De cómo los primeros españoles fundaron la Villa de Pasco

Bosque de piedrasAprovechando las escasísimas treguas que les concedieron las nieves de la época y cuidándose de los famélicos cóndores que amenazantes ensombrecían los cielos, condujeron sus cabalgaduras por aquellas soledades en busca de un lugar propicio para edificar la villa que los aposentara. Entraron admirados, conteniendo el aliento, en el Bosque de Rocas; un pétreo mundo fantasmal en donde seres gigantescos como demoníacos engendros ostentan sus aterradoras siluetas. Espectaculares y deformes animales prehistóricos, aves misteriosas y reptantes gusanos desmedidos, tortugas en vaivén de equilibrio, elefantes de trompas congeladas en arco, hipocampos de mares misteriosos, titanes, sílfides, nereidas, ondinas, escoltando a desproporcionados argonautas; gigantes tocadores de atabales conduciendo extraño ejército de semidioses de caprichosas armaduras, escudos, rodelas y penachos; reyes imponentes de coronas colosales, reinas compungidas; palacios derretidos por la ardiente lujuria del fuego; desmesuradas piezas de ajedrez, manadas de búfalos en actitud de fuga, interminable ringla de monjas venciendo vientos agresivos en sacrificada asistencia a ignotos monasterios; decrépitos ancianos con enormes cargas a las espaldas y báculos deformes y tembleques; una enorme cobra en trance de acometida, un murciélago en vuelo rasante sobre los roquedales, un gigantesco caracol, reptante y cansino, un cóndor con las alas desplegadas listo para el vuelo, un lagarto escurridizo, un inmóvil búho, sapiente y pensativo, un oso gigantesco en acción de ataque; un perro fiel, sentado hace siglos a la espera de su amo; un cura peregrino con su sombrero de teja a dos aguas y, entre enigmáticos portales, dos novios en el beso candoroso de amor campesino; más allá dos personas en   amical  estrechamiento de manos. Todo todo en piedra, en una muestra de esculturas trabajadas por las manos de la  hirviente naturaleza de hace sesenta y cinco  millones de años; cuando inconmensurables presiones elevaron el fondo de antiquísimos mares para formar bosques, mesetas, farallones, llanuras, escollos y esta misteriosa constelación de hechuras ígneas. Locura espectacular de gnomos, fantasmas, trasgos, espectros, quimeras horripilantes, penitentes condenados. El silbante viento del páramo chiflando entre los roquedales hacía corcovear a los caballos que recelosos relinchaban lastimeramente rebelándose a bocados, frenos y bridas. Tal su miedo. Presentían que estaban en un espacio misterioso de extraños poderes esotéricos de elevada magnitud donde las brújulas se alocan perdiendo su orientación; lugar donde se siente una apabullante turbación lindante con el terror; los naturales lo saben bien. No pudieron permanecer más tiempo y venciendo el cierzo avanzaron por la pedregosa Ninagaga: “Quebrada de fuego”, galoparon de sur a norte por la planicie de Vicco, Rancas, Yurajhuanca, Racco, Sacra, pero ninguno de esos lugares llenó sus expectativas. Después de mucho buscar decidieron afincarse en Putaca, abrigado lugar protegido por los cerros que lo rodean, cercano a Colquijirca, con combustible variado y abundante agua para proliferar pozos, y lo que era más importante, su cercanía a los yacimientos.

Cuando el capellán fue conducido a aquel lugar, antes que sus labios, sus enormes ojos claros y lacrimosos revelaron su aprobación. Por fin, despojándose de su abrigadora bufanda, casi gritó: “Este es el sitio… Este es el lugar”  exclamaba yendo de un lado a otro a grandes zancadas. ¡Claro….claro! y elevando los ojos al cielo  sus brazos en dramático gesto señalaba el espacio escogido.

—  ¡Esta es la tierra de promisión!.. por eso la denominaremos PASCUUM que en latín quiere decir eso, tierra de abundancia de riquezas, pasto y ganado. Tierra de grandeza!!!.

Asombrados, españoles y nativos, pronto olvidaron la pronunciación del latinajo y haciendo caso omiso de sus inflexiones, llamaron PASCO a la villa naciente. La esquiva y misteriosa palabra que el fraile  pronunciara con énfasis inusual, quedó circunscrita a los  asentamientos notariales de los comienzos, después, Pasco tomó carta de ciudadanía y así quedó asentado en el vocabulario histórico del Perú. “El ciudadano Juan de Dios Cadarcio, natural de la ciudad de Pintapolín, primado de las Españas –dice el Acta de Fundación-funda la población de Pasco, perteneciente a la capital de Jauja, provincia alta en virtud. Se formaliza la escritura de posesión para la reunión y el avecindamiento de parte de los indios según el ilustrísimo Remensurero Provincial, Medidor de Tierras, Pastor y Celador, para dar cuenta al Alto Archivo de Madrid y  para que enseguida quede archivada la seguridad de esta población de Pasco, hasta la última finalización de la Gracia de Dios y Luz del Día”.  Así, un cinco de agosto,  bajo la advocación de la Virgen  Santa María de las Nieves quedó fundada la histórica villa. Elegido el terreno, trazaron con cordeles la plaza y las calles de la villa y los alarifes nativos levantaron sus gruesas paredes de barro apisonado sobre basamento de piedras; las puertas de madera divididas en tres partes y las ventanas apenas en dimensiones necesarias para dejar pasar la luz y no el frío; el techo tejido de paja, a dos aguas.

Desde entonces  de cada dos hombres en el hogar, uno se encargaría del cuidado del ganado en tanto el otro trabajaría en los yacimientos de plata. Muy pronto el laboreo minero se hizo incesante, primero a cielo abierto y luego en galerías que seguían el caprichoso enrevesamiento de las vetas. Entonces, ya fueron todos los hombres los que bajaron a la saca de minerales.

Villa de Pasco

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