LOS CARNAVALES DE ANTAÑO (Sexta parte)

Las comparsas, luego de haber recorrido la ciudad y de haber entonado sus canciones correspondientes a cada Club que interviene en esta actividad popular, se retiran a sus respectivos locales para preparar con gran entusiasmo su reaparición de los días domingo, lunes y martes, donde se cantarán las mulizas de cada club participante en el carnaval.

LAS REINAS DE CARNAVAL

Las reinas del CarnavalUna costumbre consustancial a la celebración de las fiestas de MOMO, lo constituyó la elección de las reinas correspondientes a cada gremio que participaba en dichas celebraciones; siendo la principal la reina de la ciudad; también las habían, del Mercado, del Comercio, y de los Clubes carnavalescos. La más importante era, por supuesto, la reina de la ciudad, la mujer más hermosa de todas y a la que se elegía bajo el control de la Municipalidad del Cerro de Pasco en comicios pulquérrimos. De todas las que el pueblo recuerda con cariño no obstante los años transcurridos, el primer lugar lo ocupa María Isabel Revelli Malpartida, lejana descendiente del Marqués de la Real Confianza, luego Lucila Arias Franco, Palmira Arrieta y otras.

María Isabel Ravelli Malpartida, (S.M. Isabel I- 1925) 

Ella ha sido la representante clásica y vigente de la belleza cerreña; incorporada a la mitología de la ciudad minera, con el mismo derecho de hermosura que las vetas de oro y plata de sus minas, que los bellos atardeceres de los soleados meses de medio año o las azules y profundas noches claras donde la luna y las estrellas ofrecen el espectáculo sobrecogedor de su grandeza de pedrería sideral. 

Era una niña todavía cuando sus frescas sienes se sintieron coronadas por la diadema de la belleza citadina. Corría 1924. El pueblo minero de uno a otro confín quedó prendado de su dulce rostro de alabastro de finos trazos y angelical expresión; se suave faz apenas sonrosada con el natural rubor pintado por las caricias de su alta tierra, jamás resaltada con maquillajes o afeites engañosos o superfluos. Hombres y mujeres comentaban admirados la proverbial belleza de sus ojos: cristalinos, apacibles, inteligentes y profundos; ponderaban la tersura de sus cortos cabellos castaños que, en suaves ondas, sedosas y brillantes, adornaban su cabeza. Pero ella, como que es digna exponente de la mujer cerreña, no perdió su serenidad, su modestia, su sencilla gracia femenina. Reina fue, es y lo será para siempre. Nuestro pueblo minero, intuitivo, cariñoso y acertado, conmovido por su sencillez y su grandeza, por su alma noble y por la majestad de su continente y su figura, la proclamó su reina de entre un selecto grupo de hermosísimas  mujeres y, desde entonces, sigue reinando en el corazón de los cerreños. 

Su entronización en el reinado de la ciudad no fue un acontecimiento aislado y localista que quedara circunscrito a nuestras lindes. No. Las principales revistas y diarios del Perú, comentaron el acontecimiento, ilustrándolo con artísticas placas fotográficas del artista cerreño, Mariño. MUNDIAL, VARIEDADES, EL COMERCIO, CARAS Y CARETAS, TURISMO MUNDIAL y ACTUALIDAD PERUANA. 

Aquel año que en el Perú se vivía uno de los momentos más pródigos de nuestra patria, ella presidió las alegres y pomposas fiestas carnestolendas. Sus admiradores la eligieron de un grupo de beldades notables. Allí estaban: Manuelita de la Puente, Rebeca Valcárcel, Juanita Martínez, María Lahw, Josefina Alania y María Malpartida. 

Desde entonces, con ternura, comprensión y diligencia presidió con su belleza cuántos actos culturales, benéficos y artísticos se realizaron en el Cerro de Pasco. Así llegamos a 1930. En aquella oportunidad se realiza en Lima, el Primer Certamen de Belleza del Perú. Allá debía enviarse a nuestra representante ungida por el voto popular. En cumplimiento de esta disposición, la Municipalidad Provincial de Pasco, convoca a un concurso selectivo para elegir a nuestra representante. Como no podía ser de otra manera, el pueblo inscribe a su engreída: María Isabel Ravelli Malpartida, la que, al final, por un notabilísimo margen de puntos a su favor, es coronada con el título de SEÑORITA CERRO DE PASCO, otorgándosele las credenciales para representarnos en el evento nacional. Su desempeño en aquella contienda fue verdaderamente notable. Los diarios de la época destacan la gran chance que le otorgaban los comentaristas especializados de la capital.  

