OTRA MÁS DE LAS “CASAS MALAS” (Tercera parte)

Malena canta el tango como ninguna,

y en cada verso pone su corazón;

a yuyo de suburbio su voz perfuma,

Malena, tiene pena de bandoneón.

MalenaMalena, por su parte, era una extraña belleza como los antiguos cromos franceses; de largos y encrespados bucles enmarcando el rostro finisecular, marmóreo, con labios satánicamente rojos, dibujados en forma de corazón;  ojos de un acerado gris, entrecerrados, dormilones, dando la impresión de poseer  insondables arcanos; grácil caminar de gacela y sobre todo, oscura indumentaria que resaltaba su palidez extrema; tenía un gran parecido con la Tita Merello que le clavó aquel mote que el gran Chichí destacó al cantar aquel viejo tango que versificara Homero Manzi con la música sensiblera y hermosa de Lucio Demare.

Tal vez allá en la infancia, su voz de alondra,

tomó ese tono oscuro de callejón

o acaso aquel romance que sólo nombra,

cuando se pone triste con el alcohol.

Malena canta el tango con voz de sombra,

Malena tiene pena de bandoneón.

Se enamoró del Gran Chichí cuando le escuchó cantar. Adivinó un corazón gemelo al suyo y no se equivocó. Enterada del drama de la soledad, la tristeza del sufrimiento del cantor, aprendió a amarlo y a compartir con él todos los instantes de su vida y sus generosas utilidades burdeleras.  Total, no se estaba cumpliendo sino la tradición ancestral de fines del siglo pasado: El tango estaba íntimamente ligado desde su origen al burdel

Otra era la limeña. La llamaban así porque además de su extrema palidez, denunciadora de su origen costeño, su habla precipitada comiéndose el final de las palabras, y sus remilgos para llevar adelante su vida de puta, determinó el mote.

Divina claridad, la de tus ojos 

diáfana como gota de cristal.

Gotas que se humedecen con sollozos,

sangre y sonrisas juntas al  llorar.

Sólo la enérgica actitud de la Mami pudo mantenerla en aquel lugar. Los primeros días se había sumido en un mar de llanto y prolongados silencios. Sus carnes fueron perdiendo consistencia y profundas ojeras oscurecían su rostro. Nunca antes había dejado la casa paterna. Tuvo que ocurrir una desgracia para que, obligada por las circunstancias, abandonara a los suyos. La mujer que había hecho desparecer el fruto de sus arrebatados amores juveniles fue la misma que la contactó con la “Machete”. Hizo creer a los suyos que había conseguido un empleo de enfermera en la sierra y de inmediato se enroló en el serrallo. Después, todo fue ocurriendo inexorablemente. Los insultos le enseñaron a pintarrajearse el rostro de una manera escandalosa y el diario caminar por esa senda de voluptuosidad y provocativas posturas, a actuar y hablar como lo que había llegado a ser: una puta.

                                    ¿Por qué te hizo el destino, pecadora;

                                       si no sabes vender el corazón.

                                       Si cada beso tuyo en una aurora,

                                       si cada nueva aurora es el amor.

Sus estipendios los compartió con sus padres y hermanos a los que visitaba mensualmente. A ellos les mentía que era enfermera en el Hospital Americano. Todo le iba muy bien hasta que acaeció la desgracia. Una animada noche burdelera, el contratista Víctor Ormeño, su marido que la amaba con locura, al verla bailar apechugada con un marchante se “cruzó” en un ataque de celos y, loco como una fiera, le descerrajó un tiro entre los ojos. “El Minero”, informó: “Una mujer de vida alegre ha sido asesinada en los salones del lupanar llamado “El Rancho Chico”. La policía ha iniciado las investigaciones del caso. Ayer, en horas de la mañana, el cadáver de Ana Camino Rivas (a) “La Limeña”, ha sido enviado a la morgue del Hospital Carrión y su victimario, conducido a la cárcel pública de la Esperanza”.  El alboroto que formó la familia cuando se enteró que Ana no era enfermera fue particularmente deprimente.

                                        Amor de la calle,

                                       que vendes tus besos

                                       a cambio de amor;

                                       aunque tú no quieras,

                                       aunque tú no esperes,

                                       él tarda en llegar.

Proveniente de las cálidas tierras huanuqueñas, precoz en su hermosura y coquetería, apareció la Simona. Compañera de su madre en sus incursiones comerciales de la venta de  canastas de gallinas y sus semanales alojamientos en los “Tambos” cerreños, se fue haciendo de numerosos amigos y admiradores. Sus generosos acompañantes que siempre la invitaban a comer y beber algunos tragos, la iniciaron en ese mundo de voluptuosidad y libertad sexual; muy pronto la convencieron de que era más conveniente para ella mostrarse amorosa con los hombres que le pagarían muy bien en lugar de estar vendiendo gallinas. No lo pensó dos veces. Un día fue presentada en el “Rancho Chico”. Cuando la “Machete” la vio fachosa, blancona, de porte regio, le abrió los brazos y la tomó como pupila.

                                       No olvidas tus penas,

                                       bailando y tomando,

                                       fingiendo reir;

                                       y el frío de la noche

                                       castiga tu alma

                                       y pierdes la fe.

Eso sí, desechó los vestidos sencillos y la vistió con mejores prendas y zapatos de tacones altos, desató sus trenzas y la peinó con audacia; le puso afeites necesarios resaltando sus ojos claros, delineando sus labios, avivando rubores, acentuando  cejas; le enseñó a no hablar cantando como en su tierra y, como nadie, por más borracho que estuviera iba a acostarse con una Simona, la bautizó con un nombre afrancesado de combate burdelero: Simoné.

