La resistencia de la Quinua

Por el escritor chileno Jorge Inostrosa

(Segunda parte)

Resistencia de la QuinuaAlberto del Solar, que iba a un costado de la tercera compañía, veía entre sí las recias espaldas del teniente Martiniano Santa María y poco más adelante, la figura delgada y elástica del teniente Velasco, a cuyo flanco iba su ordenanza, el rudo y canoso Lucas Castro. Nunca mejor que entonces se advertía que ese rústico sólo hacía la guerra para cuidar de su joven señor; iba pendiente de él y no disparaba sino cuando advertía que algún enemigo podía representar una amenaza para el oficial.

Cuando iniciaron el ascenso de la cuesta, todos comprendieron que allí estaba la parte verdaderamente difícil de la empresa. Centenares de indios estaban escalonados en las terrazas naturales de los cerros y se los veía apoyados en grandes peñascos, que tenían preparados para arrojarlos sobre los chilenos.

El comandante Letelier puso en alerta a los soldados, justamente en los momentos en que empezaron a rodar las galgas, arrastrando nubes de pedruscos más pequeños

–        Guarda abajo que están tirando las galgas- se gritaban los soldados unos a otros, tantos a hacerles el quite.

–        Disparen sobre los indios que están acarreando rocas- gritó Letelier, tratando de hacerse oír por sobre el estruendo que producía el aluvión de piedras.

La angosta quebrada funciona como canaleta, por la que rodaban las galgas igual que gigantescas bolas de palitroque. Al principio los esmeraldinos los veían venir y se arrojaban hacia los costados para evitar su impacto; pero pronto se levantó del suelo una polvareda que cegaba toda visión; entonces sólo se escuchaba el estrépito de las rocas a tiempo de verlas pasar. Una de ellas, de tamaño reducido afortunadamente, pasó entre los hombres de la segunda compañía, abriendo una brecha entre ellos. Cuatro soldados alcanzaron a ser tocados por el peñasco; tres se levantaron casi enseguida, cubiertos de magulladuras superficiales; el cuarto quedó retorciéndose de dolor, con varias costillas hendidas. La nube de polvo que impedía que lo vieran los oficiales, pero oían sus roncos gemidos.

Una rabia bestial comenzó a arder en el corazón de los esmeraldinos ante el brutal sistema de guerra, y todos, por iniciativa propia, fueron trepando más aprisa.

El mayor Retamales gritaba desaforadamente la orden de apresurar el ascenso, cuando su voz fue apagada por el ruido espeluznante de una roca descomunal que bajaba con la velocidad de una locomotora.

Del Solar alcanzó a verla cuando venía a unos treinta metros y se dio cuenta de que su trayectoria la conducía fatalmente sobre la tercera compañía, y en especial sobre el teniente Velasco y su ordenanza.

–        ¡Cuidado, salten hacia la derecha!- les gritó escalofriado.

Los soldados se arrojaron de cabeza hacia la pared de la quebrada, pero Velasco no alcanzó a hacerlo. Fue entonces cuando su ordenanza reveló prácticamente su abnegación. Sin cuidarse de sí mismo, saltó hacia su oficial y lo arrojó lejos de un formidable empellón. La roca pasó a espaldas de los dos, rozó al viejo. Lucas, le enredó las ropas y lo hizo girar vertiginosamente, como un trompo; luego, le disparó hacia atrás, dentro de la lluvia de peñascos menudos que traía en su estela. El desdichado ordenanza quedó semi sepultado e inconsciente.

Velasco volvió a su lado a toda prisa y lo examinó ansiosamente. Estaba vivo, pero la sangre, brotándole de innumerables pequeñas heridas, empezaba a empaparle el hirsuto cabello gris. El oficial levantó el rostro, con los ojos relampagueándole de cólera incontrolable.

–        ¡Dos hombres encárguense de este herido!- gritó a os que estaban más próximos. Enseguida se irguió, desencajado por el furor, y desenvainó su largo sable- ¡Adelante la tercera compañía! ¡A la carga Esmeraldinos! –Rugió y echo a correr hacia arriba, por un costado del camino.

Al ver que los hombres de Velasco se lanzaban al asalto de la cuesta a todo correr, el capitán Aguirre animó también  a los de la segunda compañía. Como lo hicieran los del cuarto de línea en la toma del morro de Arica, los esmeraldino se abalanzaron cerro arriba, despreciando toda precaución, ciegos de rabia. Adelante iba el teniente Velasco, esgrimiendo a la diestra el sable y en la siniestra su revólver de repetición. El centenar de metros que le faltaba para llegar a la parte alta de la cuesta fue salvado en pocos minutos.

Los indios aterrados por el tableteo de la fusilería que sentían aproximarse perdieron el tino y dejaron de lanzar sus galgas. El polvo bajó apegándose a la tierra y como si se descorriera un telón aparecieron ante sus ojos los chilenos enardecidos. El desbande fue inmediato.

Velasco llegó a lo alto gateando e irguiéndose sin darse un respiro, de dos o tres saltos alcanzó a los últimos fugitivos. Su sable fulguró al sol en alocados molinetes y cayó una y otra vez sobre los cuellos y las espaldas de los enemigos. Su último tajo cercenó limpiamente la cabeza de un indio. Pero, aniquilado por el esfuerzo, el oficial cayó de rodillas al suelo.

