MI CERRO DE PASCO

Cerro de Pasco 2El 27 de noviembre de 2015 hemos celebrado los setenta y un años de fundación del Departamento de Pasco. En la misma fecha del año de 1944, gracias al patriótico empeño de connotados ciudadanos y el pueblo en general, logramos que se nos restituya la dignidad que se nos había arrebatado en 1931. El 15 de enero de aquel año, el despreciable tirano Luis Miguel Sánchez Cerro cambió la capital del departamento de Junín que por más ochenta años habíamos desempeñado con altura.

Este acontecimiento, sin que sea tarde, nos mueve a reflexionar sobre el itinerario de nuestra historia.

Comencemos por el principio. Nuestro pueblo nace con el primer denuncio oficial de sus minas, el 9 de octubre de 1567. Hasta ese momento, los yauricochas, antepasados nuestros, habían vivido tranquilamente alternando la caza con el trabajo minero. Sí, tres cientos años antes –esto lo afirman reputados historiadores- ya trabajaban el oro y la plata con una pericia extraordinaria. Esta no es una invención antojadiza. Los cronistas españoles: Pedro Cieza de León, Íñigo Ortiz de Zúñiga, Garcilaso de la Vega,  Agustín de Zárate, Francisco de Jerez y Pedro Sancho de la Hoz, dejaron testimonio que aquellas fabulosas obras de arte que nuestros antepasados enviaron a Cajamarca para el rescate del inca. Todas estas esculturas concitaron la admiración de los extranjeros. Los especialistas afirman: “Los yauricochas fueron los más brillantes orfebres de América”.

Cuando en el Cusco se enteraron, nuestro suelo se convirtió en  codiciado botín. Con engaños y prebendas nos anexaron en tiempos de Pachacutec (1460). A partir de entonces, todo el oro y la plata de nuestro territorio, fue a parar al Cusco sin que nada quedara aquí. Había pena de muerte para los que osaran apropiarse de ellos. Los cusqueños fueron nuestros primeros explotadores.

Posteriormente los invasores españoles convirtieron a nuestra tierra en manantial de interminables caudales al precio de un dantesco genocidio nunca jamás igualado. Nuestras minas se convirtieron –a través de toda su historia- en horrendas tumbas de miles de vidas. Trescientos hombres que murieron sepultados en “Matagente”,  sin hacer nada para rescatarlos; o aquellos veintinueve que en enero de 1910 acabaron mutilados por una explosión de gas grisú de “Pique Chico” de Goyllarisquizga; y los trescientos que en el mismo lugar, desaparecieran en agosto del mismo año.  O aquel grupo de cincuenta y siete héroes que en igual forma murió en “El Dorado”. No olvidemos tampoco la matanza de diciembre de 1908 ni tantas otras inmolaciones. El recuento sería inacabable. Todos los caudales que fueron llevados en enormes carabelas a España y a otros países explotadores estuvieron teñidos con la generosa sangre de nuestros abuelos y asperjadas con  el inconsolable llanto de sus  viudas y huérfanos. No debemos olvidarlo nunca.

el mineroAquí nadie vino a fundar una ciudad. Nadie. Lo único que importó –entonces como ahora- fue explotar sus riquezas. Desde entonces, nada ha cambiado. De sus minas siguen saliendo los interminables caudales para construir hospitales, cuarteles, fábricas, catedrales, avenidas, paseos, parques, en otros lugares del Perú… Con sus riquezas se han comprado barcos, aviones, cañones, tanques, misiles, fusiles, balas…. De sus minas salen los fondos para solventar los gastos de tanta transacción inmoralmente negra de la que salen ganando delincuentes de cuello y corbata encaramados en los gobiernos de turno. De sus minas salen los fondos para aliñar otras ciudades que no han dado ni siquiera el 10% de lo que el Cerro de Pasco le ha dado al Perú. De sus entrañas salen los fondos para edificar  confortables palacetes en otras ciudades. Las casas que tuvo el Cerro de Pasco fueron reducidas a escombros por las máquinas, explosivos, dinamita, anfo. ¡Qué diferencia con Potosí, Guanajuato, Charcas, Zacatecas, Pachuca, Real del Monte!.. Mientras que en aquellos lugares –mineros también- se elevan majestuosas cúpulas de catedrales y monasterios, aulas de universidades, esplendor de teatros, boato de  casonas solariegas, inacabable dimensión de haciendas y cortijos: aquí, los edificios construidos, agonizan desde su nacimiento y, cuando los ricos se marchan definitivamente –los de antes y los de ahora- cargan hasta el último centavo de sus caudales y sólo escombros e ingratitud dejan en pago de tanta benevolencia. Ninguno de los ingratos –propios o extraños- han legado nada para esta tierra generosa. ¡Y han sacado tanto! Así ha nacido esta tierra frígida, sobre un basamento de plata anonadante, de refulgentes vetas de oro tumultuoso, de zinc finísimo y abundante; de pesado, sólido y variado plomo; de rojísimas camadas de cobre avasallante; espectacular afloramiento de estaño, bismuto, antimonio, cadmio, tungsteno, molibdeno, cinabrio, indio, vanadio; luminosa florescencia de cuarzos amatistas, glaucos, cerúleos, zarcos. ¡Mi Cerro de Pasco, arca maravillosa de subterráneos tesoros!

