La Columna Pasco (Octava parte)

la columna pasco octava parteA las ocho de la mañana se improvisó un altar sobre la cureña de un cañón y a la sombra de la bandera nacional que flameaba hermosa en el mástil del morro, se celebró la santa misa.

Un recogimiento impresionante enmarcó la ceremonia. Los soldados con las miradas florecidas de recuerdos elevaron sus oraciones en tanto sus pensamientos volaban a la distancia, al pago lejano cubierto de nieves, allá donde quedaban los seres queridos a los que, estaban seguros, jamás volverían a ver. Cuando el sacerdote llevó la hostia, los estandartes se humillaron reverentes. Los oficiales elevaron sus espadas con los filos señalando a los cielos. Los soldados presentaron armas, y luego de entonar la canción de la patria, se prosternaron con las rodillas en tierra y bajando la cabeza, miraron dentro de sí mismos. Muchos comulgaron.

A la hora del almuerzo se sirvió un rancho extraordinario y abundante que los jefes, oficiales y soldados apuraron con excelente apetito.

En la tarde, resguardándose del bombardeo iniciado por los chilenos desde la una hasta las cuatro, dedicaron a preparar su armamento para el combate final. Inmediatamente después, con manos temblorosas, redactaron las que serían las últimas cartas de sus vidas. Una de aquellas, es ésta, que el subteniente de la cuarta compañía, Alejandro Monfort, hiciera llegar a su señora madre.

            Arica, 6 de junio de 1880

            Señora

            Amelia viuda de Monfort

            Cerro de Pasco

            Inolvidable madre mía:

Por fin puedo escribirle las líneas que le debo hace mucho tiempo. En primer lugar, para agradecerle las cartas que me ha enviado, todas ellas cargadas de amor, de comprensión, de aliento. Recibirlas, madre mía, no obstante la tristeza de encontrarme a centenares de leguas de distancia, muy lejos de usted, de mi novia y de mi tierra adorada, ha servido para mantener vigente mi ánimo y mi entusiasmo,

Aquellos hermosos días de paz transcurridos en mi niñez y mi juventud, me parecen muy distantes. Mañana cumpliré exactamente trece meses de servicio activo en nuestro Ejército. Trece largos meses en los que aprendí muchísimas cosas. ¡¡Ahora sé que la guerra es el mismísimo infierno!!. ¡Debería abolirse la guerra que no es sino una cruel y salvaje matanza entre seres humanos que deben amarse. La guerra, entre otras infamias, nos aleja de nuestros hogares. Todos los hombres que me acompañan viven suspirando por encontrarse nuevamente con los suyos. Desde que salí de mi tierra, multitud de paisajes he visto desfilar delante de mis ojos. Tierras semejantes a mundos ignotos y extraños; inmensidades que jamás sospeché siquiera que existieran (No me castigue Dios, pero no quiero volver a ver un arenal en lo que me quede de vida). He caminado por los inmensos desiertos de esta parte del planeta, en medio de un implacable sol que por momentos nos hacía ver alucinaciones y espejismos, en noches tan cerradamente oscuras que, a ratos, esperábamos caer en un abismo negro y eterno y que en nuestra desesperación, nos parecía que era mejor así; que era preferible morir, a seguir sufriendo aquella abominable pesadilla. He sentido los labios descomunalmente hinchados por la sed. Aquí el agua es la bendición que muchas veces estuvo muy lejos de nuestros labios. También he aprendido a orar, a trabajar y a combatir. He aprendido a vivir con exaltación, con plenitud, con ímpetu. Han sido necesarios estos largos meses de preparación y de luchas para comprender lo que es un soldado, un hombre. Hoy lo sé muy bien. He mirado a los valientes de nuestra Columna luchar con un valor sin límites, sin una queja, sin una lamentación, no obstante sus heridas, y me he sentido plenamente orgulloso de ellos. He visto a mis hermanos cerreños morir con la sonrisa en los labios, en cuyas pupilas llameaba la luz del heroísmo, mientras la vida les duraba. Y he llorado, madre, he llorado como un niño, al cerrar sus párpados fríos, sin vida, benditos. ¡Diles a nuestros paisanos que la Columna Pasco ha cumplido!. En las faldas del cerro San Francisco, por ejemplo, yo también he sentido la muerte cuando nos ametrallaban y cañoneaban por todos lados, y mientras el fuego graneado caía en derredor, haciendo que la muerte juegue con nosotros, sentí que algo me protegía. Ahora sé que sus oraciones, que la bendición que me dio usted, me hacían invulnerable. ¡Dios la bendiga, madre mía!