Desde entonces, muchísimos inviernos han lavado nuestras tierras mineras. La voraz  maquinaria del progreso para otros, ha convertido en un enorme cráter a nuestra tierra amada. Ella, S.M. Isabel I, tuvo que apartarse de su lar nativo y con ella, toda la inmensa majestad de su belleza. Tal vez por eso también la nieve que blanqueaba nuestros campos con sus copos impolutos, se han marchado para no volver más. Tal vez. Lo que sí es cierto es que allá en un apacible rincón de su solariega casa limeña, ella evocará con ternura los pasados tiempos, y quizá sus ojos claros color del tiempo, se encharcarán de saudades y nostalgias. Quién sabe. Pero nosotros, desde aquí, desde su Cerro querido le renovamos el vasallaje de nuestro homenaje y nuestro recuerdo. Nuestra gratitud a la mujer que alimentó sueños y esperanzas; que hizo germinar adoraciones y fervores en los corazones de muchos hombres admirables que, rendidos, tocaron a las puertas de su corazón para tener la inmensa dicha de hacerla su esposa. Ella se negó. No podía preferir a un hombre. Se desposó con la grandeza de su pueblo que la hizo su reina y la sigue adorando. Gracias. S. M. Supo usted ser reina y mujer

Las reinas del Carnaval 2.JPG

DE LO QUE HA SIDO Y LO QUE ES EL CARNAVAL EN EL CERRO DE PASCO

Por Carlos Malpartida “Athos”

En los buenos tiempos de la plata, cuando ésta se derrochaba a manos llenas por nuestros abuelos; cuando las muchachas eran sencillas e inocentes como mariposas, porque no sabían de letras con qué dirigir cartillas perfumadas a los galanes, y cuando los chicos no fumaban cigarros hasta cumplidos los 21 años, las cosas pasaban en esta bendita y frígida tierra, tan sencillamente que eran una delicia y una bendición, si los comparamos con los actuales.

Días antes del carnaval, tanto los viejos verdes como los chicos precoces, se daban citas frecuentes para organizar el juego con motivo de la tradicional entrada de Don Calixto y la popular muliza, cuyos simpáticos acordes conquistaban más de un corazón.

  Los gotosos pasteleros de torcidas manos, desempolvaban sus millares de cascarones para venderlos al mejor postor y hacer su agosto a costillas de tantos entusiastas.

Los briosos corceles y los brillantes disfraces eran buscados con afán, mientras las jóvenes casaderas, con esa alegría propia de su edad, sostenían acaloradas discusiones sobre la mejor manera de contribuir a la celebración de esta gran fiesta y de preparar sus atrayentes confecciones. ¡Oh!. Eran soberbios aquellos tiempos que se fueron para no volver.

Llegado el gran día, la ciudad se declaraba en fiesta. El comercio cerraba sus puertas y los balcones eran ocupados por el bello sexo que se disputaba el mejor sitio para presenciar el desfile.

Bien pronto aparecía Don Calixto en brioso corcel, finamente ataviado, seguido por su pimienta que lucía refinado vestido vaporoso de gasa celeste y blanca, acompañada de más de 60 personas cuyos lujosos disfraces costaban centenares de soles.

Instalados en la plaza principal de Chaupimarca, cantaban la popular muliza, una de las cuales reproducimos para que se conozca el gusto que predominaba entonces en esta clase de composiciones.

MULIZA

No hay alma fina que de lo bueno,                                 Bañan rocíos del amor el alma

no forme un sello al corazón,                              y en dulce calma se ve oprimir;

ni hay ser humano que en lo sensible                cuando mil voces brotan mi aliento

no sea apacible a una impresión.                                   porque me siento no resistir.

 

                                                                                  ESTRIBILLO

Amo a una bella que es primorosa                                Si ayes respiro por tu sonrisa

y que graciosa su lira oí;                                      no son pues brisas ni olas del mar,

es lance fuerte si ella supiera                              es la expresión del fino amante

y no sintiera lo que hay en mí.                            que a todo instante quiere exhalar.

