LOS CARNAVALES DE ANTAÑO (Octava parte)

¡AQUEL  CARNAVAL…!

por César Pérez Arauco    

En el Hospital del Cerro,

mataron una gallina,

y del buche le sacaron

a don Pedro Santiváñez.

Como todos sabemos, la paternal dictadura del “oncenio” de don Augusto Bernardino Leguía (1919-1930) se caracterizó, entre otras cosas, por el gran apogeo, el boato y las inolvidables manifestaciones populares de los carnavales. El Cerro de Pasco de entonces no constituyó ninguna excepción, al contrario, como lo venía haciendo desde los clásicos carnavales de antaño siguió gozando y divirtiéndose a lo grande. A unos de estos años corresponde la estampa anecdótica que aquí les dejo y cuyo protagonista principal es nada menos que don Pedrito Santiváñez.

La fiesta de Momo había causado gran revuelo en el pueblo, especialmente en los clubes carnavalescos que tomaron todas las precauciones a fin de que sus comparsas fueran las mejor presentadas en aquellos días de algazara. Los más notables clubes de aquellos años: Vulcano, Cayena, Apolo, y el flamante Filarmónico Andino, habían preparado con esmero a su orquesta, a su banda de músicos, a sus jinetes, a fin de ganar las más nutridas palmas del pueblo soberano que unánimemente se volcaría a las calles y plazas para escucharlos y solazarse. Las mulizas y los huaynos a cantarse se habían encargado a los mejores poetas y músicos de aquellos tiempos. En los versos a Andrés E. Urbina, Ramiro Ráez Cisneros,  Ambrosio Casquero, Lorenzo H. Landauro, Arturo Mac Donald, Gamaniel Blanco, y otros; la música a cargo de Graciano Ricci, Adrián Galarza Gallo, Daniel Rojas, Armando Paredes Ugarte y Andrés Rojas Quiñonez, entre los más notables.

La Municipalidad Provincial de Pasco por intermedio de su Inspector de Espectáculos, don Humberto Galantini, había reunido a los personeros del los clubes carnavalescos con el fin de acordar el día y la hora en que deberían presentar las comparsas en la ciudad.

Aquí ardió Troya.

Iniciada la sesión a las ocho en punto del viernes -cosa muy rara de puntualidad en nuestra ciudad- los representantes del Vulcano, El Apolo y el Cayena. En forma por demás sucinta habían acordado la presentación en domingo para el Vulcano, el lunes para el Apolo y  El Cayena, dejando el último día para el Filarmónico Andino, aprovechando la ausencia de sus representantes.

La breve y convencional sesión ya llegaba a su fin con la lógica aprobación de los intervinientes que, demás está decir eran los beneficiados, cuando inesperadamente hicieron su aparición los delegados del Filarmónico con Pedro Santiváñez a la cabeza, su joven y dinámico Presidente.

El señor Galantini que dirigía el debate, cumplió con hacer conocer las disposiciones que el Municipio había tomado para la presentación de las comparsas y cuando hubo finalizado…

— ¡Señor, Presidente…. Pido la palabra! –el silencio se hizo.

— ¿Tiene usted algo que argüir…?

— ¡Sí, señor –don Pedro estaba de pie, sereno y firme- ¡En nombre del Filarmónico Andino del que me honro ser su Presidente, ¡Impugno esa decisión por arbitraria..!!- Una explosión de murmullos recorrió la sala y los ojos expectantes de los asambleístas se clavaron en el rostro del Presidente de la sesión.

— ¡Es un acuerdo unánime, señor Presidente del Filarmónico Andino…!

— ¡Arbitario…!

— ¡De ninguna manera…!

— ¡Sí, señor Presidente… Arbitrario porque ha sido adoptado en ausencia de una de las partes interesadas como es mi representada…!

— ¡ Lo hemos debatido democráticamente, señor!…¡Esa es la razón por la que queda como una disposición de la Municipalidad al cual represento en mi condición de Inspector de Espectáculos..!

— ¡Lo invalida aún más, señor Presidente!- el silencio era electrizante en tanto la voz de don Pedro se hizo más sonora- ¡Debo decirle a usted con todo respeto a la Institución que representa, que la Municipalidad nada tiene que ver en este caso. Porque si en lugar de fiscalizar nuestra actividad, nos hubiera prestado alguna colaboración a fin de hacer factible la presentación de nuestras comparsas, gustosos habríamos recibido sus directivas; pero, no habiéndolo hecho, no podemos aceptar esta medida, a mi modesto entender: ¡Dictatorial¡.

