La resistencia de la Quinua

Por el escritor chileno Jorge Inostrosa

(Primera parte)

Uno de los libros más interesantes escrito por el notable escritor chileno Jorge Inostrosa lleva por título ADIÓS AL SÉPTIMO DE LÍNEA. En sus páginas encontramos el relato detallado de lo que aconteció en aquella conflagración fratricida de la que salimos perdiendo los peruanos. La notable equidad que se observó en su redacción nos mueve a presentar, a nuestros amables lectores, algunas de sus páginas en las que se relatan pasajes que competen a nuestra identidad. No en vano estuvo asesorado por protagonistas de aquellos pasajes históricos. En estas páginas podrán encontrar, narrados por un hombre ajeno a nuestra tierra, la grandeza de un pueblo que no sólo –lo hemos dicho- fue generoso con sus riquezas minerales, sino también, con el más brillante capital que los pueblos tienen: sus hombres. Leamos con especial cariño estos pasajes de esta obra que consta de cinco enormes volúmenes

Al septimo de la lineaLos guías de la columna Letelier siguieron el camino indicado por el cura de Baños hasta el puente de Salcachupán que cruza el río Huallaga justamente en el espolón norte del cordón montañoso del Cerro de Pasco. Allí, en lugar de tomar por la senda del poniente señalada por el religioso, siguieron la ruta  por el oriente de las montañas argentíferas que atraviesa los pueblos de Huariaca, Acobamba, Cajamarquilla y la Quinua. Al llegar a este lugar, las tropas estaban totalmente agotadas, y hasta, los oficiales, que iban a caballo, se rendían de cansancio.

–        ¿Hasta cuándo diablos andamos, mi teniente Velasco? -Rezongó Del Solar, dirigiéndose al jefe de su compañía.

–        Ya falta poco –le respondió el oficial, de mala gana.

No tenía mucha fe en que así fuera, pero hacía una hora, al pasar una escarpada cuesta llamada Alturas de Quinua, el mayor Rodríguez le había dicho que sólo les quedaba atravesar una población más, el caserío de Huarmipuquio. Nueve kilómetros al sur de aquel poblado, descendiendo en línea recta sin acercarse a la ciudad del  Cerro de Pasco, en donde debían encontrar a la columna del comandante Bouquet.

Las dos compañías del “Esmeralda” precedidas por cien jinetes de “Carabineros de Yungay”, desfilaban lerdamente por la falda de la montaña. Los ojos de los soldados, aunque encandilados por el fuerte sol, captaban la hostilidad del paisaje, una gigantesca cadena de cerros color granate, perforados en centenares de sitios. Eran los cerros de la plata, de los cuáles a través de siglos, desde antes del período de los incas, se extrajo el fabulosos torrente de plata que dio fama legendaria al Perú.

Pero los soldados, aunque ilustrados sobre el apasionante tema por sus oficiales, no tenían ánimo para alimentar la imaginación contemplando las huellas dejadas por los mineros en los combados vientres de piedra: los inmensos boquetes, que hablaban de ímprobos trabajos; las explanadas a media ladera, labradas robando terreno a la montaña; los caseríos equilibrados en la altura, abandonados al extinguirse la veta. Y fue precisamente por aquel desánimo en mirar que no repararon cuando el filo de la montaña, detrás de ellos, se empezó a llenar de cabezas de indios que atisbaban con sigilo; ni tampoco cuando fue el lomo de los cerros de la derecha, encima de ellos, el que se vio coronado, en toda su longitud, por un apretado rosario de cuerpos humanos. La primera noticia de la aparición de tan inesperados vecinos les llegó en el estampido simultáneo de una cincuentena de fusiles.

–        ¡Alto la marcha! ¡Tomar protección natural! – gritó al instante el comandante Letelier, antes de que los ecos de la graneada detonación terminara de repetirse en el aire encajonado. Avezados en la guerra y a sus sorpresas, los esmeraldinos actuaron con vertiginosa automatismo. Apenas resonó la descarga, disgregaron la formación y se arrojaron hacia ambos costados del camino. Tumbados sobre la tierra reseca, parapetados tras riscos, ondulaciones del suelo o matorrales densos, estudiaron la situación.

–        Estamos rodeados por millares de indios- observó Del Solar, escrutando las siluetas de los cerros por retaguardia y el flanco derecho.

El teniente Velasco rió con negligencia, flemáticamente, como inglés en un salón, mientras desabrochaba el cierre de su cartuchera para comprobar que su revólver salía fácilmente de ella. Aquella arma era el orgullo del oficial; se trataba de un moderno revólver español con tambor para repetir dieciocho tiros y cacha de marfil.

–        Hijo mío – bromeó, señalando con un índice a las alturas – o mandamos cada uno de nosotros cincuenta almas indias al Purgatorio o ellos nos lanzan al franqueo postal- Coincidiendo con sus burlescas expresiones, resonó otra descarga de fusilería en el alto del cerro de la derecha. Pero eran tiros desiguales e inefectivos por la distancia. No obstante, las posiciones que ocupaban los indios eran muy ventajosas y todo hacía presumir que irían descendiendo poco a poco hasta ponerse e a tiro.