Continúa……

 

Anuncios

OTRA MÁS DE LAS “CASAS MALAS” (Segunda parte)

casas malas 4Omara era una rara preciosidad. La exótica hermosura de su continente restallaba en su sedosa piel agarena, en sus ojos fastuosos pero inexplicablemente tristes, en sus labios carnosos, en su cuerpo alto y fuerte de senos turgentes y mayúsculos, en sus piernas torneadas y duras, en su grupa poderosa y colosal hecha para el amor. Todo su ser exhalaba sexo. Era generosa y deslumbrante con su melena negra y su sonrisa provocativa y engreída. Una atrevida blusa floreada  le permitía el lucimiento de esas tetas de reina que gritaban: “Agárrame y ámame” y entre esas dos prominencias de ensueño, una cadenita que terminaba en una cruz diminuta, brillante, pulida, de oro. Todos los parroquianos que llegaban al “Rancho Chico” tenían que hacer con ella. Breve y sonoro, de exóticas reminiscencias moras, su nombre había trascendido con creces los linderos del serrallo: Omara.

Virgen de medianoche,

 cubre tu desnudez;

 bajaré las estrellas

para alumbrar tus pies

Sus “amores”, es decir, sus clientes, eran numerosos. Ella recordaba el nombre y apellidos de cada uno de ellos con asombrosa precisión. Esto halagaba sobremanera a los sementales. Encelada y coqueta era una artista en atenderlos como si  cada uno fuera el único. Para cada marchante era la enamorada “chiquilla” que los derretía con sus besos. Todo el rito propiciatorio para el amor era meticulosamente cumplido por ella; desde el lavado con agua tibia  y los excitantes masajes  previos, hasta el momento de la verdad. Entonces se entregaba como una enamorada primeriza, completamente desnuda. Su estrecha habitación abrigada por dos estufas eléctricas fabricadas por sus adoradores (electricistas de la empresa), le permitían estas hazañas amatorias cuando afuera la temperatura se estremecía a diez grados bajo cero.

                                               Toda una vida,

                                               me estaría contigo

                                               no  me importa en qué forma,

                                               ni dónde, ni cómo, pero junto a ti.

 

Amaba quejándose como una niña, gimiendo como una desflorada debutante, excitando con sus besos, resuellos, gemidos y palabras estimulantes, el ímpetu del garañón. El clímax –sentido o teatralmente fingido- le hacía proferir un quejido agudo de gatita herida que llenaba de orgullo al amante.

¡Ay!. Eres mala y traicionera,

                                               tienes corazón de piedra,

                                               porque sabes que te quiero

                                               y me dejas que me muera.

Al terminar la faena amatoria, envolvía su cuerpo en una abrigadora bata para atender el aseo de su amante. Con el beso de despedida recibía una generosa retribución a sus atenciones. Con todos era así; por eso es que cada tarde, a su puerta, una enorme fila de obreros y empleados aguardaba sus caricias. Al despedirse, con voz engolada y dulzona, los invitaba a que vuelvan a amarla.

Al dolerme tu ausencia,

                                               por tu imagen suspiro,

                                               y en mis sueños te miro

                                               como frágil visión.

Lo que nadie sabía era que detrás de esa aparente felicidad, un drama muy hondo ensombrecía su vida. Entre sus compañeras, no obstante ser obsequiosa, amable y comprensiva,  jamás fue tocado el tema de su pasado. Su vida era suya y nada más que suya. Las ocasiones en que las nieves las sitiaba y casi nadie llegaba al serrallo, pasaban horas enteras rodeando la estufa del salón, en enjundiosas pláticas donde ella llevaba la voz cantante. Pasajes de la Biblia, hechos históricos, anécdotas amenísimas y mil y un aspectos de la cotidiana existencia expuestos en forma sencilla pero amena que aumentaba la curiosidad de sus compañeras. Todos compartían por igual aquellos estimulantes momentos de amistad. Al final, sin mencionarlo, todas quedaban convencidas de que estaban ante un ser superior. Muchas cosas parecían misteriosas para sus compañeras que no sólo la admiraban, sino que la respetaban ostensiblemente. Alguna madrugada, cuando ya el salón quedaba vacío, estimulada por los tragos, tocaba al piano –sólo para sus compañeras- una sonata bella, muy bella, pero muy triste. Ella les decía que su autor era el músico más grande del mundo y que se titulaba, “Claro de Luna”, pero nunca la terminaba, sus manos se entorpecían cuando un llanto incontenible inundaba su rostro, entonces, la rodeaban cariñosas y como cándidas y sensibles adolescentes, todas lloraban. ¿Quién era, en verdad, Omara?

La fauna mujeril del “Rancho Chico” era nutrida y cambiante. La mayoría llegaba por breve tiempo y después de apoquinarse algunos soles, partía acoquinada por el frío. ¡Eso sí! Cuando apetecida de monedas llegaba una hembra fuera de lo común, la voz chismosa y asordinada, como chispa de mina, circulaba por talleres, oficinas, escritorios, talleres y niveles mineros: ¡Ha llegado una nueva! Y todos, acicalados y con el sobre de pago invicto y engomado iban en pos de la novedad para poseerla, aunque el hacerlo les costaría buenos soles. El cerreño nunca es corto cuando de darle gusto al cuerpo se trata. Las fieles y más queridas, las más solicitadas, eran la “cerreñas” por adopción, Omara, Malena, Norma, la Limeña, Simoné y la negra María. Cada una con su vida, cada una con su historia, cada una con su canción.