Al rememorar este aniversario evocamos a nuestro Cerro de Pasco con el alma cariñosa aunque sangrante. Frígida tierra -la más alta del mundo-  trepada en la montaña, accesible sólo por inverosímiles caminos que recorrieron jadeantes mulas cargadas de plata en la época colonial de la ambición; cruzada por zigzagueantes caminos que van al norte, giran al sur, trepan caprichosas elevaciones, descienden raudas y se estrechan en tortuosos pasajes para  encontrarse agotadas en callejones sin salida. Calles que se establecieron respetando los caprichosos denuncios mineros. Rúas sin orientación ni concierto; sin las clásicas cuadraturas hispánicas; frías, indecisas, rebeldes y desconcertantes por donde trajinaron los aventureros de allende los mares. Salpicadas de sangre y reyertas con añosos balcones de expeditivos romances y oscuros conciliábulos. Fruto de la improvisación y la ligereza; que nacieron siguiendo la accidentada superficie de su suelo y ahora se están muriendo cavadas por voraces maquinarias. Nuestro Cerro de Pasco siempre tuvo una personalidad única, inconfundible, que no se repite en otro rincón de la tierra. Su belleza montaraz fue plasmada en cuadros por Leoncé Angrand, Rugendas, José Sabogal, Julia Codesido, Camilo Blas, Camilo Brent.

De todos los rincones del mundo vinieron a afincarse en nuestra tierra. Españoles, ingleses, franceses, croatas, húngaros, italianos, dálmatas, jamaiquinos, judíos, montenegrinos, checos, bosnios, chinos, japoneses, griegos, norteamericanos. Nucleados en sus consulados. Mientras estuvieron en nuestra ciudad vivieron plácidamente en sus palacetes particulares con acomodo y holgura recordando sus costumbres, sus danzas y sus canciones. Nuestro pueblo que tenía acceso a ellas las asimiló a su modo. Así nació, la muliza, la chunguinada, la negrería, y muchas canciones con retazos de influencia extranjera. En lo material, a parte de la torre del Hospital, el cementerio y el propio hospital, nada más dejaron para la tierra bendita que los había hecho ricos. Todos estos forasteros pensaban, como nosotros seguimos haciéndolo, que en corto tiempo nuestras minas se agotarían. No ha sido así. Los huesos de los agoreros se han blanqueado en los camposantos mientras nuestra tierra sigue inagotable desde hace quinientos años. Ha quedaba ruinosa y destartalada como bombardeada por salvajes enemigos. ¡Mírenla ahora! No es sino un cráter siniestro con sus gentes que, para no morir, se han aferrado a los cerros.

Desde su nacimiento estuvo sitiada por tahúres. En garitos, clubes y hasta en casas particulares, se jugaban fabulosas fortunas. Los jugadores pasaban horas, hasta días enteros, enfrascados en el juego. Nadie los movía. Los camorristas y hombres de mal vivir fueron tantos que no había día en que no se registraran tremendas bataholas con numerosos muertos y heridos; las balas sonaban a toda hora. De las putas, ni digamos. ¡Qué mujeres! Parecían unas princesas por lo bellas y finas. ¡Mamma mía! Francesas, españolas, italianas, brasileñas, cubanas, chilenas… Las más intrépidas se quedaron aquí para casarse con los mineros; otras hicieron una fructífera temporada de leyenda y se marcharon llevándose jugosas ganancias. Había de todo. También estaban las otras; las chuchumecas vivarachas que tenían que ser castigadas para que amainaran sus ímpetus pendencieros. Hubo numerosos burdeles para cada gusto y posibilidad económica. Hasta los chinos, enclenques y misteriosos hicieron proliferar fumaderos de opio concurridos por oletones, poetas, escritores y ricachones. Se vivía en continua zozobra.

Somos pioneros del fútbol en el Perú; regalamos los dos primeros aviones a nuestra fuerza aérea; somos cuna de la muliza, la chunguinada, el aunquishdanza, y el pisco sour, aunque remilgados cretinos hacen lo posible por negarlo.

Por lo demás, como decía el presidente mexicano Mateo Alemán, cuando nos visitó: “Los cerreños como trabajadores son únicos. No hay otros. ¡Son muy responsables y pacíficos, pero ¡cuidado!, si alguien trata de sobrepasarse saltan como fieras heridas y se transforman en aguerridos defensores de sus principios. Sus mujeres son muy hermosas y querendonas, fieles y trabajadoras. Son adoradas por los varones. Tienen un verso muy especial que dice:

 

                                     Las cerreñas son de nieve,

                                     para ser mimadas nacen;

                                     maltratadas se rebelan,

                                     nadie a faltarlas se atreva.”

(El Minero, diario local)

 Continúa……

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