(Nuestros escritores) Eleodoro Vargas Vicuña

Eleodoro Vargas VicuñaHay una particularidad que los asemeja a muchos cerreños que han dejado nuestra tierra cuando eran todavía niños. Unos afirman: “Bueno, sí soy cerreño, pero me vine a Lima siendo muy niño”. Lo dicen como si hubieran nacido en un gueto del cual “felizmente”, ya se han liberado. Estos son los menos. Los más niegan a su tierra abiertamente porque se “avergüenzan” de ser cerreños. Tal es el caso de un “arribista” que, por esos azares del destino y su habilidad trepadora ¡claro!, llegó a ser estrecho colaborador de los gringos de la “Cerro de Pasco MIning”. Su incondicional servicio a los extranjeros en detrimento de su tierra y sus gentes, le ganó el desprecio y hasta el odio de éstos. Entre los gringos se sentía a gusto. Arrinconado y apocado, compartía los convites de sus amos. Atento al menor deseo de los que mandan, no perdía la oportunidad de complacerlos puntual y rápidamente. Lo único que le faltaba era su librea. Habría hasta la vida por ellos.

Bueno, el caso es que a este espécimen  lo dejé de ver por muchos años. Cuando los gringos se retiraron él hizo lo propio. Hace pocos días lo encontré en otra compañía minera en donde afirma que es trujillano. Norteño él. Cuando recuerdo vivamente que en su juventud tocaba el saxofón en una orquesta vernacular del Cerro de Pasco.

Esta digresión –discúlpenme ustedes- viene al caso cuando de hablar del poeta Vargas se trata. Él también, ocultando su origen en la alta tierra minera, pregonaba a voz en cuello haber nacido en Arequipa. Siempre lo sostuvo así, hasta que el poeta Juan Gonzalo Rose lo aclaró: “… descubrí que sólo fumaba unos cuantos cigarrillos “Inca” y, tramontos después, que había nacido en un villorrio llamado La Esperanza, en el círculo gris del Cerro de Pasco”. Claro que sí. Lo dice su partida de nacimiento. Tal vez esto le ocurrió porque confesaba: “Siempre me he sentido un hombre fantasmado, como un hombre que no tenía existencia” Es más, por la década del treinta, su padre, Eleodoro Vargas, ocupante del cuarto A3 del campamento La Esperanza, jugaba al fútbol por el “Club Centro Tarmeño Social y Deportivo” en la plaza de interior derecho, completando el trío central con César Pajuelo, interior izquierdo y César Pérez Arias, centro delantero. Su madre, una mujer extraordinaria, depositó en él todas sus esperanzas y siempre estuvo respaldando sus inquietudes. Él mismo lo confirma: “Me matriculaba en infinidad de cursos, me matriculaba por ejemplo en cursillos de idiomas, en inglés; mi madre siempre estaba presta en apoyar mis inquietudes y ella luego me preguntaba pero yo nunca le di cuenta de lo que hacía”.

Sabemos que estudió en Guadalupe, más tarde en San Marcos para luego pasar a Arequipa: “Eleodoro regresó a Lima, desde Arequipa, con el actor Hudson Valdivia, el narrador Oswaldo Reynoso y el estudiante de farmacia Edgardo Pérez Luna, decidido a “conquistar la capital’; todos serían a su turno personajes importantes en el panorama de la cultura peruana”. Publicó, “Nahuín” (1953), “Taita Cristo”(1964), y “El cristal con que se mira” (1975), entre otros.

Cuando fallece de un cáncer terminal el 11 de abril de 1997, el mundo cultural del Perú se estremeció. Nuestro pueblo respetó su muerte como respetó con  indiferencia su alejamiento expreso de la tierra minera. Él no quiso al Cerro de Pasco y, en reciprocidad, “el círculo gris del Cerro de Pasco”, lo ignoró. ¡Lástima!. Fue un gran escritor. Presentamos uno de sus relatos.

EL  TRASLADO 

Cambiamos de lugar aun después de muertos. Que no podemos quedarnos aunque protestemos. El celador había ordenado y tenía que cumplirse, por eso, al panteón fuimos para cambiar de nicho a la tía María. Sus hijas, mi mamá y las que la conocieron. Para mí sería la primera vez que vería su ataúd.

