La Columna Pasco (Novena parte)

la columna pasco novena parteLunes 7 de junio de 1880, al amanecer “La batalla de Arica”.- Las primeras luces del día aclararon los difuminados perfiles del Morro de Arica. Las olas broncas y monocordes latiguean los flancos de las rocas. Son las cinco y treinta de la mañana. De pronto, una sucesión de estruendos infernales estremecen las rocas. La escuadra chilena conformada por sus barcos “Covadonga”, “Loa”, “Cochrane” y “Magallanes”, ha comenzado a bombardear el bastión peruano. Es entonces que los “Artesanos de Tacna”, iluminados por los fogonazos mortales, descubren que al trote, los chilenos del 3 y 4 de línea, comandados por su jefe Juan José San Martín, avanzan a tomar las baterías del Este entre los cerros Chuño y Gordo. Poco menos que cien hombres al mando del coronel Francisco Cornejo se baten como fieras soportando el primer ataque frontal. Percatados de que por ese lugar es por donde puede romperse el frente de defensa, los coroneles Marcelino Valera y José Joaquín Inclán junto con el comandante Ricardo O’ Donovan, refuerzan la zona arengando a la tropa que lucha a brazo partido por contener la arremetida enemiga.

Los flancos del morro ya humean por el implacable cañoneo. Las granadas agujerean el piso con estrépito. Los gritos bravíos de los que atacan y de los que defienden se confunden en una batahola infernal.

En “La ciudadela” la realidad ha sido diferente. En arremetida salvaje con sus corvos gigantescos, los chilenos rasgan los sacos de arena de los parapetos dejando al descubierto a sus defensores. Los primeros en caer tasajeados son los jefes Cornejo, Vizcarra y Zela. Los soldados que los acompañan no pueden hacer nada por defenderlos. La lucha es terrible. La abrumadora diferencia del número de soldados y la calidad de armamentos, es gravitante. Hay cuatro chilenos por cada peruano, sin embargo, éstos, bravos y estoicos, se mantienen en pie sin ceder un sólo centímetro de terreno.

En medio del infernal combate los araucanos conminan a grito pelado al valeroso Justo Arias y Aragüez para que rinda su espada. Éste se niega. El anciano soldado se ha transformado. Su brazo valeroso, con una poderosa energía juvenil, taja y perfora torsos, cuellos, brazos y cabezas. Cinco chilenos han caído bajo las aspas de su sable incontenible. En ese instante que una certera carga abate al anciano. Su cuerpo cribado de balas cae malherido. Cuando ya una compañía del “Buin” comenzaba a envolver la batería Este, el coronel Inclán ordena el repliegue al morro. En esos instantes, una aterradora explosión hace volar por los aires a atacantes y defensores. El cabo Alfredo Maldonado ha prendido fuego a la santabárbara del fuerte.

Después de un cruento combate, los chilenos terminan de apoderarse de los bastiones del Este mientras nuestros hombres se repliegan al morro. “Los Artesanos de Tacna” y “Los cazadores de Piérola” que son los que han sufrido el ataque frontal del inicio, luchan como fieras desesperadas. Los batallones “Iquique” y “Tarapacá” están luchando por el lado norte por donde se presumía que iniciarían el ataque los chilenos.

Al instante, como relámpagos, aparecen sobre el morro, los integrantes de los batallones “Iquique” y “Tarapacá” donde alinean los bravos de la Columna Pasco.

Los gritos taladran los aires. Las voces de mando apenas si se oyen. Las detonaciones con sus secuelas de humo asfixiante invade el macabro escenario.

Adelante va Alejandro Monfort seguido de Aníbal Chávez que avanzan decididos. Corren por un reguero de cadáveres que les dificulta el avance. Detrás de esta oleada, con las bayonetas caladas, siguen Domingo Martínez, Pío Ángel Figueroa y Plutarco Maúrtua conduciendo a su grupo de cerreños. El suelo ya está enfangado de rojo. La lucha es desigual, salvaje, inhumana, en medio de un griterío infernal. Nadie pide ni da cuartel. Las bajas menudean. Como hormigas voraces los chilenos rodean a sus defensores. Son seis mil chilenos contra mil quinientos peruanos; pero los cerreños de la Columna Pasco han formado un cuadro decididos a no rendirse ni entregar sus vidas fácilmente. Se defienden con sus ensangrentadas bayonetas poniendo todo su coraje en cada carga. Saben que van a morir y combaten como jamás se combatió en el mundo.

Son las ocho de la mañana. Roque Sáenz Peña pretende escalar para reunirse con el Estado Mayor, pero el enemigo posesionado del Cerro Gordo se lo impide. El coronel Ramón Zavala, jefe del batallón “Tarapacá”, acompañado de los oficiales cerreños Manuel Mier Terán, Manuel Aristizábal, Federico Bustamante y Manuel Valdivieso con sendos grupos de soldados tratan de tomar el cerro Gordo pero son abatidos por una precisa metralla. Asume el mando Benigno Cornejo secundado por Severino Yabarrena, pero corren igual suerte. Es entonces que los hombres de la Columna Pasco que quedan con vida, Rodean al anciano coronel Francisco Bolognesi y luchan como fieras en torno del legendario Titán.

En los postreros instantes de aquella carnicería y sobre la explanada del morro, rodeando la bandera de la patria cae abatido el adolescente tacneño Armando Blondel. Más allá, siguiendo igual suerte caen el coronel Mariano Bustamante y tres soldados de la Columna Pasco. Roque Sáenz Peña también cae herido. El capitán de navío Juan Guillermo More y siete soldados más de la Columna Pasco son abatidos.