Los bulliciosos comentarios que la decidida actitud de don Pedro desató, fueron cortados por el último recurso impositivo y enérgico del señor Galantini:

— ¡¿Quiere decir que usted se opone a que el Vulcano se presente el domingo?!.

— De ninguna manera. Conocemos y respetamos a esta dignísima institución y ella puede presentarse el día que crea conveniente. Lo que yo digo, y ahora lo reitero, es que la Municipalidad no debe disponer arbitrariamente la fecha de nuestra representación.

— ¿Para eso ha venido…?

— Y para informar a los clubes colegas que, el Andino, se presentará de todas maneras el día domingo- Las airadas protestas menudearon siendo las más sonoras las del Vulcano.

— ¡De ninguna manera…El domingo se presenta el Vulcano!!!- La voz del delegado sonó conminatoria y terminante.

— ¡Bien está!. Mi representada, respetando su antigüedad lo hará en segundo término. Pero, como se presentarán a las dos de la tarde; nosotros les daremos una hora y de todas maneras, se haya presentado o no, el Andino estará haciendo su ingreso en la ciudad a las tres de la tarde – Ya se iba a armar una trocatinta mayúscula, mas con mucho tino don Pedro concluyó:-Eso es lo  que queríamos hacer conocer a nuestros dignísimos colegas y habiendo concluido nuestra misión, nos retiramos deseándoles muy buenas noches…

Y diciendo esto salió por entre un callejón de murmullos seguido de los miembros de su directiva dejando atrás los comentarios que se hacían a viva voz.

Esta actitud tornó más grande la rivalidad que desde años atrás había nacido entre el Vulcano y el Andino en su disputa por la superioridad.

Al día siguiente, propalado por EL MINERO, EL DIARIO y LOS ANDES, la actitud de don Pedro se convirtió en comidilla del pueblo. Se tejieron mil conjeturas y las gentes se aprestaban a ser jueces de un singular duelo de calidad artística, entusiasmo, disciplina y organización.

Y llegó el domingo.

Desde las primeras horas de la mañana el sol estuvo inundando de luz el abigarrado y caótico paisaje de la ciudad señera.

A la una y treinta de la tarde, tenía don Pedro Santiváñez, un hermoso caballo moro de impresionante alzada, a la puerta de su casa. Las crines al aire, amplia grupa y firmes agujas, más que un animal era la representación de la majestad equina. Cubierta la silla con hermoso pellón sampedrano y atezado con arneses de plata, el caballo parecía de filigrana. Pinturero y nervioso, muy nervioso, hacía honor a su nombre: “El Gran Diablo” ; había sido crecido y amaestrado en los agrestes y soledosos campos chacayanos. Cuando don Pedro se aprestaba a montarlo, el caballo se mostró inquieto: No conocía al jinete; es entonces que quien lo había traído -eximio y experimentado caballista- don Marcelino Suárez, subió sobre el potro, picó espuelas y a lo largo de la calle del hospital en galope franco y tendido hizo dar varias vueltas y gambetas a  “El Gran Diablo” y luego de una carrera abierta, lo sofrenó de golpe delante de don Pedro, haciendo recostar sobre los cuartos traseros todo el peso del jinete; húmedos y brillantes los belfos “El Gran Diablo” estaba listo para la comparsa.

Con terno negro sobre el cual vistió un fino poncho de vicuña, pañuelo blanco de seda aprisionado con anillo de oro al cuello y alón sombrero blanco de paja de Guayaquil, el Presidente del Andino, también estaba listo.

Conforme lo habían acordado, todos los miembros del Andino estaban reunidos en pleno en el patio de la casa de don Pedro Llacsa, en el barrio de Cabracancha: la banda de músicos, la orquesta, los cantantes, los acompañantes y los directivos. Deseoso de saber si el Vulcano estaba cumpliendo con el programa, don Pedro envió a un jinete a fin de que se informara al respecto y cómo estaba el ambiente del pueblo. De vuelta informó que el Vulcano recién estaba reuniéndose en Patarcocha y que en la ciudad la expectativa era tremenda. Todo el Cerro de Pasco estaba en sus calles y plazas. Eran las dos y treinta de la tarde. Faltando escasos minutos para las tres, el jinete de enlace traía este informe:

— Todavía le falta reunirse al Vulcano en su totalidad. Creo que van a tardar más de de una hora en conseguirlo.

— ¿Nada más…?

