La resistencia de la Quinua

Por el escritor chileno Jorge Inostrosa

(Tercera parte)

guerra-del-pacc3adficoEntretanto, los hombres de su compañía habían llegado a la cumbre y, aunque semiasfixiados por el soroche que les habían producido la vertiginosa ascensión, se tumbaron boca abajo y fueron disparando sobre las espaldas de la masa india. Los trajes de fuertes colores de los nativos les ofrecían  un blanco perfecto. Cada era una mancha amarilla, roja, azul, verde que caía. La montonera india era acribillada en su fuga por los trescientos fusileros del Esmeralda, que disparaban al unísono, calmosamente y sin cesar.

En medio del concierto uniforme de estampidas, el revólver del teniente Santa María dejó de tronar. Alberto del Solar que estaba como siempre a su lado lo percibió en forma subconsciente; primero notó que algo faltaba. Súbitamente, la sensación se le hizo consiente y volvió la cabeza, alarmado, hacia su compañero. Este yacía a un costado en el suelo y respiraba estertorosamente. De un salto el poeta estuvo arrodillado a su vera.

–        ¿Qué edad tienes Martiniano?, ¿Estás herido?

–        No –Balbuceó el oficial, como un pez que se asfixia fuera del agua, mientras su ancho tórax se dilataba como un fuelle- es el soroche- explicó a su compañero con dificultad- me ahogo Alberto.

Del Solar se desconcertó totalmente. Por los lados de ellos pasaban corriendo los soldados en avance incontenible y de los cerros coronados de indios subía una gritería enloquecida. No halló a quien acudir en demanda de auxilio en aquél “pandemónium”. Atolondrado movió a su camarada hasta dejarlo de espaldas y de un tirón le hizo saltar los botones de la guerrera, para dejarle libre el cuello.

–        Respira hondo; trata de descansar, como sea –le recomendó- No te preocupes de nada. Esto pasará y yo te estaré cubriendo si vuelven esos condenados indios.

Pero a Santa María se le acentuaban los efectos del soroche segundo a segundo; su rostro se puso cianótico, después violeta oscuro; repentinamente la nariz le reventó en sangre y dos chorros espesos le  escurrieron por las fosas nasales.

Del Solar tendió la vista a los contornos, desesperado. A cierta distancia el mayor Retamales gritaba al comandante Letelier que era preciso dar tregua a los soldados o, de lo contrario, se apunarían todos. Pero el jefe no le hizo caso y avanzaba, azuzando a sus hombres para el exterminio total de los indios.

–        ¡Al diablo el soroche!- se le oyó vociferar- ¡Túmbenme a todos esos carajos!

A la retaguardia del bloque en avance pasaron algunos sanitarios. Del solar creyó ver la salvación en ellos. Apartándose unos metros de Santa María, que le imploraba se quedara a su lado, recordándole el juramento existente entre ellos, detuvo al practicante Ismael González.

–        Sargento, vea que puede hacer por el teniente Santa María- le rogó, mostrándole a su compañero.

El suboficial se detuvo apenas unos segundos y echó una mirada al caído. Después se alzó de hombros.

– ¡Está apunado, eso es todo! No hay nada que hacer por el momento. Que se quede tendido de espaldas y respire hondo y despacio. Cuando termine la pelea vendremos a recogerlo en una camilla.

Dicho esto volvió a emprender la carrera, en seguimiento de las dos compañías que se alejaban por la cresta de los cerros.

–        ¡Vuelva acá, sargento! ¿Cómo lo vamos a dejar tirado?- le gritó Del Solar a todo pulmón tratando de detenerlo; pero el practicante no le oyó o simplemente no le hizo caso. Además, en ese momento el corneta tocaba “Calacuerda” y fulguraban las bayonetas en las puntas de los fusiles. No hubiera bastado un muro de granito para detener a los soldados.

–        ¡No me dejes, Alberto!- imploró, desesperado, Santa María, al observar el efecto electrizante que hacía el son del bronce en su compañero- Recuerda nuestro juramento.

Del Solar lo miró y por primera vez descubrió lo débil de espíritu que se había tornado aquel muchacho de cuerpo de atleta. Sintió pena por él y decidió hablarle más adelante, para que pidiera su baja y se retirara de la guerra.

– No te alarmes, Martiniano; me quedo contigo- lo tranquilizo con voz ronca y se sentó   flojamente a su lado, con el sable caído junto a la pierna derecha y el revólver sobre los muslos.

CONTINÚA….

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