Continúa…

OTRA MÁS DE LAS “CASAS MALAS” (Primera parte)

las casas  malas 1La existencia de los prostíbulos  mineros como los del resto del mundo, está dedicada a la alegre  actividad premonitora de la cópula tarifada: el baile. Práctica viva, desopilante, que empleados y obreros de la “Mining”, circunspectos, laboriosos y cumplidores en la labor diaria, realizan como un rito liberador de tantas tensiones faeneras

Comienzan tímidamente, pero  a medida que los tragos los desinhiben, se van soltando hasta llegar al desafuero espectacular y sicalíptico, guiados por la  pelandusca de turno. El burdel es visto con ojos de condena por las viejas pacatas que la llaman, “Casa Mala”. Las cucufatas ignoran que el mismo Rey Salomón al que veneran a pie juntillas, contaba con numerosos serrallos. Las Escrituras lo puntualizan. Dice que el monarca sabio tenía 700 mujeres y 300 concubinas basado en su capacidad fálica digna de ser recordada por todos los tiempos. El mismo Rey que al referirse a una mujer diría, ” Las curvas de tus caderas son  joyas magistrales, tu ombligo es una copa redondeada llena de vino perfumado, tu vientre es un monte de trigo cercado de lirios,  tus dos senos como dos hijos gemelos de una gacela”. 

Los burdeles no estaban establecidos sólo para satisfacer las ansias reproductoras de los monarcas. Las mujeres debían ofrecer espectáculos de variedades, cantando, ejecutando arpas, timbales, panderetas, castañuelas y, sobre todo bailando. En casi todos los reinos se aceptó la prostitución sagrada.  La necesidad social, o animal, que viene a ser lo mismo, ha sido contemplada con honda preocupación por los grandes pensadores y estadistas de todas las épocas. ¡Dejarse de melindres!. En Siria y Babilonia, por ejemplo, los sacerdotes desfloraban a las jóvenes núbiles  ofreciéndolas a la diosa del amor. Lo mismo pasaba en la India.

En el siglo XV, en territorios de España, en tiempos del rey Jaime de Aragón, bajo una ciudad amurallada, existía un famoso burdel para los nobles. Cuando Rasputín armó su prostíbulo particular en la Rusia de los Zares, seguía la costumbre del rey Childerico que obtenía –por derecho- la primicia sexual de todas sus súbditas jóvenes hasta donde le diera el cuerpo. No hay que olvidar las trapisondas de Enrique IV y de los Luises de la Francia final.

Como no podía ser de otra manera, el Cerro de Pasco, residencia de ricos mineros, comerciantes, hacendados, aviadores y arrieros -fornicadores de leyenda- siempre tuvo numerosos burdeles; para todos los gustos y posibilidades económicas. El más renombrado por sus largos merecimientos era “El Rancho Grande” exclusivo local que contaba con su orquesta estable y especial selección de hermosas mujeres venidas de diferentes partes del mundo. Aquí sólo tenían entrada los opulentos tarambanas previamente inscritos como socios. Su membrecía era excluyente, los misios no tenían cabida.

Largos  años ha, en las ciudades más importantes de Europa se habían fundado los primeros establecimientos comerciales conocidos como “Borthellos” que pasan al inglés como “Brothels” de donde deriva al castellano en “Burdeles”. El lenocinio, burdel o, “Casa Mala” como le decían las viejas cerreñas, recibió desde antiguo una serie de remoquetes que sólo los iniciados comprendían: BULIN, un argentinismo traído por el cinematógrafo del tiempo de Tito Lusiardo, Floren Del Bene, Pedro López Lagar, Francisco Petrone, Guillermo Bataglia y otros, que referían a la casa de cita como tal, como bulín. También de aquel hermano país, muy ligado al nuestro por la turbulenta historia de nuestros arrieros, recibió el apodo que hasta ahora está vigente: Quilombo. Después, TEPA: sacado de aquel corrido que Jorge Negrete cantaba con delectación: “La feria de las flores”, en uno de cuyos pasajes decía: “Vamos a “Tepa”, tierra soñada// donde la vida es un primor// Allí me espera, mi chaparrita// la única dueña de mi amor….También se le llamó,  BUQUE, tal vez porque, a manera de un trasatlántico, permitía la convivencia de gente de diversa pelambre. Otro nombre que llevó fue el de CHONGO, y más cariñosamente “Chongoyape”.  Bueno, el caso es que este socorrido lugar de apareamiento carnal, fue a lo largo de la historia minera, escenario de mil y un combates como el que aconteció por aquellos días.

La escasez venía golpeando duramente a la ciudad minera desde tres años atrás. Nadie se salvaba. Excluyendo a los privilegiados por la compadrería oficial, todos sufrían la dramática restricción. Me estoy refiriendo a la negra época del malhadado prefecto que terminó masacrado por las masas obreras, por abusivo. Año de 1948. Los burdeles, naturalmente, no eran la excepción. En el “Rancho Chico”, la meteórica popularidad alcanzada por “Chacalhua” Ramírez entre el mujerío, era un completo misterio para los lupanarios cerreños. Nadie entendía por qué el joven empleado de Vicente Vegas se había convertido en el engreído del chongo. La misma Mami, tan renuente a las atenciones especiales, había dispuesto que Omara, la más hermosa hembra del lugar, entregara sus favores y sus más delicadas atenciones a aquel joven cerreño. El enorme mujerón –sueño de todos los gamberros allí presentes-  cumpliendo la orden, sobajeaba sus tetas agresivas en el pecho de  “Chacalhua” que no sabía qué hacer.

