RETRATO DE CHAUPIMARCA

Plaza Chaupimarca 1
Fotografía del templo de San Miguel de Chaupimarca -1890- cuando no contaba con atrio pero sí con sus tres torres de madera que con el tiempo fueron deteriorándose hasta caer convertidas en astillas. Puede verse en la hornacina superior la efigie del patrono San Miguel seguido de la ventana al coro. En la parte lateral derecha, la Cruz de la Pasión recostada sobre dos columnas que bordean la puerta principal. En las paredes, pegados edictos y avisos matrimoniales. Éste es el silencioso e histórico escenario de la cruenta pasión de un pueblo noble al que muchos de sus hijos han olvidado. ¡Ingratos!.

Chaupimarca es  el centro de la ciudad, escenario de mil y un avatares del pueblo minero donde hubo mojigangas, retretas, corridas de toros, procesiones, asonadas, balaceras y revoluciones. Nació con los yauricochas -nuestros antepasados- afincados en el lugar plagado de lagunas. De ahí su nombre, Yauricocha: “Laguna de minerales”. Los españoles la convirtieron más tarde en Plaza Mayor.

Desde el siglo XVIII, hombres de diversas nacionalidades administraban abarrotados comercios donde todo abundaba. Por sus aceras se cruzaban nobles empingorotados, riquísimos mineros, comerciantes y hacendados con desprotegidos de la fortuna que laboraban en una de las seiscientas minas que colmaban el paisaje cerreño. Los extremos se juntaban. No había término medio. La ostentosa riqueza y la inopia extrema de los que mandaban con los que obedecían. Aquí edificaron  la iglesia matriz en homenaje a San Miguel Arcángel, patrono de la ciudad; colindante con ella, los edificios que fueron el Ayuntamiento, el Tribunal Mayor, la Cárcel, la vivienda del Alcalde y mineros principales. Desde aquellos tiempos, el tres de mayo de todos los años, las cofradías barriales convergen en esta plaza, llevando en reverente procesión la Santa Cruz que preside la fe de cada capilla: Huancapucro, Uliachín, San Cristóbal, San Atanacio, Curupuquio, Santa Rosa…La escolta principal y celebrante lo constituyen los bailantes de la chunguinada, hermosa danza nacida en esta tierra.

A fines del siglo pasado, el vicecónsul de Francia en el Perú, Adolphe de Botmiliao, gran aficionado  la música nativa de las naciones que visitaba, admirado de la magnificencia de la festividad, pintaba así el acontecimiento:“La iglesia se adorna con sus más ricos ornamentos y las campanas anuncian con gran estrépito, según la costumbre, la fiesta patronal, con la celebración de la Fiesta de las Cruces…Pronto la multitud es más numerosa y compacta. En todas partes se instalan toscas mesas; se vende chupe, charquicán, caldo de mondongo, carne tostada, pan, chicha y sobre todo, aguardiente. De repente, una música alegre da la señal del inicio de la fiesta. Grupos de hombres disfrazados de europeos,  enmascarados y muy alegres atraviesan las calles en una danza muy hermosa que recuerda a la de los potentados mineros de antes; están cubiertos con sombreros alones tachonados de  plumas de vistosos colores, muchas monedas cosidas en los vestidos bordados que resuenan con un ruido argentino en cada uno de sus movimientos. Un elegante cotón de color rojo recargado de vistosos bordados con dos enormes hombreras de plata como sólidas charreteras al hombro. Hombres disfrazados de mujeres, con sombreros de paja y sus niños a las espaldas, elegantemente ataviadas van en pareja por las calles. Más tarde la procesión sale por  fin, escoltada por los danzarines, con la asistencia del pueblo enfervorizado.”. (Informe Botmiliau)

 

 

 

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