atraídas por el trabajo de las minas, que vienen a cambiar en esta nueva bolsa, esfuerzos, costumbres,  reacciones, opiniones, problemas, algunas veces los problemas y las opiniones son explícitos; pero otras surgen o se adivinan en un canto, en un modismo, en una música. Como en esas canciones y “mulizas”, traídas quien sabe desde cuantos lugares, pero acuñadas en el Cerro y repetidas junto a la guitarra en esas noches en que el corazón se hace más amplio y la confidencia es más urgente.

Y así hay cantos de trabajo y de amor, de nostalgia de tierra y de esperanza; dolores del esfuerzo, desengaños sentimentales, junto a triunfos. Un día es la amada que se va; o es el problema de la vida moderna que pone su angustia y su aventura en una existencia que puede ser penosa pero que no sabe el dolor del azar. Otra vez es un idilio suave cortado bruscamente por la llamada cotidiana al trabajo:

El pito de “la Central”

ya me llama, cerreñita.

Para librarme del mal,

que me bese tu boquita.

 

La canción es mestiza; pero parece que en ocasiones el alma misma del paisaje trae el recuerdo de voces lejanas. Se habla así de las flores sencillas de otros campos; el fino dulzor del capulí; de las “urpis”, esas palomas de tanto abolengo en los cantos andinos (“Urpillay de negros ojos” –”Te quiero pertenecer sólo a ti, mi palomita”). O se deciden los cantos amorosos por las letras bilingües, escritas en el “runa-simi” de la región y en castellano:

Puca huya cerreñita,

capulí ñahui pasqueñita

cuyaycamamay corazoncita,

ama gongamaicho ñañita.

 

En ocasiones, la “muliza” deja su nota leve y apacible para llegar a motivos profundos. El tema solo puede ser individual, pero la intensidad de la vida le hace alcanzar un hondo sentido filosófico. Así es la canción “A ti” (letra de Mariano V. Collao, y música de Graciano Rixi), una de las más intensas de la lira cerreña:

De la vida en el camino

muchas veces encontramos

al placer que va de prisa,

al dolor que va despacio.

 

Cuando una flor se marchita

otra flor brota en la tierra;

cuando una pena se acaba,

nace en el alma otra pena.

 

Dicen que la vida es sueño

y todos quieren soñar,

!sueño yo cosas tan tristes

que quisiera despertar!

 

Pero es sólo el decaimiento de un instante; porque luego el espíritu se anima y vuelven a triunfar en las “mulizas” el dinamismo y los afanes de la vida cerreña.

 

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