–        Estamos en la sartén, compañero –volvió a embromar el teniente Velasco – Todo es cuestión de no dejarse tostar- Y rodando sobre un costado, se volvió hacia los soldados de la tercera compañía y les ordenó tranquilamente – ¡Soldados apunten con calma, escogiendo cada uno a un enemigo, y fuego a discreción, cuando los tengamos a doscientos metros!.

Los esmeraldinos estaban demasiado fogueados en las grandes campañas anteriores para dejarse aturdir por la emboscada que le habían preparado. Aunque la larga hilera de trescientos hombres se hallaba extendida en el fondo del zanjón que bajaba de los cerros de Quinua y contornaba el nudo montañoso del Cerro de Pasco y, por lo tanto, debían disparar hacia arriba, no perdieron la serenidad ni un minuto. Confiados  en la efectividad de sus fusiles de repetición y en su puntería, tantas veces ensayada, aguardaron conversando entre ellos, haciéndose bromas macabras, y varios hasta encendieron cigarros, aunque sin quitar los ojos de las líneas indias. De cuando en cuando, algunos indios, los más audaces, se ponían de pie agitando sus hondas o lanzas, en medio de alaridos guerreros, lo que bastaba para que tres o cuatro fusileros del “Esmeralda” elevaran sus armas y los tumbaran dando volteretas desde las cumbres.

La situación se mantuvo así durante unos quince minutos, al cabo de los cuales la indiada, engañada tal vez por la inmovilidad de la columna chilena o convencida de que su ataque desde la altura era infructuoso, empezó a descender, echando a rodar ante ella enormes peñascos.

El comandante Letelier, parapetado tras una roca con los mayores Rodríguez y Retamales, llamó en voz alta a los comandantes de las dos compañías del “Esmeralda”:

–        ¡Capitán Aguirre!… ¡Teniente Velasco!…Estos acudieron agazapados y se ocultaron tras el mismo parapeto que su comandante.

–        ¡Oficiales!… – les dijo éste- estamos estudiando la situación. No es apurada, ni mucho menos; pero puede llegar a serlo. Observen el sendero hacia delante. Si continuamos nuestro avance, tendremos que pasar por un sitio en que el camino se introduce en una estrecha garganta. Y, si se fijan ustedes bien, verán que los bordes de ella están llenos de indios que esperan con sus galgas listas para dejárnoslas caer sobre las cabezas y hacernos polvo. Si nos quedamos aquí, la ola de enemigos bajará con la intención de aplastarnos. No lo conseguirán, desde luego, pero nos expondremos a perder muchos hombres. Eso no es conveniente, siendo que recién empezamos la campaña. El mayor Rodríguez me ha sugerido que es preferible volver atrás y apoderarnos primero de los cerros de la Quinua. Así nos pondríamos al nivel de los indios y podríamos batirlos avanzando por el perfil montañoso. Creo que es lo más cuerdo y será lo que haremos.

–        Si no damos ahora una demostración de fuerza a los indios, su mentalidad simple los hará pensar que pueden oponérsenos en cualquier circunstancia. Y eso significaría el alzamiento de toda la sierra a muy corto plazo- acotó Rodríguez, dirigiéndose a los dos oficiales.

–        ¿Quiere usted decir que… que debemos exterminarlos a todos?- aventuró el teniente Velasco, impresionado.

–        No teniente –le aclaró Letelier-; pero cuando menos, hacerles sentir un castigo muy duro, demostrarles palmariamente que es una locura que intenten oponernos combate.

–        Repare usted en que parecen ser varios miles de hombres, mi comandante- le advirtió respetuosamente el capitán Aguirre, mostrándole con un gesto amplio a su diestra todo el filo de los cerros.

El jefe se encogió de hombros despectivamente.

–        Aunque sean miles- dijo, sin dar importancia al número- Están armados con unos cuantos fusiles viejos, rejones, hondas y cachiporras. Sus armas más efectivas son las galgas, pero cuidaremos de no ponernos en situación en que puedan arrojárnoslas sobre las cabezas. El camino es bastante ancho y podremos retroceder replegados en guerrillas; el único lugar de peligro es la cuesta que asciende a las alturas de la Quinua. Cuando lleguemos a ese punto, trataremos de espantar a balazos al enemigo que están arriba ¿Comprendida la operación, oficiales?

–        Sí, mi comandante –Afirmaron Aguirre y Velasco.

–        Bien. Ordenen media vuelta a sus compañías y rehagamos el camino hasta las alturas de Quinua.

Los esmeraldinos retrogradaron desplegados en guerrilla francesa y sin perder la cohesión. Marchaban paso a paso, cuidadosamente y con las pupilas brillantes por la atención con que iban observando los contornos, en previsión de una sorpresa. Cada vez que algún enemigo se presentaba demasiados cercano, un fusilero se encargaba de eliminarlo, apuntándole con toda calma, para no perder el tiro, puesto que llevaban solamente ciento veinte balas por cartuchera.

Marcharon así durante media hora, hasta llegar a la base de la cuesta de Quinua, en donde el sendero se encajonaba, subiendo por el centro de la quebrada.

CONTINÚA……

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