CUANDO QUISIERON INVADIR NUESTRA CIUDAD

El heroísmo de “Cáceres Chico”

Caceres chicoEl día primero de mayo de 1908, el revolucionario huanuqueño Augusto Durand, teniendo como su lugar teniente al Coronel David Flores y contando en sus filas con el célebre bandolero de Chiquian, Luis Pardo Novoa y el anciano guerrillero Mateo Vera; toman primeramente la ciudad de Chosica, donde se apoderan de un alijo de armas y municiones y luego de cortar los cables eléctricos y telegráficos que lo unían con Lima, toman Yanacoto, desde donde van embarcar hacia la ansiada meta final: el Cerro de Pasco.

Nuestro pueblo que nada conocía de estos acontecimientos se sorprendió cuando la mañana del día siguiente, sábado dos de mayo, amanecieron interrumpidas las líneas telefónicas y telegráficas. Inmediatamente las autoridades locales, ordenaron al Inspector del ramo, Don Ramiro Aste, para que fuera a la Quinua a averiguar las razones de la interrupción. Transcurridas algunas horas, Aste envió un telefonema en el que anunciaba que el material había sido substraído en largas extensiones y, rotos y derribados gran número de postes. No había duda, las avanzadas de Durand y sus aliados huanuqueños, querían aislar al Cerro de Pasco del resto del Perú.

Enterados del avance de Durand por el heroico aviso de Cáceres Chico -como vamos a ver- las autoridades ordenaron la inmediata reparación de los medios de comunicación con Huánuco y, simultáneamente, hizo del conocimiento del pueblo, las intenciones del caudillo liberal.

Advertidos de la amenaza, los integrantes de los partidos Civil y Constitucional, ofrecieron su inmediato apoyo a la persona del Subprefecto para velar por la integridad del Cerro de Pasco. Esta iniciativa encontró eco en toda la población que se apersona a la subprefectura requiriendo armas para la defensa de la ciudad.

En estas circunstancias, al mando del Abogado cerreño, José Santos Chiriboga, la “Columna Civilista” se acuartela; otro grupo de ciudadanos notables al mando del Subprefecto  sale a rondar al ciudad. Esta patrulla  -sendos caballos y arma en ristre- se había impuesto como misión preventiva el velar por la seguridad del vecindario. Con alones chambergos, enormes bufandas, abrigadores ponchos de vicuña, botas de cuero y pantalones de “Diablo fuerte”, hicieron varios recorridos; desde Uliachín a Paragsha; desde Yanacancha a la Esperanza; de Curupuquio a Matadería. Aquella noche expectante sólo el acompasado trotar de las caballerías rompía la quietud mortecina y agorera. Sabían que la muerte atisbaba al pueblo y no era caso de dejarla llegar.

Entretanto los sediciosos después de tomar Chosica y Yanacoto, habían emprendido su incontenible avance hacia la sierra central a cumplir sus objetivos. Se habían apoderado del ferrocarril regular que velozmente conducido sorprendían a todos los gendarmes que encontraban en las estaciones de tránsito despojándolos de sus armas y municiones. En Ticlio, aprisionaron al señor Enrique Swayne y al Comisario, comandante Más, que de la Oroya se dirigían a Lima. Al llegar a Morococha, sorprendieron a la guarnición militar de aquel lugar realizando la inmediata requisa de armas. Dos guardias que se negaron a entregar las suyas, fueron inmediatamente fusilados. Este procedimiento expeditivo fue utilizado a lo largo del trayecto sembrando malestar e indignación en todos los pueblos agredidos.

Así las cosas, y a marchas forzadas, los partidarios de Durand, habían llegado Carhuamayo donde va entrar en juego la astucia del maquinista norteamericano, Harry Wall. Este gringo bonachón de blonda cabellera ensortijada se había dejado crecer las barbas de tal manera que hacía recordar a nuestro invicto guerrero de la campaña de la Breña y al que había salvado tres veces la vida;  por su  coraje puesto a prueba muchas veces y su entrañable cariño a nuestra ciudad, se había ganado un lugar preferente en el corazón del pueblo que, cariñoso, lo apodó “Cáceres Chico”.

En Carhuamayo “Cáceres Chico”, se apersona al Doctor Durand y le dice que la máquina había sido forzada al máximo por la velocidad con que habían conducido los cinco coches repletos de hombres armados y se hacía imperiosa la necesidad de llenar de agua fresca el tanque correspondiente, solicita su permiso para desenganchar la locomotora del resto de los coches y, mientras los hombres tomaran sus alimentos, él llenaría el agua. El jefe de los insurgentes otorgó el permiso solicitado  nombrando al montonero Marcelino Vargas para vigilarlo. “Cáceres Chico” desengancha la locomotora del resto del convoy y comienza a llenar el agua en el recalentado depósito del motor. Cuando el vigilante dejó su arma para tomar un café, el gringo soltó los frenos de vapor y poniendo al máximo la velocidad de la locomotora se alejó rumbo al Cerro de Pasco en medio del estupor de los guerrilleros que de inmediato iniciaron una balacera que felizmente no le alcanzó. La máquina a una velocidad extraordinaria llegó a Smelter, al promediarse el mediodía del tres de mayo y, desde allí, por vía telegráfica, informó a las autoridades cerreñas del avance de los conspirados.

La noticia se expandió rápidamente. Los corros enervados se preparaban  para la resistencia. Las maduras mujeres cerreñas se estremecieron con la noticia. Sus ojos humedecidos de indignación, reproducían las escenas escabrosas y crueles que les había tocado vivir cuando la procaz soldadesca chilena invadió la ciudad. Recordaban temblorosas  cómo, sin que nadie las defendiera, los chilenos amenazantes avanzaban de casa en casa efectuando el inmisericorde saqueo y la violación de las pobres niñas y mujeres cerreñas. Los gritos aterrorizados, no habían encontrado eco aquella vez: los hombres jóvenes, sedientos y cansados, habían caído en defensa de nuestra frontera, en los desiertos arenosos del sur. Solamente habían quedado ancianos y niños que finalmente fueron apresados. No, aquella horrible pesadilla no debía repetirse. Ahora había hombres que lucharían por su integridad y su honor. Las irregulares y reptantes calles cerreñas se habían convertido de pronto en las arterias comunicantes del pueblo. Cubiertas con sus crespos pañolones de Alaska, los pasos de las mujeres cerreñas se escuchaban palpitantes por el taconeo apresurado de sus altas botas femeninas. Iban de un lugar a otro ayudando y alentando a los defensores que se aprestaban para la lucha.

Al final vencieron las fuerzas defensoras de la ciudad arrojando al pretendido invasor de nuestra ciudad. El héroe extraordinario fue “Cáceres Chico”.

 

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