Hasta ahora el Señor me ha conservado la vida; presiento que será por poco tiempo. Ahora estoy convencido que un hombre que ha recibido este tremendo bautismo de sangre, fuego y dolor, sólo busca en su Salvador la luz eterna de la verdad. Nunca pude pensar que hubiera tantos hombres buenos en nuestra tierra. En estos trece meses de guerra he conocido más hombres generosos y abnegados que en todo el resto de mi vida. He visto a los integrantes de la Columna Pasco, hermanos de mi alma, único consuelo en mi soledad y tristeza, combatir y morir como héroes. Estoy seguro que mañana siete de junio también sabrán luchar como fieras.

            En estos momentos, acá en Arica, acaba de finalizar el bombardeo terrestre y naval que nos han dirigido los chilenos, felizmente sin ninguna consecuencia. Han tratado de asustarnos. Hoy más que nunca estamos confiados en la grandeza de nuestros jefes. Imagínese. El coronel que ya peina canas, contestó al parlamentario chileno que vino a pedir nuestra rendición, que pelearemos “Hasta quemar el último cartucho”. Todos los jefes y oficiales lo respaldaron. Nosotros también, claro está. Sabemos que la muerte nos aguarda, pero tenemos que cumplir nuestra palabra. Estamos sitiados y abandonados  a nuestra suerte. Todos lo sabemos. Mañana atacarán, pero los estaremos esperando. Tenemos conocimiento que las faldas del morro se están sembrando de  minas explosivas; por allí tendrán que pasar los chilenos. Tenemos que valernos de todo, madre, de todo. Ellos son más de seis mil hombres muy bien armados y bien alimentados; nosotros no somos más de mil quinientos (cuatro a uno).

            Yo, como sabe usted, conjuntamente con todos mis hermanos de la Columna Pasco, nos hemos aglutinado en el Batallón Tarapacá que está al mando del coronel Ramón Zavala -rico salitrero tarapaqueño… Ah! le contaré que hasta hace unos pocos días nuestra alimentación dejaba mucho que desear, pero el coronel Alfonso Ugarte Vernal, un oficial tarapaqueño que es muy acomodado, ha dispuesto un gran banquete para jefes, oficiales y tropa.

            En este momento todos estamos escribiendo. Avíseles a las madres y a las novias de mis amigos que ellas también tienen sus cartas; especialmente la “Ñahuirona” Clotilde a quien el “loco” Landaver le está escribiendo un testamento. No es para menos. El sabe que habremos de morir, pero quiere alegrar el corazón de su novia. Lo mismo ocurre con Aníbal; le está escribiendo una hermosa carta a su mamita; la señora Panchita. ¡Madre!. Yo quiero rogarle que cuando pase lo que tenga que pasar, acompañe a la ancianita. ¡Es tan viejecita, la pobre!. También si pudiera entrevistarse con la madre del “cholo” Fermín Eusebio, quisiera que le diga que su hijo es un hombre extraordinario. Con su trompeta nos ha alentado y animado aquí en las trincheras. Todos lo queremos. Tiene que ubicarla, madre. Ella es la lavandera de los Campillo y de otros españoles más. Vive en Diputación. Finalmente, le pido con todo mi amor que consuele a Margarita. A ella también le estoy escribiendo, pero sé que de todas maneras va a sufrir mucho. Usted sabe que cuando partí de allá, de nuestra tierra, le prometí que a la vuelta de la guerra nos casaríamos. Que me perdone. Dios no ha querido depararme esa felicidad. Ella habría sido una magnífica esposa. Pídale que me comprenda; que la patria nos exige esta dolorosa separación. Ella sabe que la quiero con todas las fuerzas de mi alma. Que ella es la única mujer a la que he querido en mi vida, pero no pudo ser. Que me perdone y que sea muy feliz.

