LA TRAGEDIA MINERA DE “PIQUE CHICO” (23 de enero de 1910)

La tragedia de Pique Chico 2(Segunda parte)

La aciaga mañana del domingo 23 de enero de 1910 comenzaba a mostrarse   completamente nublada. Las oscuras cerrazones que cubrían los cielos parecían haber hecho descender los nubarrones  y  que podían tocarse con las manos. Se iniciaba un domingo sombrío y no obstante ser día de guardar, las gentes presurosas iban de un lugar a otro, con sus inquietudes y sus ansiedades. Para este poblado minero no hay tregua posible. Los músculos activos no pueden guardar un domingo. La avidez de la compañía no puede permitirse ese lujo. El activo poblado carbonífero de Goyllarisquizga  ha aglutinado a numerosos hombres venidos de diferentes lugares, ofreciéndoles el riesgoso trabajo en sus negras galerías. Allí seguirán como obsesos la negra veta del yacimiento.

Son las seis con treinta minutos de la mañana y da la impresión de que el resto del día transcurrirá con el acostumbrado ritmo cotidiano, cuando un remezón  sordo, como producido por el más terrorífico terremoto, estremece las casas haciéndolas temblar desde sus cimientos. Las gentes alarmadas ganan las calles y mudas de espanto se interrogan con las miradas. De la parte baja donde se aposenta la mina se eleva un humo negro, denso y acérrimo, que empieza a envolverlo todo. Una vieja mujer, desquiciada y pálida, figura de un negro presagio, grita:

-!!!La mina…!!!!

Y las madres y las esposas y las hermanas y los hijos y las hijas, corren desaforados a la puerta del socavón, dejando un reguero de gritos y lamentos. La carrera calle abajo es desesperadamente  angustiosa. En el trayecto se encuentran con un hombre que, desencajado, con los ojos desmesuradamente abiertos de terror, tartajea en los umbrales de la inconsciencia…

-¡¡¡El…pique..chico..de la mina..¡¡¡Se ha hundido!!! -Y suelta el dique de su emoción en un llanto irrefrenable.

La desesperada angustia se apodera de todos. Algunos hombres con fuerte presencia de ánimo impiden que las mujeres entren en la mina. Están como locas. Ya han llegado más hombres y presurosos, cubriéndose las narices con unos simples pañuelos, ingresan en el socavón a salvar a sus compañeros. Muchos de estos abnegados valientes no volverán a salir. El gas grisú en toda su mortal intensidad sigue cobrando más vidas.

Pasado un tiempo llegan el superintendente Cowans y el comisario Gabriel Saco  que disponen -con el poco y deficiente equipo- la conformación de brigadas de rescate. El trabajo de estos hombres debidamente preparados para casos como éste,  es arduo y arriesgado. Imbuidos de amor fraternal suplen las deficiencias materiales con el calor humano del esfuerzo. Tres horas después, en un tren expreso de la Minning Company, llega desde el Cerro de Pasco, el médico de la Compañía, el Doctor Arthur Shaw y, veinte policías al mando del inspector Enrique Sánchez Burgos. Transportan  numerosos  ataúdes.

La labor de rescate es cada vez más desesperante. Entre un humo asfixiante que nubla todo el trayecto de las labores se oyen órdenes, gritos, lamentos, llantos y quejidos desesperados. Los hombres que han entrado -ojos llorosos y temblor en los pulsos- sacan cadáveres mutilados, sin cabeza, sin brazos, sin piernas, y los amontonan a la puerta de la galería. Los heridos, exangües y jadeantes, soportan estoicamente, hasta el límite de lo humano el tremendo dolor de sus heridas.

Los voluntarios del rescate ya están agotados; sin embargo, para insuflarles más ánimos cada uno de ellos reciben colmados pocillos de aguardiente. Desatinada disposición que va a originar un intento de linchamiento del Superintendente y staff que lo acompaña. Felizmente la enérgica acción de la policía evita que ocurra semejante desatino. No es para menos. Todos están angustiados, desesperados, impotentes; sintiéndose solidarios con las víctimas y sus familiares. Es más. Cuando después del desastre los obreros presentaron su reclamo, el Superintendente les informó que no se angustiaran, que la Compañía indemnizaría a los familiares con “cincuenta soles por cada muerto”. La reacción no se hizo esperar y -como dijimos- de no contarse con la fuerza del orden, se habría tenido que lamentar una sangrienta asonada.

Así, en un ambiente de fuerte tensión anímica y un humo asfixiante que cubría todo el poblado se dio por finalizado la tarea de rescate a las tres de la tarde. En el pequeño hospital e improvisadas instalaciones adyacentes, 56 heridos graves se debatían entre la vida y la muerte. En el corredor quedaban apilados 29 cadáveres, mutilados e irreconocibles,  resultado del doloroso holocausto minero.

Aquella mañana, faltando treinta minutos para la salida, el italiano Pietro Gava, exigente capitán de minas, había ordenado que se enciendan los tiros en el nivel “G” de Pique Chico para dejar expedito el trabajo a los obreros que debían entrar en el turno de las siete. Los veinte y ocho hombres que lo acompañaban habían trabajado intensamente esa noche y la orden de cargar los tiros de dinamita se supone que lo habían efectuado con cisco de carbón húmedo y no con la arcilla reglamentaria. Este desatinado reemplazo es lo que  originó tan cruenta explosión. La chispa que ocasionó el ensordecedor estallido de grisú, recorrió la galería más de 1,400 pies destrozando el maderamen, las instalaciones eléctricas y la línea Decauwille. A lo largo de la siniestra galería quedaban regados los cuerpos y miembros mutilados de los mineros.

Recién entonces la prensa peruana reparó en el significado de la horrible tragedia. Todas las organizaciones gremiales, culturales y sociales se solidarizaron con los familiares de los caídos. El Gobierno tomó en serio el control de las compañías mineras de entonces a fin de que cumplan con las leyes vigentes de seguridad. La primera medida adoptada fue la de suspender el trabajo en las minas de Goyllar hasta el nueve de agosto de 1919. Quedaban sin trabajo más de cinco mil hombres. En siete meses quedaría expedito un sistema de seguridad que garantizara la vida de los mineros. Así lo hicieron saber al organismo rector que, previa revisión –después de los siete meses-  autorizó para que continuaran los trabajos.

Lo que son las cosas.

Al día siguiente en cumplimiento de la ordenanza -10 de agosto de 1,910- se reiniciaban las labores. Había plena confianza en todas partes por las medidas de seguridad adoptadas. Sin embargo, siendo las cinco menos cinco de la tarde, en el nivel “F”,  se produjo una segunda horrible explosión, más dantesca que la primera; esta vez con 310 hombres dentro, al mando del capitán Carlos Valle. Después de las sacrificadas tareas de salvataje, fueron contabilizados: 72 muertos y 60 heridos. Del resto -168 hombres- nunca más se supo nada.

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