LA EXHUMACIÓN

La Exhumación
(Dibujo del maestro argentino, Brescia)

La tarde se había manifestado fría como pocas. Una borrascosa tempestad de nieve se apoderaba de la ciudad que, aterida, se acurrucaba en una transparencia grisácea, ahíta de sombras. El cada vez más espeso níveo manto hacía desaparecer las caóticas calles cerreñas, glacialmente desiertas. Llegada la noche, doblegada por la sorprendente tenacidad de la tormenta, apenas si dejaba ver como minúsculo faro en medio de un temporal, la escuálida bombilla eléctrica que daba luz a la entrada de EL TROCADERO, lugar de cita de noctámbulos que ahora estaba casi desierto. Sólo cuatro jóvenes enchalinados rodeaban la mesa de billar, enfrascados en un disputado partido.

Cerca de medianoche se abrió la puerta dando paso a un enervante ramalazo de aire helado con el cual entró un enteco personaje, alto y desgarbado.

-¡Sálvenos Santa María! …. ¡Qué nieve, Dios mío! … ¡Buenas noches a todos…. ¡Qué manera de nevar, Santo Cielo! – Se ha quitado la kilométrica chalina de lana y después de sacudirla la ha colgado en la percha de la entrada junto a su empapado gabán

– ¡Don Giovanni, por favor: una copa de lo mejor que tenga para calentar el cuerpo… ¡La botella entera, mejor!. ¡Una copa no va a ser suficiente!.

– ¡Enseguida don Salvador, enseguida! –el viejo y diligente italiano abre una botella de Cognac “Tres Estrellas”, sirve la copa y la pone delante del friolento. – ¡Pero, qué hace a esta hora y con esta nieve, don Salvador….?!

– ¡Ah….!. No vaya usted a imaginarse, mi querido don Giovanni  Cortelezzi, que ando detrás de alguna falda. No. No creo que ninguna mujer valga tanto….

– ¿Entonces….?

– Lo que pasa es que hemos tenido recargado trabajo en la Corte …

– ¡¿Hasta estas horas…?!. . Es casi medianoche…

– Y qué quiere, don Giovanni. El caso se ha puesto sensacional….

– ¿Algo especial…?

– ¡Claro que sí, claro que sí, don Giovanni!. ¡¡¡Se han puesto a remover un asesinato…!!! – el enteco escribiente de la Corte Superior de Justicia, no tiene cuándo acabar de frotarse las manos, exultante.

– ¡¿Un asesinato….?!.

– ¡Claro que sí! ¡Un asesinato!. Y nosotros que creíamos que todo estaba bajo tierra, como la muerta….!

– ¡Qué barbaridad!…. ¡¿Entonces, la cosa estuvo que arde…?!

– ¡Que si esto; que si aquello, que lo de más allá….¡Usted sabe cómo son esas cosas cuando los abogados comienzan a enredarlas…

– ¡Claro, claro, y usted, escribe que escribe. Sus manos deben estar cansadísimas… Pero, ¿Qué asesinato es ése, don Salvador?!

– Uno que nosotros creímos que había quedado solucionado. ¡¿Recuerda usted a aquella mujercita que murió baleada en la calle de “Siete Estufas”?!….

– Si,… si,… algo recuerdo… ¿Fue el marido, no?.

– Claro, y éste confesó todo…

– ¿Entonces….?.

– Ahora la cosa se ha enredado…..

– ¿Por qué….?

– Pues no sé de donde ha aparecido el hermano de la cholita a remover las cosas y, su abogado –el malhadado “Sapo Parao” ha solicitado la exhumación del cadáver para un peritaje especial, en vista de las contradicciones presentadas. Así ha quedado acordado. Mañana a primeras horas de la mañana  debe hacerse la exhumación….

Uno de los billaristas que había escuchado la conversación, al oír la última parte de la misma, quedó atónito. Aterrorizado. Todo el peso de una pasada improvisación y una mentira, comenzó a ahogarle, a asfixiarlo hasta el límite de su resistencia física. Anonadado y sin poder mantenerse en pie, fue a sentarse a una esquina del salón ante la mirada inquisitiva de sus amigos que no comprendían el porqué de esa extraña actitud. El joven Pedro Arnaldo Santiváñez Castillo, que hacía muy poco tiempo venía trabajando de enfermero en el Hospital Carrión, con la mirada extraviada, evocó una fecha, una pasada circunstancia.

