LA TRAGEDIA DE “EL DORADO” (Segunda parte)

El dorado 2Sepultado a kilómetro y medio de la salida, otro viejo minero se había recobrado, para verse sentado y aturdido con la lámpara deshecha y arrancada del casco; minutos más tarde oía la voz de su joven ayudante que, aprisionado en un calabozo de piedras, gritaba desesperadamente:

-¡¡¡Auxilio…. por Dios no me abandonen!! No me dejen!!  No me dejen!!

Venciendo dolores que lo agarrotaban se arrastro hasta donde procedía la llamada y con voz que pretendía ser clara y enérgica, trato de alentarlo dándole valor…

– ¡¡Chiuche!! ¡¡Chiuche!!, Cállate hijo, yo estoy a tu lado, no desesperes, ya vendrán a buscarnos.. ¡Sé fuerte chiuche,.. Sé fuerte, hijaco!.

– Gracias, maestro…gracias…

Más tarde, cuando providencialmente llegaron los miembros de la cuadrilla de salvataje, una sonrisa nublada por el llanto ilumino su cara; sin embargo, sus piernas habían comenzado a ennegrecerse por una hemorragia interna. Cuando las tomaron con las manos para levantarlo, sus huesos crujieron como vidrios rotos. Tuvieron que amputarle ambas piernas. Nunca más volvió a bailar la Chunguinada, como guiador. En breves instantes los socavones habían quedado irremediablemente cerrados como herméticas tumbas; dentro, cruelmente atrapados entre hierros retorcidos, maderas quebradas y bloques de antracita, condenados a una larga y dolorosa agonía, se iba apagando, una a una, inexorablemente, la vida de 57 hijos del pueblo. Sólo unos pocos, los que murieron instantáneamente, se salvaron de sus horrores; con ellos, la muerte había sido generosa y comprensiva.

El que no pudo salvarse, fue Serafín Leyva Ladera. Con la pujanza de sus 45 años, trabajó como ninguno dentro del socavón. Cubierto con tan solo unos pañuelos, arrastró hasta la salida a tres de sus compañeros agonizantes. Con el cuarto ya no pudo. Cayó para no despertar más.

A las 3.30 de la madrugada, el insistente repiqueteo del teléfono despertaba al comandante de la guardia civil del Cerro de Pasco, Regino Cano Pérez. Desde el escenario de la tragedia, la voz angustiada de Lutzgardo Yupari, lo sacudió. Con la premura del caso ordenó que sesenta hombres se pusieran a su mando y partieron raudos a la zona del desastre. Yo, en mi calidad de Presidente de la Federación de Estudiantes de la Universidad, iba con ellos, también el corresponsal de EL CORREO, Desiderio Taza Ponce. Sabiendo que siempre estábamos colaborando con el pueblo, me informaron lo que había acontecido.

El servicio de alarma de la mina había comenzado a trepidar a las 3.20 de la madrugada en un apremiante llamado de auxilio. A su convocatoria y con rapidez extraordinaria convergieron brigadas de salvamento del Cerro de Pasco, Casapalca, La Oroya y otros centros mineros. Tan pronto llegaron, se dedicaron a la encomiable tarea de rescatar muertos y heridos. En un conmovedor gesto de solidaridad humana, los integrantes de las cuadrillas de salvamento, llegaron a exponer su propia vida para salvar la ajena. Entre los que se esforzaban por encontrar a los mineros sepultados había quienes esperaban salvar a un hermano, un hijo o un amigo; y muchos de los que estaban en la mina en el momento de la explosión y habían resultado ilesos, imploraban en un gesto que no olvidaremos jamás, que les dejaran volver para participar en la búsqueda de sus compañeros. En el lapso de una hora sacaron 46 cadáveres, irreconocibles, mutilados, completamente deshechos; en la hora siguiente, rescataron 11 cuerpos más de los que habían quedado colgados de los postes, incrustados en los hierros salientes, sepultados entre bancos de antracita. Los heridos que se debatían entre la vida y la muerte, fueron 34. ¡Este es un doloroso cuadro que jamás olvidaremos los que estuvimos allí! Congregados en la fatídica bocamina, todos los hombres, mujeres y niños goyllarinos, temblorosos de indignación y llanto, expresaban su dolor y su protesta a grandes voces. Los ecos de aquellos lamentos todavía conmocionan nuestra alma. Cuando entrada la mañana llego al escenario el Prefecto del Departamento, comandante Manuel Bárcena, opto por detener al superintendente de la mina EL DORADO, Alex Russell, salvándolo de una muerte segura. Los deudos, llorosos e indignados, se habían sublevado contra él, incriminándolo de asesinato. El encargado de seguridad de la mina, ingeniero Ricardo Negrón, manifestó al Prefecto que tenía pruebas que había insistido por escrito ante el Superintendente Russell a fin de que afrontaran los problemas de ventilación de la mina. Éste no le había hecho caso. Los dirigentes del Sindicato Minero –con razón-  lo acusaban de negligente por no haber tomado las providencias del caso oportunamente. Se carecía de ventanas de aire y cañerías de agua para sacar los gases de la mina. Todos, unánimemente, habían querido lincharlo. Felizmente, la cordura se impuso.

