OTRA MÁS DE LAS “CASAS MALAS” (Tercera parte)

Malena canta el tango como ninguna,

y en cada verso pone su corazón;

a yuyo de suburbio su voz perfuma,

Malena, tiene pena de bandoneón.

MalenaMalena, por su parte, era una extraña belleza como los antiguos cromos franceses; de largos y encrespados bucles enmarcando el rostro finisecular, marmóreo, con labios satánicamente rojos, dibujados en forma de corazón;  ojos de un acerado gris, entrecerrados, dormilones, dando la impresión de poseer  insondables arcanos; grácil caminar de gacela y sobre todo, oscura indumentaria que resaltaba su palidez extrema; tenía un gran parecido con la Tita Merello que le clavó aquel mote que el gran Chichí destacó al cantar aquel viejo tango que versificara Homero Manzi con la música sensiblera y hermosa de Lucio Demare.

Tal vez allá en la infancia, su voz de alondra,

tomó ese tono oscuro de callejón

o acaso aquel romance que sólo nombra,

cuando se pone triste con el alcohol.

Malena canta el tango con voz de sombra,

Malena tiene pena de bandoneón.

Se enamoró del Gran Chichí cuando le escuchó cantar. Adivinó un corazón gemelo al suyo y no se equivocó. Enterada del drama de la soledad, la tristeza del sufrimiento del cantor, aprendió a amarlo y a compartir con él todos los instantes de su vida y sus generosas utilidades burdeleras.  Total, no se estaba cumpliendo sino la tradición ancestral de fines del siglo pasado: El tango estaba íntimamente ligado desde su origen al burdel

Otra era la limeña. La llamaban así porque además de su extrema palidez, denunciadora de su origen costeño, su habla precipitada comiéndose el final de las palabras, y sus remilgos para llevar adelante su vida de puta, determinó el mote.

Divina claridad, la de tus ojos 

diáfana como gota de cristal.

Gotas que se humedecen con sollozos,

sangre y sonrisas juntas al  llorar.

Sólo la enérgica actitud de la Mami pudo mantenerla en aquel lugar. Los primeros días se había sumido en un mar de llanto y prolongados silencios. Sus carnes fueron perdiendo consistencia y profundas ojeras oscurecían su rostro. Nunca antes había dejado la casa paterna. Tuvo que ocurrir una desgracia para que, obligada por las circunstancias, abandonara a los suyos. La mujer que había hecho desparecer el fruto de sus arrebatados amores juveniles fue la misma que la contactó con la “Machete”. Hizo creer a los suyos que había conseguido un empleo de enfermera en la sierra y de inmediato se enroló en el serrallo. Después, todo fue ocurriendo inexorablemente. Los insultos le enseñaron a pintarrajearse el rostro de una manera escandalosa y el diario caminar por esa senda de voluptuosidad y provocativas posturas, a actuar y hablar como lo que había llegado a ser: una puta.

                                    ¿Por qué te hizo el destino, pecadora;

                                       si no sabes vender el corazón.

                                       Si cada beso tuyo en una aurora,

                                       si cada nueva aurora es el amor.

Sus estipendios los compartió con sus padres y hermanos a los que visitaba mensualmente. A ellos les mentía que era enfermera en el Hospital Americano. Todo le iba muy bien hasta que acaeció la desgracia. Una animada noche burdelera, el contratista Víctor Ormeño, su marido que la amaba con locura, al verla bailar apechugada con un marchante se “cruzó” en un ataque de celos y, loco como una fiera, le descerrajó un tiro entre los ojos. “El Minero”, informó: “Una mujer de vida alegre ha sido asesinada en los salones del lupanar llamado “El Rancho Chico”. La policía ha iniciado las investigaciones del caso. Ayer, en horas de la mañana, el cadáver de Ana Camino Rivas (a) “La Limeña”, ha sido enviado a la morgue del Hospital Carrión y su victimario, conducido a la cárcel pública de la Esperanza”.  El alboroto que formó la familia cuando se enteró que Ana no era enfermera fue particularmente deprimente.

                                        Amor de la calle,

                                       que vendes tus besos

                                       a cambio de amor;

                                       aunque tú no quieras,

                                       aunque tú no esperes,

                                       él tarda en llegar.

Proveniente de las cálidas tierras huanuqueñas, precoz en su hermosura y coquetería, apareció la Simona. Compañera de su madre en sus incursiones comerciales de la venta de  canastas de gallinas y sus semanales alojamientos en los “Tambos” cerreños, se fue haciendo de numerosos amigos y admiradores. Sus generosos acompañantes que siempre la invitaban a comer y beber algunos tragos, la iniciaron en ese mundo de voluptuosidad y libertad sexual; muy pronto la convencieron de que era más conveniente para ella mostrarse amorosa con los hombres que le pagarían muy bien en lugar de estar vendiendo gallinas. No lo pensó dos veces. Un día fue presentada en el “Rancho Chico”. Cuando la “Machete” la vio fachosa, blancona, de porte regio, le abrió los brazos y la tomó como pupila.

                                       No olvidas tus penas,

                                       bailando y tomando,

                                       fingiendo reir;

                                       y el frío de la noche

                                       castiga tu alma

                                       y pierdes la fe.

Eso sí, desechó los vestidos sencillos y la vistió con mejores prendas y zapatos de tacones altos, desató sus trenzas y la peinó con audacia; le puso afeites necesarios resaltando sus ojos claros, delineando sus labios, avivando rubores, acentuando  cejas; le enseñó a no hablar cantando como en su tierra y, como nadie, por más borracho que estuviera iba a acostarse con una Simona, la bautizó con un nombre afrancesado de combate burdelero: Simoné.

Continúa……

 

OTRA MÁS DE LAS “CASAS MALAS” (Segunda parte)

casas malas 4Omara era una rara preciosidad. La exótica hermosura de su continente restallaba en su sedosa piel agarena, en sus ojos fastuosos pero inexplicablemente tristes, en sus labios carnosos, en su cuerpo alto y fuerte de senos turgentes y mayúsculos, en sus piernas torneadas y duras, en su grupa poderosa y colosal hecha para el amor. Todo su ser exhalaba sexo. Era generosa y deslumbrante con su melena negra y su sonrisa provocativa y engreída. Una atrevida blusa floreada  le permitía el lucimiento de esas tetas de reina que gritaban: “Agárrame y ámame” y entre esas dos prominencias de ensueño, una cadenita que terminaba en una cruz diminuta, brillante, pulida, de oro. Todos los parroquianos que llegaban al “Rancho Chico” tenían que hacer con ella. Breve y sonoro, de exóticas reminiscencias moras, su nombre había trascendido con creces los linderos del serrallo: Omara.

Virgen de medianoche,

 cubre tu desnudez;

 bajaré las estrellas

para alumbrar tus pies

Sus “amores”, es decir, sus clientes, eran numerosos. Ella recordaba el nombre y apellidos de cada uno de ellos con asombrosa precisión. Esto halagaba sobremanera a los sementales. Encelada y coqueta era una artista en atenderlos como si  cada uno fuera el único. Para cada marchante era la enamorada “chiquilla” que los derretía con sus besos. Todo el rito propiciatorio para el amor era meticulosamente cumplido por ella; desde el lavado con agua tibia  y los excitantes masajes  previos, hasta el momento de la verdad. Entonces se entregaba como una enamorada primeriza, completamente desnuda. Su estrecha habitación abrigada por dos estufas eléctricas fabricadas por sus adoradores (electricistas de la empresa), le permitían estas hazañas amatorias cuando afuera la temperatura se estremecía a diez grados bajo cero.

                                               Toda una vida,

                                               me estaría contigo

                                               no  me importa en qué forma,

                                               ni dónde, ni cómo, pero junto a ti.

 

Amaba quejándose como una niña, gimiendo como una desflorada debutante, excitando con sus besos, resuellos, gemidos y palabras estimulantes, el ímpetu del garañón. El clímax –sentido o teatralmente fingido- le hacía proferir un quejido agudo de gatita herida que llenaba de orgullo al amante.

¡Ay!. Eres mala y traicionera,

                                               tienes corazón de piedra,

                                               porque sabes que te quiero

                                               y me dejas que me muera.

Al terminar la faena amatoria, envolvía su cuerpo en una abrigadora bata para atender el aseo de su amante. Con el beso de despedida recibía una generosa retribución a sus atenciones. Con todos era así; por eso es que cada tarde, a su puerta, una enorme fila de obreros y empleados aguardaba sus caricias. Al despedirse, con voz engolada y dulzona, los invitaba a que vuelvan a amarla.

Al dolerme tu ausencia,

                                               por tu imagen suspiro,

                                               y en mis sueños te miro

                                               como frágil visión.