CONTINÚA…..

La resistencia de la Quinua

Por el escritor chileno Jorge Inostrosa

(Primera parte)

Uno de los libros más interesantes escrito por el notable escritor chileno Jorge Inostrosa lleva por título ADIÓS AL SÉPTIMO DE LÍNEA. En sus páginas encontramos el relato detallado de lo que aconteció en aquella conflagración fratricida de la que salimos perdiendo los peruanos. La notable equidad que se observó en su redacción nos mueve a presentar, a nuestros amables lectores, algunas de sus páginas en las que se relatan pasajes que competen a nuestra identidad. No en vano estuvo asesorado por protagonistas de aquellos pasajes históricos. En estas páginas podrán encontrar, narrados por un hombre ajeno a nuestra tierra, la grandeza de un pueblo que no sólo –lo hemos dicho- fue generoso con sus riquezas minerales, sino también, con el más brillante capital que los pueblos tienen: sus hombres. Leamos con especial cariño estos pasajes de esta obra que consta de cinco enormes volúmenes

Al septimo de la lineaLos guías de la columna Letelier siguieron el camino indicado por el cura de Baños hasta el puente de Salcachupán que cruza el río Huallaga justamente en el espolón norte del cordón montañoso del Cerro de Pasco. Allí, en lugar de tomar por la senda del poniente señalada por el religioso, siguieron la ruta  por el oriente de las montañas argentíferas que atraviesa los pueblos de Huariaca, Acobamba, Cajamarquilla y la Quinua. Al llegar a este lugar, las tropas estaban totalmente agotadas, y hasta, los oficiales, que iban a caballo, se rendían de cansancio.

–        ¿Hasta cuándo diablos andamos, mi teniente Velasco? -Rezongó Del Solar, dirigiéndose al jefe de su compañía.

–        Ya falta poco –le respondió el oficial, de mala gana.

No tenía mucha fe en que así fuera, pero hacía una hora, al pasar una escarpada cuesta llamada Alturas de Quinua, el mayor Rodríguez le había dicho que sólo les quedaba atravesar una población más, el caserío de Huarmipuquio. Nueve kilómetros al sur de aquel poblado, descendiendo en línea recta sin acercarse a la ciudad del  Cerro de Pasco, en donde debían encontrar a la columna del comandante Bouquet.

Las dos compañías del “Esmeralda” precedidas por cien jinetes de “Carabineros de Yungay”, desfilaban lerdamente por la falda de la montaña. Los ojos de los soldados, aunque encandilados por el fuerte sol, captaban la hostilidad del paisaje, una gigantesca cadena de cerros color granate, perforados en centenares de sitios. Eran los cerros de la plata, de los cuáles a través de siglos, desde antes del período de los incas, se extrajo el fabulosos torrente de plata que dio fama legendaria al Perú.

Pero los soldados, aunque ilustrados sobre el apasionante tema por sus oficiales, no tenían ánimo para alimentar la imaginación contemplando las huellas dejadas por los mineros en los combados vientres de piedra: los inmensos boquetes, que hablaban de ímprobos trabajos; las explanadas a media ladera, labradas robando terreno a la montaña; los caseríos equilibrados en la altura, abandonados al extinguirse la veta. Y fue precisamente por aquel desánimo en mirar que no repararon cuando el filo de la montaña, detrás de ellos, se empezó a llenar de cabezas de indios que atisbaban con sigilo; ni tampoco cuando fue el lomo de los cerros de la derecha, encima de ellos, el que se vio coronado, en toda su longitud, por un apretado rosario de cuerpos humanos. La primera noticia de la aparición de tan inesperados vecinos les llegó en el estampido simultáneo de una cincuentena de fusiles.

–        ¡Alto la marcha! ¡Tomar protección natural! – gritó al instante el comandante Letelier, antes de que los ecos de la graneada detonación terminara de repetirse en el aire encajonado. Avezados en la guerra y a sus sorpresas, los esmeraldinos actuaron con vertiginosa automatismo. Apenas resonó la descarga, disgregaron la formación y se arrojaron hacia ambos costados del camino. Tumbados sobre la tierra reseca, parapetados tras riscos, ondulaciones del suelo o matorrales densos, estudiaron la situación.

–        Estamos rodeados por millares de indios- observó Del Solar, escrutando las siluetas de los cerros por retaguardia y el flanco derecho.

El teniente Velasco rió con negligencia, flemáticamente, como inglés en un salón, mientras desabrochaba el cierre de su cartuchera para comprobar que su revólver salía fácilmente de ella. Aquella arma era el orgullo del oficial; se trataba de un moderno revólver español con tambor para repetir dieciocho tiros y cacha de marfil.

–        Hijo mío – bromeó, señalando con un índice a las alturas – o mandamos cada uno de nosotros cincuenta almas indias al Purgatorio o ellos nos lanzan al franqueo postal- Coincidiendo con sus burlescas expresiones, resonó otra descarga de fusilería en el alto del cerro de la derecha. Pero eran tiros desiguales e inefectivos por la distancia. No obstante, las posiciones que ocupaban los indios eran muy ventajosas y todo hacía presumir que irían descendiendo poco a poco hasta ponerse e a tiro.