Rescatados los cadáveres fueron llevados a sus domicilios pero la gran mayoría –los que no tenían familia- fueron repartidos en los locales de la Sociedad de Tiro Nº 191; Club Sport Goyllarisquizga y en la Asociación Deportiva Amateur (ADA).

El día del sepelio, en un cortejo doloroso e impresionante, todos los hombres y mujeres del pueblo estaban allí. Los dirigentes de la Federación de Estudiantes de la UNDAC, estábamos también, solidarios, unidos con los obreros, como siempre habíamos estado. Antonio Torres Andrade, Luis Aguilar Cajahuamán, Antonio Arellano Martorell, Lolo Marcelo y César Pérez Arauco. Llevamos sobre nuestros  hombros al cementerio del barrio Chapur los 57 cadáveres de aquellos inolvidables héroes de la Minería Pasqueña.

El inmenso acompañamiento fúnebre semejaba una gigante y negra cadena deslizándose reptante por entre los roquedales rumbo al cementerio. Delante, iba un adusto sacerdote de capa negra, acompañado por dos monaguillos que portaban una cruz. En forma muy discreta se notaba la presencia del Presidente de la Cerro de Pasco Corporation, ingeniero Alberto Benavides de la Quintana; el Gerente General de la misma compañía, ingeniero Harold Krstiansenn; el Prefecto del Departamento de Pasco, Coronel ® E, P.; Manuel Bárcena Valencia; el diputado por Pasco, Luis Llanos de la Matta; el Director de Minería, Ingeniero Bravo Bressciani y los dirigentes del Sindicato de Trabajadores- Confundidos con los dolientes y cargando los féretros, inconsolables mineros y algunos estudiantes de la Universidad.

La guardia Civil escoltaba el cortejo en tanto las campanas de la iglesia doblaban tétricas, inundando de dolor los campos mineros. Las nobles mujeres de riguroso luto, en un mar de llanto incontenible con sus niños a sus espaldas, iban detrás de los negros ataúdes. Sólo las letras de sus nombres diferenciaban unos de otros. Punzantes palabras de dolor y de condena se escuchaban por doquier; tiernas y dolidas canciones en quechua, como agudas saetas de sufrimiento, brotaban de los acongojados labios femeninos. Lloraban a sus hijos, a sus maridos, a sus hermanos, a sus padres…. Llegados al cementerio, todos cerraron filas en torno a las cajas mortuorias y los oradores, acongojados de dolor, condenaron la cruenta explotación y sacrificio sin límite de los héroes mineros. Todos escuchaban dolidos, silenciosos, desconsolados. Cuando hablé en nombre de los estudiantes, un silencio absoluto se observó en el cementerio. Tuve que hacer un acopio de todas mis fuerzas para contener el llanto que pugnaba por desbordarme los ojos. Cada palabra, cada gesto, cada expresión, fueron dictados por el más sincero y profundo dolor. Al finalizar estas palabras desgarradas retumbaron en el camposanto: “y les juro hermanos”, -dije- “que en cuanto aliente un halito de vida, haré conocer a los hombres de nuestra patria y a los niños de nuestro pueblo, la historia del perenne sacrificio de vuestras vidas y el inmenso holocausto en que habéis muerto…” Dios es testigo de que estoy cumpliendo mi promesa.

ferrocarril del Cerro de Pasco 3
Fotografía del ferrocarril de carga y pasajeros de Goyllarisquizga al Cerro de Pasco

Lo que vimos después, no lo olvidaremos jamás. Las mujeres al borde de la locura se aferraban a los féretros que guardaban a sus seres queridos, imploraban que las dejaran un momento más con ellos; muchas se desmayaron. Los cantos fúnebres en quechua, acentuaban el dolor de los presentes. Vi a muchos hombres rudos y fuertes llorar como a niños desesperados y tiernos; hombres legendarios que, a cada rato, y en cada recoveco de la mina, se jugaban enteros la vida. Cuando fue vencida la resistencia de las esposas y madres, una sola voz, quebrada por la emoción, comenzó a desgarrar, como nunca lo he vuelto a oír, las desconsoladas y quejumbrosas notas del “Cocha Coyllor”.  En ese marco dolorosamente lúgubre, sus compañeros fueron bajando uno a uno a sus fosas a estos inolvidables héroes del trabajo. Después, en sus tumbas no hubo toque de silencio, ni ascensos póstumos, ni condecoraciones, ni fanfarrias, ni nada. Solo el amargo y desconsolado llanto de viudas y huérfanos como doloroso epilogo de la tragedia. Por eso digo y he dicho siempre que nuestro pueblo es el PUEBLO MÁRTIR DEL PERÚ.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s