La Columna Pasco (Sexta parte)

la columna pasco VI parteMiércoles 19 de noviembre de 1879, en la mañana.- Al rayar el alba el sol se abrió en gigantesco y luminoso abanico sobre la pampa. En la cima del cerro Dolores de San Francisco, armados con gigantescos cañones alemanes KRUPP y numerosas ametralladoras, estaba el ejército enemigo. Nuestras tropas se hallaban al norte de la oficina de Santa Catalina extendida junto a la línea del ferrocarril con la específica misión de tomar aquel cerro por lo estratégico de su posición y su abundancia de agua. Desde allí se podía dominar perfectamente toda aquella inmensa extensión. Bajo los abrasadores rayos del sol que caían a plomo sobre el desierto nuestros soldados estuvieron todo aquel día sin probar alimentos. No lo tenían. En 48 horas no habían probado bocado. La escasísima agua que habían encontrado en la oficina del El Porvenir, apenas si alcanzaba para mojar los labios resecos y cuarteados. Con los uniformes en harapos y fatigados hasta el extremo tuvieron que quitarse los últimos retazos de lo que habían sido sus calzados para engrasarse los pies ampollados: sus inflamadas plantas no podían soportar los hirientes calamorros ni la quemante arena desértica. El martirio de aquellos valientes era supremo, pero estaban allí, dispuestos a entrar en combate.

Después del mediodía formaron batallones en doble línea. La primera conformada por la División Exploradora compuesta por los batallones: la Columna Pasco, con sus cuatro compañías; Provisional Lima Nº3; y la Nº1 de Ayacucho, al mando del general Pedro Bustamante; la División Ligera, compuesta por una compañía del Zepita y otra de Ayacucho, a cargo del general Rosell.

El general Pedro Bustamante se debatía en terrible dilema por órdenes contradictorias recibidas. El 14 le habían ordenado: “Ataque en el acto sin trepidar”; y cuando estaba todo listo para cumplir la orden, el 18 le llega la contraorden. Muchos de los jefes, entre ellos Andrés Avelino Cáceres, lo conminaban para que atacase de inmediato; otros, por el contrario, le decían que mejor era esperar la llegada del refuerzo boliviano ya que con él el triunfo sería seguro. Así las cosas, el coronel Belisario Suárez, porfiaba ante el general Bustamante:

-Sigo insistiendo, mi General. Esta es la ocasión propicia para atacar, caso contrario la división chilena que viene de Pisagua reforzará a los defensores del cerro. Actualmente estamos en igualdad numérica; con el refuerzo ellos nos duplicarán y será muy problemático el vencerlos.

-¡No atacaremos hasta mañana, coronel Suárez!, ¡Tenemos que esperar a que llegue el refuerzo boliviano!.

-Pero, mi general…Ya las tropas están formadas listas para atacar -Roque Saenz Peña pidió permiso y dijo- el teniente coronel de nuevas milicias Ladislao Espinar, pide permiso.

-¡Hágalo pasar! Al entrar, el miliciano cuzqueño saludó con marcialidad y, con voz emocionada dijo:

-Mi General, hasta hace un año fui propietario de una salitrera al oeste del cerro Dolores. Ello me permitió conocer todo este territorio como la palma de mi mano…

-…¿Y? -preguntó Bustamante.

-He observado la posición tomada por la artillería chilena posesionada del cerro y creemos que podemos vencerlos muy fácilmente.

-¿Por qué afirma eso, Espinar?…

-¡Debemos atacar por la garganta del cerro a donde no llegará el fuego de sus cañones! ¡Para ello, mi General, debemos amagar por los flancos.

-¡Veamos el mapa! -Lo hicieron detenidamente y quedaron sorprendidos.

-Si me permite, mi general -siguió diciendo el impetuoso cuzqueño- debemos amagar por oriente y por occidente como si tratáramos de franquear el cerro. Cuando los chilenos estén ocupados en defender los costados, en un ataque frontal nosotros  treparemos el cerro y venceremos.

