EL MILAGRO DE TAITA CAÑA

Taita CañaCuentan que entre los primeros españoles que vinieron a trabajar las minas de plata de San Esteban de Yauricocha, estaba uno muy joven y apuesto de atrayente simpatía. Decidor de hermosos versos acompañado de su guitarra  se había adueñado del amor y del sueño de las mozas lugareñas; pero donde había ganado fama regional era en el juego. No había ningún secreto para él en los naipes o en los dados. Es más, era un diestro tahúr que pese a su juventud, había logrado derrotar a experimentados jugadores despojándolos de sus riquezas.

Los testigos de sus hazañas, admirados y misteriosos, aseguraban que era poseedor de un mágico talismán de ocultos poderes que le hacían ganar indefectiblemente. Lo cierto del caso es que, así como ganaba con facilidad a sus rivales, así dilapidaba su dinero a diestra y siniestra. Su impactante continente de rostro perfecto y barbas largas y rubias, era por otra parte, irresistible imán para las mujeres. Su alegría y buen trato eran bienvenidos en las reuniones y juergas mineras de aquel entonces. Como es natural, todas estas buenas disposiciones no hicieron sino ganar admiración y el cariño de casi todos y, odio, envidia y encono de algunos resentidos.

Así pasaban los días en la Villa Minera que como diversión para los hombres sólo había tres caminos: el vino, las mujeres y el juego. Y en estos tres renglones, nuestro personaje era el rey.

Una noche, al llegar a la soledad de su vivienda, la encontró tan silenciosa y fría que se puso a meditar muy seriamente. Nada de lo que había obtenido en la vida le satisfacía. Las mujeres que había conocido habían desfilado una a una sin dejar más que recuerdos  gratos; ninguna había sido capaz de ganar el corazón del disoluto y aposentarse en aquella fría morada como dueña y señora. Su guitarra, ayer saltarina y alegre, sólo le hacía cantar nostalgias y añoranzas. Del dinero juntado, pensó que lo mejor sería repartirlo entre los pobres; de esa manera –pensó- llenaría con algo de calor su dolorosa vida vacía.

Es así que el joven tarambana en forma verdaderamente insospechada y misteriosa cambió radicalmente de actitud. De parrandero y mujeriego impenitente se convirtió en un hombre apacible y sereno. De jugador fanático y perenne en piadoso y misericordioso bienhechor de los pobres que acudían a él con las manos extendidas para salir con las dádivas colmadas. La gente, entre curiosa y sorprendida, no se explicaba la razón de este cambio.

Una noche soñó al divino Cristo que se presentaba sonriente y fraterno diciéndole que hacía muy bien en arrepentirse de sus pecados y que Él, le protegería con amor en todos sus actos; que no tuviera cuidado y que orando, meditando y ofrendando su alma a Dios, alcanzaría finalmente la gloria eterna.

Al rayar el alba, el hombre había quedado convertido a la fe por la gloria divina.

Entonces, para purgar todos sus pecados decidió llevar una vida de austeridad y recogimiento. Se dedicó a orar y meditar devotamente pasándose horas enteras en su encierro. Las personas sorprendidas por la transformación, especialmente los envidiosos, hicieron correr la voz de que todas las horas que pasaba en su reclusión las dedicaba a contar los dineros que habían ganado en el juego.

Por esta razón, unos malandrines que creían a pie juntillas lo que el vulgo propagaba, ingresaron en la casa del penitente una noche oscura con el fin de robarle. Le conminaron a que les diera todo lo que tenía y al recibir la respuesta lógica de que nada poseía, comenzaron a golpearlo despiadadamente. Presas de ira lo desnudaron y flagelaron sin piedad para hacerlo hablar.

El zurriago ya estaba cárdeno de sangre, el cuerpo cubierto de heridas y sudor, completamente desollado. Estaba exangüe. Cuando ya amanecía, temerosos de que los vecinos pudieran avisar a los alguaciles, dejaron de azotarlo, lo hicieron sentar y al verlo parecido a Cristo, un malandrín cogiendo una caña que por ahí encontró, se la puso en las manos atadas y lánguidas como al divino Nazareno.

Al ver su inmovilidad, uno acercó su oído al corazón del penitente y comprobó que acababa de morir. Ante el espantoso crimen que habían cometido, huyeron dejando abandonado el cadáver.

Como al pasar los días nada nuevo ocurría, los criminales pensaron que tal vez no habían matado a aquel hombre. Supusieron que repuesto del castigo se habría levantado y que estaría vivo. Esperaron unos días más y al ver que nada acontecía, fueron nuevamente a casa del flagelado, y grande fue su sorpresa al no hallar el cuerpo. Buscaron toda la noche y cuando ya estaba amaneciendo encontraron un arcón que abrieron violentamente.

Quedaron pasmados e inmóviles. Dentro se encontraba el divino cuerpo de Cristo, flagelado y sangrante, con una larga caña entre las manos, cubierto por una túnica bermeja. Todo fue que lo vieron y como iluminados por una luz celestial cayeron de rodillas, tocados por el divino amor.

Afligidos imploraron perdón y a partir de entonces, cada uno de ellos, como miembros de una cofradía naciente llevó a su casa la divina efigie por un año y al siguiente lo tenía otro; así hasta que uno a uno fueron muriendo y, al desaparecer este grupo de conversos, respetables familias cerreñas la llevaron a sus hogares colocándola en un oratorio donde todos los fieles iban a rezar. La últim familia que la tuvo fue la de don Julio Patiño León. Esta tradición se conserva hasta estos días y “Taita Caña” viene impartiendo sus milagros y bendiciones a todos los fieles cerreños.

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