MIS GRANDES AMIGOS Doctor Emilio Marticorena Pimentel

Emilio MarticorenaTodavía recuerdo lo acontecido aquel día de marzo de 1957. Completamente feliz programé mi viaje al Cerro de Pasco para informar personalmente a mi novia del éxito que acababa de obtener. Había ingresado en la Facultad de Letras de la Universidad Mayor de San Marcos con notas sobresalientes. Viajé para encontrarnos con ella previa cita por teléfono. En ese trance se me presentó la mala suerte. El carro de la Agencia González que me había transportado se detuvo a la puerta del exitoso Bar Café Lima, en ese momento repleto de amigos. Cuando descendí del carro, una salva de aplausos cariñosos me sorprendió. Se habían enterado del éxito que acababa de alcanzar. Uno a uno se acercó a estrecharme en cálidos abrazos de felicitación. Entre los amigos se encontraba don Ernesto Malpartida Matos, amigo de mis padres. Estaba muy emocionado. Pidió silencio y con palabras muy cariñosas me felicitó por mi logro y –muy ceremonioso- enfatizó que mi padre -hace años desaparecido- habría querido brindar conmigo con un vaso de cerveza, pero como no estaba, él se tomaba el honor de reemplazarlo. Uniendo la acción a la palabra me alcanzó un colmado vaso de cerveza y, con un gesto muy especial me invitó a que bebiera conjuntamente con él. Hice lo que me pidió pero en ese instante sentí que la cerveza completamente helada me hacía un daño tremendo. Al pasarla sentí como un agudo estilete desollándome el gaznate. Fue suficiente. De inmediato recibí el abrazo de Perico Santiváñez, “Huiro” Molina, Raúl López, Lucho Tello, Emilio Farje, “Sacha” Guerra. Cuando llegue a descansar a mi cuarto sentía como una herida en el pecho y una tos persistente que poco a poco fue agravándose. No podía permanecer tirado porque me ahogaba; a partir de ese momento tuve que permanecer sentado para poder respirar; así vi el transcurrir de las horas con una angustia creciente. Cerca de las dos de la tarde me incorporé y fui a lavarme la cara. En ese momento quedé petrificado. Vi mi rostro completamente cianótico azulado, mis ojos sanguinolentos. Cuando sentí que las fuerzas me abandonaban me dirigí a la casa de un hermano de mi madre que, felizmente, me trasladó al hospital americano. Allí me atendió el doctor Hirt con el que había competido en básquetbol. No me reconoció. Por decisión del jefe del hospital hicieron llamar a un joven médico que se estaba especializando en problemas de altura. Él me atendió y me salvó de la muerte. Cuando se enteró de que era exalumno del Colegio Alfonso Ugarte de Lima, puso especial énfasis en mi atención porque él también había estudiado allí. Su nombre era Emilio Marticorena Pimentel. Un profesional extraordinario que estaba dando los primeros pasos en su periplo por esa magnífica senda del éxito médico. Por intermedio de una guapa e inteligente enfermera del hospital Americano llamada Isabel Robles Román, conocí de sus éxitos en su carrera.

Con el andar de los días comencé a conocerlo mejor y a admirarlo más ya que por motivos de convalecencia quedé en el hospital una semana completa. Al salir entré a la Radio para buscar algunos fondos económicos.

Chabuca que tenía un programa de música moderna en la radio Pasco, de once a doce de la noche, se hizo muy conocida y aplaudida por los éxitos que propalaba. A las doce de la noche yo cerraba la transmisión y la acompañaba al hospital que queda muy cerca de mi casa. Eso, todas la noches. Un día me dijo que en esa semana no podría presentar el programa porque tenía que ayudar al doctor Marticorena en unos estudios especiales.

Pocos días más adelante me pidió que le informara cómo podía obtener unos perros para aquellos estudios. Pagaría cinco soles por cada animal vivo que le presentara. Cuando avisé a mis amigos del Banfield -casi todos estudiantes- diariamente recibió  buena cantidad de canes. Por esos días desaparecieron los perros del barrio.

En otra conversación que tuvimos, el doctor me dijo que si como periodista me enteraba de niños cerreños que tuvieran dificultad de respirar y se mostraran cianóticos, se lo hiciera conocer. Él los aliviaría.

Un día que visité a mi tío Ernesto, me ofreció una taza de café y fue a comprar lo necesario. No le mandaba a su hijo -todavía muy niño- porque éste se cansaba demasiado y no podía realizar ningún esfuerzo. Recién pude ver que mi primo tenía los labios amoratados, los ojos sanguinolentos y el rostro cianótico. El doctor Marticorena lo operó y quedó excelentemente sano. Desapareció su problema y se hizo deportista. Llegó a ser campeón  de natación. Como éste hubo muchos casos más. Admirado de esas proezas operatorias en la ciudad más alta del mundo, traté de entrevistarlo en mi programa, pero él, muy amablemente se inhibió.

Cuando logré entrevistarlo para mi programa radial, sólo me habló algo de su biografía. Me informó que había nacido el 20 de mayo de 1928 en la Villa de Arma, correspondiente a la provincia de Castrovirreyna-Huancavelica (3700 msnm). Sus estudios escolares los había realizado en el Salesiano de Huancayo y secundarios en el Colegio Alfonso Ugarte en Lima.

Estudió Medicina en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos  y obtuvo el Grado de Bachiller por la misma universidad el año 1955, con su tesis titulada «Probable influencia de las grandes alturas en la determinación de la persistencia del Conducto Arterioso: observaciones realizadas en 3.000 escolares de altura». Realizó estudios de post-grado en Cardiología en la Universidad de Stanford (1961-1963), en Pennsylvania (1963-1964), en el Centro Médico Presbiteriano de San Francisco (1968) y en el Instituto de Cardiología del Estado de São Paulo (1974).Obtuvo el Grado de Doctor en el año 1971 por la UNMSM con su tesis titulada «Edema agudo pulmonar de altura: epidemiología, estandarización de su severidad, evaluación de su terapia». En el año 1976 obtuvo el título de especialista en Cardiología y al año siguiente el título de especialista en Medicina Interna, ambos en la UNMSM. Fue jefe del Servicio de Cardiología, Director y Jefe del Departamento de Medicina del Hospital de Chulec, Coordinador de Internos de la UNNMS; Jefe de Centromin Perú, en la Oroya donde inició sus trabajos de investigación relacionados a la rehabilitación coronaria por efecto de la hipoxia natural.

Dejamos de vernos por mucho tiempo pero, un día, leí en un informe de la revista HUMBOLDT, que se realizaría un congreso mundial de cardiología en Berlín (Alemania) y él, además de ser visible miembro de la organización mundial sería ponente de excelentes temas de su especialidad. Sentí una enorme satisfacción y enorme orgullo de contar con la amistad de tan egregio médico.

Muchos años más tarde, me enteré por los informativos médicos que a los recientemente operados del corazón, él los llevaba a Ticlio (4,800 metros) donde los sometía a una serie de actividades físicas para fortificar el corazón de sus pacientes. Sus logros fueron  notables y asombrosos.

Su trágica muerte nos llenó de mucha pena y frustración. Fue una de las más grandes lumbreras que en el Cerro de Pasco experimentó gran parte de su saber. Gloria y honor al doctor Emilio Marticorena Pimentel.

 

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s