–        Estamos en la sartén, compañero –volvió a embromar el teniente Velasco – Todo es cuestión de no dejarse tostar- Y rodando sobre un costado, se volvió hacia los soldados de la tercera compañía y les ordenó tranquilamente – ¡Soldados apunten con calma, escogiendo cada uno a un enemigo, y fuego a discreción, cuando los tengamos a doscientos metros!.

Los esmeraldinos estaban demasiado fogueados en las grandes campañas anteriores para dejarse aturdir por la emboscada que le habían preparado. Aunque la larga hilera de trescientos hombres se hallaba extendida en el fondo del zanjón que bajaba de los cerros de Quinua y contornaba el nudo montañoso del Cerro de Pasco y, por lo tanto, debían disparar hacia arriba, no perdieron la serenidad ni un minuto. Confiados  en la efectividad de sus fusiles de repetición y en su puntería, tantas veces ensayada, aguardaron conversando entre ellos, haciéndose bromas macabras, y varios hasta encendieron cigarros, aunque sin quitar los ojos de las líneas indias. De cuando en cuando, algunos indios, los más audaces, se ponían de pie agitando sus hondas o lanzas, en medio de alaridos guerreros, lo que bastaba para que tres o cuatro fusileros del “Esmeralda” elevaran sus armas y los tumbaran dando volteretas desde las cumbres.

La situación se mantuvo así durante unos quince minutos, al cabo de los cuales la indiada, engañada tal vez por la inmovilidad de la columna chilena o convencida de que su ataque desde la altura era infructuoso, empezó a descender, echando a rodar ante ella enormes peñascos.

El comandante Letelier, parapetado tras una roca con los mayores Rodríguez y Retamales, llamó en voz alta a los comandantes de las dos compañías del “Esmeralda”:

–        ¡Capitán Aguirre!… ¡Teniente Velasco!…Estos acudieron agazapados y se ocultaron tras el mismo parapeto que su comandante.

–        ¡Oficiales!… – les dijo éste- estamos estudiando la situación. No es apurada, ni mucho menos; pero puede llegar a serlo. Observen el sendero hacia delante. Si continuamos nuestro avance, tendremos que pasar por un sitio en que el camino se introduce en una estrecha garganta. Y, si se fijan ustedes bien, verán que los bordes de ella están llenos de indios que esperan con sus galgas listas para dejárnoslas caer sobre las cabezas y hacernos polvo. Si nos quedamos aquí, la ola de enemigos bajará con la intención de aplastarnos. No lo conseguirán, desde luego, pero nos expondremos a perder muchos hombres. Eso no es conveniente, siendo que recién empezamos la campaña. El mayor Rodríguez me ha sugerido que es preferible volver atrás y apoderarnos primero de los cerros de la Quinua. Así nos pondríamos al nivel de los indios y podríamos batirlos avanzando por el perfil montañoso. Creo que es lo más cuerdo y será lo que haremos.

–        Si no damos ahora una demostración de fuerza a los indios, su mentalidad simple los hará pensar que pueden oponérsenos en cualquier circunstancia. Y eso significaría el alzamiento de toda la sierra a muy corto plazo- acotó Rodríguez, dirigiéndose a los dos oficiales.

–        ¿Quiere usted decir que… que debemos exterminarlos a todos?- aventuró el teniente Velasco, impresionado.

–        No teniente –le aclaró Letelier-; pero cuando menos, hacerles sentir un castigo muy duro, demostrarles palmariamente que es una locura que intenten oponernos combate.

–        Repare usted en que parecen ser varios miles de hombres, mi comandante- le advirtió respetuosamente el capitán Aguirre, mostrándole con un gesto amplio a su diestra todo el filo de los cerros.

El jefe se encogió de hombros despectivamente.

–        Aunque sean miles- dijo, sin dar importancia al número- Están armados con unos cuantos fusiles viejos, rejones, hondas y cachiporras. Sus armas más efectivas son las galgas, pero cuidaremos de no ponernos en situación en que puedan arrojárnoslas sobre las cabezas. El camino es bastante ancho y podremos retroceder replegados en guerrillas; el único lugar de peligro es la cuesta que asciende a las alturas de la Quinua. Cuando lleguemos a ese punto, trataremos de espantar a balazos al enemigo que están arriba ¿Comprendida la operación, oficiales?

–        Sí, mi comandante –Afirmaron Aguirre y Velasco.

–        Bien. Ordenen media vuelta a sus compañías y rehagamos el camino hasta las alturas de Quinua.

Los esmeraldinos retrogradaron desplegados en guerrilla francesa y sin perder la cohesión. Marchaban paso a paso, cuidadosamente y con las pupilas brillantes por la atención con que iban observando los contornos, en previsión de una sorpresa. Cada vez que algún enemigo se presentaba demasiados cercano, un fusilero se encargaba de eliminarlo, apuntándole con toda calma, para no perder el tiro, puesto que llevaban solamente ciento veinte balas por cartuchera.