-¡Es una gran probabilidad! -comentó al entusiasmarse Bustamante.

-¡Pero el ataque debe ser ahora!…¡De inmediato!…¡No esperar más! -sentenció Espinar.

La conversación se vio cortada de pronto por un bullicio de cabalgaduras y arneses. Llegaba completamente extenuado y a revienta cinchas, un oficial peruano que había ido a dar alcance al general Hilarión Daza con el fin de apremiarlo para que apresurara a reforzar nuestras filas.

-¡Traición, mi General, Traición! -comenzó a tartajear el oficial.

-¡Explíquese, capitán!… ¿Qué ha ocurrido? -interrumpió Bustamante.

-¡No vendrán, mi general!…¡Los bolivianos no vendrán!

-¡¡¿Qué dice usted, carajo….?!!…

-El mismo Hilarión Daza me dijo que esta era una causa perdida en la que no seguirá participando…

-¡¿Qué el general boliviano Hilarión Daza no vendrá?!…

-¡Así es, mi General. Es más, comandando a sus hombres a emprendido la huida a Bolivia, no sin antes dejar la orden de que sus soldados se desbanden y regresen a su tierra…

-¡¡Maldita sea!!…

-¡Ya no contaremos con ellos, mi General…Los bolivianos nos han traicionado.  Ahora debemos luchar solos…

Por más que se trató de ocultar, la noticia se filtró rápidamente entre oficialidad y tropa que, estupefactas y con la indignación al máximo, maldijeron a los bolivianos. La furia que se encendió en sus almas fue terrible. La ira se desencadenó en un clamor imparable que enervó a nuestras tropas. Es en estas circunstancias que, siendo las tres y diez minutos de la tarde, Ladislao Espinar montó sobre su recio moro y señalando el cerro de Dolores con su sable picó espuelas y el noble caballo partió como una centella a su destino.

Inmediatamente, como movidos por un resorte, los integrantes de la Columna Pasco, del Zepita y de Ayacucho, con la bayoneta calada y la mirada fiera comenzaron a avanzar al grito de ¡¡Al cerro!!…¡¡Al cerro!!…¡¡Al cerro!!…Estas voces varoniles se confundían con los de los bolivianos que habían visto la oportunidad de huir ¡¡¡A Oruro!!!…¡¡¡A Oruro!!!…¡¡¡A Oruro!!! huían traicionando a nuestros heroicos combatientes. ¡No sólo no llegaba el refuerzo, sino que los tres mil bolivianos que estaban en el frente, huían cobardemente. ¡Pensar que nosotros estábamos metidos en esa guerra por defenderlos a ellos!. Sólo algunos jefes y dos grupos de soldados se salvaron del deshonor y junto con nuestros hombres escalaron el cerro: el ILLIMANI Y  LOS COLORADOS.

Los chilenos habían abierto un tremendo cañoneo y de todos los contornos del cerro se levantaban negros penachos de humo. El estampido de los cañones repercutía con fragor en los cerros junto al traqueteo de ametralladoras que diezmaban a los nuestros. Nuestra Columna Pasco aproximando su primera línea al pie del cerro, respondía vigorosamente con una implacable lluvia de balas.

El sol abrasaba, la sed era tremenda. Nuestros soldados tenían que superar la distancia del objetivo: 32 cañones chilenos que escupían fuego sin cesar escoltados por innumerables ametralladoras que hacían inexpugnable el lugar. La falda escabrosa del cerro tornaba difícil el avance, pero, nuestros hombres avanzaban.

El corneta Domingo Eusebio trizaba la tarde con su trompeta penetrante y metálica. Tocaba a degüello. Alejandro Monfort, como un coloso,  comenzó a avanzar seguido de sus valientes. La primera descarga enemiga doblegó a varios guerreros. La nutrida crepitación de los fusiles les indicó que el enemigo estaba a dos palmos de distancia. Es entonces que con el calor tremendo, la ira reflejándose en sus ojos profirió un grito desafiante.