 Las mejores voces de esos tiempos eran las de Alvariño, Durán, Venegas, Valdivieso y otros tantos. En la orquesta figuraban los Alcántara, Gutiérrez, Collao, etc.

En diversos lugares de la ciudad se daba lectura al Bando, cuyo tenor redactado con la chispa y calembour más jocoso, hacía reír a mandíbula batiente al numeroso populacho. Una banda de músicos escogidos cerraba este alegre cortejo.

Después de recorrer las principales calles iniciando el juego, la comitiva se daba cita en la casa de Don Calixto donde se servía un espléndido lunch. Las viandas más exquisitas rociadas de fina champaña, el añejo y exquisito cognac, el puro de Ica y las cervezas de varias clases adornaban esas mesas. Al día siguiente los jóvenes de ambos sexos se aprestaban a la lucha. Vestidos, unos de dril blanco y otros sus pantalones parchados, sacos de diablo fuerte, botas de cuero ruso y sombreros de paja se lanzaban en pos de esas aventuras. Con esta feliz indumentaria y una canastilla forrada de roja pana para llevar los cascarones, salían en grupos los jóvenes jugadores dominados de un entusiasmo sin precedentes, que daba gusto verles.

Ya en los balcones o en cualquiera casa particular, se atrincheraban las hermanas y se entablaba la más animada e interesante lucha. Empezaban con unos cascaronazos tan fuertes que bien pronto eran víctimas de sus efectos más de media docena de vidrios que con gran estrépito se venían al suelo, amén de alguna nariz rasgada o algún ojo huero.

Se colocaba una escalera que sostenida por dos mozos servía para que los demás asaltaran a la fortaleza. Los osados recibían una lluvia de cascarones y agua, pero no los detenía en su ardor bélico que por fin tomaba por asalto la fortaleza. Empezaban el forcejeo, los achuchones y los gritos, el rodar de los muebles, la rotura de las copas y vasos y de la caída de los jugadores como latigazos. Al poco rato se oía la voz ¡A la carga! Y todas las niñas acompañadas por las sirvientas, los abuelos y algunos papas se precipitaban sobre los asaltantes y el más lego era amarrado a una silla donde se le coronaba terminando con esta escena las hostilidades. El padre de familia gritaba entonces: ¡Señores, vamos a tomar una copita!, ¡¡Bravo, bravo, a remojarse!!, gritaban los combatientes que destilaban agua como salidos de una batea y luego se pasaba al  comedor donde se notaba la bonanza de la casa.

Mientras esto sucedía los organizadores más entusiastas de la fiesta, entre los que se encontraban los estimables caballeros Venancio Góngora, José Malpartida y Apolinario Franco reunían en la plaza a lo más granado de la sociedad para bailar alrededor de un árbol lujosamente adornado con cintas, frutas y otros objetos de fantasía. Cada pareja se encargaba de cortar con un hacha el árbol, hasta que debilitado éste se rendía al duro golpe de alguna de las parejas que eran designadas en medio de las aclamaciones de entusiasmo como padrinos para el próximo año. Se quemaban gran cantidad de cohetes y cohetecilllos y la comitiva pasaba a la casa de alguno de los invitados donde se bailaba y jugaba hasta el día siguiente.

Y el pueblo compuesto entonces por los llamados barreteros, japiris, y pasaches, cuyos salarios les permitían cierta holgura se divertía también en armonía con sus costumbres. En los barrios de Arenillapata, Puchupuquio, Uliachín y Yanacancha, se reunían partidas de macetonas en son de combate y sin más tramite tomaban a cualquier transeúnte y lo amarraban en una silla, quien para recuperar su libertad tenía que dar dinero en pro de la gente alegre.

Así transcurrían los tres días de carnaval en medio del contento general y los recuerdos más halagüeños. El miércoles se daban cita todos los prosélitos de don Calixto y procedían a la ceremonia de su encierro previa a una jocosa memoria testamentaria.

Ahora todo ha cambiado, en lugar de Don Calixto, se presenta las comparsas de Bonifacio, Mefistófeles y Marisco. Antaño la juventud se mojaba mucho pero se divertía mejor, hogaño el carnaval ha decaído con el cambio de costumbres y la decadencia de la fortuna particular.

Continúa…..

 

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