Lo que nadie sabía era que detrás de esa aparente felicidad, un drama muy hondo ensombrecía su vida. Entre sus compañeras, no obstante ser obsequiosa, amable y comprensiva,  jamás fue tocado el tema de su pasado. Su vida era suya y nada más que suya. Las ocasiones en que las nieves las sitiaba y casi nadie llegaba al serrallo, pasaban horas enteras rodeando la estufa del salón, en enjundiosas pláticas donde ella llevaba la voz cantante. Pasajes de la Biblia, hechos históricos, anécdotas amenísimas y mil y un aspectos de la cotidiana existencia expuestos en forma sencilla pero amena que aumentaba la curiosidad de sus compañeras. Todos compartían por igual aquellos estimulantes momentos de amistad. Al final, sin mencionarlo, todas quedaban convencidas de que estaban ante un ser superior. Muchas cosas parecían misteriosas para sus compañeras que no sólo la admiraban, sino que la respetaban ostensiblemente. Alguna madrugada, cuando ya el salón quedaba vacío, estimulada por los tragos, tocaba al piano –sólo para sus compañeras- una sonata bella, muy bella, pero muy triste. Ella les decía que su autor era el músico más grande del mundo y que se titulaba, “Claro de Luna”, pero nunca la terminaba, sus manos se entorpecían cuando un llanto incontenible inundaba su rostro, entonces, la rodeaban cariñosas y como cándidas y sensibles adolescentes, todas lloraban. ¿Quién era, en verdad, Omara?

La fauna mujeril del “Rancho Chico” era nutrida y cambiante. La mayoría llegaba por breve tiempo y después de apoquinarse algunos soles, partía acoquinada por el frío. ¡Eso sí! Cuando apetecida de monedas llegaba una hembra fuera de lo común, la voz chismosa y asordinada, como chispa de mina, circulaba por talleres, oficinas, escritorios, talleres y niveles mineros: ¡Ha llegado una nueva! Y todos, acicalados y con el sobre de pago invicto y engomado iban en pos de la novedad para poseerla, aunque el hacerlo les costaría buenos soles. El cerreño nunca es corto cuando de darle gusto al cuerpo se trata. Las fieles y más queridas, las más solicitadas, eran la “cerreñas” por adopción, Omara, Malena, Norma, la Limeña, Simoné y la negra María. Cada una con su vida, cada una con su historia, cada una con su canción.

Continúa…

OTRA MÁS DE LAS “CASAS MALAS” (Primera parte)

las casas  malas 1La existencia de los prostíbulos  mineros como los del resto del mundo, está dedicada a la alegre  actividad premonitora de la cópula tarifada: el baile. Práctica viva, desopilante, que empleados y obreros de la “Mining”, circunspectos, laboriosos y cumplidores en la labor diaria, realizan como un rito liberador de tantas tensiones faeneras

Comienzan tímidamente, pero  a medida que los tragos los desinhiben, se van soltando hasta llegar al desafuero espectacular y sicalíptico, guiados por la  pelandusca de turno. El burdel es visto con ojos de condena por las viejas pacatas que la llaman, “Casa Mala”. Las cucufatas ignoran que el mismo Rey Salomón al que veneran a pie juntillas, contaba con numerosos serrallos. Las Escrituras lo puntualizan. Dice que el monarca sabio tenía 700 mujeres y 300 concubinas basado en su capacidad fálica digna de ser recordada por todos los tiempos. El mismo Rey que al referirse a una mujer diría, ” Las curvas de tus caderas son  joyas magistrales, tu ombligo es una copa redondeada llena de vino perfumado, tu vientre es un monte de trigo cercado de lirios,  tus dos senos como dos hijos gemelos de una gacela”. 

Los burdeles no estaban establecidos sólo para satisfacer las ansias reproductoras de los monarcas. Las mujeres debían ofrecer espectáculos de variedades, cantando, ejecutando arpas, timbales, panderetas, castañuelas y, sobre todo bailando. En casi todos los reinos se aceptó la prostitución sagrada.  La necesidad social, o animal, que viene a ser lo mismo, ha sido contemplada con honda preocupación por los grandes pensadores y estadistas de todas las épocas. ¡Dejarse de melindres!. En Siria y Babilonia, por ejemplo, los sacerdotes desfloraban a las jóvenes núbiles  ofreciéndolas a la diosa del amor. Lo mismo pasaba en la India.

En el siglo XV, en territorios de España, en tiempos del rey Jaime de Aragón, bajo una ciudad amurallada, existía un famoso burdel para los nobles. Cuando Rasputín armó su prostíbulo particular en la Rusia de los Zares, seguía la costumbre del rey Childerico que obtenía –por derecho- la primicia sexual de todas sus súbditas jóvenes hasta donde le diera el cuerpo. No hay que olvidar las trapisondas de Enrique IV y de los Luises de la Francia final.

Como no podía ser de otra manera, el Cerro de Pasco, residencia de ricos mineros, comerciantes, hacendados, aviadores y arrieros -fornicadores de leyenda- siempre tuvo numerosos burdeles; para todos los gustos y posibilidades económicas. El más renombrado por sus largos merecimientos era “El Rancho Grande” exclusivo local que contaba con su orquesta estable y especial selección de hermosas mujeres venidas de diferentes partes del mundo. Aquí sólo tenían entrada los opulentos tarambanas previamente inscritos como socios. Su membrecía era excluyente, los misios no tenían cabida.

Largos  años ha, en las ciudades más importantes de Europa se habían fundado los primeros establecimientos comerciales conocidos como “Borthellos” que pasan al inglés como “Brothels” de donde deriva al castellano en “Burdeles”. El lenocinio, burdel o, “Casa Mala” como le decían las viejas cerreñas, recibió desde antiguo una serie de remoquetes que sólo los iniciados comprendían: BULIN, un argentinismo traído por el cinematógrafo del tiempo de Tito Lusiardo, Floren Del Bene, Pedro López Lagar, Francisco Petrone, Guillermo Bataglia y otros, que referían a la casa de cita como tal, como bulín. También de aquel hermano país, muy ligado al nuestro por la turbulenta historia de nuestros arrieros, recibió el apodo que hasta ahora está vigente: Quilombo. Después, TEPA: sacado de aquel corrido que Jorge Negrete cantaba con delectación: “La feria de las flores”, en uno de cuyos pasajes decía: “Vamos a “Tepa”, tierra soñada// donde la vida es un primor// Allí me espera, mi chaparrita// la única dueña de mi amor….También se le llamó,  BUQUE, tal vez porque, a manera de un trasatlántico, permitía la convivencia de gente de diversa pelambre. Otro nombre que llevó fue el de CHONGO, y más cariñosamente “Chongoyape”.  Bueno, el caso es que este socorrido lugar de apareamiento carnal, fue a lo largo de la historia minera, escenario de mil y un combates como el que aconteció por aquellos días.

La escasez venía golpeando duramente a la ciudad minera desde tres años atrás. Nadie se salvaba. Excluyendo a los privilegiados por la compadrería oficial, todos sufrían la dramática restricción. Me estoy refiriendo a la negra época del malhadado prefecto que terminó masacrado por las masas obreras, por abusivo. Año de 1948. Los burdeles, naturalmente, no eran la excepción. En el “Rancho Chico”, la meteórica popularidad alcanzada por “Chacalhua” Ramírez entre el mujerío, era un completo misterio para los lupanarios cerreños. Nadie entendía por qué el joven empleado de Vicente Vegas se había convertido en el engreído del chongo. La misma Mami, tan renuente a las atenciones especiales, había dispuesto que Omara, la más hermosa hembra del lugar, entregara sus favores y sus más delicadas atenciones a aquel joven cerreño. El enorme mujerón –sueño de todos los gamberros allí presentes-  cumpliendo la orden, sobajeaba sus tetas agresivas en el pecho de  “Chacalhua” que no sabía qué hacer.

Un rubor adolescente entintaba su rostro cuando las cálidas piernazas de la turbadora pelandusca se metía entre sus partes viriles y juntando su rostro perfumado musitaba, ronca, el bolero que “Cara e’ mango” y el negro Godoy, cantantes oficiales del burdel, elevaban a regiones de ensueño con el acompañamiento del tintineante piano del “Trapito” Rodríguez y la batería del “Tuerto” Rojas.

Virgen de medianoche,

                            Virgen, esa eres tú;

                            para adorarte toda,

                            rasga tu manto azul.

Finalmente se descubrió el misterio. “Chacalhua” luego de acopiar numerosas boletas de racionamiento, las cambiaba por un abundoso alijo de arroz, azúcar, harina, fideos, manteca, que al ponerlo delante de la Mami, provocaba la admirada aclamación de las “niñas” y el homenaje de aquella imponente mujer a la que todavía recuerdan con mucha nostalgia encanecidos lupanarios de entonces.

           Señora del pecado,

         cuna de mi canción,

         mírame arrodillado

         junto a tu corazón.

Continúa…..

Cosas de chinos y japoneses (Segunda parte)

Familia Japonesa
Retrato de familia japonesa en el Cerro de Pasco

La vida de los inmigrantes Retrato de familia japonesa en el Cerro de Pasco

El caso es que, católica como era la familia, decidió bautizar al niño en la pila de Chaupimarca. Para el caso hicieron circular hermosas esquelas, trabajadas en finísimo papel de lujo y, marido y mujer, con un comedimiento extraordinario, fueron de casa en casa para entregar personalmente las esquelas del convite. Los invitados, naturalmente lo constituían lo más selecto del Cerro. Ningún personaje notable había sido excluido. Todos ellos, en el momento de ser invitados para la fiesta, escucharon la repetida intención del nipón de puntualizar que la hora del ágape sería las ocho en punto de la noche.

