OTRA MÁS DE LAS “CASAS MALAS” (Segunda parte)

casas malas 4Omara era una rara preciosidad. La exótica hermosura de su continente restallaba en su sedosa piel agarena, en sus ojos fastuosos pero inexplicablemente tristes, en sus labios carnosos, en su cuerpo alto y fuerte de senos turgentes y mayúsculos, en sus piernas torneadas y duras, en su grupa poderosa y colosal hecha para el amor. Todo su ser exhalaba sexo. Era generosa y deslumbrante con su melena negra y su sonrisa provocativa y engreída. Una atrevida blusa floreada  le permitía el lucimiento de esas tetas de reina que gritaban: “Agárrame y ámame” y entre esas dos prominencias de ensueño, una cadenita que terminaba en una cruz diminuta, brillante, pulida, de oro. Todos los parroquianos que llegaban al “Rancho Chico” tenían que hacer con ella. Breve y sonoro, de exóticas reminiscencias moras, su nombre había trascendido con creces los linderos del serrallo: Omara.

Virgen de medianoche,

 cubre tu desnudez;

 bajaré las estrellas

para alumbrar tus pies

Sus “amores”, es decir, sus clientes, eran numerosos. Ella recordaba el nombre y apellidos de cada uno de ellos con asombrosa precisión. Esto halagaba sobremanera a los sementales. Encelada y coqueta era una artista en atenderlos como si  cada uno fuera el único. Para cada marchante era la enamorada “chiquilla” que los derretía con sus besos. Todo el rito propiciatorio para el amor era meticulosamente cumplido por ella; desde el lavado con agua tibia  y los excitantes masajes  previos, hasta el momento de la verdad. Entonces se entregaba como una enamorada primeriza, completamente desnuda. Su estrecha habitación abrigada por dos estufas eléctricas fabricadas por sus adoradores (electricistas de la empresa), le permitían estas hazañas amatorias cuando afuera la temperatura se estremecía a diez grados bajo cero.

                                               Toda una vida,

                                               me estaría contigo

                                               no  me importa en qué forma,

                                               ni dónde, ni cómo, pero junto a ti.

 

Amaba quejándose como una niña, gimiendo como una desflorada debutante, excitando con sus besos, resuellos, gemidos y palabras estimulantes, el ímpetu del garañón. El clímax –sentido o teatralmente fingido- le hacía proferir un quejido agudo de gatita herida que llenaba de orgullo al amante.

¡Ay!. Eres mala y traicionera,

                                               tienes corazón de piedra,

                                               porque sabes que te quiero

                                               y me dejas que me muera.

Al terminar la faena amatoria, envolvía su cuerpo en una abrigadora bata para atender el aseo de su amante. Con el beso de despedida recibía una generosa retribución a sus atenciones. Con todos era así; por eso es que cada tarde, a su puerta, una enorme fila de obreros y empleados aguardaba sus caricias. Al despedirse, con voz engolada y dulzona, los invitaba a que vuelvan a amarla.

Al dolerme tu ausencia,

                                               por tu imagen suspiro,

                                               y en mis sueños te miro

                                               como frágil visión.

Lo que nadie sabía era que detrás de esa aparente felicidad, un drama muy hondo ensombrecía su vida. Entre sus compañeras, no obstante ser obsequiosa, amable y comprensiva,  jamás fue tocado el tema de su pasado. Su vida era suya y nada más que suya. Las ocasiones en que las nieves las sitiaba y casi nadie llegaba al serrallo, pasaban horas enteras rodeando la estufa del salón, en enjundiosas pláticas donde ella llevaba la voz cantante. Pasajes de la Biblia, hechos históricos, anécdotas amenísimas y mil y un aspectos de la cotidiana existencia expuestos en forma sencilla pero amena que aumentaba la curiosidad de sus compañeras. Todos compartían por igual aquellos estimulantes momentos de amistad. Al final, sin mencionarlo, todas quedaban convencidas de que estaban ante un ser superior. Muchas cosas parecían misteriosas para sus compañeras que no sólo la admiraban, sino que la respetaban ostensiblemente. Alguna madrugada, cuando ya el salón quedaba vacío, estimulada por los tragos, tocaba al piano –sólo para sus compañeras- una sonata bella, muy bella, pero muy triste. Ella les decía que su autor era el músico más grande del mundo y que se titulaba, “Claro de Luna”, pero nunca la terminaba, sus manos se entorpecían cuando un llanto incontenible inundaba su rostro, entonces, la rodeaban cariñosas y como cándidas y sensibles adolescentes, todas lloraban. ¿Quién era, en verdad, Omara?

La fauna mujeril del “Rancho Chico” era nutrida y cambiante. La mayoría llegaba por breve tiempo y después de apoquinarse algunos soles, partía acoquinada por el frío. ¡Eso sí! Cuando apetecida de monedas llegaba una hembra fuera de lo común, la voz chismosa y asordinada, como chispa de mina, circulaba por talleres, oficinas, escritorios, talleres y niveles mineros: ¡Ha llegado una nueva! Y todos, acicalados y con el sobre de pago invicto y engomado iban en pos de la novedad para poseerla, aunque el hacerlo les costaría buenos soles. El cerreño nunca es corto cuando de darle gusto al cuerpo se trata. Las fieles y más queridas, las más solicitadas, eran la “cerreñas” por adopción, Omara, Malena, Norma, la Limeña, Simoné y la negra María. Cada una con su vida, cada una con su historia, cada una con su canción.

Continúa…

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