— Sí, algo importante. Me han asegurado que los Directivos del Vulcano han jurado bajarlo a usted a riendazos de su cabalgadura en cuanto lo encuentren. Todo el pueblo lo está comentando.

— ¿A sí .. ?. Veremos.

Era las tres en punto de la tarde.

Don Pedro hizo la señal convenida y  El Filarmónico Andino partió a conquistar la ciudad con la extraordinaria escolta de su Banda de Músicos. A poco de avanzar, coincidieron con los carros alegóricos que iban al centro con el mismo destino.

¡Cohetes!… ¡Serpentinas…¡ … ¡Bombardas! … ¡Globos!.

Los carnavales 18Presidía el cortejo la reina de la ciudad con un impresionante séquito. Estaba también la juvenil reina del Mercado, la hermosa reina de la Cámara de Comercio. Todas con sus fastuosas cortes de honor en sus correspondientes carros alegóricos, con sus pimientas, escoltadas por sendas Guardia de Honor, Cancilleres, Chambelán, Infantes y Delfines. Damas con pelucas abundosas con tocados de seda, orillos centelleantes, barras de paño, caireles de ensueño y zapatitos dorados y brillantes. Detrás S.M Andino I, con un vestido deslumbrante seguido de sus estandartes bordados con hilos de oro, escoltado de gallardos húsares de morriones, capisayos y guantes; luego un grupo de extraños príncipes de lejanas geografías, personajes milyunanochescos con alfanjes, dagas de empuñaduras de pedrería, guantes y fornituras de cuero; pierrots de caprichoso vestuario; vaqueros del far West con sendas pistolas sobre pierneras de cuero de oveja, chaleco y enormes sombrerones con barbijo; fantoches comiquísimos; árabes, otomanos y turcos; gauchos con sus chinas de largas trenzas y guitarra en ristre; incas de lujoso atavío, mamaconas, vestales y ñustas de colorines y abalorios indianos; elegantes señorones de cuidados fraques y chisteras brillantes; payasos, duendes y fantasmas; notarios cegatones de espectaculares narices, rojas, pilosas con tamaños lunares cargando descomunales lápices y monumentales libros; saltimbanquis, gitanos, magos y adivinos; piratas de llamativos pañuelos, tuertos y tatuados; bucaneros de manos de gancho, pata de palo y espadas en ristre siempre fieros y malencarados; corsarios con sombreros de tres picos y libreas caprichosas.

            ¡Aplausos!. … ¡Vivas.! … ¡Serpentinas!… ¡Chisguetes perfumados: “Amor de Pierrot”, “Amor de Colombina” y “Amor de Venecia”!.. ¡Globos de colores…. !

La orquesta y los cantantes exultantes de entusiasmo: guitarras, mandolinas, saxofones, clarinetes, fríscoles, trompetas, violines y voces broncas y engoladas, bellas voces cerreñas.

El paso de los doscientos veinte jinetes del Filarmónico Andino fue recibida con estruendosa algarabía popular. Los comentarios de la presentación y las canciones fueron muy elogiosas. Después de hacer su recorrido por las principales calles de la ciudad, cantando sus  mulizas y huaynos en lugares predeterminados, el Andino se retiraba. Había triunfado ampliamente. Ya pasaban frente al Mercado Central cuando inopinadamente se dan cara a cara con los integrantes del Vulcano que recién hacían su ingreso en la ciudad. Los jinetes sofrenaron sus cabalgaduras y las bandas enmudecieron repentinamente. Frente a frente estaban los jinetes de ambos bandos. La expectativa era enorme. La gente presagiaba lo peor y apiñada en veredas y balcones esperaban el desenlace. El silencio era sobrecogedor.

De pronto, la voz clara y sonora del Presidente del Vulcano deshizo el silencio,

— ¡Pedro!… ¡Un abrazo..!

— ¡Dos…! – Respondió don Pedro.

Acercaron sus cabalgaduras y ambos presidentes se estrecharon en un cálido y largo abrazo. Inmediatamente las gentes de ambas comparsas hicieron lo mismo. El pueblo loco de emoción aplaudió entusiasmado el gesto. Y así amistosamente, al calor del cariño por lo nuestro, por nuestra música y versos, aquella rivalidad quedó zanjada.

Ha pasado mucho tiempo de aquello. Nosotros, entretanto, seguiremos aplaudiendo, porque de aquellos años queda en nuestro álbum las mejores composiciones de nuestra música. Eso tenemos que agradecerlo emocionadamente a nuestros viejos.

 

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