Así llegó el día del acontecimiento. Efectuada la ceremonia religiosa que contó con el apadrinamiento del Prefecto y esposa, pasaron a la casa del oferente.

Todos quedaron deslumbrados al llegar.

La casa, había sido iluminada desde los portales, profusa y artísticamente, con farolas orientales de notable factura. Todo relumbraba. El piso alfombrado, los muebles, cuadros y macetas de flores primorosamente colocados, trabajados por la delicada mano de la señora de la casa. Sobre la mesa central, vistosa y apetitosa muestra de la dulcería japonesa. La vajilla de extraña y atrayente porcelana concitó la admiración general. Desde la entrada se vio el señorío de los anfitriones. En un marco de reverentes inclinaciones y sonrisas se dio inicio al ágape correspondiente. Era las ocho en punto de la noche. La señora se lució de lo lindo en aquella oportunidad, no sólo en la pródiga atención de sus invitados sino cuando, a insinuación de su esposo, sacó un  instrumento de cuerdas de angosto cuello y cuerdas cantarinas, de  sonido sordo pero hermoso al que la señora con sumo deleite comenzó a arrancarle hermosos compases. Era el tradicional Samisén, instrumento japonés que sólo las mujeres tañen en el Imperio nipón. Provista de una lengüeta de carey en la mano derecha, regaló no sólo con dulces melodías niponas, sino que en determinado momento emocionó a sus invitados con conocidas y hermosas mulizas. Los aplausos premiaban el regalo artístico en el momento en que varios aldabonazos sonaron a la puerta. Cuando la ventanilla fue abierta por el anfitrión, apareció la figura del ilustre Presidente de la Corte Superior de Justicia que trataba de justificar su tardanza, cuando con una pasmosa tranquilidad se oyó decir al nipón

— ¡Perdóneme doctor, pero ra invitación fue hecha para ras ocho!. Gracias –y cerró la mirilla y la puerta siguió cerrada. Clara muestra del orden y la disciplina japonesas que todo el pueblo comentó.

Pero la cosa no quedó ahí, porque después de la comida, estaba lista la orquesta con los mejores músicos cerreños para alegrar la reunión; la misma anfitriona pasó de invitado en invitado una copilla muy hermosa de porcelana japonesa, conteniendo un licor amarillento espumoso de fuerte bouquet.

— ¿Qué es esto, Julio? – preguntó el “Capachón Minaya” que también había sido invitado por ser vecino del barrio de la calle del Marqués.

— Esto ser ra cerveza japonesa, Arberto. Espero que te guste… ¡Sírvete….!

—  !Esta bien, Julito, está bien –contestó el “Capachón” que se notaba a las claras que desde mucho antes había empinado el codo- Pero si es cerveza no debes servir en estas copillas tan pequeñas. Para eso hay vasos…- En realidad la desafortunada intervención del “Capachón” había despertado un automático rechazo en los presentes que de una u otra manera trataban de contemporizar la desatinada participación.

— Este trago llamarse Sake, y es de arroz, preparado por mi señora. Hay que tomaro de a poquitos porque es muy embriagante…

— ¡A mí no hay trago que me tumbe! Tú lo sabes Julio- dijo el “Capachón” y en  actitud censurable tomó el recipiente principal desde donde se derivaba en las copitas, y sirviéndose en un vaso, apuró el sake de un solo tiro. Fue suficiente. Muy poco tiempo después roncaba como un descosido en un rincón de la sala y no gozó de aquella inolvidable fiesta peruano – japonesa.

Pasado el tiempo, tras el alevoso ataque a Pearl Harbour (7 de diciembre de 1941), por el dramático cariz político que sufrieron las relaciones de América con el Japón, comenzó la persecución de los japoneses que, antes de ser enviados prisioneros, con la pérdida de todas sus pertenencias a Cristal City en Estados Unidos, decidieron trasladarse a otros pueblos del interior, Huánuco, Jauja, Tarma, Huancayo…  En aquel momento, la Cerro de Pasco Copper Corporation, era el más importante enclave del capitalismo norteamericano en el Perú y, como es lógico, no podía convivir en un mismo espacio con los hijos del sol naciente que acababan de atacarlos. Muy pocos japoneses, amigos del pueblo, venciendo mil y una dificultades -especialmente represiones alentadas por los yankis-, quedaron dentro de nuestras fronteras, los Shiraishi, Yokota, Noda, Morita y Takishan.

La presencia de los nipones en nuestra tierra minera confirmaba lo que había dicho, Juan Jacobo Von Tschudi: “Los pueblos de todos los continentes están representados allí,  porque creo que no habrá país de Europa, Asia o América que no tenga en esta ciudad a uno de sus connacionales”.

 

 

Cosas de chinos y japoneses (Primera parte)

Chinos en el ferrocarril central
Gran parte de obreros chinos que tendieron el ferrocarril central, se afincaron en el Cerro de Pasco

El siglo antepasado y comienzos del pasado, en la extensa y linajuda Calle del Marqués –fatalmente desaparecida por los trabajos mineros- se establecieron fondas, bodegas y lavanderías donde enjutos personajes de extraño idioma conversando como si cantaran, iban y venían en su diario  trajín. Vestían largas túnicas y algunos llevaban una trenza en la parte posterior de la cabeza; otros se la cubrían con una pequeña gorra pero  todos calzaban alpargatas sobre gruesas medias de lana. Eran los chinos.

Habían llegado al Perú en 1849, cuando por iniciativa del hacendado y hombre de negocios, Domingo Elías, se introdujera 100,000 trabajadores chinos para reemplazar la mano de obra esclava negra. Estos coolies, fueron enviados esencialmente a las islas guaneras y haciendas azucareras y algodoneras de Lambayeque y la Libertad, en el norte y, de Lima e Ica al sur.

En 1875, los chinos venidos de Macao y Cantón se aposentaron en el Cerro de Pasco atraídos por su bonanza económica. Habían cumplido sus contratos con Henry Meiggs para colocar rieles a lo largo de las vías ferrocarrileras. Otros chinos cimarrones, huyendo del frío, se aposentaron al sur de Chanchamayo, formando la colonia de Quimpitirique. El censo de 1876 afirmaba que en nuestra ciudad quedaban 169. Solamente hombres. Aquí, encontraron la estima que les hacía mucha falta como seres humanos. Hasta entonces sólo habían conocido el maltrato ignominioso, especialmente en Lima, Callao y ciudades de la costa.

Muchos de los chinos, emocionados por el trato cariñoso que recibieron, adoptaron apellidos castellanos: Pérez, García, Ramírez, etc. En la ciudad  minera formaron sus hogares con mujeres del pueblo que se avinieron a ello. Así floreció el restaurante de Antonio Lam cuyos familiares todavía viven en la ciudad. Lo mismo ocurrió con Mario Cam-Pong cuyo apellido lo castellanizaron por Campoa; Manuel Chang y Chale Wong que administraban el concurrido chifa Cantón. También estuvieron las bodegas, bazares y lavanderías de Juan Lay, Antonio Wong-Cau, Luis Hop-Hon, Manuel Bong, Santiago Chong, Joaquin Wong, Felipe Cheng, Luis Chang-Foc, Mario Chang- Li, Emilio Dan- Chang, Manuel Hop-Hen, Liborio Hang-Yong…

En el umbroso aposento de este último chino funcionaba un fumadero de opio con tarimas individuales ocupadas por fumadores que tenían un pequeño lamparín al  lado; en él se quemaba la droga cuyo humo era transportado hasta la boca del cliente mediante un aditamento parecido a la pipa de la paz de los pieles rojas; la sesión duraba más de una hora en la que el fumador viajaba con asombrosa delectación, por mundos extraordinariamente misteriosos. Los principales asistentes eran niños bien, tarambanas y manirrotos,  “hijitos de papá”; poetas, periodistas, escritores y bohemios. 

Alternando con los chinos, otros asiáticos convivían con ellos. Lengua extraña,  terminante, algo ruda: los japoneses. Ellos se encargaron de incrementar la calle de bazares, lencerías y, sobre todo, peluquerías de formidables espejos,  sillas giratorias y una limpieza extraordinaria. La arteria se convirtió en la calle de las peluquerías. Estos asiáticos sí venían en compañía de sus esposas y no como esclavos sino como seres libres.

