A G A T Ó N (Segunda parte

Selección de Cerro de Pasco
En esta fotografía está segundo, en cunclillas, después de Fena Livia. Son los integrantes de la selección del Cerro de Pasco con la copa KOENIG que ganó en buena lid frente a extraordinarias selecciones del ámbiro laboral de la compañía norteamericana Cerro de Pasco Corporation. Al extremo derecho con las manos a la cintura y si infaltable gorrita, el maestro Baldomero Meza Limas. Estos son campeones inolvidables.

Bueno, así como unas son de cal, otras son de arena. Hubo una oportunidad en que tuvieron que recurrir al foul más artero de los que se pueda recordar en canchas cerreñas. Permítanme recordar aquel pasaje.

Para el Campeonato Nacional del 60, tras dilatadas eliminatorias llegan a la final los dos mejores cuadros de Pasco: Atacocha y Cerro de Pasco. Con el fin de llevarse el título para sus predios, Atacocha contrata como entrenador a “Tata” Ocampo, viejo jugador del “Alianza Lima”, otrora crack en filas íntimas. Para el partido final en el Cerro de Pasco (En el  de ida jugado en Atacocha habían terminado empatados a dos goles), ambos equipos estaban con lo mejor de sus registros. Tan disputado y parejo estaba el partido que terminan el primer tiempo sin abrir el marcador. Ya iba a iniciarse el segundo cuando veo entrar con la camiseta de Atacocha al “Chingolo”. No lo podía creer. Me alarmé sobremanera y dejando el micrófono –aquella vez transmitía los partidos por la radio- entré en la cancha y en el escaso tiempo que me quedaba advierto a Fena Livia, Benjamín Bazán, especialmente a Agatón, que el que acababa de entrar era un asesino y que sin duda había de cumplir su papel de esbirro. Que tuvieran cuidado. La observación la recibieron comedidamente los primeros, pero Agatón, ya envanecido, me dijo que a él nadie le haría nada. No hubo tiempo para más. Bola al centro. Para que se enteren de los antecedentes permítanme una disquisición necesaria.

En un reciente viaje a Lima había tenido la oportunidad de asistir al partido final entre dos cuadros de segunda profesional que se jugaba en canchas de la “Republicana”. Aquel domingo, el entrenador de uno de los equipos ordena cambio de jugadores y al entrar el reemplazante se origina una silbatina tan escandalosa que me llamó la atención. Nunca había presenciado una rechifla así, de enérgica impugnación. Cuando pregunté me dijeron: “!Cómo no van a rechazar a ese delincuente. Es un asesino sin alma. Le dicen “Chingolo” y ha roto las piernas a tres jugadores en este mismo estadio. Nadie le hace nada porque es el ahijado del Presidente de la Liga. Es el más cochino de cuantos jugadores han pisado este campo. Va usted a ver”. Dicho y hecho. En una confusa carga le rompió la cara de un cabezazo al arquero contrario que tuvo que abandonar el campo por la hemorragia incontenible. De nada valieron silbidos ni protestas. La imagen de aquel marginal del fútbol se me quedó en la retinas. Alto, macizo, bien parecido –aseguraban que era proxeneta- se caracterizaba por llevar el largo cabello ensortijado peinado con gomina. Bien plantado, de los que llaman “Pinta Brava”. Parecía un jugador argentino de aquello tiempos. Hasta su nombre lo era: “Chingolo”.

Bueno, volviendo a lo nuestro, cuando el árbitro Felipe Medrano hizo sonar el silbato, Bazán le pasó la pelota a Agatón. En ese momento se produjo lo increible. “Chingolo” fue decidido y de un patadón en las rodillas lo levantó por los aires. Cuando cayó el delantero, los jugadores de Atacocha rodearon el agresor en el momento que una turba de idignados espectadores entraba en el campo con los suplentes de los cuadros. El entrevero fue tan grande que, por arte de magia, el “Chingolo” desapareció. ¿Cómo lo hizo?. Nunca se supo. En las planillas de juego no figuraba su nombre. Había entrado suplantando a un jugador correctamente registrado. Agatón ya estaba fuera de combate. Cuando los auxiliares trataron de ponerlo de pie, ya no podía poner los pies sobre la tierra. Hubo de llevarlo en camilla al Hospital Americano donde estuvo hospitalizado un buen tiempo. Fue una de las pocas veces lo ví averiado.