Marcharon así durante media hora, hasta llegar a la base de la cuesta de Quinua, en donde el sendero se encajonaba, subiendo por el centro de la quebrada.

CONTINÚA……

Aquella vez de la guerra con Chile (Primera parte)

La caída de Lima y el inicio de la Campaña de la Breña (15 de enero de 1881)

Tamborilero de guerraInexplicablemente, cuando se pensaba que intensificaría esfuerzos para continuar la guerra, el Presidente del Perú, Mariano Ignacio Prado emprende un sibilino viaje a Estado Unidos y Europa -8 de diciembre de 1879- so pretexto de adquirir, según hizo conocer en su Manifiesto a la Nación, buques y armamentos. El Gobierno quedaba en manos del anciano La Puerta. En ese momento, Nicolás de Piérola se presentaba como la única persona capaz de afrontar una situación tan grave. El 21 de diciembre Piérola se proclamó Jefe Supremo de la Nación.

Cuando los 25000 invasores chilenos desembarcan en nuestras playas y se aprestaban a invadirnos, el Cerro de Pasco decide enviar a otro valeroso grupo de hombres para defender Lima, bajo el egregio nombre de COLUMNA PASCO, pero esta vez ya no es su juventud. Esta nueva Columna la conforman niños y ancianos. Muchos murieron pero los que regresaron, heridos y maltrechos, habían realizado como sus predecesores, una gran campaña guerrera. Debemos sentirnos orgullosos de ello. Nunca fuimos indiferentes ante el dolor de la patria. Allí estuvimos para defenderla en los aciagos momentos aunque ya nada quedaba por hacer.

Después de tomar Lurín y Pachacamac, el ejército chileno llegaba con 25,000 hombres al mando del general Manuel Baquedano. En aquellos lugares, la colonia china formada por 658 coolíes, esclavizada por los terratenientes de la costa y dirigidos por su cabecilla Quintín Quintana,  ejercen activa venganza ayudando a las fuerzas invasoras en represalia por los maltratos que habían sufrido.

La situación del Perú es convulsa. El Dictador Nicolás de Piérola abandona Lima terminada la batalla de Miraflores y se interna en la sierra por la quebrada de Canta. Su intención es organizar la resistencia serrana declarando como residencia de su gobierno, “el lugar donde se encuentre”. El 22 de febrero de 1881, la junta de notables de Lima, nombra como Presidente de la República, al doctor Francisco García Calderón. Éste, se instala el 12 de marzo de 1881, en la residencia de su gobierno en Magdalena. En ese momento hay dos Presidentes en el Perú.

Asonada en la ciudad minera y fusilamiento de un francés – 12 de abril de 1881

fusilamiento[1]El Cerro de Pasco se vio en una dramática disyuntiva. Una parte del pueblo respaldaba a Piérola que continuaría con la lucha sin ceder ni un centímetro de nuestro territorio y otro grupo  minoritario respaldaba a García Calderón dispuesto a firmar la rendición del Perú cediendo grandes extensiones de nuestro país y evitar –como argumentaba- que sigan paralizadas las actividades mineras e industriales y continuara derramándose más sangre peruana. Así las cosas, el 6 de abril de 1881, como venía ocurriendo en otros pueblos descontentos de la República, estalla un movimiento popular comandado por un triunvirato formado por el ex Alcalde de la ciudad, terrateniente y próspero minero, Carlos Minaya, seguido por el también minero Jacinto Cortázar y el levantisco cura de Ninagaga, Pedro Tomás Lino. Esta facción  apoyaba abiertamente el gobierno de García Calderón en contra del dictador Piérola que había fijado su cuartel en Jauja.

Las dos facciones antagónicas se enfrentaron en las céntricas calles de la  ciudad minera. En la mezcolanza de insultos y maldiciones que a grito pelado se  decían unos y otros, predominaba el estruendo de disparos y explosiones, en medio de un humo  acre que circulaba por todas partes. De esto usufructuaban los “neutrales”, aquellos indolentes e indecisos (Todavía existen grupos compactos de estos miserables en nuestra ciudad) que aprovechando la ocasión, se dedicaron a saquear los negocios de los extranjeros. En eso aparece un grupo de revoltosos decididos a cobrar venganza en contra de los entreguistas que apoyaban a García Calderón. Su primera acción fue la  búsqueda de los mineros Minaya y Cortazar. De nada les sirvió registrar sus minas y haciendas minerales. Habían desaparecido como por arte de magia. Iracundos en extremo, al no encontrarlos, rastrearon al cura Pedro Tomás Lino, de Ninagaga. Hallado en su iglesia, fue torturado salvajemente y sometido a sumarísimo juicio popular. Fue condenado a morir degollado. Sin hacer caso de sus gritos y sollozos, fue decapitado; su cabeza todavía sangrante, colocada en una pica, fue paseada por las agitadas calles cerreñas para escarmiento de los traidores.

En el momento más candente de la manifestación mueren baleados dos miembros de la escolta de Nicolás de Piérola que trataban de sacar cara por sus parciales.  El teniente César Chocano con el cráneo destrozado y el alférez Alejandro Murga con un boquete en el pecho. En conocimiento de lo sucedido, Piérola,  indignado, nombra a su compañero de confianza, comandante José Santos Aduvire, para que viaje al Cerro de Pasco y liquide todo foco de apoyo al gobierno de García Calderón, pasando por las armas a quienes resultaren culpables de la muerte de su escolta.

