LAS CALLES DEL CERRO DE PASCO (Séptima parte)

PLAZUELA DEL ESTANCO.-

Plazuela del Estanco
Bajada del Estanco. En primer lugar el establecimiento de los hermanos Morón, luego la chingana de don Encarnación Marcelo, “Don Incacho”; el callejón que conducía al consulado italiano, la casa de la familia Martel, el comercio de don Cipriano Proaño, la municipalidad, la casa de préstamo de Alessio Sibille. A la derecha, la casa de préstamo de Rey. En la parte superior alta, la biblioteca municipal y el Hospital Carrión.

Viene a ser una encrucijada de calles. Allí se encuentran Arequipa, Grau, Huánuco y Hospital. Su nombre de se debe a que el Gobierno para dosificar el comercio de la sal, estableció los estancos correspondientes en todo el territorio peruano. El del Cerro de Pasco es éste.

EL JIRÓN GRAU.- Principal arteria de la ciudad que comenzando en la Plaza Chaupimarca, pasaba por las plazuelas del León, La Culebras, Municipal, del Estanco y el promontorio de Gayachacuna, lugar donde se reunían los adalides políticos para cotejar ideas y asonadas al calor de las reñidas contiendas de entonces; finaliza en Yanacancha. (Se le puso el nombre de nuestro egregio marino en noviembre de 1879, año en el que también los integrantes de la Columna Pasco luchaban en las fronteras del sur). Después de la iglesia matriz –hacia el norte- seguía dos edificios “mellizos” que pertenecían, uno, al minero francés Teodoro Lagravere y, el otro, al catalán Antonio Xammar.

Plaza Chaupimarca
La plaza Chaupimarca el día que se inauguraba los uniformes de la Compañía de Bomberos –abril de 1902- En frente, inicio de la Calle Grau, al lado de la iglesia los negocios de Teodoro Lagravere y Antonio Xammar, separados por un zaguán. Al comprarlos, Vicente Vegas, los unió para convertirlo en un edificio único.

La plaza Chaupimarca el día que se inauguraba los uniformes de la Compañía de Bomberos –abril de 1902- En frente, inicio de la Calle Grau, al lado de la iglesia los negocios de Teodoro Lagravere y Antonio Xammar, separados por un zaguán. Al comprarlos, Vicente Vegas, los unió para convertirlo en un edificio único.

Ambos vendieron sus partes al español, Vicente Vegas, notable comerciante que los convirtió en uno solo. Inmediatamente después venía el HOTEL IBEROAMERICANO, de los españoles, hermanos Campillo que, años después, se convirtió en el HOTEL EUROPA, cuando fue comprado por el ciudadano griego Markos Cosacos.  Le sigue el local del cine LEGUÍA, de propiedad de Víctor Priano, más tarde llamado CINE GRAU. En los altos de este establecimiento funcionó la destacada emisora. RADIO AZUL. Más allá, la panadería de Julio Gutiérrez que después fue adquirida por el alemán Rubén Bauer e Hijos, convirtiéndose en centro de reunión de los más notables amigos de entonces. Luego venía la gran casa comercial PUCCIO, del italiano Emmanuele Puccio, fundada en 1810. Su extensión era tal que allí funcionó un Banco Comercial de habilitadores, la Testamentería Alcántara y el comercio de los dueños posteriores GALLO HERMANOS. Terminó siendo centro de distribución de los prestigiosos camiones Mack, Ford, Internacional Harvester y otros. Más allá, la librería e Imprenta que primero fue de Teodoro Lizárraga y después, LA ANTORCHA.

Cine teatro Variedades
Local del local que tuvo varios nombres: Cine –Teatro,Variedades, Leguía y finalmente Grau. En las paredes se ven los carteles de propaganda de las películas a estrenarse. Tuvo una vida exitosa.

En sucesión venían los comercios del italiano Gregorio Merello que le vendió a su paisano, Alessio Sibille. Los de Daniel Sascó, de “Pancho” Ostoja, del croata Nicolás Klokoch y el inolvidable “Café Moka”. Venía luego el Hotel Concordia que más tarde fue el local del Club de la Unión. En ese jirón, además del Hotel Universo, el “Salón Blanco”, y el salón “Mi Casa”, residían las familias, Loayza, Vento, Serpich, Acervi, Viani, Sibille, Brown, Testamentería Proaño, la Casa Cilliani y la de Lercari. Más allá, ya en la plazuela del estando, la Biblioteca Municipal Antonio Martínez y Ángel Ramos Picón, construida por el Inspector de Obras del Concejo Municipal, don Gerardo Patiño López en 1942. Enfrente de este edificio está el Hospital Carrión que en el comienzo se llamó “La Providencia”; en su segundo piso alberga a la Sociedad de Beneficencia Pública. Este edificio fue erigido por el Gremio de Mineros, en 1864. Después del Hospital se hallaba el domicilio de León Becerra en donde se armaba el nacimiento más hermoso de la ciudad en cada navidad. El niño había sido traído de España y era muy hermoso; el Belén, no quedaba atrás. En artístico rincón se armaba el nacimiento con una prolijidad artística donde sobresalían los adornos de filigrana de plata  y otros objetos de valor. Más allá, los domicilios de don Cipriano Proaño y Jesús Vial y Cisneros. Al final –ya comenzando la calle llamada de Huánuco, porque por ella se  llegaba y se salía de la ciudad de “Los caballeros de León de Huánuco”, plagada de “Tambos” precarios alojamientos para los que venían a mercar a la ciudad cerreña. En un misterioso callejón que partía de esta calle, se asentaba la “Calle del Cura”. Allí vivió un milagroso cura español del que se cuenta muchas historias. Esta calle tuvo también un historial galante. Allí funcionaba uno de los tantos burdeles de la ciudad. Al final estaba la “Casa del Verdugo”. Residencia de un hombre de mal talante que, como cuenta don Gerardo Patiño López, había ejecutado a muchos facinerosos, especialmente en la época de la Colonia.

Calle Grau 2
Otra vista de la misma calle, con los negocios del los italianos Concatto Tranquilini, Alessio Sibille, Gallo Hermanos, Panadería Bauer, Hotel Europa del griego Markos Cosacos, negocios de Daniel Sascó, de “Pancho” Ostoja, del croata Nicolás Klokoch y el inolvidable “Café Moka”; el Hotel Concordia, más tarde, Club de la Unión. Además del “Salón Blanco”, y el salón “Mi Casa”, residían las familias, Loayza, Vento, Serpich, Acervi, Viani, Sibille, Brown, Testamentería Proaño, la Casa Cilliani y la de Lercari.

Por éstas y otras numerosas calles hoy desaparecidas -tortuosas y dolidas- ha transcurrido la vida de nuestros padres y abuelos; en ellas han quedado impregnados recuerdos de pasada vivencias, triunfos y frustraciones; de alegrías y tristezas. Estas calles seculares, escenario de nuestras vidas, están desapareciendo al conjuro del insaciable trabajo minero, voraz y avasallante al que no le importa en lo mínimo el destino de sus gentes. Inclusive, muchos de los que se encuentran ausentes las están olvidando poco a poco. ¡Ingratos! Estamos viviendo la depredación más cruel e inhumana de toda nuestra historia ante la indiferen­cia de un país indolente. Estamos plenamente seguros de que en ningún pueblo le ha dado tanto a la patria, como le está dando el Cerro de Pasco al Perú.

 

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