LA COLUMNA PASCO (Cuarta parte)

la columna pasco IV parteDomingo 5 de octubre en la Mañana. Después de permanecer en Iquique por cuatro días, partieron a La Noria, a quince kilómetros. En este lugar, gracias a Dios, amenguó la dramática situación. Aquí están los yacimientos de Pozo Almonte, Argentina, Peña Chica, Peña Grande y Cocina, que exportan cuatro millones de quintales de nitratos al año. ¡Hay que cuidar el botín!

Durante ocho días estuvieron en la Noria, luego marcharon al Monte Soledad, a 40 kilómetros al sur de Iquique y muy cerca de Calama, importante cuartel chileno. La Columna Pasco bajo el mando del Comandante Eleodoro Dávila, iba a la vanguardia seguida de la Provisional Lima Nº 3, al mando del Coronel Pedro Zavala, seguida de las dos compañías del Batallón Ayacucho al mando del Coronel Roselló. Cerrando filas los 50 Húsares de Junín al mando del Coronel Suarez.

Domingo 12 de octubre de 1879, en la mañana. Partieron con las primeras claridades del alba. A poco de caminar el sol ya chamuscaba al poblado como un gigantesco horno. Los labios resecos se consumen en costras superpuestas que impiden hablar. La bendición de las cantimploras no puede alargarse. Apenas si es posible humedecer los labios tumefactos. Los ojos se enrojecen de febril aridez. Alfredo O’ Hara “el gringuito”, se aleja tras larga caminata como un autómata; sus labios resecos sonríen y sus ojos sanguinolentos ven una ilusión; su fiebre alocada, en disloque de tiempo y espacio la ha vuelto al Cerro de Pasco. Allí esta él, caminando por las inmensas soledades cubiertas de nieve. Va a la mina de su padre Frank O’Hara. La alfombra blanca de hunde a cada paso que da que se arrodilla para hartarse de su inmensa frescura, suya, muy suya. Ahora, cuando se ha arrodillado y como un alucinado recoge la arena que se le escurre entre los dedos en su delirio de estar cogiendo la nieve, sus compañeros lo levantan.

-¡Alfredo!…¡Alfredo!…Bebe un poco, hermano -las manazas de Pío Ángel le acercan la mezquina cantimplora y vierte unos sorbos en las labios balbucientes.

-¡Pobre muchacho!… ¡Está loco! -afirma el cabo Ezequiel Fuentes.

-¡No!, no. Es solo este calor asesino. Humedécele la frente y pide a Bocanegra un poco de vinagre Bully. Ponle en el cerebro. Eso le refrescará.

Luego de ligerísimo descanso para ingerir el magro rancho han seguido su camino. Tiene la impresión de no moverse del mismo sitio. Unidos, alentándose los unos a los otros, los hombres de la Columna Pasco que van a la vanguardia, avanzan. Por fin, cuando las sombras refrescantes engullen las brasas del sol, alcanzan a ver una aldehuela acurrucada en el arenal, alentados avanzan como autómatas, y al llegar beben agua como locos, y luego de apurar un poco de charqui y mote caen como muertos. A dormir. Están en Solferino y es la noche del 12 de octubre de 1879. ¡Han caminado doce horas ininterrumpidamente!

Domingo 12 de octubre, en la noche. Para evitar los aciagos problemas que se habían soportado, se dispuso que la marcha se continuara aquella misma noche. Los hombres solo han descansado ¡tres horas! Presintieron que el sol ya no les molestaría y de noche avanzarían con más frescura. Supusieron mal. A medida que progresaban iban sintiendo un frío cada vez más horroroso: el frío nocturno de los desiertos. Se cubrieron con sus frazadas y unieron sus correajes para caminar unidos y no extraviarse en la noche. Hicieron bien. A medida que avanzaban, apareció una niebla espesa como humo de carbón con emanaciones de yodo y bromo que impedían distinguir a corta distancia. ¡¡”Es la maldita camanchaca”!! -murmuró alguien.

Así, con la “camanchaca” y el frío punzante que hería el rostro y los ojos, cayéndose de sed, hambre, frío y cansancio, avanzaban. Muchas veces habían dado vueltas en el mismo lugar, perdidos, sin un guía experto. Por fin, a las cuatro de la mañana, como almas en pena llegaron a Pan de Azúcar. Aquí se hizo un alto y se repartió unos mendrugos y un poco de agua. ¡Habían caminado catorce leguas más!