Aduvire ingresa en el Cerro de Pasco a las ocho de la noche en medio de los aplausos de sus parciales y la hostilidad de algunos revoltosos. Utilizando energía y rigor implacables detienen a numerosos ciudadanos que son interrogados expeditivamente por un Concejo de Guerra. Tras severa investigación, se establece que el asesino de los escoltas era el ciudadano francés Louis Faget. Después de sumarísimo juicio, el 12 de abril de 1881, es conducido al paredón de fusilamientos.

El galo engrillado con centinela a la vista fue depositado en la iglesia de Chaupimarca. Durante toda la noche escribió numerosas cartas para sus familiares. Entre tanto, sus coterráneos han agotado gestiones ante Aduvire que se mostró inflexible. A las siete y treinta de la mañana, el cura, la oficialidad y un piquete de soldados de la Esmeralda, lo escoltan. Durante todo el trayecto el condenado lanza improperios en su lengua nativa. La gente apiñada en calles y plazas presencia la última caminata del reo, al que lo alienta y aplaude. Llegado a la calle del marqués, lo  sientan en la banqueta; con los ojos verdes encendidos de cólera sigue lanzando denuestos; cuando el cura se acerca para reconfortarlo, lo aleja despectivamente. El francés es un agnóstico librepensador¸ ateo. En ese momento se oye en toda la línea un tétrico redoble de tambores y luego, doce fusiles vomitan fuego que lo arrojan contra la pared. El jefe del pelotón desenfunda su revólver y le da el tiro de gracia. A partir de ese momento, Aduvire es la máxima autoridad en el departamento de Junín. Como no podía ser de otra manera, en la tarde realiza un Cabildo Abierto en el que da a conocer los planes de Piérola y recalca que: “no respaldarlo es  traicionar el recuerdo de los integrantes de la gloriosa Columna Pasco, muertos en defensa del país que García Calderón trata de entregar al enemigo”. Fue suficiente, a iniciativa de la Municipalidad el pueblo minero respaldó a Piérola por unanimidad y, desde entonces, brindó su más amplio apoyo pecuniario a la Campaña de la Breña, comandada por Andrés Alfredo Cáceres. Los poquísimos ancianos que quedaron en el pueblo, se unieron a las huestes guerrilleras del centro.

Por aquellos días, para congratular el gesto del pueblo, el general Cáceres hizo un viaje al Cerro de Pasco. El  fin era ordenar la reunión de las fuerzas de Aduviri al grueso del ejército del centro. Aprovechando de su estadía en la ciudad minera, habló con el pueblo en una manifestación popular y conminó a que todos siguieran cumpliendo con su ayuda económica a la causa de la resistencia.

Se retiró llevando ganado, vituallas, ropas y  mucho dinero.

 

Augusto Durand Maldonado

Augusto Durand MaldonadoIlustre huanuqueño muy relacionado con nuestra tierra fue hijo de Gregorio Durand y Amalia Maldonado. Establecido en Lima, inició sus estudios en el Convictorio Carolino y luego ingresó (1886), a la Universidad Mayor de San Marcos. Sucesivamente optó en ella los grados de Bachiller (17-05-1889) y Dr. En Ciencias Políticas y Administrativas (02-10-1890), con las polémicas tesis “Los Estados carecen del derecho de ceder parte de se territorio por indemnización de guerra y conservan en todo momento la facultad de reivindicarlos por la guerra”; y “Un gobierno legítimo no es responsable de las sentencias extranjeras en materia civil y en materia criminal”, respectivamente; y optado el Bachiller. De Jurisprudencia (24-07-1890) con una tesis sobre “El derecho de insurrección”, se recibió como abogado. Desde entonces podía adivinarse su inclinación por las revueltas y las protestas. Volvió a su tierra natal y dedicado a la agricultura, desarrolló cultivos de coca en sus haciendas de San Carlos y Huancachupa. Viajó a Estados Unidos y Europa (1893); y a su regreso secundó la revolución iniciada por la coalición cívico-demócrata contra el gobierno de Andrés Avelino Cáceres. Con los peones de sus hacienda atacó Huánuco, puso en fuga a las autoridades, y se proclamó jefe superior político y militar de los departamentos del centro; luego tomó Cerro de Pasco, dispersó a sus adversarios de Yanahuanca, bajó a la costa para apoderarse sorpresivamente de Huacho, volvió hacia Matucana, venció en Izcuchaca a las fuerzas del gobierno, avanzó hasta Ayacucho, marchó a través de las cordilleras hasta unirse en Cieneguilla con las montoneras coalicionistas que obedecían a Nicolás de Piérola, y a su lado entró a la capital (16-03-1895).