En su dilatado periplo futbolístico sufrió muchos contratiempos. Por ejemplo,  en una oportunidad, ajustado por el tiempo que quedaba, Pasco tenía que inscribir a su  representativo para el Campeonato Nacional del año. No quedaba sino el último domingo de diciembre –época de lluvias torrenciales en la tierra minera- para clasificar al campeón. Ese día debía jugarse de todas maneras. Y Así se programó. El campo del Estadio era poco menos que una laguna. En mi caso, preparé la transmisión del partido pero la mala suerte me jugó una mala pasada. Una terrible descarga eléctrica destrozó la central eléctrica que proveía de fluido a la ciudad. La única electricidad que había era la la de la compañía norteamericana, cuyos cables de alta tensión pasaban por encima del campo deportivo.

Lo único que nos quedaba era utilizar esa corriente aunque fuera peligrosa. Con esas miras invité a mi amigo Cristóbal –extraordinario electricista de la compañía- para que viera el medio de ayudarme. De primera intención me lo negó rotundamente, no sólo por el peligro que entrañaba la conexión, sino porque de ser descubierto, sería inmediatamente echado de su trabajo. Tantos fueron los ruegos y las supuestas garantías de estabilidad laboral que le ofrecimos que, por amistad, tuvo que aceptar bajo determinadas condiciones. Primero yo sería el responsable de lo que ocurriera. Segundo, sólo yo podía maniobrar con el micrófono porque el contacto con el agua de la lluvia sería fatal. Para cumplir con el encargo, hizo colocar un tablón de madera sobre el que nos ubicamos el comentarista Alfonso Boudrí Tello, el locutor comercial Humberto Maldonado y, yo, en mi condición de narrador del partido. De esta manera nos encontrábamos aislados. Además, para mayor seguridad, me dieron un guante de jebe grueso, con forros de muchos materiales aislantes que utilizaban quienes manipulaban esa corriente de alta tensión y, sólo yo podía coger el micrófono. Informo que al recibir el micrófono que estaba notablemente electrizado, sentí la fuerza eléctrica que debido a los guantes de goma no me producía ningún daño. Con esas precauciones comenzamos la narración del encuentro que era espectacular no solo por el ardor que ponían los equipistas, sino por que la cancha parecida a una laguna propiciaba jugadas que movían al deleite de los empapados espectadores. Así terminó el primer tiempo. En mi deseo de hacer un rápido reportaje le pido a Esteban Santiago, nuestro comentarista de campo, a fin de que me traiga a Agatón para hacerle un reportaje. En la creencia de que le había puesto al tanto del peligro, cuando la estrella legó llegó frente a nosotros hice la presentación y al acercarle el micrófono para que responda, cogió el aparato y, automáticamente, como expulsado por una catapulta, salió por los aires muchos metros más allá. Tuvieron que auxiliarlo de inmediato. Tardó mucho tiempo en reaccionar.

Por otra parte, incontables oportunidades el pueblo agradecido de su valor y entrega, lo llegó a pasear en triunfo sobre sus hombros después de memorables partidos y, en todo caso, le demostró su afecto y respeto. Él sabía que lo querían y estaba orgulloso.

Su desempeño en el campo laboral es aparte. Embobinador extraordinario ha laborado en casi todos los talleres del centro del Perú a donde fue llevado para recibir la prodigalidad que su profesionalismo. Para ayudarse había instalado un taller en su casa en el que atendía con su hijo a una numerosa clientela.