En ese supremo momento, para que nuestra bandera cayera en poder del enemigo, el coronel Alfonso Ugarte, en un gesto que la inmortalidad ha perennizado, hunde las espuelas en los ijares de su noble caballo y se arroja al vacío envuelto en los pliegues de la bandera peruana.

El coronel Bolognesi juzgando que ya es hora de volar el cerro, manipula los mecanismos eléctricos, pero estos no obedecen. Todo había sido desactivado. Indignado se le oye gritar traición y premunido de su revólver sigue la lucha. Todos los jefes que han rodeado al anciano caen uno a uno. En un instante, un certero balazo de fusil perfora la cabeza del coronel y, al caer, es rematado por un culatazo de un soldado chileno que empapa su blanca cabellera. Ha caído peleando «hasta quemar el último cartucho».

A las 8:55 minutos de la mañana, todo ha concluido.

la columna pasco novena parte 2Allí, a un costado del anciano Titán del morro, de cara al sol, Alejandro Monfort parece dormido; la serenidad de su rostro refleja una paz profunda y dulce. Sus barbas nazarenas, ensortijadas y endrinas, resaltaban aún más la palidez de su muerte. Sobre su cotona blanca de guerrero, cárdenas rosas de sangre se coagulan al borde mismo de los boquetes abiertos por asesinas bayonetas. Lejos, muy lejos de sus nieves, de su cielo estrellado eterno y azul, de su madre, de su novia, de sus amigos, yace sobre el salitroso arenal del morro heroico el noble provinciano. La palabra cumplida le daba a su rostro la serenidad postrera en el profundo sueño de la muerte. Un poco más allá con el cráneo abierto por un culatazo sureño, yace el amigo de toda su vida que en la muerte lo seguía siendo: Aníbal Chávez, subteniente de la segunda compañía. Su rostro noble y cetrino empapado de arena y sangre, da la impresión de que en cualquier momento iría a levantarse. Los cadáveres con los uniformes desgarrados, se amontonaban en el morro en una variedad de grotescas posiciones. En un promontorio pequeño, con la mandíbula desencajada y partida en dos: Fermín Eusebio. En su mano recia y callosa de obrero minero, como la tabla de salvación para el naufrago: el clarín. Hasta el último instante de su vida, en tanto sus recios pulmones cerreños pudieron albergar el aire de estos lares, jamás dejó de tremolar el grito guerrero que animaba a los combatientes de la patria. Ahora está allí, inmóvil, en la muerte arrojada y señera. Diputación, su lejano barrio cerreño, jamás volvería a escucharlo.

En medio de aquella desolación, con el humo picante de la pólvora filtrando la luz del sol que asoma, pueden verse también los restos de los valientes Plutarco Maúrtua, Pío Ángel Figueroa y Domingo Martínez. Más allá, a las faldas del cerro Gordo, los oficiales Manuel Mier y Terán, Manuel Aristizábal, Federico Bustamante y Manuel Valdivieso, con otro grupo de soldados de la gloriosa Columna. El heroico cabo Severino Yabarrena, salvado de milagro en San Francisco, yace en un arenal con el abdomen abierto y los ojos desprendidos de sus órbitas. Aquí y allá, la muerte ha repartido los épicos despojos de los guerreros cerreños de la Columna Pasco. Todos han muerto.

En ese helado escenario de la muerte, cuando los clarines chilenos tocan a triunfo, en lo alto del cielo resonaba el eco del solemne juramento hecho por los soldados cerreños aquel lejano domingo 6 de mayo de 1879. El juramento se había cumplido y a través de los siglos se fundía el epitafio de la gloriosa Columna:

¡Juraron morir por la patria, y todos murieron cumpliendo su palabra!

Cuando ya no quedaba ni un solo peruano en pie, el teniente chileno del 4 de línea Casimiro Ibáñez, arrió la bandera peruana e izó la chilena en el mástil del morro de Arica. Todo había terminado.

libro la columna pascoLA COLUMNA PASCO es el libro que con ágiles pinceladas describe los arenosos paisajes –asfixiante infierno en el día, páramo helado en la noche- donde se desuellan los pies descalzos y sangran los labios cuarteados de estos andrajosos fantasmas que la improvisación y la incapacidad estaban enviando al cadalso. Es el canto épico a un extraordinario grupo humano que luchó denodadamente contra todos los elementos. Es el recuento del esfuerzo de todo un pueblo para respaldar a sus héroes; de las madres implorantes que al final no pudieron cerrar los ojos de sus hijos ni sepultar sus restos diseminados en los ardientes confines de la patria. En las quinientas páginas de este libro vemos trazados con mano firme los retratos de los héroes de la epopeya, la dimensión de sus sueños, de sus frustraciones y, sobre todo, de la conmovedora renuncia a la vida en la hora suprema del sacrificio. Sin quebrar la línea de equilibrio nos describe con sus virtudes y defectos a estos soldados legendarios que, lógicamente, no son dioses: son hombres; pero, ¡Qué hombres!

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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2 thoughts on “La Columna Pasco (Novena parte)

  1. CÓMO ME QUEMA LA SANGRE AL SABER LA DESIGUALDAD Y EL SACRIFICIO BRINDADO POR LOS PATRIOTAS PERUANOS QUE MURIERON EN DEFENSA DEL INVASOR ENEMIGO QUE SE ATREVIÓ PISAR LA DIGNIDAD Y MORAL DE LOS PERUANOS OJALÁ ALGÚN DÍA PODAMOS COBRAR Y RECUPERAR LA TIERRA DE ARICA Y VENCER AL PUEBLO CHILENO AGRESOR

    1. Estimado amigo Clemente Avellaneda Romero: Todos los peruanos debemos estar siempre preparados para reivindicar lo que nos pertenece, para ello, es necesario conocer nuestra historia. Gracias por tus palabras. Un abrazo fraternal.

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