Triunfante la revolución, fue elegido diputado por Lima y presidió su cámara en la legislatura de 1895 (En esta ápoca trata de instaurar un  Colegio de Educación Secundaria en el Cerro de Pasco. La indolencia del pueblo y la acción de sus enemigos, liquidan este buen deseo); pero a poco inició una revolución en contra del gobierno de Nicolás de Piérola (1898) como protesta por el apoyo que aquél prestara a la candidatura presidencial del civilista Eduardo López de Romaña; y frustrada su intentona, hubo de salir al destierro. A su regreso fundó el Partido Liberal (05-10-1902); y nuevamente elegido diputado por Lima (1904), encabezó una nueva revolución para obstruir la candidatura presidencial de Augusto B. Leguía (1908). En 1908 trata de tomar el Cerro de Pasco, pero fracasa en su intento por la férrea resistencia del pueblo cerreño. Ya entronizado este en el poder, lo involucró arbitrariamente en el atentado que los demócratas efectuaron el 29-06-1909, lo puso en prisión, y sólo al cabo de dos años le otorgó la libertad. Efectuó entonces un viaje por países americanos y europeos. A su regreso fue otra vez elegido diputado por Lima (1912); secundó la candidatura de Guillermo E. Billinghurst; pero no tardó en desaprobar su política, y favoreció el pronunciamiento militar del 04-02-1914, para contrarrestar una alegada disolución del Poder Legislativo. Su candidatura presidencial surgía en forma imponente; pero fue frustrada por el gobierno del coronel Óscar R. Benavides, al implicarlo en una conspiración y desterrarlo. A su regreso adquirió La Prensa (1915); desde su dirección apoyó la candidatura de José Pardo y nuevamente fue elegido diputado por Lima. Pasó a ser ministro plenipotenciario en Argentina (1916-1917). Se retiró a la vida privada cuando fue depuesto el presidente Pardo (04-07-1919); pero reincidió en sus empeños revolucionarios para oponerse a los propósitos continuista de Leguía (1923). Fue aprehendido en Paita y, navegando hacia el Callao, murió (31-03-1923) en circunstancias discutidas. Se le ha juzgado como “la figura romántica del largo periodo de luchas armadas”. (Diccionario enciclopédico peruano)

 

COLQUIJIRCA Resumen Histórico por el doctor Alberto Benavides de la Quintana (2002)

Se sabe que los Tinyahuarcos, diligente y aguerrida tribu pre-incaica, cuyo asentamiento y fortaleza era la estratégica elevación de Puntac-Marca, hoy Marcapunta, ya trabajaban la plata con relativa facilidad. Estos primitivos orfebres, cuyas dotes artesanales eran muy sencillas, sufrieron la interrupción de su progreso artístico con la llegada de los españoles. Los Tinyahuarcos, extraían la plata de las faldas del cerro ubicado frente a Puntac-Marca, que por poseer abundancia y calidad desde aquellos tiempos era conocido como GOLGUE (plata); JIRCA (cerro), hoy Colquijirca, es decir “cerro de la plata”.

El inca Pachacutec, gran organizador del imperio incaico, notable estadista y empeñoso conquistador, con los ejércitos imperiales al mando de su hermano Capac Yupanqui, se dedicaba a conquistar toda la actual zona central del Perú, librando para ello, encarnizadas batallas con los Huancas, Xauxas, Tarumas, Pumpus y Yaros. Entre éstos asimilados al Tahuantinsuyo por pacíficos arreglos luego de infructuosas batallas. Ya sometido al imperio, Golguejirca era uno de los lugares más pródigos en la producción del blanco y noble metal.

La llegada de los hispanos cambió el destino de este paraje. Cuando hubo que pagar el rescate del Inca Atahualpa, se recibió la orden de enviar a Cajamarca toda la existencia almacenada de minerales preciosos. Golguejirca cumplió el mandato. Tan extraordinarios y abundantes eran los envíos, que el mismísimo Hernando Pizarro, organiza una expedición para conocer personalmente este emporio.

El joven cronista, Miguel de Estete, nos dice que al llegar a Golguejirca, encuentran a una tropa de indios conduciendo cuatrocientas arrobas de plata fina y ciento cincuenta de oro, a lomo de numerosísimas llamas, para pagar el rescate del Inca. Era el 12 de marzo de 1533.

Cuando el 12 de enero de 1549, don Pedro de la Gasca otorga la encomienda de los Yaros y Chaupihuarangas a don Joan Tello de Sotomayor, los españoles llegan en tropel a la zona y comienzan a trabajar con denuedo las minas de Golguejirca. Para estar más cerca de los yacimientos van a afincarse en terrenos cercanos a un antiquísimo pueblo llamado Putaca, y allí fundan la Villa de Nuestra Señora de las Nieves de Pasco, el 5 de agosto de 1570.

En el año de 1880, la mina Colquijirca, propiedad del ciudadano español Manuel Clotet, fue cedida a su yerno, Eulogio Fernandini. En 1886, se inician los trabajos del socavón principal de Colquijirca que posteriormente se llamo el “Socavón Fernandini”. La ejecución de la obra de 900 metros de longitud, tomo 13 años llegando por fin con tenacidad y esfuerzo a encontrar  vetas de plata, plomo y zinc. Para 1889, se tenía instalada la Fundición de Huaraucaca, para la producción de barras de plata, cuya instalación y manejo estuvo a cargo del ingeniero Antenor Rizo Patrón. En ella, se realizaban diversos procesos, tales como: preparación mecánica, fundición, amalgamación, lixiviación de plata y bismuto, cianuración, etc., para la obtención de mejores rendimientos según la composición y riqueza de las minas. Se beneficiaron minerales sulfurados y oxidados de cobre, en hornos de mangas o water jackets, previa calcinación en reverberos.