Un rubor adolescente entintaba su rostro cuando las cálidas piernazas de la turbadora pelandusca se metía entre sus partes viriles y juntando su rostro perfumado musitaba, ronca, el bolero que “Cara e’ mango” y el negro Godoy, cantantes oficiales del burdel, elevaban a regiones de ensueño con el acompañamiento del tintineante piano del “Trapito” Rodríguez y la batería del “Tuerto” Rojas.

Virgen de medianoche,

                            Virgen, esa eres tú;

                            para adorarte toda,

                            rasga tu manto azul.

Finalmente se descubrió el misterio. “Chacalhua” luego de acopiar numerosas boletas de racionamiento, las cambiaba por un abundoso alijo de arroz, azúcar, harina, fideos, manteca, que al ponerlo delante de la Mami, provocaba la admirada aclamación de las “niñas” y el homenaje de aquella imponente mujer a la que todavía recuerdan con mucha nostalgia encanecidos lupanarios de entonces.

           Señora del pecado,

         cuna de mi canción,

         mírame arrodillado

         junto a tu corazón.

Continúa…..

Cosas de chinos y japoneses (Segunda parte)

Familia Japonesa
Retrato de familia japonesa en el Cerro de Pasco

La vida de los inmigrantes Retrato de familia japonesa en el Cerro de Pasco

El caso es que, católica como era la familia, decidió bautizar al niño en la pila de Chaupimarca. Para el caso hicieron circular hermosas esquelas, trabajadas en finísimo papel de lujo y, marido y mujer, con un comedimiento extraordinario, fueron de casa en casa para entregar personalmente las esquelas del convite. Los invitados, naturalmente lo constituían lo más selecto del Cerro. Ningún personaje notable había sido excluido. Todos ellos, en el momento de ser invitados para la fiesta, escucharon la repetida intención del nipón de puntualizar que la hora del ágape sería las ocho en punto de la noche.

Así llegó el día del acontecimiento. Efectuada la ceremonia religiosa que contó con el apadrinamiento del Prefecto y esposa, pasaron a la casa del oferente.

Todos quedaron deslumbrados al llegar.

La casa, había sido iluminada desde los portales, profusa y artísticamente, con farolas orientales de notable factura. Todo relumbraba. El piso alfombrado, los muebles, cuadros y macetas de flores primorosamente colocados, trabajados por la delicada mano de la señora de la casa. Sobre la mesa central, vistosa y apetitosa muestra de la dulcería japonesa. La vajilla de extraña y atrayente porcelana concitó la admiración general. Desde la entrada se vio el señorío de los anfitriones. En un marco de reverentes inclinaciones y sonrisas se dio inicio al ágape correspondiente. Era las ocho en punto de la noche. La señora se lució de lo lindo en aquella oportunidad, no sólo en la pródiga atención de sus invitados sino cuando, a insinuación de su esposo, sacó un  instrumento de cuerdas de angosto cuello y cuerdas cantarinas, de  sonido sordo pero hermoso al que la señora con sumo deleite comenzó a arrancarle hermosos compases. Era el tradicional Samisén, instrumento japonés que sólo las mujeres tañen en el Imperio nipón. Provista de una lengüeta de carey en la mano derecha, regaló no sólo con dulces melodías niponas, sino que en determinado momento emocionó a sus invitados con conocidas y hermosas mulizas. Los aplausos premiaban el regalo artístico en el momento en que varios aldabonazos sonaron a la puerta. Cuando la ventanilla fue abierta por el anfitrión, apareció la figura del ilustre Presidente de la Corte Superior de Justicia que trataba de justificar su tardanza, cuando con una pasmosa tranquilidad se oyó decir al nipón

— ¡Perdóneme doctor, pero ra invitación fue hecha para ras ocho!. Gracias –y cerró la mirilla y la puerta siguió cerrada. Clara muestra del orden y la disciplina japonesas que todo el pueblo comentó.

Pero la cosa no quedó ahí, porque después de la comida, estaba lista la orquesta con los mejores músicos cerreños para alegrar la reunión; la misma anfitriona pasó de invitado en invitado una copilla muy hermosa de porcelana japonesa, conteniendo un licor amarillento espumoso de fuerte bouquet.

— ¿Qué es esto, Julio? – preguntó el “Capachón Minaya” que también había sido invitado por ser vecino del barrio de la calle del Marqués.

— Esto ser ra cerveza japonesa, Arberto. Espero que te guste… ¡Sírvete….!

—  !Esta bien, Julito, está bien –contestó el “Capachón” que se notaba a las claras que desde mucho antes había empinado el codo- Pero si es cerveza no debes servir en estas copillas tan pequeñas. Para eso hay vasos…- En realidad la desafortunada intervención del “Capachón” había despertado un automático rechazo en los presentes que de una u otra manera trataban de contemporizar la desatinada participación.

— Este trago llamarse Sake, y es de arroz, preparado por mi señora. Hay que tomaro de a poquitos porque es muy embriagante…

— ¡A mí no hay trago que me tumbe! Tú lo sabes Julio- dijo el “Capachón” y en  actitud censurable tomó el recipiente principal desde donde se derivaba en las copitas, y sirviéndose en un vaso, apuró el sake de un solo tiro. Fue suficiente. Muy poco tiempo después roncaba como un descosido en un rincón de la sala y no gozó de aquella inolvidable fiesta peruano – japonesa.

