La resistencia de la Quinua

Por el escritor chileno Jorge Inostrosa

(Cuarta parte)

Resistencia de la Quinua 4Poco a poco el estrépito de los disparos y la marea crepitante de los gritos indios se fueron perdiendo a la distancia, y al final no era más que un retemblar opaco, como de piedras arrastradas por el agua en un cauce profundo.

Del Solar se paró varias veces atraídos por los gemidos de otros hombres derrumbados también por el soroche, a los cuales arrastró lentamente para dejarlos alineados junto a Santa María.

Tres horas permaneció allí, en lo alto de la cuesta, esperando el regreso de las compañías. Al cabo de ese tiempo comenzaron a oírse, apagados por la distancia, los sones penetrantes de los cornetas llamando a los soldados que habían quedado rezagados en la bárbara jornada. Las figuras a azul y rojo de los que le hacían sonar se veían empequeñecidas por la lejanía, encendidas por los rayos oblicuos del crepúsculo, como estatuas inmóviles sobre los puntos más altos de los cerros.

Al oír las voces melancólicas del bronce, Del Solar disparó por tres veces su fusil, para indicar su posición, y poco después llegó hasta ellos un grupo de camilleros, guiados por el practicante de González. Los soldados recogidos por el oficial se habían repuesto un tanto en las horas de descanso y pudieron caminar, sustentados por los enfermeros, no así el teniente Santa María, cuyo corpachón demasiado sanguíneo había reventado por boca, oídos y nariz. Del Solar marchó junto a su camilla hasta el campamento, que se había instalado entre Quinua y el pueblo de Cajamarquilla. En el lugar de esa última población se veía subir una gruesa espiral de humo. El poeta no pudo ocultar una mueca de horror, la misma que se veía estampada en el rostro del capitán Aguirre Peña y Lillo cuando, media hora más tarde, le contó detalles del combate, en la carpa que compartieron.

–        !Fue espantoso Alberto!- le expresó en voz baja, todavía impresionado- Creo que nunca veré una matanza tan horrible. Nosotros disparábamos contra las manchas de colores de los trajes de los indios, casi sin darnos cuenta que envolvían seres humanos; pero cuando avanzamos por el lomo de los cerros hacia el caserío de Quinua, primero, y después a Cajamarquilla, íbamos prácticamente, pisando sobre sus cadáveres; tantos habían caído. Después vino lo peor. Los habíamos seguido hasta la plazuela de Cajamarquilla. Nos disparaban piedras con sus hondas desde los techos y las copas de los árboles. Una de ellas dio en la cabeza del caballo del muchacho Dussi, el abanderado. La bestia se encabritó y salió corriendo desbocada. Fue suficiente para que el chiquillo quedara separado de la columna, para que surgieran de la iglesia varios indios, los que, rodeándolo, lo arrancaron de la silla y se lo llevaron al interior del templo. Antes de un minuto asomaron por la ventana de la torre y nos arrojaron primero su cabeza y después su cuerpo destrozado.

–        ¡Degollaron a Mariano Dussi! –Exclamó Alberto del Solar, horrorizado.

El capitán Aguirre asintió, inclinando la cabeza desoladamente.

–        Después de eso -prosiguió- no hubo manera de controlar a los soldados. No sé quién tomó el primer leño ardiente, pero al cabo de unos minutos el pueblo ardía por todos lados y la iglesia era una inmensa hoguera de donde brotaban los alaridos de los indios que se quemaban vivos. –El oficial dejo de hablar unos segundos y abatió la cabeza sobre las palmas de sus manos. Bruscamente, volvió a levantarlas y expresó a su compañero, con los ojos húmedos y brillantes por la impresión -: ¡Ah, te aseguro, Alberto, que no voy a poder olvidarlo jamás! Y lo peor de todo es que yo también participé en la matanza igual que los demás. Procedíamos como locos. ¡José Antonio Velasco, el hombre del salón, se había apoderado de un caballo no sé dónde y galopaba por las callejuelas matando indios a sablazos, como un poseído! ¡Oh, es espantoso recordar!

La mano de su camarada cayó suavemente sobre uno de sus hombros y lo remeció con cariño.

–        Tranquilízate, Manuel –le dijo-. Si en esta guerra nos portamos caballerosamente nos matan a todos.

Los dos oficiales se quedaron en silencio, sumidos en sus pensamientos o temeroso de seguir comentando los atroces hechos en que, por primera vez, se veía metido el batallón de los Pijes. Fue en ese momento, en que a los oídos de ambos llegaban con toda claridad los ruidos del campamento, que oyeron el retintín de unos esplines, delatado la aproximación de un oficial de caballería.

Era el mayor Rodríguez, quien se inclinó para asomarse por la abertura de la tienda.

– No se levanten muchachos- les dijo, deteniendo el ademán que los oficiales hicieron para incorporarse de sus mantas- ¿Cómo están ustedes?

– Bien, Mayor –le respondió con desgano el capitán- Cansados nada más.

El explorador hizo un ademán vago que se perdió fuera de la tienda.

–        Duerman bien- les recomendó- No hay más que hacer. Mañana, al alba seguiremos hacia Pasco, y es posible que tengamos que abrirnos paso a esa ciudad a punta de balas.

Se había erguido y sólo se veía su cuerpo hasta el pecho, de modo que los oficiales no podían observar su rostro.

–        ¿Tuvimos muchas bajas, mi mayor?- le indagó Alberto, titubeando.

La voz del superior les llegó opaca, como si estuviera distante:

– Se sabe de a siete soldados muertos y de treinta heridos. Mañana en la lista comprobaremos.

-¿Y a cuánto ascienden las bajas del enemigo, mi mayor?- quiso saber Aguirre. La respuesta tardó en llegar. Daba la impresión de que el explorador prefería no seguir debatiendo el tema.

–        No se preocupen por eso- le contestó por fin- descansen.

–        Pero deben haber sido más de mil- insistió el capitán.

–        Si se produce el levantamiento total de la sierra, éste no habrá sido más que un pálido comienzo- reflexionó cansadamente Rodríguez -. Por eso mejor es no pensar en ello; cerrar los ojos, dormir y seguir adelante, mientras podamos. Buenas noches oficiales.

No alcanzaban a responder a su saludo cuando los pasos del explorador se perdieron entre los ruidos del campamento que iba quedando lentamente en el silencio.

Del Solar se había quedado repitiendo algo en voz muy baja y el capitán Aguirre tuvo que inclinarse hacia él para oírlo.

Si se produce el levantamiento total de la sierra… –le oyó decir, como si no pudiera llegar al significado de la frase. De súbito pareció comprender su sentido y exclamó, asustado: – ¿Entonces puede ser peor?

–        Su compañero meneó la cabeza lentamente, con expresión fatalista, y dijo casi para sí:

–        En la sierra debe haber cerca de un millón de indios. Si se levantan en armas, serán    centenares de miles los que nos envuelvan. Las quebradas, los valles, los desfiladeros, las cumbres se llenarán de enemigos que nos acosarán de día y de noche.

Del Solar dejó caer la cabeza sobre un lío de ropas que le servía de almohada y no habló más. Pero en el interior de su cerebro repercutía con ecos agoreros una frase dura, hiriente: “¡Dios santo, otra guerra peor!… ¡Otra guerra peor que ésta!

CONTINÚA….

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s