Cosas de chinos y japoneses (Segunda parte)

Familia Japonesa
Retrato de familia japonesa en el Cerro de Pasco

La vida de los inmigrantes Retrato de familia japonesa en el Cerro de Pasco

El caso es que, católica como era la familia, decidió bautizar al niño en la pila de Chaupimarca. Para el caso hicieron circular hermosas esquelas, trabajadas en finísimo papel de lujo y, marido y mujer, con un comedimiento extraordinario, fueron de casa en casa para entregar personalmente las esquelas del convite. Los invitados, naturalmente lo constituían lo más selecto del Cerro. Ningún personaje notable había sido excluido. Todos ellos, en el momento de ser invitados para la fiesta, escucharon la repetida intención del nipón de puntualizar que la hora del ágape sería las ocho en punto de la noche.

Así llegó el día del acontecimiento. Efectuada la ceremonia religiosa que contó con el apadrinamiento del Prefecto y esposa, pasaron a la casa del oferente.

Todos quedaron deslumbrados al llegar.

La casa, había sido iluminada desde los portales, profusa y artísticamente, con farolas orientales de notable factura. Todo relumbraba. El piso alfombrado, los muebles, cuadros y macetas de flores primorosamente colocados, trabajados por la delicada mano de la señora de la casa. Sobre la mesa central, vistosa y apetitosa muestra de la dulcería japonesa. La vajilla de extraña y atrayente porcelana concitó la admiración general. Desde la entrada se vio el señorío de los anfitriones. En un marco de reverentes inclinaciones y sonrisas se dio inicio al ágape correspondiente. Era las ocho en punto de la noche. La señora se lució de lo lindo en aquella oportunidad, no sólo en la pródiga atención de sus invitados sino cuando, a insinuación de su esposo, sacó un  instrumento de cuerdas de angosto cuello y cuerdas cantarinas, de  sonido sordo pero hermoso al que la señora con sumo deleite comenzó a arrancarle hermosos compases. Era el tradicional Samisén, instrumento japonés que sólo las mujeres tañen en el Imperio nipón. Provista de una lengüeta de carey en la mano derecha, regaló no sólo con dulces melodías niponas, sino que en determinado momento emocionó a sus invitados con conocidas y hermosas mulizas. Los aplausos premiaban el regalo artístico en el momento en que varios aldabonazos sonaron a la puerta. Cuando la ventanilla fue abierta por el anfitrión, apareció la figura del ilustre Presidente de la Corte Superior de Justicia que trataba de justificar su tardanza, cuando con una pasmosa tranquilidad se oyó decir al nipón

— ¡Perdóneme doctor, pero ra invitación fue hecha para ras ocho!. Gracias –y cerró la mirilla y la puerta siguió cerrada. Clara muestra del orden y la disciplina japonesas que todo el pueblo comentó.

Pero la cosa no quedó ahí, porque después de la comida, estaba lista la orquesta con los mejores músicos cerreños para alegrar la reunión; la misma anfitriona pasó de invitado en invitado una copilla muy hermosa de porcelana japonesa, conteniendo un licor amarillento espumoso de fuerte bouquet.

— ¿Qué es esto, Julio? – preguntó el “Capachón Minaya” que también había sido invitado por ser vecino del barrio de la calle del Marqués.

— Esto ser ra cerveza japonesa, Arberto. Espero que te guste… ¡Sírvete….!

—  !Esta bien, Julito, está bien –contestó el “Capachón” que se notaba a las claras que desde mucho antes había empinado el codo- Pero si es cerveza no debes servir en estas copillas tan pequeñas. Para eso hay vasos…- En realidad la desafortunada intervención del “Capachón” había despertado un automático rechazo en los presentes que de una u otra manera trataban de contemporizar la desatinada participación.

— Este trago llamarse Sake, y es de arroz, preparado por mi señora. Hay que tomaro de a poquitos porque es muy embriagante…

— ¡A mí no hay trago que me tumbe! Tú lo sabes Julio- dijo el “Capachón” y en  actitud censurable tomó el recipiente principal desde donde se derivaba en las copitas, y sirviéndose en un vaso, apuró el sake de un solo tiro. Fue suficiente. Muy poco tiempo después roncaba como un descosido en un rincón de la sala y no gozó de aquella inolvidable fiesta peruano – japonesa.

Pasado el tiempo, tras el alevoso ataque a Pearl Harbour (7 de diciembre de 1941), por el dramático cariz político que sufrieron las relaciones de América con el Japón, comenzó la persecución de los japoneses que, antes de ser enviados prisioneros, con la pérdida de todas sus pertenencias a Cristal City en Estados Unidos, decidieron trasladarse a otros pueblos del interior, Huánuco, Jauja, Tarma, Huancayo…  En aquel momento, la Cerro de Pasco Copper Corporation, era el más importante enclave del capitalismo norteamericano en el Perú y, como es lógico, no podía convivir en un mismo espacio con los hijos del sol naciente que acababan de atacarlos. Muy pocos japoneses, amigos del pueblo, venciendo mil y una dificultades -especialmente represiones alentadas por los yankis-, quedaron dentro de nuestras fronteras, los Shiraishi, Yokota, Noda, Morita y Takishan.

La presencia de los nipones en nuestra tierra minera confirmaba lo que había dicho, Juan Jacobo Von Tschudi: “Los pueblos de todos los continentes están representados allí,  porque creo que no habrá país de Europa, Asia o América que no tenga en esta ciudad a uno de sus connacionales”.

 

 

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s