Lunes 13 de Octubre de 1879, en la mañana.- Los hombres, presas de extremo cansancio y la moral decaída se abandonaron al sueño. Los jefes que el trayecto lo habían hecho cabalgados, juzgando que los extravíos los había retrasado demasiado, decidieron continuar. Era inverosímil, pero así ocurrió. A las seis de la mañana, urgidos por sus jefes, aquellos espectros vivientes estaban nuevamente de pie. ¡Habían descansado solamente dos horas! Dos horas de pesadillas y alucinaciones. Dos horas solamente cuando habían caminado por un espacio de veintiséis, ininterrumpidas. ¡Así fue! ¡Es cierto! ¡Y se aprestaban a realizar otra prueba de resistencia humana!

Cuando el infierno comenzaba a encenderse a la salida del sol con los uniformes hechos jirones, los zapatos deshechos, salieron de Pan de Azúcar. La ruta era barrida por un viento silbante que con sus miles de microscópicas esquirlas, azotaba desollando los rostros. Sus pasos eran vacilantes arrastrados. Parecían condenados caminos al cadalso. De pronto, un grito gutural del teniente Evaristo Candiotti les hizo levantar las caras despellejadas y una ligera sonrisa se escorzo en aquellos rostros fantasmales. Allá en el fondo, como un milagro, se divisaba a un grupo de rancherías. Era la Alianza.

Acopiando fuerzas de su esmirriada osamenta, Demetrio Bocanegra, sargento primero de la cuarta compañía alentaba su tropa. A unos y a otros, palmadas en el hombro, estrechadas de mano, sonrisas sobrevivientes. De pronto nota que faltan dos de los más inseparables compañeros… ¿Dónde están? pregunta. Nadie los ha visto. Al final, unos soldados que venían atrasados dijeron haber visto a dos hombres, uno ayudando al otro, que se rezagaban, pero no sabían más… ¡Dios mío!…¡Se han extraviado! ¡Hay que darles alcance! A la carrera se ha puesto delante de su compañía…

-¡¡Necesito a un voluntario que me acompañe!! -grita Demetrio Bocanegra con su voz seca pero apremiante.

-¡¿Qué ha ocurrido?! -se alarman los guerreros.

-¡Dos de nuestros hermanos se han extraviado¡…¡Seguramente se han quedado en el camino!…¡Hay que buscarlos!

-¡Yo iré! -la voz del sargento segundo Federico Bustamante ha sido terminante.

-¡¡Bien, me alegra!!, usted sargento es uno de los más fuer­tes!…regresemos a buscarlos…!

Bajo el fuego agobiante del mediodía, con el sol implacable y tenaz han desandado el camino antes recorrido. Ya se encontraban extenuados cuando, alcanzaron a ver los cuerpos inmóviles de dos hombres tirados sobre el arenal. Avanzando a duras penas llegaron al lugar. Uno de ellos estaba inerte, inmóvil, y el otro  apenas si lograba respirar. Eran los dos soldados de la Columna Pasco. El que acababa de morir era Elías Papreniza; el otro era Fernando Rowe, el rubio hijo de un comerciante inglés. Ambos no se habían separado. Fernando Rowe se había quedado auxiliando a Papreniza que, víctima de disentería y deshidratación, había muerto un poco antes. El abnegado soldado rubio, agobiado por el inmenso cansancio, había quedado allí tendido, después de tratar de reanimar infructuosamente a su amigo de toda la vida. En vano trataron de reanimarlo. Al contacto con el agua que corría por la comisura de sus labios, entreabrió los ojos azules en una mueca que en lugar de sonrisa era un rictus doloroso y dramático. Quedó mirando un rato, luego, esos ojos enormemente abiertos, se quedaron fijos e inanimados para siempre. Acababa de morir.

Demetrio Bocanegra y Federico Bustamante no supieron qué hacer. Permanecieron de rodillas, inmóviles, anonadados. Cuando Demetrio cerró los ojos azules de Rowe, un sollozo convulsivo sacudió su cuerpo; entonces, como un niño desamparado buscó los brazos de su colega que también estaba sollozando. Un dolor sobrehumano, lacerante, los unió. Luego de un rato, ya más tranquilos, con sus manos febriles abrieron una tumba y los pusieron allí, juntos, muy juntos, como siempre habían estado en la tierra amada y lejana.

Cuando la noche ensombrecía los arenales, en una prueba de esfuerzo sobrehumano llegaron al campamento donde sus compañeros los esperaban ansiosos de interrogación.

Continúa….

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