LUIS PARDO NOVOA

Historia del romance nacido entre el legendario bandolero ancashino y la bella cerreña que le salvó la vida.

Luis Pardo NovoaLa disciplinada disposición de la defensa lo sorprendió. A lo largo de la línea  que divide la Esperanza del centro de la ciudad estaba cubierta por una sustantiva columna de fusileros. Las abruptas zonas de caprichosa conformación que podían ser usadas como parapetos, estaban doblemente cauteladas. La parte no muy vigilada entre Santa Rosa y Noruega, la constituía una enorme mole blanca, lustrosa, de roca pulida por donde, en tiempos pasados, caía el agua que discurría entre las lagunas de Patarcocha y la Esperanza: La Paccha. Tomarla constituiría la llave para romper la extensa fortificación. No lo pensó dos veces. A sabiendas que se jugaba la vida, ordenó a tres de sus hombres que, en el momento de su ascenso al promontorio, lo cubrieran con sus fuegos. Así lo hicieron. Ágil como un rayo ganó el primer escalón sorprendiendo a los vigías y desde allí se impulsó hacia arriba no obstante el fuego que desde los flancos comenzaron a dirigirle. Ya en la cima llamó a sus compañeros para que hicieran lo mismo, pero debido a la clara exposición a la que se sometían, uno a uno rodaron cribados por balas cerreñas. Lo único que le quedaba al chiquiano era seguir adelante. Con sus dos revólveres en las manos, perseguido por balas silbantes, raudo como un gamo se escabulló por la calle del marqués, luego por el Hotel Fort entrando como una centella en Tambo Colorado no obstante la opresión que la altura ejercía en su pecho. Cuando ya se consideraba a salvo, el impacto de una bala en el muslo le hizo rodar a una acequia que para su buena suerte lo guareció. Consciente de que no sólo su libertad sino también su vida peligraban, decidió jugársela. Se arrastró por el canal de la acequia hasta donde Dios quisiera que fuera, pero lejos del alcance de sus perseguidores. Felizmente el cierrapuertas era general y nadie podía verlo. Siguió arrastrándose dejando un cárdeno reguero de sangre hasta que halló una pared baja que con supremo esfuerzo superó yendo a caer en el interior de un corral. En ese momento, unas locas campanas tocando a rebato alegraban la ciudad.

Ya dentro, dos enormes perros los rodearon con intenciones de destrozarlo a dentelladas, pero con las pocas fuerzas que le quedaban los hacía retroceder una y otra vez hasta que apareció una anciana, escopeta en mano, seguido de dos hombres mal encarados y una bellísima mujer. Cuando la sangre inundaba sus mellados botines, con la boca reseca y la sien palpitándole a martillazos, sintió que la vida se le iba por aquel ardoroso boquete. Sus ojos comenzaron a ver minúsculas mariposas de colores y las figuras que tenía enfrente se difuminaban en sombras; ya sin aliento, cayó de bruces, pesadamente, como un pelele. Sólo entonces acudieron a auxiliarlo. Por orden de la anciana los peones lo condujeron al interior. Sobre un sofá cortaron los pantalones y dejaron al descubierto una herida sangrante –un tajo de bala había desgarrado el músculo sin tocar hueso- a la que tras duro trabajo cicatrizaron.

Dos días y dos noches ha sido presa de una fiebre delirante que ella ha calmado con húmedos paños fríos. Después de estos desvelos y curas nocturnas cedió el caluroso estupor de sus temblores. Una mañana, ya repuesto, se dio cuenta que se hallaba en una cómoda cama de madera torneada en caoba, amplia y abrigada, de almohadones muelles, frazadas atigradas y sábanas de bayeta serrana. Entonces, la vio a ella, a la vera de la cama, sentada sobre un butacón de cuero y madera. Negrísimo moño aprisionado por peineta española, chapas naturales de sobrio rubor sobre el rostro capulí, ojitos claros como puquiales guarnecidos de largas pestañas, naricita respingada, labios mórbidos, húmedos; aretes de oro adornando las orejitas pequeñas; cuello alto y delicado rodeado de blondas de Holanda de la “polka”  ceñida que destacaba la firmeza de sus senos; cintura fina, abismada en el aterciopelado mar de sus polleras. Mudo de asombro quiso articular palabras, pero ella le ordenó callar. Le explicó que viéndolo herido pensaron que era defensor del pueblo pero que por sus delirios se habían enterado de que era un invasor. Que no se preocupara, igual sintió su deber cumplir el mandato cristiano y al no haber muertos en las filas ciudadanas, su culpa no era grave. Desde aquel día, con un esmero extraordinario ella le regaló con sus cuidados. Sabrosos y reconfortantes sancochados cerreños, frituras crepitantes, jugoso guisos, mondongos rubicundos, caldos de gallina, charqui, mote, leche, queso, mantequilla; toda la variada potajería minera fue degustada por el bandolero arreciando carnes y templando nervios. Afuera, nadie estaba enterado del milagro.