Aquel lejano mediodía, en la sala de la morgue, el médico titular del Hospital Carrión, doctor Víctor Leopoldo Colina, hablaba con él…

  • ¡Ha sido muy buena moza y jovencita la cholita…¿Cuántos años tenía…?
  • Dieciocho, doctor…
  • ¿De dónde era…?
  • De Yanahuanca….
  • ¿Cómo ocurrió todo…?
  • Hacía buen tiempo que estaba separada de su marido. Éste tratando de reconciliarse fue a buscarla la noche de ayer, pero ella se negó rotundamente a volver con él. Exasperado ante la negativa, el marido que había ido a buscar un revólver para amedrentarla, ciego de ira ante la negativa le disparó a quemarropa y, al verla sangrante en el suelo, volvió el arma para suicidarse, pero no funcionó. Se había trabado….
  • Al oír la detonación los vecinos llamarían a la policía que lo detuvo…¿No es cierto?…
  • Sí, doctor….
  • Me imagino el dolor que estaría soportando el criminal…
  • Estaba como sonámbulo. No sabía qué acciones tomar. Después de un largo rato reaccionó y allí nomás, con lujo de detalles, confesó todo en un mar de llanto… ¡Había que verlo…!
  • ¡No es para menos! Me imagino que la familia habría querido lincharlo…!
  • ¡No, doctor! La pobre chica no tiene a nadie. Nadie se ha preocupado por ella…
  • ¿Qué lástima…!. ¿De dónde has sacado esos datos…?
  • Están en el parte policial….
  • ¡Ajá….!
  • ¿Comenzamos, doctor….?
  • ¡Caramba, Pedro, qué contratiempo!… Yo tengo algo urgentísimo que hacer y es imposible quedarme. Me necesito en otro lugar….
  • ¿Entonces….?
  • Mira, Pedro. Vamos hacer el informe del protocolo sin necesidad de abrir el cadáver…
  • ¡¡Pero, doctor…!!….
  • Total, todo está visible y claro. Todo. Fíjate en el tatuaje que ha hecho la bala al entrar en su cuerpo…
  • Sin embargo, doctor….Creo imprescindible tener que decirle…
  • Nada, nada, Pedro. No tienes por qué preocuparte. Déjalo de mi cuenta…. Toma nota.
  • Está bien, doctor –El enfermero, presa de una extraña premonición, acató la orden superior
  • La muerte se ha producido por herida de bala, cuya trayectoria de arriba hacia abajo y de adelante hacia atrás, ha sido de necesidad mortal. Ha comprometido el hígado, el corazón y los pulmones, quedando el proyectil alojado en la cavidad abdominal de donde ha sido extraído…

Y no se hizo la autopsia. Y no se sacó la bala y, un negro presentimiento se clavó en el cerebro del joven enfermero; un presentimiento que fue disipándose con los días, con el silencio que envolvió al hecho delictivo, con la tranquilidad con que el médico tomaba el hecho. Sin embargo, sin que nadie lo esperara, un giro trágico había dado un cariz peligroso al caso. En ese instante, un sudor frío inundó su cuerpo que no obstante su juventud galopaba desesperado en su pulso. Sin dar ninguna explicación, salió apresurado de la estancia, ante el silencio asombrado de sus amigos. Al rato, sudoroso y jadeante estaba tocando la puerta de la casa del médico que, enojado y somnoliento, salió a recibirlo.

– ¿Tan importante es lo que tienes que decirme que no puedes esperar hasta mañana…?

– ¡Es que mañana sería demasiado tarde, doctor….!!!.

– ¡¿Qué ocurre, Pedro?!.

– Algo muy grave, doctor. ¿Recuerda aquella autopsia que debimos hacer al cadáver de una mujer y, no lo hicimos…?!

– ….¡¿Cuál….?!

– Aquella joven mujer que muriera baleada por su marido, hace más o menos dos años….

– Sí,…sí….ahora lo recuerdo…A la cholita buenamoza?…

– Sí. Ella.

– ¿Qué pasa ahora, después de mucho tiempo…?

– Que la Corte ha nombrado a dos peritos y, mañana deberán efectuar la exhumación del cuerpo…

– ¡¿La exhumación….?!!!!

– ¡Sí, doctor…!.¿Comprende usted lo que ocurrirá…?!

– ¡¡¡Dios mío…!!!

– La ruina, el descrédito. A usted le quitarán el título y a los dos nos mandarán a la cárcel…!!!

– ¡¡¡¿No puede ser….!!!

– Acabo oírselo decir al escribiente de la Corte…

– ¡Dios, mío!…¡Estamos perdidos!….¡¿Qué haremos, Pedrito…?

– ¡Tenemos que sacar la bala que ha quedado en el cuerpo. Si lo encuentran ellos podrán deducir que la autopsia no se efectuó y, por ende, hemos presentado un falso testimonio a la Corte Superior de Justicia….¡¡¡Es un delito, doctor…!!!

– Ya sé, ya sé…pero… ¿Qué podemos hacer a estas alturas?..

– Nos queda sólo una cosa por hacer, doctor, sólo una…Será muy difícil y trabajoso pero, no nos queda otra salida….!!!

– ¡¿Cuál….?!

– Tenemos que adelantarnos y hacer nosotros la exhumación antes que lo hagan ellos…

– Pero….

– ¡Ahora mismo. En estos momentos, doctor. No tenemos más tiempo ni ocasión….!!!