Esta mañana, como sin querer, el “Gallina” Pacheco que acababa de retornar del Cerro de Pasco, me hizo conocer la infausta noticia de su muerte. No lo podía creer. Quedé mudo. Alguien me informó que estaba enfermo, pero no imaginé que pronto nos dejaría. De inmediato se me agolparon en la mente los recuerdos y una enorme tristeza inundó mi alma. Se me aguaron los ojos. Lo confieso. Es triste, pero cierto. Los ídolos también se van. Su viaje sin retorno nos deja un enorme vacío en el corazón. Recordaba que el último abrazo que nos dimos fue en Rancas. Lo había encontrado, allí, junto a la tumba de los mártires de Huayllacancha. Me dio un abrazo grande, estrecho, interminable en el que pudimos reafirmar nuestro afecto siempre vigente. Ahora, no podía creerlo. El golpe que me causó la noticia fue de tal magnitud que, con mi informante, entramos en el “Congreso” y bebimos en silencio un trago en su homenaje. Más tarde, algo respuestos, hablamos de él. Hicimos recuerdos. “El golpe que recibió Agatón, fue mortal” –me dijo “Gallina”- “Él amaba mucho a su hijo que estudiaba en la universidad y trabajaba como ayudante en el taller. Era como un amigo menor; con él hacia bromas y jugaba. Decía que era su más grande esperanza. Un día domingo en la mañana llega la policía a su casa y le pide que le acompañe al hospital; su hijo había sido malamente agredido y estaba muy mal. No lo podía creer. Cuando lo vio en cama completamente desfigurado por los golpes, sufrió una crisis nerviosa de indignación. Le informaron que en la madrugada habia sido  salvajemente atacado por un grupo de maleantes que lo abandonaron en la calle, sin sentido. Agatón no sabía qué hacer. De pronto se le derrumbaba el mundo. Al mediodía del domingo el muchacho recobró el conocimiento. Cuando le preguntó si conocía a los que lo habían agredido, contestó que sí, pero que no le comentaría a él ni a la policía porque él se vengaría personalmente uno por uno de sus atacantes. De nada le valió insistir. El muchacho dijo que se recobraría y que después castigaría a sus atacantes porque los conocía a todos. Dicho esto pidió que lo dejaran dormir porque tenía mucho sueño. En la noche entró en coma profundo y la madrugada del día siguiente falleció. ¡No sabes cómo se puso Agatón!. Yo creo que allí comenzó todo. Quedó más muerto que vivo. Desde ese momento comenzó a beber desesperadamente, con odio, con rencor, como último recurso de su esperanza perdida. Todos creímos que con el tiempo se recobraría y dejaría de tomar. No fue así. Ya no pudo evitarlo. “Últimamente ya se había abandonado” –me contaba el “Gallina”con un voz quebrada- “Desde que llegaba el día hasta que cerraba la noche su paradero era el Barrio Chino”. “Rodeado de “cañaplines” se pasaba las horas recordando sus hazañas. Especialmente cuando estaba con “Shaby” Padilla y “Bacalito” Suárez”.  “Al comienzo le escuchaban con cariño, pero después se retiraban cansados de tanto oirlas. Él quedaba solo, con sus recuerdos y su soledad. Una vez lo encontré llorando, solo, abandonado. Se había rendido ante la vida ¡Pobrecito!”. -Después de un prolongado silencio cargado de dolor, “Gallina” dijo indignado- “El pueblo es muy ingrato, hermano; él que había sido un ídolo, el mejor de todos, estaba abandonado. Hasta sus viejos amigos lo evitaban. A él que por su calidad en el Fútbol lo nombraron padrino de nuestro estadio”

Las remembranzas fueron tantas como la tristeza que engendró en mi alma. Siento una terrible desazón por no haber estado con él en los ultimos instantes de su estada en la tierra, de no haber amanecido en su velatorio recordando tantos pasajes hermosos de hermandad y cariño recíproco, de no haber podido poner mis hombros para llevarlo al cementerio como lo hicimos con tantos amigos que nos dejaron. Como un recuerdo tan simple y tan triste, he pergeñado estas líneas en su homenaje para que cuando lo lean, los jóvenes lo conozcan y sepan que fue  un “fuera de serie”. En el pueblo minero, el único; no sólo por su valor ilimitado, sino por su nombre sonoro y terminante: Agatón. Sus apellidos Valladares Calderón, no fueron sino complementos que alguna vez utilizaron para asentar su partida de nacimiento, bautizo, inscripción escolar y militar. Ah, y su partida de defunción. ¡Descansa en paz cholo inolvidable!. ¡Grande entre los grandes!.

 

 

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