Desde entonces las charlas también fueron más íntimas derivando finalmente en cuitas sinceras. Así nació el amor entre ellos. Una noche con pudor en los labios, ella le contó que muy niña había sido casada con un rico minero que la adoraba pero que en un viaje a sus haciendas de la Quinua, la descarga de un rayo lo había fulminado. Desde entonces, auxiliada por la diligente firmeza de su madre había gobernado en las haciendas y minas que su esposo le dejara.

Así también, en la intimidad de estos largos coloquios, él le franqueó las verdades de su vida. Su nombre completo era Telmo Luis Pardo Novoa, nacido en Chiquián el 19 de agosto de 1874. Que su padre, don Pedro Pardo, Gobernador del pueblo la había emprendido contra él, su propio hijo, castigándolo con zurriagos que terminaban cubiertos de sangre. Estos azotes, lejos de rendir su carácter  levantisco, lo exacerbó de tal manera que lo hizo odiar la casa paterna. En 1884, muere su padre en una balacera dejándole como única heredad su libertad absoluta y su carácter aventurero. Así, desde los diez años, comienzan los agitados episodios de sus andanzas. Le confesó también que a los dieciocho años había descubierto el amor por primera vez. Julia Ramírez le había rescatado para la quietud y tranquilidad, apaciguando un tanto la tolvanera de sus aventuras.

—- Pero, qué quieres, vidita –siguió diciendo- el hombre propone y Dios dispone. Al comienzo pude subsistir en tranquilidad, en paz con mi compañera,  realizando trabajos de campo en la chacra, pero… ¡yo no puedo permanecer en sosiego! La tranquilidad me atosigaba. La aventura me reclamaba. Era una llamada apremiante que no pude dejar de atender y… una madrugada cualquiera partí para nunca más volver…

Un silencio inundado de recuerdos invadió la mente del aventurero que, emocionado, siguió relatando sus cuitas. Tenía veinticinco años cuando conoció a otra mujer, bella como un sol, delicada como una filigrana, pero comprometida para casarse con otro. Adorándola como la adoraba, no pudo más;  su pasión llegó a desbordarse y sin dique posible que lo contuviera, el día de su boda con el otro, así vestida de blanco, la subió a las ancas de su potro y se la llevó. Perseguido por todo un pueblo corre por punas y quebradas, vence jalcas y farallones, transita por el borde de los ríos, por las crestas de las montañas, avanza de día y de noche hasta que, perdido su rastro para los persecutores, encuentra un hermoso remanso serrano donde instala su nido de amor. La felicidad inconmensurable que llegó a vivir, duró tan sólo un año. Una tarde entre gritos y estertores de parto, la mujer que tanto amaba muere en sus brazos. Enterrando los cadáveres de su mujer e hijo, huyó acongojado, más rudo e implacable que nunca; ya sin fe, ya sin esperanza.

Cuando en 1899, el eterno revolucionario Augusto Durand pasa por Chiquián buscando adeptos para la causa del pierolismo, traba entrañable amistad con él. El caudillo político le perdona el que haya dado muerte a su compadre Emilio Orduña y una mujer alegre que lo habían traicionado. Prometió su lealtad a cambio de la amnistía cuando llegara al poder. El círculo se cierra detrás de él. Perseguido por robar a los ricos para dar a los pobres y por unos crímenes en defensa de su vida, huye a Chile a bordo del MAPOCHO en calidad de marino. Durante la travesía sostiene un pugilato con un negro panameño que al verse perdido trata de herirlo con una chaveta pero él le dispara. Ya en Lima se enrola a las huestes de Durand que le promete perdonar todas sus faltas al tomar la Presidencia del Perú.

— Y aquí estoy, vidita, rodando incontenible, herido y sólo con tu amor.

Así los días fueron pasando uno tras otro. Pardo iba entonando sus músculos con ejercicios diarios sin asomar a la calle. Todo conocimiento del mundo exterior se circunscribía a los periódicos de la ciudad que ella, diligente y amorosa le leía. Por ellos se enteró de los homenajes a Negrete, la persecución a Durand, el apresamiento del coronel Flores, su jefe en la empresa revolucionaria; pero lo que más lo enfureció fue que en un exabrupto, hijo de la soberbia, el Prefecto Negrete, triunfador de la contienda,  había dicho que le habría gustado enfrentarse cara a cara con Luis Pardo para echar por los suelos el mito de su valentía. Esta manifestación emitida más por jactancia que por razonamiento, le causó el impacto de un reto que él, Luis Pardo Novoa, invicto bandolero de leyenda, guardó celosamente en su calenturienta cabeza aventurera para hacerlo valer llegada la ocasión.