– ¡¡¡¿Con este tiempo infernal…?!!!….¡¿Con esta nieve terrible y, a estas horas….?!!!

– ¡Piense en nuestro porvenir, doctor. Imagínese lo que dirán los periódicos, lo que dirán sus amigos…

–  Tienes razón… ¿Podremos hacerlo…?

–  Bueno. ¡Hay que intentarlo…!!

– ¿Sólo los dos…?

– Usted, yo y, “Witrón” Herrera, el panteonero…

– ¡¿Crees que aceptará…?…

– Tengo la seguridad que sí, es un gran amigo. Él es compañero, miembro del partido, creo que aceptará. Además, debemos pagarle bien…

– ¿Qué hacer….?!.

– ¡Es el único camino que nos queda! ¡No hay otra opción! Acuérdese que tenemos que extraer la bala…

– ¡Está bien…Eso haremos! Ni una palabra más.

Calzaron botas de jebe, se cubrieron con gruesos capotes y con sendos picos y palas partieron hacia el cementerio en medio de una terrible ventisca que azotaba sus caras, haciendo penoso el avance. Cerca de la medianoche llegaron a la puerta del camposanto y, entre agresivos ladridos de los perros del panteonero, le explicaron el plan…

  • Pero… ¿Con tanta nieve?..
  • Ya te hemos explicado la razón. Es un caso especial para el doctor y para mí, compañero. Te pagaremos muy bien. Tienes que ayudarnos como un verdadero amigo… ¿Está bien, compañero…?!
  • Está bien…
  • ¿Dónde está enterrada?.
  • ¡Ay, carajo! Eso sí no recuerdo perfectamente…
  • ¡¿No te acuerdas?!…
  • Creo que es por allá, por los nichos de los europeos, pero no podía señalarlo con precisión…
  • No importa, el tiempo apremia. Ya la encontraremos…

Portando sendas palas y picos los hombres arremetieron la difícil empresa. Avanzaron a duras penas con los pies hundiéndose en la nieve, contra el aire cortante que les azotaba la cara e iluminados por una mortecina lámpara. Avanzaron penosamente por entre el bosque de cruces apretujadas, hasta que llegaron al lugar donde el enterrador suponía estarían sepultados los restos de la mujer asesinada. Para calentar los cuerpos ahítos de frío, bebieron generosos tragos de aguardiente y atacaron la ingrata labor. Primero fue el enterrador que, separando la nieve, procedió a cavar con todas sus fuerzas; cuando el sudor le empañaba la vista, fue reemplazado por don Pedro Santiváñez; luego por el médico. Después de buen rato, cumpliendo el mismo turno, tocaron madera. Redoblando esfuerzos, aislaron la caja mortuoria….

  • Ahora a sacarla…..
  • No, doctor. Nos sería imposible. Preferible es que abramos la caja y usted baje a sacar la bala del vientre de la muerta…
  • Tienes razón, Pedro…¿Tienes todo lo indispensable….?
  • Sí, doctor..
  • Abre la caja, entonces….-Fue muy difícil dar con los tornillos que sujetaban la tapa de la caja. La madera estaba muy hinchada…
  • ¿Nada…?
  • Así, nos vamos a amanecer. Creo que debemos volar la tapa con la barreta…
  • ¡Tienes razón, Pedro – Utilizando las hendijas producidas por la unión de la madera hicieron volar la tapa. Un hedor insoportable atacó sus narices. Cubriéndose con pañuelos acercaron la luz al féretro y los tres quedaron anonadados, atónitos, vencidos. Buen rato estuvieron mirando el cadáver en silencio, hasta que el médico dijo…
  • No es…¡Maldita sea!… Es un hombre recién enterrado…
  • Sí. El hábito franciscano lo dice a las claras. Aquella cholita estuvo casi desnuda porque no tenía ni familiares ni quién pudiera amortajarla…
  • ¡Yo creí….¡¡¡¡
  • No importa, “Witrón”, entonces será el de al lado. No podemos darnos por vencidos ahora. Hagamos un esfuerzo más, doctor….
  • Si, si. Es necesario. No perdamos la fe…- Con renovados bríos taparon la caja, cubrieron la tumba y, continuaron con la otra. Después de titánica labor dieron con la otra caja, la abrieron y esta vez sí habían acertado….
  • ¡¡¡Es ella…!!
  • Sí, es ella…
  • ¡Gracias, Dios mío….!
  • ¡Pedro…!
  • Doctor…
  • Procede….
  • Sí, doctor….-Cuando don Pedro ubicó el plomo de la bala, lo envolvió en una gasa y se lo dio al médico – ¡Aquí está, doctor…
  • Sí, Pedro…Gracias a Dios…
  • Ya está amaneciendo, doctor. Tenemos que cubrir la tumba..
  • Sí, claro.- Cubrieron la tumba y se retiraron exhaustos, en silencio. Lampos brillantes reverberaban el Huaguruncho. Amanecía.

 

 

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