Pasado el tiempo, tras el alevoso ataque a Pearl Harbour (7 de diciembre de 1941), por el dramático cariz político que sufrieron las relaciones de América con el Japón, comenzó la persecución de los japoneses que, antes de ser enviados prisioneros, con la pérdida de todas sus pertenencias a Cristal City en Estados Unidos, decidieron trasladarse a otros pueblos del interior, Huánuco, Jauja, Tarma, Huancayo…  En aquel momento, la Cerro de Pasco Copper Corporation, era el más importante enclave del capitalismo norteamericano en el Perú y, como es lógico, no podía convivir en un mismo espacio con los hijos del sol naciente que acababan de atacarlos. Muy pocos japoneses, amigos del pueblo, venciendo mil y una dificultades -especialmente represiones alentadas por los yankis-, quedaron dentro de nuestras fronteras, los Shiraishi, Yokota, Noda, Morita y Takishan.

La presencia de los nipones en nuestra tierra minera confirmaba lo que había dicho, Juan Jacobo Von Tschudi: “Los pueblos de todos los continentes están representados allí,  porque creo que no habrá país de Europa, Asia o América que no tenga en esta ciudad a uno de sus connacionales”.

 

 

Cosas de chinos y japoneses (Primera parte)

Chinos en el ferrocarril central
Gran parte de obreros chinos que tendieron el ferrocarril central, se afincaron en el Cerro de Pasco

El siglo antepasado y comienzos del pasado, en la extensa y linajuda Calle del Marqués –fatalmente desaparecida por los trabajos mineros- se establecieron fondas, bodegas y lavanderías donde enjutos personajes de extraño idioma conversando como si cantaran, iban y venían en su diario  trajín. Vestían largas túnicas y algunos llevaban una trenza en la parte posterior de la cabeza; otros se la cubrían con una pequeña gorra pero  todos calzaban alpargatas sobre gruesas medias de lana. Eran los chinos.

Habían llegado al Perú en 1849, cuando por iniciativa del hacendado y hombre de negocios, Domingo Elías, se introdujera 100,000 trabajadores chinos para reemplazar la mano de obra esclava negra. Estos coolies, fueron enviados esencialmente a las islas guaneras y haciendas azucareras y algodoneras de Lambayeque y la Libertad, en el norte y, de Lima e Ica al sur.

En 1875, los chinos venidos de Macao y Cantón se aposentaron en el Cerro de Pasco atraídos por su bonanza económica. Habían cumplido sus contratos con Henry Meiggs para colocar rieles a lo largo de las vías ferrocarrileras. Otros chinos cimarrones, huyendo del frío, se aposentaron al sur de Chanchamayo, formando la colonia de Quimpitirique. El censo de 1876 afirmaba que en nuestra ciudad quedaban 169. Solamente hombres. Aquí, encontraron la estima que les hacía mucha falta como seres humanos. Hasta entonces sólo habían conocido el maltrato ignominioso, especialmente en Lima, Callao y ciudades de la costa.

Muchos de los chinos, emocionados por el trato cariñoso que recibieron, adoptaron apellidos castellanos: Pérez, García, Ramírez, etc. En la ciudad  minera formaron sus hogares con mujeres del pueblo que se avinieron a ello. Así floreció el restaurante de Antonio Lam cuyos familiares todavía viven en la ciudad. Lo mismo ocurrió con Mario Cam-Pong cuyo apellido lo castellanizaron por Campoa; Manuel Chang y Chale Wong que administraban el concurrido chifa Cantón. También estuvieron las bodegas, bazares y lavanderías de Juan Lay, Antonio Wong-Cau, Luis Hop-Hon, Manuel Bong, Santiago Chong, Joaquin Wong, Felipe Cheng, Luis Chang-Foc, Mario Chang- Li, Emilio Dan- Chang, Manuel Hop-Hen, Liborio Hang-Yong…

En el umbroso aposento de este último chino funcionaba un fumadero de opio con tarimas individuales ocupadas por fumadores que tenían un pequeño lamparín al  lado; en él se quemaba la droga cuyo humo era transportado hasta la boca del cliente mediante un aditamento parecido a la pipa de la paz de los pieles rojas; la sesión duraba más de una hora en la que el fumador viajaba con asombrosa delectación, por mundos extraordinariamente misteriosos. Los principales asistentes eran niños bien, tarambanas y manirrotos,  “hijitos de papá”; poetas, periodistas, escritores y bohemios. 

Alternando con los chinos, otros asiáticos convivían con ellos. Lengua extraña,  terminante, algo ruda: los japoneses. Ellos se encargaron de incrementar la calle de bazares, lencerías y, sobre todo, peluquerías de formidables espejos,  sillas giratorias y una limpieza extraordinaria. La arteria se convirtió en la calle de las peluquerías. Estos asiáticos sí venían en compañía de sus esposas y no como esclavos sino como seres libres.

En 1931, el Ministro japonés Saburo Kurusu obtuvo en Tokio una partida de cien mil dólares para establecer una Asociación de Inmigrantes japoneses con el nombre de “Perú Takushoku Kumial”. Esta asociación facilitó el asentamiento de los ciudadanos japoneses con sus mujeres en las principales ciudades fuera del radio urbano de Lima. Un grupo numeroso llegó al Cerro de Pasco. En el boletín de la Cámara de Comercio figuran los nombres de los jefes de familias japonesas: Luis TACANO, Andrés YAMADA, Dionisio SHIRAISHI, Mario KASAY, Jorge YOKOTA, Víctor NAGATA, Tereno  HINO, Pablo MORITA, José NAKAMURA, Antonio OSADA, Julio SHIMAZU, Miguel SHIGUETA, Francisco OGAWA, Odón SHIMADU, Antonio KITSUTANI, Emilio NODA, Francisco SAITO, Alejandro MAKINO, Norberto MATAMURA,  Mario OIZUMI, Roberto YOKOY,  Ino TAKISHAN.