            Esta noche voy a confesar, madre. Estoy esperando mi turno. Ya casi todos lo han hecho; hasta los Candiotti…¡Imagínese!. El padre Rojas está atareado alcanzándonos la absolución por nuestros pecados. El también será el encargado de hacer llegar esta carta a sus manos.

Madrecita mía: Estoy consciente que me quedan muy pocas horas. Sé que en cualquier momento, a partir de este instante, la muerte vendrá a arrebatarme la vida que usted me ha dado. Por eso, cuadrando mi emoción en palabras, le escribo mis últimas letras. No se imagina el esfuerzo sobrehumano que tengo que hacer para mantener mi pulso firme. No sabe cómo he rogado a Nuestro Señor que me dé presencia de ánimo para resistir la angustia. ¡Despedirse es lo mismo que morir!… ¡Y yo me estoy muriendo, madre!!. Sin embargo, armándome de coraje y pidiéndole a usted que haga lo mismo, le dedico los últimos instantes de mi vida.

Tengo que terminar esta carta. Voy a ocupar mi emplazamiento de combate. Nos ha correspondido una represión de la parte norte del morro de Arica. Allá vamos. Mis últimas palabras son para usted, madrecita, para usted, como lo serán mis postreros pensamientos. Tenga la seguridad que a donde vaya, la estaré aguardando. Sólo tomaré la delantera. Estoy segura que me veré con mi padre con quien la estaremos esperando. Le pido a usted con todo mi amor, que vaya a la tumba de mi padre y ponga en ella, no una, sino dos flores, que serán mis lágrimas de despedida.

            Madre mía, le pido, le ruego, le imploro, que tenga mucho co­­ra­je para soportar esta prueba que nos da el destino. Ruéguele también al Señor, porque el valor no me abandone jamás, en esta última tentativa. Usted reciba junto con mi bendición, el último beso de su hijo moribundo.

                                   ¡Que Dios la bendiga, madre mía!…¡Viva el Perú!.

                                                           Su hijo que la adora

                                                                   Alejandro

Domingo 6 de Junio de 1880, en la noche.- Con una luna que a ratos se escondía entre espesos nubarrones y el rumor de las olas rompiendo sobre las salitrosas rocas de nuestro litoral, aquella noche rememoraban los detalles de sus largos trece meses de guerra…

-¡Cuantos caídos!… ¡158 de los nuestros quedaron regados allá en San Francisco! -Alejandro Monfort, con los ojos hundidos y las barbas crecidas, hablaba con pausa- ¡Todo parece una pesadilla! Después de aquellas crueles e inútiles caminatas interminables, sin alimentación, sin agua, con las ropas andrajosas, como un milagro nos encontramos aquí con vida. De 220 que salimos del Cerro de Pasco, sólo quedamos 23…

-¡¡San Francisco fue un calvario!!… ¡No hay que olvidarlo nunca!!… -intervino Aníbal Chávez- no sólo nuestros jefes nos abandonaron, sino que todo fue un zafarrancho en el que nosotros fuimos las víctimas!…

-¡Así es! -intervino Evaristo Candiotti- ¡El cerro San Francisco quedó regado de cadáveres de nuestros hermanos!.. ¡Nadie podrá olvidar jamás aquel momento!… Si Dios me permite que viva, contaré a nuestros hijos de aquel holocausto. Les referiré como en las faldas del cerro, bayoneta en mano, aguantaban la arremetida del enemigo… ¡Jamás dieron un paso atrás!… ¡¡Que hombres!!… No se había probado alimento en dos días, pero vaya usted a saber porque milagro se aguantaba como fieras…

-¡¿Y la sed?!.. ¡Carajo!… ¡¡Ese suplicio no se lo deseo a nadie!! – la voz ronca de Plutarco Maúrtua se dejó escuchar- El sol convertía el desierto en un infierno… ¡Fue jodido, verdaderamente jodido! Los soldados de los otros batallones por lo menos tenían sus “rabonas”… nosotros no teníamos nada…

-¡¿Qué buenas esas cholas, no?!