-¡¡¡Amárrense los calzones chilenos de mierda, que aquí llegan los cerreños!!!…

-¡¡¡Viva el Perú!!! -secundó Aníbal Chávez.

-¡¡¡Vivaaaaa!!!… -las voces roncas de los cerreños respaldaron la guapeada.

Atacaron como fieras enceguecidas. La larga bayoneta de Mauricio Torres penetró en el cuerpo de un chileno. Más allá, de un culatazo reventó un cráneo que se partió como una calabaza. Quiso seguir adelante pero sintió que su pierna derecha se inundaba de sangre. No podía caminar. Al caer, alcanzó ver un sable enemigo cebándose en su cuello. Quiso maldecir al oficial que lo hería y no pudo ver sino un surtidor de sangre que se le atragantaba en tanto sus ojos se extraviaban. Domingo Eusebio inyectaba coraje en esos cuerpos esqueléticos. Su trompeta seguía tremolando en la tarde quemante con un sol detenido allá arriba. El combate era fiero.

El capitán José Matías Salazar con sus ojos colgándole de la cara, avanzaba como un autómata hiriendo a diestra y siniestra con una bayoneta calada. Severiano Taramona, Juan Carhuancho, Manuel Rojas, Eduardo Montalvo y Tomás Osorio, habían conseguido formar un solo grupo. El duelo era con arma blanca de la parte peruana; ellos tenían sables y también balas.

-¡¡¡Adelante, mis cerreños, adelante!!! -Pío Ángel Figueroa, gigantesco como si en aquel instante su figura se hubiera centuplicado, avanzaba imparable con una herida abierta como un boquete en la frente.

La sangre empapaba las faldas de San Francisco, pero nuestros guerreros progresaban decididos. En su avance veían rostros con ojos reventados, cabezas con cabellos apelmazados en sangre y arena; torsos con salvajes tajos de sable; gargantas tasajeadas; vientres abiertos exhibiendo la grotesca variedad de sus intestinos; cabezas chamuscadas separadas por ígneos y certeros cañonazos; torsos, piernas, brazos separados, chamuscados, cubiertos de arena…

El avance era cruento, por cada tres pasos que daban, resbalaban uno; de esos labios resecos, tumefactos, monstruosos, como guturales gemidos de rabia, brotaban incontenibles las imprecaciones, las maldiciones, los gritos…La Columna Pasco iba a la vanguardia regando de héroes las faldas del cerro, en eso: ¡¡Hay que decirlo!!…¡¡No estaban sus jefes!!…¡¡Dios mío!!..¡¡Sus propios jefes los habían abandonado!!. Ellos estaban solos, solos en un combate sin tregua. No se veía la figura de Pedro Bustamante, Jefe General de la Columna. No estaban Mori Ortiz, ni el ignominioso individuo llamado Enrique Callirgos, el de las bofetadas, el valentón que se jactaba de ser un gran soldado. Todos los jefes habían abandonado a la Columna Pasco que en ese momento avanzaba junto al batallón Zepita. A nuestros hombres no les importó aquel abandono, siguieron avanzando guiados por la brújula de su corazón bravío.

En aquel momento resurge nuevamente la legendaria figura del heroico comandante Ladislao Espinar que poniéndose al frente de nuestro ejército gritaba a voz en cuello: ¡¡¡A los cañones!!!… ¡¡¡A los cañones!!!… ¡¡¡A los cañones!!!… Detrás de este heroico cuzqueño, nuestros hombres seguían inconmovibles, fieros, con paso firme y decidido. Delante tenían un valiente que le daba les ejemplo y había que estar con él.

Espinar los conducían desde su caballo. Señalaba lugares y hasta personas a quienes debían tirar. Cayó en ese momento el noble animal atravesado por la bala de un carabinero; entonces, sacudiéndose el polvo del gabán y enjugándose el sudor del rostro, continuó la repechada gritando: ¡¡¡A los cañones!!!… ¡¡¡A los cañones. Llegó hasta ellos el Mayor chileno Salvo que con suerte y puntería acertó a darle en la frente.