En 1931, el Ministro japonés Saburo Kurusu obtuvo en Tokio una partida de cien mil dólares para establecer una Asociación de Inmigrantes japoneses con el nombre de “Perú Takushoku Kumial”. Esta asociación facilitó el asentamiento de los ciudadanos japoneses con sus mujeres en las principales ciudades fuera del radio urbano de Lima. Un grupo numeroso llegó al Cerro de Pasco. En el boletín de la Cámara de Comercio figuran los nombres de los jefes de familias japonesas: Luis TACANO, Andrés YAMADA, Dionisio SHIRAISHI, Mario KASAY, Jorge YOKOTA, Víctor NAGATA, Tereno  HINO, Pablo MORITA, José NAKAMURA, Antonio OSADA, Julio SHIMAZU, Miguel SHIGUETA, Francisco OGAWA, Odón SHIMADU, Antonio KITSUTANI, Emilio NODA, Francisco SAITO, Alejandro MAKINO, Norberto MATAMURA,  Mario OIZUMI, Roberto YOKOY,  Ino TAKISHAN.

Los primeros japoneses que llegaron al Perú, arribaron en la nave SAKURA MARU, que había transportado a 790. Así se cumplía el tratado de 20 de marzo de 1895, suscrito entre los representantes del Perú y Japón, José María Irigoyen y Sinichiro Kurino, respectivamente, confirmando un acuerdo preliminar de 1873.

En 1899 –diez años antes del acontecimiento- el potentado nipón, Korekyo Takahashi, alentado por el representante consular en el Japón, Sr. Heeren, conocedor de la bonanza económica y la abundancia de minerales de alta ley decide realizar una fuerte inversión en unas minas de plata en el Cerro de Pasco. La primera que realizaba el Japón en Latinoamérica y la primera a nivel mundial. La inversión nipona no tuvo todo el éxito que Takahashi hubiera deseado. Graves inundaciones “ahogaron” la mina. Desde su arribo a la ciudad -por otra parte- había encontrado serias dificultades con el idioma. No hubo traductores que pudieran obviar el necesario entendimiento.

La vida de los japoneses fue muy dura. En  SETOGIWA (Tiempos difíciles), que ha escrito el político peruano Carlos A. Irigoyen y los informes de Luis J. Macchiavello, se puede conocer de la heroicidad de estos hombres que se aferraron a las condiciones de vida que les ofrecía la generosa tierra minera. Aquí se aposentaron con sus esposas y formaron   prósperos hogares.  Hay muchísimas anécdotas que revelan, cómo,  estos inmigrantes, se confundieron con los cerreños.

Una de ellas dice:

Entre los japoneses llegados a nuestra tierra, había uno que se distinguía por su personalidad muy refinada que demostraba a las claras su  origen noble. Su menuda esposa de apostura solemne, llevaba con dignidad y nobleza su cargo de consorte del nipón que llamado Tereno, se cambió por el de Julio cuando lo bautizaron en Chaupimarca: Julio Shimazu.

Como el de los demás japoneses, nadie conocía su origen ni a qué se había dedicado en su tierra natal. Su idioma extraño que nadie comprendía hizo más difícil la tarea; pero Julio con su castellano de sólo palabras necesarias se hacía entender plenamente.  Su bazar de lencería y venta de ropa fina, así como su contigua peluquería, eran un dechado de limpieza y orden donde, entre reverencias y sonrisas, atendía a su numerosa clientela satisfecha. En resumen, Julio y señora, eran muy respetados y queridos por los cerreños que, sin excepciones mostraban su abierta simpatía por el niño del matrimonio nacido en nuestra tierra. Era una japonesito cerreño, sonriente y bello, como hecho en losa fina.

CONTINÚA……

Cerro de Pasco es la ciudad nacida en la linde de las nubes tras un perverso despojo

cuadro de Wilmar Cosme
MAGNÍFICO CUADRO ALEGÓRICO DE NUESTRA TIERRA, OBRA DEL DESTACADO PINTOR CERREÑO, WILMAR 0RLANDO COSME CALZADA, NOTABLE INTÉRPRETE DE NUESTRA REALIDAD.

Nunca antes una ciudad se había aposentado en las astrales lindes de las nubes, cerca del cielo. Nació a mediados del siglo XVI, cuando en las Cajas Reales de Lima, los españoles vieron asombrados sin dar crédito a sus ojos, montones de plata purísima, blanca como queso fresco y enorme como su admiración, “del tamaño de las balas de cañón”, que provenía de Yauricocha, “la laguna de los metales”. Rápidamente, tras releer las crónicas de Cieza y Estete, cayeron en la cuenta que habían estado en un error. No era Colquijirca,  el fabuloso lugar de leyenda, surtidor inagotable de metales preciosos. Éste, era el emporio: Yauricocha. A él  se refería el joven cronista de Santo Domingo de la Calzada cuando narraba el dramático encierro de tres días y tres noches, secuestrados por una ventisca impresionante, sin nada que comer ni beber, en medio de un frío implacable y cruel del que después salieron en estampida a poco de cesar la nieve. Allí estaban los indios que aseguraban ser dueños de aquellos tesoros desde los abuelos de sus abuelos. Venían a cumplir el conjunto de principios jurídicos estatuidos en las famosas Leyes de Indias expedidas por los Reyes de España, que sostenían que todas las tierras de América eran patrimonio exclusivo de la Corona Española Todos los minerales son propiedad de Su Majestad y derechos realengos por leyes y costumbres, y así lo da y concede a sus vasallos y súbditos donde quiera que los descubrieren” Rezaba en dichas Leyes. Es más, en las Ordenanzas de Toledo se preveía que descubierta una mina, había de hacerse el registro en un plazo de treinta días y que el descubridor tendría derecho a un campo de ochenta por cuarenta varas –llamada por eso, mina “Descubridora”- a continuación del cual se acotaba otro para la pertenencia real, y tras ella podía tomar otro más el descubridor – “Mina Salteada”- de sesenta por treinta varas.

“Venimos del cerro de Yauricocha en obediencia a lo que vuestras mercedes han dispuesto. Que para trabajar las minas –ahora propiedad del Rey- se deben registrar en las Cajas Reales. Queremos el documento que  respalde nuestra propiedad”. Fue suficiente. De inmediato, un tal Diego Cantos de Andrada, -el primer ladrón de nuestra historia- viajó a revienta cinchas a las Cajas Reales de Xatún Xauxa y registró el mismo yacimiento, pero a  nombre de él. Los indios, en la muestra de más pura  candidez y buena fe, reclamaron a los tribunales. No es necesario decirlo. La propiedad quedó registrada a nombre del impostor. El infame que practicó este latrocinio, fue Gómez de Caravantes de Mazuela y el documento que sanciona el sumario y perverso litigio, dice: “En la causa que entre partes mantuvieron, de la una los caciques de indios, Manuel Chumbe y Pedro Chipán; y de la otra Diego Cantos de Andrada, fallamos: Que debemos amparar y amparamos al dicho Diego Cantos y sus consortes en la posesión de la mina que descubriera. Sobre este pleito y después, se den a dichos indios, dos minas, las que ellos escogieran y por esta misma sentencia, así lo pronunciamos y mandamos sin costas”. Los otros beneficiarios que tuvieron acceso a estas fabulosas minas, fueron los siguientes ladrones y alcahuetes que se complotaron para que fuera así: Diego Cantos de Andrada, Miguel Romero y Zúñiga, Bartolomé Díaz, (el viejo), Cipio Ferrara Pérez, Juan Díaz Vergara y para que no tuvieran problemas posteriores, prebendaron a  Hernando Marco Apo  Alaya, cacique de Xauxa y Felipe de Guacrapaucar, cacique de los Lurinhuancas, es decir Huancayo. También se beneficiaron otros dos indios ladinos, Luis Meza y Alonso Xaxa. Esta es la primera lista de ladrones y estafadores que con el andar del tiempo se fue engrosando y no tiene cuándo acabar.

La enorme laguna de Yauricocha con sus islotes emergentes aquí y allá, tuvo que ser desaguada hacia las partes bajas de Quiulacocha. Cuando las aguas corrieron en riada extraordinaria, en su descenso arrastraron abundante barro y  detritus, dejando al descubierto un blanquísimo sedimento de plata pura que por siglos había dormido en sus profundidades. La plata a flor de tierra en orgiástica abundancia estaba pródigamente diseminada por aquellas soledades blancas. A partir de ese momento se produjo  una multitudinaria invasión de aventureros ávidos  nunca antes vista. Las gentes de la Villa de Pasco y lugares aledaños primero y de los más lejanos, después, llegaron en espectacular turbamulta de sálvese quien pueda.  El 9 de octubre de 1567 –dicen las crónicas de entonces- , después del  inicuo despojo a sus legítimos dueños, asentaban el nacimiento oficial de San Esteban de Yauricocha para beneficio de los españoles. Pasados los años, por su cercanía a la Villa de Pasco, adoptó el nombre del Cerro de Pasco, oficializado por el Virrey Amat en 1771. Así nació la ciudad: tras una infamia, por una expoliación. Desde entonces, hasta ahora, la tradición viene repitiéndose con muy pequeñas variantes. Si alguien quisiera escribir la historia de la infamia en el Perú, tendría que comenzar en esta ciudad.