Pasados los días, ya completamente sano y fortalecido, recibió de su amada el regalo de un moro cuatralbo de sus campos chacayanos; aceitó sus pistolas y se alistó para la partida. Cholo aventurero metido a bandolero, sin más ley que su revólver, sin más amigo que su caballo, con infinita lealtad para aquella cerreña bella y admirable que le había salvado la vida cobijándolo amorosamente bajo su techo.

Ella ni siquiera trató de sofrenar aquel torrente de sangre desbocada que nuevamente se aprestaba a la aventura. Sabía que sus ruegos, súplicas o reconvenciones habrían sido inútiles. Sólo atinó a vivir con una fiebre extraordinaria su amor aquellos días postreros hasta que, una noche de plenilunio, tras un largo beso apasionado le dio el adiós definitivo.

— Que Dios te bendiga por lo buena que has sido conmigo. –Dijo él- He  vivido los momentos más hermosos de mi vida y no los olvidaré jamás. Te lo juro. Te digo que siempre estarás conmigo en mis recuerdos. Ahora me marcho, pero antes voy a cobrarle una pequeña deuda a tus paisanos.

La ciudad ha silenciado los ruidos de su acezante trajinar minero. Es noche de junio. Sólo se oye las campanas del reloj público anunciando la marcha del tiempo y el susurro de un viento helado y cortante. Nocturno remanso que acuna el justo reposo de tantas vidas heroicas y laboreras sobre el efluvio sutil de su argentado basamento de plata.

Uno que otro ladrido denuncia el paso del emponchado jinete que a trote lento se dirige al centro de la ciudad. El sombrero a la pedrada cubre su frente amplia y despejada de tez morena, cejas pobladas y tupidos bigotes negros, enérgicos y achinados ojos pardos en rostro misteriosamente oriental. A esa hora, en el exclusivo Hotel Universo, a una mesa pródiga de copas y naipes, cinco potentados mineros hacen los honores al Prefecto, el coronel Octavio Negrete, triunfador de la Batalla de la Esperanza. Los naipes van y vienen alternando la suerte de los jugadores, viejos rocamboristas que, en aquel tapete han dilapidado millonarias fortunas. Hace ya buen rato que los contertulios, avivando el juego emocionante, apuran el contenido de sus copas de jerez y mistral cuando se abren de par en par las puertas de cristales y entra un moro cuatralbo guiado por su jinete; la mano izquierda sujetando las bridas y la derecha sobre el bruñido pomo de su revólver. Alelados los viejos jugadores miran al hombre que acaba de entrar sin poder dar crédito a sus ojos. ¡Cómo es posible que, a ese recinto exclusivo de magnates y señores al que no puede entrar así no más cualquiera, se atreva a ingresar cabalgando ese rufián?. La sorpresa los tiene perplejos cuando la voz del recién llegado se escucha en la estancia.

— ¡Mozo! Sírvales una vuelta igual a los señores. A mí me da una de la misma.

— ¡¡Quién es usted…!!! -Pregunta el Prefecto- para que en esa forma prepotente y descomedida ingrese a este local sin ser invitado…!

— ¡Soy el que usted quería tener enfrente, señor Prefecto: soy Luis Pardo Novoa…! -Las palabras se hielan en los labios de los jugadores, las miradas sorprendidas se entrecruzan y luego la fijan en aquel hombre de recia personalidad que termina diciendo- ¡Sólo quiero tomarme un trago con ustedes!…¡¡Salud!!- los hombres, mezcla de respeto y temor- se ponen de pie y de un solo golpe escancian sus copas. El silencio total en el que se ha sumido la sala permite escuchar con toda nitidez el tintineo de dos quintos de oro que el facineroso ha dejado caer sobre  el mostrador en pago de su pedido. Después, con el rostro sereno, tiempla la rienda y retrecha el noble bruto hasta la puerta, luego gira volviendo grupas hacia la calle y dice:¡¡Hasta la vista, señores…!!!.

Y se va solo, solito, como siempre, como los guapos, sin volver la cara, sin temor a un tiro traicionero; él sabe muy bien que los cerreños son muy hombres para eso. Sabe que la lección no la olvidarán jamás. Y con el abrigado poncho de vicuña esculpiendo su cuerpo se pierde entre las sombras de la noche minera.

Carteles me van poniendo,

                                      ¡Libertad!….¡Libertad!

                                      carteles para olvidarte,

                                      ¡Viva la esperanza!

                                      ¡Me voy, te dejo llorando!.

Allá atrás, abrumada por el recuerdo de un amor que se pierde, la linda cerreña enamorada enjuga sus lágrimas encendidas de amor y recuerdos.

Luis Pardo Novoa 2

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