-¡Sí carajo, sí… mujeres abnegadas que eran madres, enfermeras, amantes, consejeras, protectoras!… grandes cholazas carajo.

-¡¿Y vieron al cholo Eusebio?! …¡No sé de dónde sacaba tantas fuerzas para tocar su trompeta sin cansarse!… Tenía una pierna sangrante, pero él, dale que dale con su instrumento.

-¡¡¡Bien cholo!!! -el cariñoso grito unánime partía de todos los rincones ante la remembranza del “loco” Landaver ¡¡Valiente eres hermanón, buena, buena, -apenas una sonrisa tímida se escorzó en los labios del cholo ranqueño- ¡¿Y qué ocurrió contigo en San Francisco, Pío Angel?! -preguntó el “loco”…

-¡¿Qué me va a pasar?! -un dejo de pena desgarra la garganta del héroe- En la segunda arremetida que hicimos, al llegar a la cima del cerro encontré a mi hermano Federico ensartado con un chileno del “Atacama”… ¡Los dos se habían atravesado con sus bayonetas!… El chileno tenía el ojo izquierdo y la calavera prendida por la bayoneta de Federico!… mi hermano tenía el pecho cruzado de lado a lado por la bayoneta del chileno… Su corazón estaba partido…

-¿Saben que los han arrojado del Ejército de los que nos abandonaron…?…

-¡Bien hecho, carajo, bien hecho!.. ¡¡Lo mismo deberían hacer al maricón de Callirgos!!… A ese maldito deben fusilarlo cuando lo encuentren… es un miserable desertor… un cobarde de mierda que con nosotros nomás aparentaba valentía… ¡En cuanto vio a los chilenos se le congelaron los huevos!!!…

-¿Saben ustedes que al cojudo del Manuel Mori Ortiz lo llegaron a botar como a un perro sarnoso del Ejército? – preguntó Mier y Terán.

-¡¡Fue terrible Pío Ángel, fue terrible!!.

-Bueno, bueno, no malogren la reunión… No vamos a hablar ahora de los miserables, sino de nuestros compañeros. -recomendó Federico Bustamante- ¿Cómo fueron las bajas de nuestra Columna?.

-Elías Patreniza y Fernando Rowe fueron los primeros; luego los 158 de San Francisco, son 160. En Tarapacá 37, son 197. Aquí quedamos 23 -contabilizó Pío Ángel Figueroa.

-¡Bueno, lo reconfortante es que finalmente nos encontramos en un sólo batallón después de haber deambulado por varios cuerpos!… Todos los cerreños estamos en el Tarapacá…

En aquella prolija evocación, los soldados miraban con especial respeto a quienes eran los auténticos jefes de la Columna Pasco. Allí estaban Alejandro Monfort con su aire distinguido y su barba ensortijada prodigando su sonrisa abierta y franca que en combate se transformaba en mueca amenazante. A su lado, como su sombra, su infaltable amigo de infancia, Aníbal Chávez. El gigantesco Pío Ángel Figueroa, el poderoso hermano mayor que no obstante su poderosa fortaleza física estuvo a punto de enloquecer al encontrar el cuerpo atravesado de su hermano Federico en las faldas del cerro San Francisco. Los valientes hermanos Candiotti; el “loco” Landaver; Domingo Martínez, Plutarco Maúrtua, Manuel Mier y Terán, Federico Bustamante, Manuel Valdivieso, Fermín Eusebio y un puñado de brillantes soldados.

Aquella noche se hicieron encargos, se encomendaron cartas al padre Rojas y se habló mucho. Más tarde, mulizas y tristes brotados de labios balbucientes que estremecieron la noche agorera. Más de una lágrima brotó al compás de los recuerdos humedeció las recias y quemadas mejillas de los héroes cerreños.

Así, acariciados por los cálidos recuerdos y adoloridos por las terebrantes nostalgias, quedaron dormidos a la espera de la hora final.

 

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