La llegada de los vascos

La llegada de los vascosCuando el  Tesorero Real de San Esteban de Yauricocha decidió la conformación de funcionarios de las Cajas Reales, enterado de la eficiencia de los vascos en los campos de la administración financiera y la fundición de metales, los convocó para que vinieran a trabajar con él. A partir de entonces, decenas de recios montañeses del norte de España -zona ubicada entre el Ebro y los Pirineos- llegan a aposentarse en la cercana Villa de Pasco. Unos de Vizcaya con su capital, Bilbao; otros de Guipúzcoa, con San Sebastián y, algunos de Álava con Victoria; también muchos navarros.

Cuando se trasladaron al Cerro de Pasco hicieron  florecer la Fundición de Barras de Plata como maestros fundidores. Los Oyarzabal, de Azpeitia; los Arauco, de Vizcaya; los Goñi, de Navarra; los Otaegui, de Guipúzcoa; los Aguirre de Oyarzún; Lizárraga, Baldoceda, Jáuregui, Ampuero, Bermúdez, Aza, Azcurra, Zumalcarregui, Echevarría, Aranda, Gorriti, Amézaga, Anaya, Apéstegui, Aspiazu, Carranza, Chacón, Elguera, Valdivia, Veramendi, Iparraguirre, Iturralde, Egaña, Jáuregui, Mendívil, Iturriaga, Ormachea, Mendizábal, Olazo, Zamudio, Arellano, Lezama, Lezcano, de Navarra.   

Un profundo conocedor de la idiosincrasia de los vascos, dijo de ellos: “El hecho de que los vascos se hubieran convertido desde temprano en dueños de la gran cantidad de ingenios y minas, y en consecuencia, en empresarios de la flamante ciudad y al propio tiempo, como corolario lógico, monopolizadores del gobierno comunal, de títulos y empleos, es porque estaban poseídos de un sentido utilitario de la conquista, en más alto grado que los castellanos, extremeños, y andaluces que abundaban  y, si caben las generalizaciones, un tanto despojados de su actitud heroica, porque se dedicaron presurosos a explotar el Cerro con orden y sistema. A la atractiva y utópica entrada a tierras inexploradas, prefirieron arraigarse en el Cerro de Pasco, donde la plata, además de abundante, estaba segura. Los vascos eran tozudos, laboriosos y prácticos. En aquellos primeros tiempos, a los castellanos y andaluces se les unieron los manchegos, extremeños y portugueses; mientras que los cautelosos vascos, formalizaban un sólido núcleo impenetrable dentro del que se repartían los cargos de la administración colonial, muchos de ellos comprados a la corona de España, como se estilaban entonces. Dinero y decisión no les faltaba”.

Formaron un núcleo sólido, unido por ancestrales costumbres como su afición a los espectaculares guisos de bacalao, la infaltable boina y  alpargatas que sólo en épocas de sol las usaban en sus festejos al compás de txistus y tambores recordando fandangos y zortzikos; el resto del tiempo tuvieron que cambiarlos por sombreros de paño y resistentes zapatones de cuero; su  afición por el juego de pelota vasca –Jai – Alai- que devino más tarde en “pelotaris”, deporte que se popularizó tanto que no había barrio donde no se golpeara la pelota contra frontones de sólidas paredes y, “el euskera”,  su enrevesado idioma. Todos ellos fueron funcionarios de las Cajas Reales, especialmente los bilbaínos que tenían un gran talento financiero; o, maestros fundidores y artesanos, primordialmente los de Vizcaya y Guipúzcoa que venían de tierras pródigas en minas y florecientes fundiciones siderúrgicas. En España no había trabajadores como ellos. Su extremado orgullo y su proverbial tozudez, se llegó a conocer en todo el ámbito minero. 

La mayoría de los vascos traía consigo pequeños capitales, una formación cultural adecuada y enorme deseo de prosperar mediante el trabajo. Huían del régimen carlista y, ante el agresivo proceso de industrialización,  se resistieron a ser tomados como mano de obra en las industrias y el ferrocarril naciente de poca paga en el país vasco. Demasiado jóvenes, la mayoría, llegó a Pasco para enrolarse en la industria minera, trabajando como operarios calificados en las fundiciones y casa de moneda; los otros, como administrativos contables y, los que no, como tamberos y ganaderos. Robustos, ágiles, vigorosos y de musculatura capaz de ablandar el coraje más probado, trabajaban de sol a sol con el empeño puesto en ganar lo que más pudieran. Todos triunfaron. Andando los años, uno de ellos, Francisco Goñi, minero, amasó tal fortuna que fue la envidia de sus coterráneos; Iturre Baldoceda, triunfó como tambero; resultó siendo dueño de casi todos los alojamientos que recibían a los viajeros que llegaban al Cerro de Pasco. Sebastián Arauco, consiguió lo propio, fue ejemplar fundidor primero y más tarde propietario de varias fundiciones, entre ellas, “El Misti”. Iñure Otaegui, llegó a ser prominente contable de las Cajas Reales y Fundiciones de Barras de Plata. Hubo, ¡cómo no!, comerciantes y vendedores de vino y aguardientes, también prósperos ganaderos y, uno, diligente lechero que comenzó vendiendo leche de casa en casa. Su popularidad llegó a ser tal, que un poeta local le dedicó estos versos:

Oh, alegre vasco matinal, que hacía

con su jamelgo hirsuto y con su boina,

la entrada del suburbio adormecido,

bajo la aguda escarcha de la aurora.

 

Repicaba en los tarros abollados,

su ecológico pregón de leche gorda,

y con su rizo de humo iba la pipa,

temprana, bailándole en la boca.

 

Mezclada a la quejumbre del zortzico

que gemía una ausencia de zampoñas,

haciendo entrega de la leche,

su cuarta liberal tenía yapa.

 

Su mano muy leal y generosa

prorroga la cuenta de los pobres,

marcando tarjas en sus puertas toscas.

para cobrarlas todas, en el pago.

 

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