Los primeros japoneses que llegaron al Perú, arribaron en la nave SAKURA MARU, que había transportado a 790. Así se cumplía el tratado de 20 de marzo de 1895, suscrito entre los representantes del Perú y Japón, José María Irigoyen y Sinichiro Kurino, respectivamente, confirmando un acuerdo preliminar de 1873.

En 1899 –diez años antes del acontecimiento- el potentado nipón, Korekyo Takahashi, alentado por el representante consular en el Japón, Sr. Heeren, conocedor de la bonanza económica y la abundancia de minerales de alta ley decide realizar una fuerte inversión en unas minas de plata en el Cerro de Pasco. La primera que realizaba el Japón en Latinoamérica y la primera a nivel mundial. La inversión nipona no tuvo todo el éxito que Takahashi hubiera deseado. Graves inundaciones “ahogaron” la mina. Desde su arribo a la ciudad -por otra parte- había encontrado serias dificultades con el idioma. No hubo traductores que pudieran obviar el necesario entendimiento.

La vida de los japoneses fue muy dura. En  SETOGIWA (Tiempos difíciles), que ha escrito el político peruano Carlos A. Irigoyen y los informes de Luis J. Macchiavello, se puede conocer de la heroicidad de estos hombres que se aferraron a las condiciones de vida que les ofrecía la generosa tierra minera. Aquí se aposentaron con sus esposas y formaron   prósperos hogares.  Hay muchísimas anécdotas que revelan, cómo,  estos inmigrantes, se confundieron con los cerreños.

Una de ellas dice:

Entre los japoneses llegados a nuestra tierra, había uno que se distinguía por su personalidad muy refinada que demostraba a las claras su  origen noble. Su menuda esposa de apostura solemne, llevaba con dignidad y nobleza su cargo de consorte del nipón que llamado Tereno, se cambió por el de Julio cuando lo bautizaron en Chaupimarca: Julio Shimazu.

Como el de los demás japoneses, nadie conocía su origen ni a qué se había dedicado en su tierra natal. Su idioma extraño que nadie comprendía hizo más difícil la tarea; pero Julio con su castellano de sólo palabras necesarias se hacía entender plenamente.  Su bazar de lencería y venta de ropa fina, así como su contigua peluquería, eran un dechado de limpieza y orden donde, entre reverencias y sonrisas, atendía a su numerosa clientela satisfecha. En resumen, Julio y señora, eran muy respetados y queridos por los cerreños que, sin excepciones mostraban su abierta simpatía por el niño del matrimonio nacido en nuestra tierra. Era una japonesito cerreño, sonriente y bello, como hecho en losa fina.

CONTINÚA……

Cerro de Pasco es la ciudad nacida en la linde de las nubes tras un perverso despojo

cuadro de Wilmar Cosme
MAGNÍFICO CUADRO ALEGÓRICO DE NUESTRA TIERRA, OBRA DEL DESTACADO PINTOR CERREÑO, WILMAR 0RLANDO COSME CALZADA, NOTABLE INTÉRPRETE DE NUESTRA REALIDAD.

Nunca antes una ciudad se había aposentado en las astrales lindes de las nubes, cerca del cielo. Nació a mediados del siglo XVI, cuando en las Cajas Reales de Lima, los españoles vieron asombrados sin dar crédito a sus ojos, montones de plata purísima, blanca como queso fresco y enorme como su admiración, “del tamaño de las balas de cañón”, que provenía de Yauricocha, “la laguna de los metales”. Rápidamente, tras releer las crónicas de Cieza y Estete, cayeron en la cuenta que habían estado en un error. No era Colquijirca,  el fabuloso lugar de leyenda, surtidor inagotable de metales preciosos. Éste, era el emporio: Yauricocha. A él  se refería el joven cronista de Santo Domingo de la Calzada cuando narraba el dramático encierro de tres días y tres noches, secuestrados por una ventisca impresionante, sin nada que comer ni beber, en medio de un frío implacable y cruel del que después salieron en estampida a poco de cesar la nieve. Allí estaban los indios que aseguraban ser dueños de aquellos tesoros desde los abuelos de sus abuelos. Venían a cumplir el conjunto de principios jurídicos estatuidos en las famosas Leyes de Indias expedidas por los Reyes de España, que sostenían que todas las tierras de América eran patrimonio exclusivo de la Corona Española Todos los minerales son propiedad de Su Majestad y derechos realengos por leyes y costumbres, y así lo da y concede a sus vasallos y súbditos donde quiera que los descubrieren” Rezaba en dichas Leyes. Es más, en las Ordenanzas de Toledo se preveía que descubierta una mina, había de hacerse el registro en un plazo de treinta días y que el descubridor tendría derecho a un campo de ochenta por cuarenta varas –llamada por eso, mina “Descubridora”- a continuación del cual se acotaba otro para la pertenencia real, y tras ella podía tomar otro más el descubridor – “Mina Salteada”- de sesenta por treinta varas.