Andando los años, ingente cantidad de hombres procedentes de todos los rincones del globo se afincaron en sus predios: españoles, ingleses, italianos, franceses, prusianos, eslavos, croatas, montenegrinos, serbios, húngaros, dálmatas, austriacos,  polacos, jamaiquinos, africanos, norteamericanos, chinos, japoneses… todos nucleados en sus correspondientes consulados. También braceros y empresarios de toda América y de los más apartados rincones de la patria llegaron a trabajar en sus minas. Todos con una misma y sola ambición: la plata. Cuando el argento comenzó a mermar, después de inacabables siglos de explotación, la magia del cobre purísimo atrajo a los norteamericanos que el primer año del pasado siglo invadieron su suelo para explotarlo. “La Cerro de Pasco Copper Corporation”, exportó en su mejor momento, el 50% del oro, el 75% de la plata y el 95% del cobre de todo el Perú” ha revelado el ingeniero Samamé Boggio, el hombre que más sabe de minas en el Perú.

cuadro de Wilmar Cosme 2
OTRA DE LAS MAGNIFICAS CREACIONES DE WILMAR QUE NOS TOMAMOS LA LIBERTAD DE REPRODUCIR SOLICITANDO SU AUTORIZADO PERMISO.

EL PASTOR Y LA NINFA

El pastor y la ninfaComo elevada arista que tuviera su base en Tápuc, Rocco y Chipipata, se levanta imponente el paraje denominado Huampún, en cuyo regazo yacen tranquilas, apretadas por un tupido cinturón de juncos, las frígidas aguas de Huacraycocha, la laguna eterna.

Para llegar a este apartado lugar cubierto de abundante pasto verde hay que remontar una  crestería y, una vez en la laguna, uno encuentra que la inmensa soledad lo cubre todo. Nada parece vivir en su entorno. Ni cerca ni lejos se puede ver una choza siquiera. Ante la vista se extiende, silenciosa y durmiente, la vasta pampa con un recortado horizonte de crestas huidizas.

En este inconmensurable paraje ocurrió hace muchos años uno de esos dramas vastos e intensos que no obstante desarrollarse a pleno sol, son generalmente ignorados por el mundo. Dramas en los que hay una extraña concurrencia de lo humano y lo cósmico.

Cuentan de un joven que había llegado a pastar sus ovejas por aquellos campos rendido por el cansancio de la caminata y acariciado por el tibio sol que alumbraba el paisaje,  quedó plácidamente dormido sobre la hierba. No había transcurrido mucho tiempo cuando en forma intempestiva, el cielo se cubrió de nubes  negras que desencadenaron una estrepitosa granizada extrañamente roja; el viento agudo y silbante de las soledades, alimentó el bronco estruendo de rayos y truenos que hicieron estremecer aquellos parajes. Sobresaltado como había quedado decidió recoger su ganado para llevarlo a su aprisco. Ya se enfrascaba en esta tarea cuando, igualmente misteriosa, la lluvia cesó de repente, el viento se hizo calmo y el cielo se iluminó con unas luces rosadas y hermosas.

Sorprendido, no sabía explicarse el porqué del fenómeno que acababa de presenciar. Intrigado miraba a un costado y otro de aquel lugar cuando alcanzó a ver, con gran asombro, a una muchacha de largo cabello cárdeno y ojos profundamente negros que se acercaba a él con un ruido de hojarasca que producían las alhajas que colgaban de sus opulentas vestiduras. Haciendo acopio de las fuerzas que comenzaban a abandonarlo, quiso huir a campo traviesa, pero la dulce voz de la joven mujer le detuvo diciéndole:

— No huyas, pastor; quiero hablar contigo…

— ¿Conmigo?…- su voz temblaba de emoción.

— Así es –la mujer lo miraba con sus ojos transparentes  tratando de inspirarle tranquilidad.

— Pero,… ¿Quién eres?…

— Soy Luly Huarmi,  la ninfa de estas aguas.

— Eres hermosa y muy rica… ¿Qué puedes querer de mí?…

— No tienes por qué ponerte nervioso. Hace tiempo que vengo observándote y sé que eres un buen muchacho; por eso quiero contraer compromiso formal contigo. Soy soltera. Quiero ser tu mujer.

— Pero… ¿Yo?… ¿Yo, Luly Huarmi?…. No, no podría. Yo soy muy pobre; no la merezco…

— No importa. Lo que me interesa es tu compañía. Nos uniremos en matrimonio y haremos aumentar nuestro ganado para vivir muy felices. Sólo te pido que guardes nuestro secreto.

—¿Por qué?

— Nadie lo entendería. Por eso, ni tus padres deben conocer de nuestro secreto. Nadie, absolutamente nadie.

— Por esa parte, descuida niña; yo soy muy íntegro y guardaré el secreto. Ni a mis padres les contaré lo que está pasando…

— Bien, muy bien. Entonces, en este mismo lugar, mañana a la misma hora nos volveremos a encontrar. Sólo te recuerdo que a nadie debes revelar nuestro secreto.

— Bien, niña, bien- emocionado y tembloroso el joven pastor miraba extasiado a la hermosa aparición.

— Ahora, cierra los ojos.

El pastor cerró los ojos y, al momento, una ráfaga de viento, lluvia y truenos, se alternaron en rápida sucesión. Cuando volvió a abrirlos, ya la bellísima mujer de los cabellos rubios, había desaparecido. Su sorpresa, sin embargo, no quedó ahí. Sus ojos casi se desorbitaron al comprobar que en el lapso de su conversación con la ninfa, muchos corderillos habían nacido en su redil.

Cuando hubo llegado a su casa, apenas si pudo poner sus ovejas en el aprisco. Estaba ensimismado y mudo. No alcanzaba a comprender el motivo por el cual la bella mujer le había propuesto matrimonio. Cuando sus padres le formularon una serie de preguntas, él contestó con evasivas tratando de no descubrir la asombrosa inquietud que le abrazaba el corazón. Aquella noche no pudo dormir presa de una profunda emoción. Una mezcla de temor y felicidad le invadía. Su cuerpo se estremecía a la sola evocación de la hermosa faz y el cimbreante cuerpo de la enigmática mujer.

Al día siguiente, cumpliendo con las indicaciones recibidas, acudió a la cita. Allí estaba ella, radiante de belleza y ataviada con tan ricas vestiduras que brillaban a los rayos del sol. Con sonrisa dulce y diáfana, la ninfa dijo:

— No tienes nada que decirme. Sé que has cumplido tu promesa y te has hecho dueño de mi amor. Ahora sí vivirás conmigo. Seré tu esposa. Deja a tus ovejas donde están, no te preocupes, tus perros las cuidarán. Ahora cierra los ojos y sígueme…

El joven pastor obedeció las órdenes de la bella ninfa. Cerró los ojos y al momento, sintiendo en su cuerpo una levedad de pluma, como si se transportara por los aires, fue dominado por un temor que pronto se disipó. Cuando abrió los ojos, quedó admirado al ver lo que le rodeaba. Estaba en una casa muy confortable y hermosa, rodeada de numerosos sirvientes solícitos y diligentes, al centro de una laguna, en una isla misteriosa y paradisíaca. Cuando se miró a sí mismo se encontró que lucía una galas espléndidas, bordadas con hilos de oro y plata y abundantes incrustaciones de brillantes y piedras preciosas.

Aquel día se amaron con frenesí y llenos de felicidad, compartieron momentos inolvidables de éxtasis. Finalizado el día, rendidos pero contentos, decidieron separarse.

— Ya es bueno que te vayas. Espero que no olvides nunca los momentos hermosos que estamos viviendo.

— No lo olvidaré jamás. Es más, te pido que siempre estés a mi lado y nunca me dejes por nada…

— No te dejaré… Sólo tienes que conservar nuestro secreto.

— Así lo haré, te lo juro…

— Te creo.

El joven pastor volvió a cumplir con el rito. Cerró los ojos y, al reabrirlos, se encontró nuevamente con sus ovejas que habían pastado tranquilamente durante el tiempo de su ausencia. Al contarlas comprobó que había aumentado el número. Las reunió y muy contento retornó a su casa.

Desde aquella vez, diariamente salía de su casa con los primeros rayos de luz del día y retornaba al ocaso, rendido pero muy feliz. Sus padres contentos por la proliferación de su ganado, dejaron de hacer preguntas a su hijo por el milagroso aumento. Ellos se sentían afortunados de que su ganado fuera aumentando cada vez más, pero nunca llegaron a saber la verdad. (“Voces del socavón”)

EL MILAGRO DE TAITA CAÑA

Taita CañaCuentan que entre los primeros españoles que vinieron a trabajar las minas de plata de San Esteban de Yauricocha, estaba uno muy joven y apuesto de atrayente simpatía. Decidor de hermosos versos acompañado de su guitarra  se había adueñado del amor y del sueño de las mozas lugareñas; pero donde había ganado fama regional era en el juego. No había ningún secreto para él en los naipes o en los dados. Es más, era un diestro tahúr que pese a su juventud, había logrado derrotar a experimentados jugadores despojándolos de sus riquezas.