En 1921, la empresa, Negociación Minera Eulogio E. Fernandini, decidió cerrar la fundición y reemplazarla por una planta de flotación ubicada en el mismo lugar. En esa época, la flotación era una tecnología revolucionaria que reemplazó rápidamente a las fundiciones primitivas que hacían las veces de concentradoras. A la muerte de Eulogio Fernandini, en 1938, sus hijos se hicieron cargo de la empresa, modificando su nombre a “Negociación Fernandini Clotet Hermanos” que incluía tanto negocios mineros como agrícolas. El 7 de mayo de 1956, se registró como “Sociedad Minera El Brocal S.A.”

En 1960, se instala el primer molino de barras e inicia su crecimiento. En 1962, la planta concentradora producía 480 TMD y en 1972, llega a 510 TMD. En 1973, se inicia los trabajos de tajo abierto “Mercedes-Chocayoc”, mientras en la zona de Marcapunta, se explotaba por método subterráneo.

En 1974, se paraliza la explotación subterránea convencional, y, se intensifica el desbroce del tajo abierto, elevando la producción a 580 y posteriormente hasta las 1,000TMD. Entre 1980 y 1981, se incrementan las actividades en el tajo abierto, lográndose producir 1,500 TMD de mineral. En 1990 y 1991, se tratan 1750 TMD y 2000 TMD de mineral respectivamente, proveniente de los tajos Principal y Mercedes-Chocayoc.

A partir de 1994, se inicia un programa agresivo de exploraciones a través de perforaciones diamantinas, lo cual permitió identificar y cuantificar los Proyectos San Gregorio y Marcapunta. En el caso del primero, se logró estimar como recursos minerales alrededor de 70 millones de toneladas, con 8.06 % de zinc y 2.26 % de plomo. En el caso del segundo, alrededor de 50 millones de toneladas, con 1.90 % de cobre.

En Noviembre de 1996, la planta  concentradora de Huaraucaca comienza con la flotación selectiva de zinc, plata y plomo. Al mismo tiempo, la producción llega hasta 2,200 TMD

Una de las actividades más importantes, fue la elaboración (1996) y ejecución del Programa de Adecuación y Manejo Ambiental (PAMA), entre 1997 y 2001, cuyo cumplimiento mereció el reconocimiento y aprobación del Ministerio de Energía y Minas a través de la R.D. Nº 306-2002-EM/DGM, el 08 de noviembre del 2002, luego de una rigurosa Auditoría Especial. Paralelamente la producción de la empresa se incrementó progresivamente hasta llegar a 3300 TMD en el 2003.

El 14 de abril del 2003, la empresa se convirtió en Sociedad Anónima Abierta y su razón social se modificó a Sociedad Minera El Brocal SAA.

A fines del año 2002, luego de adecuarse a la legislación ambiental, la empresa toma la decisión de implementar un Sistema Integrado de gestión en Medio Ambiente, Seguridad y Salud Ocupacional (SIGMASS), con el objetivo de mostrar su compromiso voluntario  por la mejora continua en cuanto al cuidado del medio ambiente y la integridad física de su personal, lo cual obligo la elaboración, cumplimiento y seguimiento de políticas, manuales, procedimientos, instrucciones, etc.; del sistema, para ser sometido luego, a una auditoría externa. Esta implementación se realizó durante los años siguientes, para culminar con el logro de la Certificación de ISO 14001 y OHSAS-18001, el 24 de marzo del 2004.

A partir del año 2006 la capacidad instalada de la planta concentradora Huaraucaca es de 4,000TMD.

Durante los últimos 50 años, Sociedad Minera El Brocal ha logrado dar un salto cualitativo importante debido al crecimiento integral de la organización, lo que la ubica dentro del grupo de empresas mineras medianas mas importantes del país.

El Brocal

 

Hace 125 años las batallas de Lima salvaron el honor nacional

Publicado en el Diario El Comercio, de Lima, el 15 de enero de 2006

Batalla de Lima
No hay en la historia peruana página alguna que se compare con las jornadas gloriosas de San Juan y Miraflores, verdaderas batallas de David contra Goliat

Muerto Grau y perdido luego el Ejército del Sur, la suerte de Lima estaba echada. Hace 125 años pudimos acabar con una guerra no deseada entregando la capital como trofeo de guerra. Pero los hijos de Lima eligieron luchar y salvar el honor nacional, al combatir en las puertas de sus propios hogares.

En Pisco, donde 60 años antes había tocado tierra la Expedición Libertadora, el ejército invasor desembarcó 30 mil hombres. Una de sus divisiones estaba al mando de Lagos, el mismo que en Arica ordenó: “Hoy no hay prisioneros”. Otra a órdenes de Lynch, el saqueador de la costa norte peruana. Por la ruta de Lurín marchó sobre Lima esperando encontrar una ciudad moral y materialmente derrotada. Pero encontraron a una en armas.