“Venimos del cerro de Yauricocha en obediencia a lo que vuestras mercedes han dispuesto. Que para trabajar las minas –ahora propiedad del Rey- se deben registrar en las Cajas Reales. Queremos el documento que  respalde nuestra propiedad”. Fue suficiente. De inmediato, un tal Diego Cantos de Andrada, -el primer ladrón de nuestra historia- viajó a revienta cinchas a las Cajas Reales de Xatún Xauxa y registró el mismo yacimiento, pero a  nombre de él. Los indios, en la muestra de más pura  candidez y buena fe, reclamaron a los tribunales. No es necesario decirlo. La propiedad quedó registrada a nombre del impostor. El infame que practicó este latrocinio, fue Gómez de Caravantes de Mazuela y el documento que sanciona el sumario y perverso litigio, dice: “En la causa que entre partes mantuvieron, de la una los caciques de indios, Manuel Chumbe y Pedro Chipán; y de la otra Diego Cantos de Andrada, fallamos: Que debemos amparar y amparamos al dicho Diego Cantos y sus consortes en la posesión de la mina que descubriera. Sobre este pleito y después, se den a dichos indios, dos minas, las que ellos escogieran y por esta misma sentencia, así lo pronunciamos y mandamos sin costas”. Los otros beneficiarios que tuvieron acceso a estas fabulosas minas, fueron los siguientes ladrones y alcahuetes que se complotaron para que fuera así: Diego Cantos de Andrada, Miguel Romero y Zúñiga, Bartolomé Díaz, (el viejo), Cipio Ferrara Pérez, Juan Díaz Vergara y para que no tuvieran problemas posteriores, prebendaron a  Hernando Marco Apo  Alaya, cacique de Xauxa y Felipe de Guacrapaucar, cacique de los Lurinhuancas, es decir Huancayo. También se beneficiaron otros dos indios ladinos, Luis Meza y Alonso Xaxa. Esta es la primera lista de ladrones y estafadores que con el andar del tiempo se fue engrosando y no tiene cuándo acabar.

La enorme laguna de Yauricocha con sus islotes emergentes aquí y allá, tuvo que ser desaguada hacia las partes bajas de Quiulacocha. Cuando las aguas corrieron en riada extraordinaria, en su descenso arrastraron abundante barro y  detritus, dejando al descubierto un blanquísimo sedimento de plata pura que por siglos había dormido en sus profundidades. La plata a flor de tierra en orgiástica abundancia estaba pródigamente diseminada por aquellas soledades blancas. A partir de ese momento se produjo  una multitudinaria invasión de aventureros ávidos  nunca antes vista. Las gentes de la Villa de Pasco y lugares aledaños primero y de los más lejanos, después, llegaron en espectacular turbamulta de sálvese quien pueda.  El 9 de octubre de 1567 –dicen las crónicas de entonces- , después del  inicuo despojo a sus legítimos dueños, asentaban el nacimiento oficial de San Esteban de Yauricocha para beneficio de los españoles. Pasados los años, por su cercanía a la Villa de Pasco, adoptó el nombre del Cerro de Pasco, oficializado por el Virrey Amat en 1771. Así nació la ciudad: tras una infamia, por una expoliación. Desde entonces, hasta ahora, la tradición viene repitiéndose con muy pequeñas variantes. Si alguien quisiera escribir la historia de la infamia en el Perú, tendría que comenzar en esta ciudad.

Andando los años, ingente cantidad de hombres procedentes de todos los rincones del globo se afincaron en sus predios: españoles, ingleses, italianos, franceses, prusianos, eslavos, croatas, montenegrinos, serbios, húngaros, dálmatas, austriacos,  polacos, jamaiquinos, africanos, norteamericanos, chinos, japoneses… todos nucleados en sus correspondientes consulados. También braceros y empresarios de toda América y de los más apartados rincones de la patria llegaron a trabajar en sus minas. Todos con una misma y sola ambición: la plata. Cuando el argento comenzó a mermar, después de inacabables siglos de explotación, la magia del cobre purísimo atrajo a los norteamericanos que el primer año del pasado siglo invadieron su suelo para explotarlo. “La Cerro de Pasco Copper Corporation”, exportó en su mejor momento, el 50% del oro, el 75% de la plata y el 95% del cobre de todo el Perú” ha revelado el ingeniero Samamé Boggio, el hombre que más sabe de minas en el Perú.

cuadro de Wilmar Cosme 2
OTRA DE LAS MAGNIFICAS CREACIONES DE WILMAR QUE NOS TOMAMOS LA LIBERTAD DE REPRODUCIR SOLICITANDO SU AUTORIZADO PERMISO.

EL PASTOR Y LA NINFA

El pastor y la ninfaComo elevada arista que tuviera su base en Tápuc, Rocco y Chipipata, se levanta imponente el paraje denominado Huampún, en cuyo regazo yacen tranquilas, apretadas por un tupido cinturón de juncos, las frígidas aguas de Huacraycocha, la laguna eterna.

Para llegar a este apartado lugar cubierto de abundante pasto verde hay que remontar una  crestería y, una vez en la laguna, uno encuentra que la inmensa soledad lo cubre todo. Nada parece vivir en su entorno. Ni cerca ni lejos se puede ver una choza siquiera. Ante la vista se extiende, silenciosa y durmiente, la vasta pampa con un recortado horizonte de crestas huidizas.

En este inconmensurable paraje ocurrió hace muchos años uno de esos dramas vastos e intensos que no obstante desarrollarse a pleno sol, son generalmente ignorados por el mundo. Dramas en los que hay una extraña concurrencia de lo humano y lo cósmico.

Cuentan de un joven que había llegado a pastar sus ovejas por aquellos campos rendido por el cansancio de la caminata y acariciado por el tibio sol que alumbraba el paisaje,  quedó plácidamente dormido sobre la hierba. No había transcurrido mucho tiempo cuando en forma intempestiva, el cielo se cubrió de nubes  negras que desencadenaron una estrepitosa granizada extrañamente roja; el viento agudo y silbante de las soledades, alimentó el bronco estruendo de rayos y truenos que hicieron estremecer aquellos parajes. Sobresaltado como había quedado decidió recoger su ganado para llevarlo a su aprisco. Ya se enfrascaba en esta tarea cuando, igualmente misteriosa, la lluvia cesó de repente, el viento se hizo calmo y el cielo se iluminó con unas luces rosadas y hermosas.