Los testigos de sus hazañas, admirados y misteriosos, aseguraban que era poseedor de un mágico talismán de ocultos poderes que le hacían ganar indefectiblemente. Lo cierto del caso es que, así como ganaba con facilidad a sus rivales, así dilapidaba su dinero a diestra y siniestra. Su impactante continente de rostro perfecto y barbas largas y rubias, era por otra parte, irresistible imán para las mujeres. Su alegría y buen trato eran bienvenidos en las reuniones y juergas mineras de aquel entonces. Como es natural, todas estas buenas disposiciones no hicieron sino ganar admiración y el cariño de casi todos y, odio, envidia y encono de algunos resentidos.

Así pasaban los días en la Villa Minera que como diversión para los hombres sólo había tres caminos: el vino, las mujeres y el juego. Y en estos tres renglones, nuestro personaje era el rey.

Una noche, al llegar a la soledad de su vivienda, la encontró tan silenciosa y fría que se puso a meditar muy seriamente. Nada de lo que había obtenido en la vida le satisfacía. Las mujeres que había conocido habían desfilado una a una sin dejar más que recuerdos  gratos; ninguna había sido capaz de ganar el corazón del disoluto y aposentarse en aquella fría morada como dueña y señora. Su guitarra, ayer saltarina y alegre, sólo le hacía cantar nostalgias y añoranzas. Del dinero juntado, pensó que lo mejor sería repartirlo entre los pobres; de esa manera –pensó- llenaría con algo de calor su dolorosa vida vacía.

Es así que el joven tarambana en forma verdaderamente insospechada y misteriosa cambió radicalmente de actitud. De parrandero y mujeriego impenitente se convirtió en un hombre apacible y sereno. De jugador fanático y perenne en piadoso y misericordioso bienhechor de los pobres que acudían a él con las manos extendidas para salir con las dádivas colmadas. La gente, entre curiosa y sorprendida, no se explicaba la razón de este cambio.

Una noche soñó al divino Cristo que se presentaba sonriente y fraterno diciéndole que hacía muy bien en arrepentirse de sus pecados y que Él, le protegería con amor en todos sus actos; que no tuviera cuidado y que orando, meditando y ofrendando su alma a Dios, alcanzaría finalmente la gloria eterna.

Al rayar el alba, el hombre había quedado convertido a la fe por la gloria divina.

Entonces, para purgar todos sus pecados decidió llevar una vida de austeridad y recogimiento. Se dedicó a orar y meditar devotamente pasándose horas enteras en su encierro. Las personas sorprendidas por la transformación, especialmente los envidiosos, hicieron correr la voz de que todas las horas que pasaba en su reclusión las dedicaba a contar los dineros que habían ganado en el juego.

Por esta razón, unos malandrines que creían a pie juntillas lo que el vulgo propagaba, ingresaron en la casa del penitente una noche oscura con el fin de robarle. Le conminaron a que les diera todo lo que tenía y al recibir la respuesta lógica de que nada poseía, comenzaron a golpearlo despiadadamente. Presas de ira lo desnudaron y flagelaron sin piedad para hacerlo hablar.

El zurriago ya estaba cárdeno de sangre, el cuerpo cubierto de heridas y sudor, completamente desollado. Estaba exangüe. Cuando ya amanecía, temerosos de que los vecinos pudieran avisar a los alguaciles, dejaron de azotarlo, lo hicieron sentar y al verlo parecido a Cristo, un malandrín cogiendo una caña que por ahí encontró, se la puso en las manos atadas y lánguidas como al divino Nazareno.

Al ver su inmovilidad, uno acercó su oído al corazón del penitente y comprobó que acababa de morir. Ante el espantoso crimen que habían cometido, huyeron dejando abandonado el cadáver.

Como al pasar los días nada nuevo ocurría, los criminales pensaron que tal vez no habían matado a aquel hombre. Supusieron que repuesto del castigo se habría levantado y que estaría vivo. Esperaron unos días más y al ver que nada acontecía, fueron nuevamente a casa del flagelado, y grande fue su sorpresa al no hallar el cuerpo. Buscaron toda la noche y cuando ya estaba amaneciendo encontraron un arcón que abrieron violentamente.

Quedaron pasmados e inmóviles. Dentro se encontraba el divino cuerpo de Cristo, flagelado y sangrante, con una larga caña entre las manos, cubierto por una túnica bermeja. Todo fue que lo vieron y como iluminados por una luz celestial cayeron de rodillas, tocados por el divino amor.

Afligidos imploraron perdón y a partir de entonces, cada uno de ellos, como miembros de una cofradía naciente llevó a su casa la divina efigie por un año y al siguiente lo tenía otro; así hasta que uno a uno fueron muriendo y, al desaparecer este grupo de conversos, respetables familias cerreñas la llevaron a sus hogares colocándola en un oratorio donde todos los fieles iban a rezar. La últim familia que la tuvo fue la de don Julio Patiño León. Esta tradición se conserva hasta estos días y “Taita Caña” viene impartiendo sus milagros y bendiciones a todos los fieles cerreños.

(Nuestros escritores) Eleodoro Vargas Vicuña

Eleodoro Vargas VicuñaHay una particularidad que los asemeja a muchos cerreños que han dejado nuestra tierra cuando eran todavía niños. Unos afirman: “Bueno, sí soy cerreño, pero me vine a Lima siendo muy niño”. Lo dicen como si hubieran nacido en un gueto del cual “felizmente”, ya se han liberado. Estos son los menos. Los más niegan a su tierra abiertamente porque se “avergüenzan” de ser cerreños. Tal es el caso de un “arribista” que, por esos azares del destino y su habilidad trepadora ¡claro!, llegó a ser estrecho colaborador de los gringos de la “Cerro de Pasco MIning”. Su incondicional servicio a los extranjeros en detrimento de su tierra y sus gentes, le ganó el desprecio y hasta el odio de éstos. Entre los gringos se sentía a gusto. Arrinconado y apocado, compartía los convites de sus amos. Atento al menor deseo de los que mandan, no perdía la oportunidad de complacerlos puntual y rápidamente. Lo único que le faltaba era su librea. Habría hasta la vida por ellos.

Bueno, el caso es que a este espécimen  lo dejé de ver por muchos años. Cuando los gringos se retiraron él hizo lo propio. Hace pocos días lo encontré en otra compañía minera en donde afirma que es trujillano. Norteño él. Cuando recuerdo vivamente que en su juventud tocaba el saxofón en una orquesta vernacular del Cerro de Pasco.

Esta digresión –discúlpenme ustedes- viene al caso cuando de hablar del poeta Vargas se trata. Él también, ocultando su origen en la alta tierra minera, pregonaba a voz en cuello haber nacido en Arequipa. Siempre lo sostuvo así, hasta que el poeta Juan Gonzalo Rose lo aclaró: “… descubrí que sólo fumaba unos cuantos cigarrillos “Inca” y, tramontos después, que había nacido en un villorrio llamado La Esperanza, en el círculo gris del Cerro de Pasco”. Claro que sí. Lo dice su partida de nacimiento. Tal vez esto le ocurrió porque confesaba: “Siempre me he sentido un hombre fantasmado, como un hombre que no tenía existencia” Es más, por la década del treinta, su padre, Eleodoro Vargas, ocupante del cuarto A3 del campamento La Esperanza, jugaba al fútbol por el “Club Centro Tarmeño Social y Deportivo” en la plaza de interior derecho, completando el trío central con César Pajuelo, interior izquierdo y César Pérez Arias, centro delantero. Su madre, una mujer extraordinaria, depositó en él todas sus esperanzas y siempre estuvo respaldando sus inquietudes. Él mismo lo confirma: “Me matriculaba en infinidad de cursos, me matriculaba por ejemplo en cursillos de idiomas, en inglés; mi madre siempre estaba presta en apoyar mis inquietudes y ella luego me preguntaba pero yo nunca le di cuenta de lo que hacía”.

Sabemos que estudió en Guadalupe, más tarde en San Marcos para luego pasar a Arequipa: “Eleodoro regresó a Lima, desde Arequipa, con el actor Hudson Valdivia, el narrador Oswaldo Reynoso y el estudiante de farmacia Edgardo Pérez Luna, decidido a “conquistar la capital’; todos serían a su turno personajes importantes en el panorama de la cultura peruana”. Publicó, “Nahuín” (1953), “Taita Cristo”(1964), y “El cristal con que se mira” (1975), entre otros.

Cuando fallece de un cáncer terminal el 11 de abril de 1997, el mundo cultural del Perú se estremeció. Nuestro pueblo respetó su muerte como respetó con  indiferencia su alejamiento expreso de la tierra minera. Él no quiso al Cerro de Pasco y, en reciprocidad, “el círculo gris del Cerro de Pasco”, lo ignoró. ¡Lástima!. Fue un gran escritor. Presentamos uno de sus relatos.

EL  TRASLADO 

Cambiamos de lugar aun después de muertos. Que no podemos quedarnos aunque protestemos. El celador había ordenado y tenía que cumplirse, por eso, al panteón fuimos para cambiar de nicho a la tía María. Sus hijas, mi mamá y las que la conocieron. Para mí sería la primera vez que vería su ataúd.