El 13 de enero de 1881, en San Juan, el Morro Solar y Chorrillos, la primera línea de defensa, la batalla fue cruenta: cuatro mil peruanos murieron allí. En el Morro Solar, al mando de Iglesias, la resistencia peruana fue tan empecinada que casi obliga a los chilenos a retroceder. No en vano los propios chilenos reconocieron el valor de los defensores. “Nunca se vio antes y no hay ninguna palabra para describir la gallardía y determinación de los peruanos”, escribió un historiador chileno. Luego vino la borrachera de la victoria. Chorrillos, donde no había baterías, depósitos de municiones o cosa alguna que se le pareciese, fue presa del pillaje y las llamas. Igual sucedió con Barranco. Durante tres días ardieron iluminando el cielo de Lima.

“Por todas las calles se veía destrozos de todo

género, muebles despedazados, cadáveres y heridos,

tanto chilenos como peruanos; casas que

principiaban a incendiarse, puertas

y ventanas destrozadas…

La noche de Chorrillos será,

de todos modos, una fecha lúgubre

LA TRAGEDIA MINERA DE “PIQUE CHICO” Goyllarisquizga (23 de enero de 1910

La tragedia de Pique Chico 3(Tercera parte)

La prensa nacional que ya había tomado conciencia del significado de ambos holocaustos acaecidos publicó el testimonio de un enviado del Gobierno que había visto todo lo ocurrido después de la segunda explosión. Este testimonio se sintetiza así:

“Los muertos fueron muchísimos. Los cadáveres de 168 trabajadores no fueron encontrados mas una posterior investigación determinó que muchos muertos fueron arrojados a los pesebres, de donde los hizo extraer el Prefecto, tan pronto como se dio cuenta de ello debido a la  protesta de los deudos y demás operarios”. 

“La empresa mandó fabricar inmediatamente cajones grandes cuadrilongos en los cuales se depositaron los muchos miembros aislados que se encontraron junto al punto crítico de la explosión. Entre los sucumbidos había un padre que abrazaba a su hijo de quince años de edad. Los cadáveres horriblemente mutilados, se velaron en las habitaciones de los obreros que son unos cuartuchos estrechos de 2 y medio varas de fondo por dos de ancho. Allí permanecieron 48 horas despidiendo hedores insoportables. Al entierro de las víctimas no asistió nadie de la empresa. Ni la presencia del dolor fue capaz de despertar en el corazón de los capitalistas un impulso de fraternidad hacia el pobre siervo indígena”.

“Los muertos y heridos fueron sacados en hombros por falta de toda clase de medios. Al hecho de no estar a la mano los elementos necesarios de debe la pérdida de muchas vidas. Los norteamericanos aplicaban a los asfixiados, ácido acético diluido en agua, y amoníaco líquido. Uno de los titulados médicos de la empresa diagnosticó como embriaguez un caso de asfixia, ejemplo en el cual se funda la comisión oficial para opinar que el gobierno deniegue la reconsideración pedida por la Compañía del Decreto que ordena que los médicos empleados en los hospitales de las empresas mineras, sean profesionales recibidos, conforme a las leyes del país”. 

“El llamado Hospital de Goyllarisquizga no es sino un lugar para atender casos urgentes en materia de accidentes, y, el Prefecto se vio precisado a llevarse consigo al Cerro de Pasco, a los heridos para que allí fueran debidamente atendidos”.

La prensa peruana siguió preguntándose: ¿Cabe mayor desprecio hacia la humanidad que este abandono en que dejaba la compañía millonaria del Cerro de Pasco a sus operarios?.

En cuanto a las indemnizaciones, la compañía hizo todos los  gastos del funeral quedando acordado con ella el inmediato abono de los saldos acreedores a los deudos y cancelación de las cuentas a su cargo y a favor de la empresa. Por su parte, el Prefecto de Junín entregó a cada familiar una libra peruana obsequiada por el Supremo Gobierno.

Como advertirán nuestros lectores -sigue diciendo el periodista- la catástrofe ocurrió con anterioridad a la promulgación de la ley del 20 de enero de 1911, de manera que las demandas de indemnización quedaban sujetas a lo dispuesto en el artículo 12 del reglamento de locación de servicios mineros. Respecto a los braceros provenientes de Jauja que conforman la gran mayoría de las víctimas, ellos habían acordado, con el enganchador Castro, la suma de 20 libras peruanas como indemnización por accidente, cantidad que la empresa convino con la Comisión Oficial en abonar en Jauja a los deudos, en presencia del delegado de minería para mayor seguridad de la entrega. Sin embargo la Compañía burló este acuerdo, despachando un tren a Jauja con los deudos, que eran amontonados en coches jaula como si fueran ganado sin esperar al delegado que tenía que llegar al Cerro de Pasco.

 La curación de los heridos, que fueron bien atendidos en el Cerro de Pasco bajo la vigilancia del Prefecto corrió, como es natural, a cargo de la Compañía que se comprometió a considerar devengadas en el jornal íntegro de cada uno de ellos hasta su completo restablecimiento, y en el caso de quedar alguno imposibilitado, total o parcialmente, entregarle una indemnización cuyo monto estará reglado por la Delegación de Minería.