LA COLUMNA PASCO (Segunda parte)

la columna pasco
Cuando la escolta se ubicó a la puerta de la iglesia de Chaupimarca, los cerreños, uno a uno, en ordenada fila, “desfilaron delante de la enseña sagrada de la patria besando reverentes sus pliegues eternos”. Era la mañana del domingo 6 de mayo de 1879, horas antes de partir a los frentes de lucha.

La mañana del domingo  6 de mayo de 1879, todo el templo de Chaupimarca rebozaba de gente. Con marcado recogimiento encomendarían al Todopoderoso la divina custodia de aquellos 220 valientes de la Columna: flor y nata del Cerro de Pasco. Todo el pueblo estaba en la iglesia. Como nunca. El Altar Mayor profusamente iluminado por gran cantidad de velas encendidas por manos temblorosas y suplicantes. Los altares reverberaban adornados de flores blancas y rojas. En la nave central se había dispuesto una calleja donde se ubicarían los soldados de la Columna.

A las once de la mañana, redoble de tambores, estridencia de pífanos y trompetas, anunciaba la llegada de los inmortales. Presididos por las autoridades, el comité de damas portaba el sagrado lábaro de la patria; a continuación, los guerreros de estas tierras. Hermosas casacas rojas con filetes azules y botones dorados; pantalones blancos sujetos con altas botas granaderas; kepís rojos con vivos azules y dorados; novísimo fusil Remington con bayoneta calada; mochila, frazada, capote de aguas, cantimplora. Jefes y oficiales portaban, además, hermosos sables toledanos.

Fue verdaderamente conmovedor aquel supremo momento.

 En ambiente de contrito recogimiento popular, el viejo párroco Silvestre Castañeda  dijo la misa; impartió su bendición a los soldados que se hallaban prosternados y procedió a la consagración de su bandera de guerra. La enseña estaba hermosa. Había sido bordada en oro y plata; sus flecos y pliegues relucientes conservaban todavía húmedas las lágrimas de las madres, hermanas, novias y esposas de los que irían a morir por la patria.

En medio de un silencio dramático, se escuchó los pasos del sacerdote al trepar las gradas del púlpito. Los ojos húmedos convergieron en él, como nunca, dijo unas palabras cargadas de profunda emoción patriótica al final de las cuales invitó a los fieles a que salieran a la plaza para presenciar la entrega de la bandera a manos de los soldados.

La bandera desplegada en manos de las matronas, salieron a la plaza. Ya en ella, en marco de conmovedora ternura, la anciana madre del portaestandarte Manuel Saldarriaga, se aprestó a colocar la bandera en el asta correspondiente. El bizarro Manuel Saldarriaga -inmensos ojos claros y cara de niño- inclinó el asta y, su anciana madre, procedió a colocarla. ¡Cómo le temblaban las manos! En su pálido rostro se notaba el esfuerzo que hacía para no deshacerse en lágrimas. El hijo en marcial apostura luchaba con la misma emoción. En el ámbito de la vieja plaza no se oía ningún ruido. Cuando se hubo terminado el acto, los soldados cerreños presentaron armas y el corneta Fermín Eusebio ejecutó un largo toque de atención que se escuchó en las lejanas distancias mineras. Así, en silencio reverente, se escuchó la tronante voz el coronel Manuel Mori Ortiz, jefe de la Columna:

— ¡Soldados!… ¡¿Juráis por Dios y por la Patria, luchar y si es preciso morir, en defensa de nuestra bandera…?!.

—¡¡¡Sí, Juro…!!!

La respuesta no sólo fue de aquellos héroes. Todo el mundo, emocionado hasta las lágrimas, hizo eco de la decidida respuesta de los bisoños soldados. En ese momento, de los cuatro rincones de la plaza cerreña, acompañando a los invictos guerreros, hombres, mujeres y niños, entonaron la hermosa canción de la patria.

Cuando la escolta de ubicó a la puerta de la iglesia, todos uno a uno, fueron desfilando delante de la enseña sagrada besando reverentes sus pliegues eternos y gloriosos.

Aquella noche los soldados no pudieron dormir. Desde la cinco de la mañana,  estaban en pie. El día felizmente se anunciaba sereno. El cielo lucía muy pocas nubes. No nevaría.

A las seis comenzaron a marchar por las calles de la vieja ciudad. Abriendo el desfile, la bandera de guerra, seguida de la plana mayor de la Columna. Adelante, sable en mano, el Teniente Coronel Manuel Mori Ortiz, a continuación el Sargento Mayor Enrique Callirgos, segundo jefe. Inmediatamente la escolta integrada por Manuel Saldarria­ga, Felipe Reggiani y Adolfo Coursejolles. Luego, en orden sucesivo, las 1º, 2º, 3º y 4º Compañías de la Columna Pasco. Bordeando los caminos, grandes y chicos, los cerreños aplaudían y vitoreaban. Todos los seguían. Ellos, gallardos y emocionados, hacían trepidar las empedradas calles mineras.

La Diputación, Ijurra, Calle Parra, Plazuela del León, Plaza Chaupimarca. Banderas, adioses, flores, lágrimas, cánticos a los que partían. De allí, por Sovero, Junín, los pasos vibrantes y los ojos húmedos, los gloriosos soldados de nuestra Columna deseaban recorrer por última vez las viejas calles de la infancia que nunca más volverían a ver. Querían sentir el adiós de los que amaban, el último vaho de la tierra querida y, entre dulces evocaciones, más de una lágrima rodó por sus rubicundos rostros. De allí a Uliachín por la Chancayana, rumbo a Lima, luego al sur, al frente de guerra, al heroísmo, a la inmortalidad.

La gente con banda de música, flores, y pancartas acompañaron a nuestros soldados a dos kilómetros de la salida del pueblo. Allí quedaron los rostros empapados de las madres, los labios temblorosos del último beso de los novios y los esposos; los fraternales abrazos de los hermanos y amigos.

Fusil en bandolera, nuestros valientes soldados partían para no volver más, rumbo a la gloria, a la eternidad. Era el lunes 7 de mayo de 1879.

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Desde el 7 de mayo, nuestros 220 inmortales, atravesaron páramos fríos, soledosas cordilleras, amenazantes abismos; enfrentaron despiadadas granizadas, silenciosas nevazones, flamígeros truenos e imparables trombas de agua para llegar a la estación del ferrocarril central, en Chicla. Allí se embarcaron rumbo a Lima.

Continua…

 

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