Se llevó agua bendita de la misa que se dijo a su nombre. En la tarde con sol y viento, por el camino se levantaba el recuerdo como polvo.

Nadie iba sino bordeando, arrancando ramas, hierbas y una que otra flor que se ocultaba. Yo quería una tuna, la cogí para llevarla.

Anduvimos en silencio, que para llegar a la muerte basta. Abrió la puerta don Hermógenes. Llave grande y pesada para puerta grande de eucalipto. Era para conmoverse ver encima en el dintel hombre y mujer agobiados cómo lloraban, cómo recordaban la muerte de su hija.

Llegados, todos se persignaron. Algunos intentaron llenar de palabras al Padre Nuestro olvidado. Había para querer, pero yo no sé qué cosa. El nicho viejo, con los cascajos que se caían, fácil de abrir.

Y todos quisieron ver más. Adrián y Francisco se acomidieron. El cajón fue saliendo. Se le sacó como si cubriera todavía la sombra de tantos años y telarañas. Tenía algunas partes huecas, podridas.

  • Le ha goteado agua- decían.
  • Es el tiempo –agregó Esther, cubriéndose la cabeza con el pañolón. Yo no quise pensar que por allí entrarían gusanos o se saldría ella por las noches.

Ya  en el suelo se le roció con agua bendita. Y rezar fue todo el acontecer que nos unía. Orábamos. La que sabía lazaba la voz, yo le repetía. Nos sentamos. A qué apurarse. Y estábamos que ni conversábamos. Humeando el cigarro nomás o hinchando con la coca los carrillos.

El panteón está en declive. La parte de arriba es la que se dedicó para los nichos nuevos. Allí estaba la de la tía María, comprado con el ahorro de tres cosechas.

Subimos. Los cargadores subían a paso de procesión: dos para arriba, uno para atrás. No es que pesara ¿o pesaría? No podían apurarse. Yo quería que fuera rápido, pero como algo que debiera durar también. Tenía la conciencia en el pecho que me descontentaba.

De la llegada, a ponerla en su nicho, esto debió ser: Que todos querían, o como yo, qué lo que se quería y lo que no. Pero hubo llanto de dolor. Hubo gentes en la loma (aquello que se veía desde la carretera) que se movían como cuando se entierra.

Ajenos, los chicos correteaban por abajo. Mientras se abrió el cajón. ¡Miramos!

Del silencio; un grupo de pechos ahogados; de nuestras cabezas que le cubrieron el cielo; de aprisionada por nuestra ternura, estaba allí.

La tía María estaba allí. Estaba su esqueleto. Su ropa de la tía María. Sus zapatos de hule intactitos. Sus cabellos frescos. Sus huecos. Su humedad. Sus límites. Su pobre carne reseca. Su tierra. Su silencio. Su alma.

¿Su alma? ¿Estaba en el alma de la tía María? Lo que dijimos no cuenta. Todo de ella. ¿Pero esperaríamos que hablara? Y nos buscábamos en los ojos casi culpables: ¿Dónde la tía María?

De su ataúd a mis ojos. De mis ojos a otros ojos. Nos enredábamos pupila y corazón de buscarla. Estaba allí. Pero ¿Dónde? Preguntábamos a fuerza de llanto, de soledad. A fuerza de querer estallar casi. Unos, entregados al silencio. ¿Yo?

Como sombra se cerraba, con agua bendita, con flores, con nuestro cariño, la cubrimos nuevamente. Sentíamos la tarde como un gran sepulcro en dónde penábamos.

Esther contó en la merienda:

  • Cuando me fui detrás del nicho, no sé qué pasó. ¡Sentí un frío! Después, que me jalaron el traje. Asustada, bajé corriendo, pero ya no tuve pena. Todo se había clareado.

Don Pancho, que comía desganado, dijo:

  • Allí estuvo ella. ¿Y no haberla visto?

Luego, como apagarse el lamparín, cerró sombra que nos separó del pueblo.

Eleodoro Vargas Vicuña 2

 

 

 

LUIS PARDO NOVOA

Historia del romance nacido entre el legendario bandolero ancashino y la bella cerreña que le salvó la vida.

Luis Pardo NovoaLa disciplinada disposición de la defensa lo sorprendió. A lo largo de la línea  que divide la Esperanza del centro de la ciudad estaba cubierta por una sustantiva columna de fusileros. Las abruptas zonas de caprichosa conformación que podían ser usadas como parapetos, estaban doblemente cauteladas. La parte no muy vigilada entre Santa Rosa y Noruega, la constituía una enorme mole blanca, lustrosa, de roca pulida por donde, en tiempos pasados, caía el agua que discurría entre las lagunas de Patarcocha y la Esperanza: La Paccha. Tomarla constituiría la llave para romper la extensa fortificación. No lo pensó dos veces. A sabiendas que se jugaba la vida, ordenó a tres de sus hombres que, en el momento de su ascenso al promontorio, lo cubrieran con sus fuegos. Así lo hicieron. Ágil como un rayo ganó el primer escalón sorprendiendo a los vigías y desde allí se impulsó hacia arriba no obstante el fuego que desde los flancos comenzaron a dirigirle. Ya en la cima llamó a sus compañeros para que hicieran lo mismo, pero debido a la clara exposición a la que se sometían, uno a uno rodaron cribados por balas cerreñas. Lo único que le quedaba al chiquiano era seguir adelante. Con sus dos revólveres en las manos, perseguido por balas silbantes, raudo como un gamo se escabulló por la calle del marqués, luego por el Hotel Fort entrando como una centella en Tambo Colorado no obstante la opresión que la altura ejercía en su pecho. Cuando ya se consideraba a salvo, el impacto de una bala en el muslo le hizo rodar a una acequia que para su buena suerte lo guareció. Consciente de que no sólo su libertad sino también su vida peligraban, decidió jugársela. Se arrastró por el canal de la acequia hasta donde Dios quisiera que fuera, pero lejos del alcance de sus perseguidores. Felizmente el cierrapuertas era general y nadie podía verlo. Siguió arrastrándose dejando un cárdeno reguero de sangre hasta que halló una pared baja que con supremo esfuerzo superó yendo a caer en el interior de un corral. En ese momento, unas locas campanas tocando a rebato alegraban la ciudad.

Ya dentro, dos enormes perros los rodearon con intenciones de destrozarlo a dentelladas, pero con las pocas fuerzas que le quedaban los hacía retroceder una y otra vez hasta que apareció una anciana, escopeta en mano, seguido de dos hombres mal encarados y una bellísima mujer. Cuando la sangre inundaba sus mellados botines, con la boca reseca y la sien palpitándole a martillazos, sintió que la vida se le iba por aquel ardoroso boquete. Sus ojos comenzaron a ver minúsculas mariposas de colores y las figuras que tenía enfrente se difuminaban en sombras; ya sin aliento, cayó de bruces, pesadamente, como un pelele. Sólo entonces acudieron a auxiliarlo. Por orden de la anciana los peones lo condujeron al interior. Sobre un sofá cortaron los pantalones y dejaron al descubierto una herida sangrante –un tajo de bala había desgarrado el músculo sin tocar hueso- a la que tras duro trabajo cicatrizaron.

Dos días y dos noches ha sido presa de una fiebre delirante que ella ha calmado con húmedos paños fríos. Después de estos desvelos y curas nocturnas cedió el caluroso estupor de sus temblores. Una mañana, ya repuesto, se dio cuenta que se hallaba en una cómoda cama de madera torneada en caoba, amplia y abrigada, de almohadones muelles, frazadas atigradas y sábanas de bayeta serrana. Entonces, la vio a ella, a la vera de la cama, sentada sobre un butacón de cuero y madera. Negrísimo moño aprisionado por peineta española, chapas naturales de sobrio rubor sobre el rostro capulí, ojitos claros como puquiales guarnecidos de largas pestañas, naricita respingada, labios mórbidos, húmedos; aretes de oro adornando las orejitas pequeñas; cuello alto y delicado rodeado de blondas de Holanda de la “polka”  ceñida que destacaba la firmeza de sus senos; cintura fina, abismada en el aterciopelado mar de sus polleras. Mudo de asombro quiso articular palabras, pero ella le ordenó callar. Le explicó que viéndolo herido pensaron que era defensor del pueblo pero que por sus delirios se habían enterado de que era un invasor. Que no se preocupara, igual sintió su deber cumplir el mandato cristiano y al no haber muertos en las filas ciudadanas, su culpa no era grave. Desde aquel día, con un esmero extraordinario ella le regaló con sus cuidados. Sabrosos y reconfortantes sancochados cerreños, frituras crepitantes, jugoso guisos, mondongos rubicundos, caldos de gallina, charqui, mote, leche, queso, mantequilla; toda la variada potajería minera fue degustada por el bandolero arreciando carnes y templando nervios. Afuera, nadie estaba enterado del milagro.