Sorprendido, no sabía explicarse el porqué del fenómeno que acababa de presenciar. Intrigado miraba a un costado y otro de aquel lugar cuando alcanzó a ver, con gran asombro, a una muchacha de largo cabello cárdeno y ojos profundamente negros que se acercaba a él con un ruido de hojarasca que producían las alhajas que colgaban de sus opulentas vestiduras. Haciendo acopio de las fuerzas que comenzaban a abandonarlo, quiso huir a campo traviesa, pero la dulce voz de la joven mujer le detuvo diciéndole:

— No huyas, pastor; quiero hablar contigo…

— ¿Conmigo?…- su voz temblaba de emoción.

— Así es –la mujer lo miraba con sus ojos transparentes  tratando de inspirarle tranquilidad.

— Pero,… ¿Quién eres?…

— Soy Luly Huarmi,  la ninfa de estas aguas.

— Eres hermosa y muy rica… ¿Qué puedes querer de mí?…

— No tienes por qué ponerte nervioso. Hace tiempo que vengo observándote y sé que eres un buen muchacho; por eso quiero contraer compromiso formal contigo. Soy soltera. Quiero ser tu mujer.

— Pero… ¿Yo?… ¿Yo, Luly Huarmi?…. No, no podría. Yo soy muy pobre; no la merezco…

— No importa. Lo que me interesa es tu compañía. Nos uniremos en matrimonio y haremos aumentar nuestro ganado para vivir muy felices. Sólo te pido que guardes nuestro secreto.

—¿Por qué?

— Nadie lo entendería. Por eso, ni tus padres deben conocer de nuestro secreto. Nadie, absolutamente nadie.

— Por esa parte, descuida niña; yo soy muy íntegro y guardaré el secreto. Ni a mis padres les contaré lo que está pasando…

— Bien, muy bien. Entonces, en este mismo lugar, mañana a la misma hora nos volveremos a encontrar. Sólo te recuerdo que a nadie debes revelar nuestro secreto.

— Bien, niña, bien- emocionado y tembloroso el joven pastor miraba extasiado a la hermosa aparición.

— Ahora, cierra los ojos.

El pastor cerró los ojos y, al momento, una ráfaga de viento, lluvia y truenos, se alternaron en rápida sucesión. Cuando volvió a abrirlos, ya la bellísima mujer de los cabellos rubios, había desaparecido. Su sorpresa, sin embargo, no quedó ahí. Sus ojos casi se desorbitaron al comprobar que en el lapso de su conversación con la ninfa, muchos corderillos habían nacido en su redil.

Cuando hubo llegado a su casa, apenas si pudo poner sus ovejas en el aprisco. Estaba ensimismado y mudo. No alcanzaba a comprender el motivo por el cual la bella mujer le había propuesto matrimonio. Cuando sus padres le formularon una serie de preguntas, él contestó con evasivas tratando de no descubrir la asombrosa inquietud que le abrazaba el corazón. Aquella noche no pudo dormir presa de una profunda emoción. Una mezcla de temor y felicidad le invadía. Su cuerpo se estremecía a la sola evocación de la hermosa faz y el cimbreante cuerpo de la enigmática mujer.

Al día siguiente, cumpliendo con las indicaciones recibidas, acudió a la cita. Allí estaba ella, radiante de belleza y ataviada con tan ricas vestiduras que brillaban a los rayos del sol. Con sonrisa dulce y diáfana, la ninfa dijo:

— No tienes nada que decirme. Sé que has cumplido tu promesa y te has hecho dueño de mi amor. Ahora sí vivirás conmigo. Seré tu esposa. Deja a tus ovejas donde están, no te preocupes, tus perros las cuidarán. Ahora cierra los ojos y sígueme…

El joven pastor obedeció las órdenes de la bella ninfa. Cerró los ojos y al momento, sintiendo en su cuerpo una levedad de pluma, como si se transportara por los aires, fue dominado por un temor que pronto se disipó. Cuando abrió los ojos, quedó admirado al ver lo que le rodeaba. Estaba en una casa muy confortable y hermosa, rodeada de numerosos sirvientes solícitos y diligentes, al centro de una laguna, en una isla misteriosa y paradisíaca. Cuando se miró a sí mismo se encontró que lucía una galas espléndidas, bordadas con hilos de oro y plata y abundantes incrustaciones de brillantes y piedras preciosas.

Aquel día se amaron con frenesí y llenos de felicidad, compartieron momentos inolvidables de éxtasis. Finalizado el día, rendidos pero contentos, decidieron separarse.

— Ya es bueno que te vayas. Espero que no olvides nunca los momentos hermosos que estamos viviendo.

— No lo olvidaré jamás. Es más, te pido que siempre estés a mi lado y nunca me dejes por nada…

— No te dejaré… Sólo tienes que conservar nuestro secreto.

— Así lo haré, te lo juro…

— Te creo.

El joven pastor volvió a cumplir con el rito. Cerró los ojos y, al reabrirlos, se encontró nuevamente con sus ovejas que habían pastado tranquilamente durante el tiempo de su ausencia. Al contarlas comprobó que había aumentado el número. Las reunió y muy contento retornó a su casa.

Desde aquella vez, diariamente salía de su casa con los primeros rayos de luz del día y retornaba al ocaso, rendido pero muy feliz. Sus padres contentos por la proliferación de su ganado, dejaron de hacer preguntas a su hijo por el milagroso aumento. Ellos se sentían afortunados de que su ganado fuera aumentando cada vez más, pero nunca llegaron a saber la verdad. (“Voces del socavón”)