La resistencia de la Quinua

Por el escritor chileno Jorge Inostrosa

(Segunda parte)

Resistencia de la QuinuaAlberto del Solar, que iba a un costado de la tercera compañía, veía entre sí las recias espaldas del teniente Martiniano Santa María y poco más adelante, la figura delgada y elástica del teniente Velasco, a cuyo flanco iba su ordenanza, el rudo y canoso Lucas Castro. Nunca mejor que entonces se advertía que ese rústico sólo hacía la guerra para cuidar de su joven señor; iba pendiente de él y no disparaba sino cuando advertía que algún enemigo podía representar una amenaza para el oficial.

Cuando iniciaron el ascenso de la cuesta, todos comprendieron que allí estaba la parte verdaderamente difícil de la empresa. Centenares de indios estaban escalonados en las terrazas naturales de los cerros y se los veía apoyados en grandes peñascos, que tenían preparados para arrojarlos sobre los chilenos.

El comandante Letelier puso en alerta a los soldados, justamente en los momentos en que empezaron a rodar las galgas, arrastrando nubes de pedruscos más pequeños

–        Guarda abajo que están tirando las galgas- se gritaban los soldados unos a otros, tantos a hacerles el quite.

–        Disparen sobre los indios que están acarreando rocas- gritó Letelier, tratando de hacerse oír por sobre el estruendo que producía el aluvión de piedras.

La angosta quebrada funciona como canaleta, por la que rodaban las galgas igual que gigantescas bolas de palitroque. Al principio los esmeraldinos los veían venir y se arrojaban hacia los costados para evitar su impacto; pero pronto se levantó del suelo una polvareda que cegaba toda visión; entonces sólo se escuchaba el estrépito de las rocas a tiempo de verlas pasar. Una de ellas, de tamaño reducido afortunadamente, pasó entre los hombres de la segunda compañía, abriendo una brecha entre ellos. Cuatro soldados alcanzaron a ser tocados por el peñasco; tres se levantaron casi enseguida, cubiertos de magulladuras superficiales; el cuarto quedó retorciéndose de dolor, con varias costillas hendidas. La nube de polvo que impedía que lo vieran los oficiales, pero oían sus roncos gemidos.

Una rabia bestial comenzó a arder en el corazón de los esmeraldinos ante el brutal sistema de guerra, y todos, por iniciativa propia, fueron trepando más aprisa.

El mayor Retamales gritaba desaforadamente la orden de apresurar el ascenso, cuando su voz fue apagada por el ruido espeluznante de una roca descomunal que bajaba con la velocidad de una locomotora.

Del Solar alcanzó a verla cuando venía a unos treinta metros y se dio cuenta de que su trayectoria la conducía fatalmente sobre la tercera compañía, y en especial sobre el teniente Velasco y su ordenanza.

–        ¡Cuidado, salten hacia la derecha!- les gritó escalofriado.

Los soldados se arrojaron de cabeza hacia la pared de la quebrada, pero Velasco no alcanzó a hacerlo. Fue entonces cuando su ordenanza reveló prácticamente su abnegación. Sin cuidarse de sí mismo, saltó hacia su oficial y lo arrojó lejos de un formidable empellón. La roca pasó a espaldas de los dos, rozó al viejo. Lucas, le enredó las ropas y lo hizo girar vertiginosamente, como un trompo; luego, le disparó hacia atrás, dentro de la lluvia de peñascos menudos que traía en su estela. El desdichado ordenanza quedó semi sepultado e inconsciente.

Velasco volvió a su lado a toda prisa y lo examinó ansiosamente. Estaba vivo, pero la sangre, brotándole de innumerables pequeñas heridas, empezaba a empaparle el hirsuto cabello gris. El oficial levantó el rostro, con los ojos relampagueándole de cólera incontrolable.

–        ¡Dos hombres encárguense de este herido!- gritó a os que estaban más próximos. Enseguida se irguió, desencajado por el furor, y desenvainó su largo sable- ¡Adelante la tercera compañía! ¡A la carga Esmeraldinos! –Rugió y echo a correr hacia arriba, por un costado del camino.

Al ver que los hombres de Velasco se lanzaban al asalto de la cuesta a todo correr, el capitán Aguirre animó también  a los de la segunda compañía. Como lo hicieran los del cuarto de línea en la toma del morro de Arica, los esmeraldino se abalanzaron cerro arriba, despreciando toda precaución, ciegos de rabia. Adelante iba el teniente Velasco, esgrimiendo a la diestra el sable y en la siniestra su revólver de repetición. El centenar de metros que le faltaba para llegar a la parte alta de la cuesta fue salvado en pocos minutos.

Los indios aterrados por el tableteo de la fusilería que sentían aproximarse perdieron el tino y dejaron de lanzar sus galgas. El polvo bajó apegándose a la tierra y como si se descorriera un telón aparecieron ante sus ojos los chilenos enardecidos. El desbande fue inmediato.

Velasco llegó a lo alto gateando e irguiéndose sin darse un respiro, de dos o tres saltos alcanzó a los últimos fugitivos. Su sable fulguró al sol en alocados molinetes y cayó una y otra vez sobre los cuellos y las espaldas de los enemigos. Su último tajo cercenó limpiamente la cabeza de un indio. Pero, aniquilado por el esfuerzo, el oficial cayó de rodillas al suelo.

CONTINÚA…..

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