Desde entonces las charlas también fueron más íntimas derivando finalmente en cuitas sinceras. Así nació el amor entre ellos. Una noche con pudor en los labios, ella le contó que muy niña había sido casada con un rico minero que la adoraba pero que en un viaje a sus haciendas de la Quinua, la descarga de un rayo lo había fulminado. Desde entonces, auxiliada por la diligente firmeza de su madre había gobernado en las haciendas y minas que su esposo le dejara.

Así también, en la intimidad de estos largos coloquios, él le franqueó las verdades de su vida. Su nombre completo era Telmo Luis Pardo Novoa, nacido en Chiquián el 19 de agosto de 1874. Que su padre, don Pedro Pardo, Gobernador del pueblo la había emprendido contra él, su propio hijo, castigándolo con zurriagos que terminaban cubiertos de sangre. Estos azotes, lejos de rendir su carácter  levantisco, lo exacerbó de tal manera que lo hizo odiar la casa paterna. En 1884, muere su padre en una balacera dejándole como única heredad su libertad absoluta y su carácter aventurero. Así, desde los diez años, comienzan los agitados episodios de sus andanzas. Le confesó también que a los dieciocho años había descubierto el amor por primera vez. Julia Ramírez le había rescatado para la quietud y tranquilidad, apaciguando un tanto la tolvanera de sus aventuras.

—- Pero, qué quieres, vidita –siguió diciendo- el hombre propone y Dios dispone. Al comienzo pude subsistir en tranquilidad, en paz con mi compañera,  realizando trabajos de campo en la chacra, pero… ¡yo no puedo permanecer en sosiego! La tranquilidad me atosigaba. La aventura me reclamaba. Era una llamada apremiante que no pude dejar de atender y… una madrugada cualquiera partí para nunca más volver…

Un silencio inundado de recuerdos invadió la mente del aventurero que, emocionado, siguió relatando sus cuitas. Tenía veinticinco años cuando conoció a otra mujer, bella como un sol, delicada como una filigrana, pero comprometida para casarse con otro. Adorándola como la adoraba, no pudo más;  su pasión llegó a desbordarse y sin dique posible que lo contuviera, el día de su boda con el otro, así vestida de blanco, la subió a las ancas de su potro y se la llevó. Perseguido por todo un pueblo corre por punas y quebradas, vence jalcas y farallones, transita por el borde de los ríos, por las crestas de las montañas, avanza de día y de noche hasta que, perdido su rastro para los persecutores, encuentra un hermoso remanso serrano donde instala su nido de amor. La felicidad inconmensurable que llegó a vivir, duró tan sólo un año. Una tarde entre gritos y estertores de parto, la mujer que tanto amaba muere en sus brazos. Enterrando los cadáveres de su mujer e hijo, huyó acongojado, más rudo e implacable que nunca; ya sin fe, ya sin esperanza.

Cuando en 1899, el eterno revolucionario Augusto Durand pasa por Chiquián buscando adeptos para la causa del pierolismo, traba entrañable amistad con él. El caudillo político le perdona el que haya dado muerte a su compadre Emilio Orduña y una mujer alegre que lo habían traicionado. Prometió su lealtad a cambio de la amnistía cuando llegara al poder. El círculo se cierra detrás de él. Perseguido por robar a los ricos para dar a los pobres y por unos crímenes en defensa de su vida, huye a Chile a bordo del MAPOCHO en calidad de marino. Durante la travesía sostiene un pugilato con un negro panameño que al verse perdido trata de herirlo con una chaveta pero él le dispara. Ya en Lima se enrola a las huestes de Durand que le promete perdonar todas sus faltas al tomar la Presidencia del Perú.

— Y aquí estoy, vidita, rodando incontenible, herido y sólo con tu amor.

Así los días fueron pasando uno tras otro. Pardo iba entonando sus músculos con ejercicios diarios sin asomar a la calle. Todo conocimiento del mundo exterior se circunscribía a los periódicos de la ciudad que ella, diligente y amorosa le leía. Por ellos se enteró de los homenajes a Negrete, la persecución a Durand, el apresamiento del coronel Flores, su jefe en la empresa revolucionaria; pero lo que más lo enfureció fue que en un exabrupto, hijo de la soberbia, el Prefecto Negrete, triunfador de la contienda,  había dicho que le habría gustado enfrentarse cara a cara con Luis Pardo para echar por los suelos el mito de su valentía. Esta manifestación emitida más por jactancia que por razonamiento, le causó el impacto de un reto que él, Luis Pardo Novoa, invicto bandolero de leyenda, guardó celosamente en su calenturienta cabeza aventurera para hacerlo valer llegada la ocasión.

Pasados los días, ya completamente sano y fortalecido, recibió de su amada el regalo de un moro cuatralbo de sus campos chacayanos; aceitó sus pistolas y se alistó para la partida. Cholo aventurero metido a bandolero, sin más ley que su revólver, sin más amigo que su caballo, con infinita lealtad para aquella cerreña bella y admirable que le había salvado la vida cobijándolo amorosamente bajo su techo.

Ella ni siquiera trató de sofrenar aquel torrente de sangre desbocada que nuevamente se aprestaba a la aventura. Sabía que sus ruegos, súplicas o reconvenciones habrían sido inútiles. Sólo atinó a vivir con una fiebre extraordinaria su amor aquellos días postreros hasta que, una noche de plenilunio, tras un largo beso apasionado le dio el adiós definitivo.

— Que Dios te bendiga por lo buena que has sido conmigo. –Dijo él- He  vivido los momentos más hermosos de mi vida y no los olvidaré jamás. Te lo juro. Te digo que siempre estarás conmigo en mis recuerdos. Ahora me marcho, pero antes voy a cobrarle una pequeña deuda a tus paisanos.

La ciudad ha silenciado los ruidos de su acezante trajinar minero. Es noche de junio. Sólo se oye las campanas del reloj público anunciando la marcha del tiempo y el susurro de un viento helado y cortante. Nocturno remanso que acuna el justo reposo de tantas vidas heroicas y laboreras sobre el efluvio sutil de su argentado basamento de plata.

Uno que otro ladrido denuncia el paso del emponchado jinete que a trote lento se dirige al centro de la ciudad. El sombrero a la pedrada cubre su frente amplia y despejada de tez morena, cejas pobladas y tupidos bigotes negros, enérgicos y achinados ojos pardos en rostro misteriosamente oriental. A esa hora, en el exclusivo Hotel Universo, a una mesa pródiga de copas y naipes, cinco potentados mineros hacen los honores al Prefecto, el coronel Octavio Negrete, triunfador de la Batalla de la Esperanza. Los naipes van y vienen alternando la suerte de los jugadores, viejos rocamboristas que, en aquel tapete han dilapidado millonarias fortunas. Hace ya buen rato que los contertulios, avivando el juego emocionante, apuran el contenido de sus copas de jerez y mistral cuando se abren de par en par las puertas de cristales y entra un moro cuatralbo guiado por su jinete; la mano izquierda sujetando las bridas y la derecha sobre el bruñido pomo de su revólver. Alelados los viejos jugadores miran al hombre que acaba de entrar sin poder dar crédito a sus ojos. ¡Cómo es posible que, a ese recinto exclusivo de magnates y señores al que no puede entrar así no más cualquiera, se atreva a ingresar cabalgando ese rufián?. La sorpresa los tiene perplejos cuando la voz del recién llegado se escucha en la estancia.

— ¡Mozo! Sírvales una vuelta igual a los señores. A mí me da una de la misma.

— ¡¡Quién es usted…!!! -Pregunta el Prefecto- para que en esa forma prepotente y descomedida ingrese a este local sin ser invitado…!

— ¡Soy el que usted quería tener enfrente, señor Prefecto: soy Luis Pardo Novoa…! -Las palabras se hielan en los labios de los jugadores, las miradas sorprendidas se entrecruzan y luego la fijan en aquel hombre de recia personalidad que termina diciendo- ¡Sólo quiero tomarme un trago con ustedes!…¡¡Salud!!- los hombres, mezcla de respeto y temor- se ponen de pie y de un solo golpe escancian sus copas. El silencio total en el que se ha sumido la sala permite escuchar con toda nitidez el tintineo de dos quintos de oro que el facineroso ha dejado caer sobre  el mostrador en pago de su pedido. Después, con el rostro sereno, tiempla la rienda y retrecha el noble bruto hasta la puerta, luego gira volviendo grupas hacia la calle y dice:¡¡Hasta la vista, señores…!!!.

Y se va solo, solito, como siempre, como los guapos, sin volver la cara, sin temor a un tiro traicionero; él sabe muy bien que los cerreños son muy hombres para eso. Sabe que la lección no la olvidarán jamás. Y con el abrigado poncho de vicuña esculpiendo su cuerpo se pierde entre las sombras de la noche minera.

Carteles me van poniendo,

                                      ¡Libertad!….¡Libertad!

                                      carteles para olvidarte,

                                      ¡Viva la esperanza!

                                      ¡Me voy, te dejo llorando!.

Allá atrás, abrumada por el recuerdo de un amor que se pierde, la linda cerreña enamorada enjuga sus lágrimas encendidas de amor y recuerdos.

Luis Pardo Novoa 2