Ya en la cima del cerro, Manuel Saldarraiga, flanqueado por Felipe Reggiani y Adolfo Coursejolles, avanzó decidido a plantar nuestra bandera en territorio enemigo, cuando el impacto de un certero cañonazo los hizo volar por los aires. Con ellos la bandera bordada con las lágrimas de las mujeres cerreñas, caía ahora con honor, empapada de sangre guerrera y pólvora enemiga. Los aguerridos abanderados de nuestra gloriosa Columna yacían desjarretados, cubiertos de gloria, en tanto el combate seguía en derredor. Esta santa enseña de la patria fue tomada por el jefe chileno del batallón Victoria, Héctor la Torre. Hoy día la lucen como trofeo de guerra.

En ese instante, en el tope de los riscos posteriores de la cima resonó un formidable griterío de batalla. Eran los mineros del “Atacama” que llegaban como fieras, saltando sobre las peñas, precipitados como demonios con las bayonetas rectas frente al pecho. Cuando los bravos de la Columna Pasco advirtieron la carga, se pusieron a pie firme, clavados sobre la arena y soportando la terrible carga con coraje. La trompeta de Fermín Eusebio tocaba a degüello. Alejandro Monfort, gritando a voz en cuello arengaba a la tropa de la Columna en un choque entre los mineros de “Atacama” y los mineros de la “Columna Pasco”. Otro tanto hacían Pío Ángel Figueroa y Aníbal Chávez. Las faldas de los cerros se cubrieron de centenares de cadáveres. ¡¡¡Tres veces habían sido tomados los cañones chilenos y tres veces los habían recuperado!!!

Miércoles 19 de noviembre de 1879, al atardecer.- Después de dos horas de combate en que la artillería chilena había disparado 815 cañonazos apoyando a su infantería, los arenales de San Francisco quedaban regados por la sangre patriota peruana. En las fragosidades de sus faldas tirados los restos de 158 cerreños, muertos heroicamente en defensa de la patria, lejos de la tierra que los viera nacer. Habían tratado de conquistar lo imposible y en ese desempeño habían caído como hombres.

La suerte estaba echada. Heridos, exhaustos, hambrientos y con una sed devoradora, los gloriosos infantes de la Columna Pasco fueron reagrupándose. El corneta Eusebio, herido en una pierna, no había perdido su instrumento. Haciendo esfuerzos supremos llamó a reunión y nuestros hombres fueron reagrupándose. En ese momento aconteció lo increíble, lo inverosímil. Con sus uniformes intactos, sin ningún rasguño, como cobardes alimañas aparecieron en el escenario Mori Ortiz y el despreciable Callirgos. Nuestros soldados, entonces, conservaron su orgullo, sólo con sus miradas de infinito desprecio los arrojaron como a viles gusanos. Podían haberlos matado por traidores y cobardes ya que ninguno de los infames no había combatido. Nuestros hombres juzgaron que no era necesario, que aquellos cobardes estaban muertos en vida y hedían.

Los heroicos oficiales Pío Ángel Figueroa, Domingo Martínez, Alejandro Monfort, Nicéforo Candiotti y Aníbal Chávez, procedieron al recuento de nuestros hombres. Llamaron lista. Sólo respondieron setenta heroicos cerreños, heridos, extenuados y exangües, pero con el orgullo de haber cumplido con la patria. Después de orar por sus hermanos caídos pero sin poder enterrarlos en el arenal, decidieron emprender la marcha con el fin de reagruparse con los otros sobrevivientes. La noche oscurecía el luctuoso escenario que comenzaba a ser barrido por un viento salvaje y tétrico.

la columna pasco VI parte 2
Alejandro Monfort, paradigma de los soldados de la “Columna Pasco”
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