Se llevó agua bendita de la misa que se dijo a su nombre. En la tarde con sol y viento, por el camino se levantaba el recuerdo como polvo.

Nadie iba sino bordeando, arrancando ramas, hierbas y una que otra flor que se ocultaba. Yo quería una tuna, la cogí para llevarla.

Anduvimos en silencio, que para llegar a la muerte basta. Abrió la puerta don Hermógenes. Llave grande y pesada para puerta grande de eucalipto. Era para conmoverse ver encima en el dintel hombre y mujer agobiados cómo lloraban, cómo recordaban la muerte de su hija.

Llegados, todos se persignaron. Algunos intentaron llenar de palabras al Padre Nuestro olvidado. Había para querer, pero yo no sé qué cosa. El nicho viejo, con los cascajos que se caían, fácil de abrir.

Y todos quisieron ver más. Adrián y Francisco se acomidieron. El cajón fue saliendo. Se le sacó como si cubriera todavía la sombra de tantos años y telarañas. Tenía algunas partes huecas, podridas.

  • Le ha goteado agua- decían.
  • Es el tiempo –agregó Esther, cubriéndose la cabeza con el pañolón. Yo no quise pensar que por allí entrarían gusanos o se saldría ella por las noches.

Ya  en el suelo se le roció con agua bendita. Y rezar fue todo el acontecer que nos unía. Orábamos. La que sabía lazaba la voz, yo le repetía. Nos sentamos. A qué apurarse. Y estábamos que ni conversábamos. Humeando el cigarro nomás o hinchando con la coca los carrillos.

El panteón está en declive. La parte de arriba es la que se dedicó para los nichos nuevos. Allí estaba la de la tía María, comprado con el ahorro de tres cosechas.

Subimos. Los cargadores subían a paso de procesión: dos para arriba, uno para atrás. No es que pesara ¿o pesaría? No podían apurarse. Yo quería que fuera rápido, pero como algo que debiera durar también. Tenía la conciencia en el pecho que me descontentaba.

De la llegada, a ponerla en su nicho, esto debió ser: Que todos querían, o como yo, qué lo que se quería y lo que no. Pero hubo llanto de dolor. Hubo gentes en la loma (aquello que se veía desde la carretera) que se movían como cuando se entierra.

Ajenos, los chicos correteaban por abajo. Mientras se abrió el cajón. ¡Miramos!

Del silencio; un grupo de pechos ahogados; de nuestras cabezas que le cubrieron el cielo; de aprisionada por nuestra ternura, estaba allí.

La tía María estaba allí. Estaba su esqueleto. Su ropa de la tía María. Sus zapatos de hule intactitos. Sus cabellos frescos. Sus huecos. Su humedad. Sus límites. Su pobre carne reseca. Su tierra. Su silencio. Su alma.

¿Su alma? ¿Estaba en el alma de la tía María? Lo que dijimos no cuenta. Todo de ella. ¿Pero esperaríamos que hablara? Y nos buscábamos en los ojos casi culpables: ¿Dónde la tía María?

De su ataúd a mis ojos. De mis ojos a otros ojos. Nos enredábamos pupila y corazón de buscarla. Estaba allí. Pero ¿Dónde? Preguntábamos a fuerza de llanto, de soledad. A fuerza de querer estallar casi. Unos, entregados al silencio. ¿Yo?

Como sombra se cerraba, con agua bendita, con flores, con nuestro cariño, la cubrimos nuevamente. Sentíamos la tarde como un gran sepulcro en dónde penábamos.

Esther contó en la merienda:

  • Cuando me fui detrás del nicho, no sé qué pasó. ¡Sentí un frío! Después, que me jalaron el traje. Asustada, bajé corriendo, pero ya no tuve pena. Todo se había clareado.

Don Pancho, que comía desganado, dijo:

  • Allí estuvo ella. ¿Y no haberla visto?

Luego, como apagarse el lamparín, cerró sombra que nos separó del pueblo.

Eleodoro Vargas Vicuña 2

 

 

 

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