EL PUEBLO INCONQUISTABLE (La leyenda de Antapirca) (Primera parte)

la leyenda de AntapircaA sesenta kilómetros del Cerro de Pasco, siguiendo la ruta que conduce a Ambo, bañada por los riachuelos que conforman el Ninaylac que desemboca en el río Yanahuanca, se encuentra Antapirca. Nombre que proviene de dos voces quechuas: Anta = Depósito o almacén; Pirca: = Muro de piedras superpuestas; es decir, almacén o depósito formado por  piedras superpuestas. Rodeado por los cerros Mullín, Yanacaca y Tangor. Colinda con el pueblo de San Francisco de Mosca. Fue reconocida como Comunidad Campesina, el 31 de agosto de 1928 con el nombre de, San Santiago de Antapirca.

Su territorio, va desde los 1530 a los 3700 m.s.n.m recorriendo un espacio que se inicia en Tingo Warmi Wanushga (Donde murió una mujer) y tras trepar zigzagueantes tramos bordeados de retamas, pencas, chirimoyas y huarangos, donde cantan pintorescos zorzales, se arriba a una planicie pletórica de molle (Molle Pata) y tras beber la refrescante agua de Mishquiyacu (Agua Dulce), se llega a Cruz Loma, como centro del pueblo donde, rodeado de macilentas casitas, se levanta la pintoresca iglesia erigida en homenaje a San Santiago.

De este legendario paraje se cuenta una historia que  se divide en dos partes. La primera, referente a sus orígenes y la segunda, a su ascensión a la calidad de Comunidad Campesina.

La primera parte dice que la disposición de las rocas era tal que hacía pensar en un nutrido grupo de personas petrificadas, dispuestas en forma circular, en cuyo centro, un monolito macizo y alargado semejaba un curaca en actitud de oración.

Aseguran los viejos que por aquellos años que se pierden en la nebulosa memoria de sus antepasados, el pueblo se formó con la llegada de fugitivos de la tribu de los “Cañaris”. Estos curtidos guerreros del Ecuador, después de sortear serios peligros de la zona y la pertinacia de sus persecutores, fueron muy bien recibidos por los nativos del lugar. Aquí se aposentaron. Desde  aquellos tiempos perviven -como prueba de este fraternal asentamiento- dos barrios distintivos en  la zona: Chancha y Cañari. No siendo éste un paraje especial para vivir, sólo ofrecía seguridad por estar ubicado en las alturas. Conscientes de sus limitaciones, los hombres trabajaron unidos y solidarios para conseguir el bien común y hacer de su comarca un lugar apacible y feliz.Quedan todavía restos de viviendas erigidas con piedras de diferentes tamaños unidas en pircas tan cuidadosamente fabricadas que han tenido la fortaleza de soportar el paso de los años.

Una de las tantas dificultades que tenían que afrontar  era la clamorosa falta de agua. Tenían que bajar a las partes bajas para adquirir la esencial. Para que la tarea no resultara pesada, se dispuso que el acto en sí constituyera una verdadera ceremonia. Tañendo alegremente pincullos y tinyas, hombres y mujeres, con sendos cántaros bajaban para llevar el líquido y vital elemento; diaria y comunitaria ceremonia que denominaban YACU APAY. Así la tarea se hacía más llevadera y armoniosa. Mucho tenía que ver en estos menesteres, la bondadosa y enérgica personalidad del curaca HUANCARUMI, verdadero mentor y guía de su tribu  que todos unánimemente querían y respetaban.

Acerca de HUANCARUMI, la leyenda nos dice que tenía dos hermanos llamados PINCO-LLANCO y CHACHA-PATA, los  que hastiados de ser maltratados por su abusivo padre, habían huido de su poder. Trabajadores, como los que más, eran sorprendidos diariamente por los nacientes rayos del sol en plena faena. Sin embargo, el anciano padre, armado de un sólido garrote de chonta, exigía más y más a sus rendidos hijos sin siquiera darles el alimento necesario.

Una noche que se habían acostado para dormir, acuciado por el hambre, HUANCARUMI, el menor de los hermanos, aprovechando el silencio y oscuridad reinante, había cogido la olla de barro que contenía la mazamorra de chuño y al ir a dársela a sus hermanos, resbaló con tan mala suerte que el recipiente fue a estrellarse contra una piedra quebrándose sonora y aparatosamente. Despierto el padre se levantó iracundo y cogiendo su garrote de chonta, tiraba golpes a diestra y siniestra, tratando de castigar a los famélicos hijos. Para evitar ser descalabrados los jóvenes, huyeron a campo traviesa por distintas direcciones, perseguidos por fallidos hondazos del desnaturalizado padre. Uno huyó por Pallanchacra donde fijó su residencia y muy pronto se hizo querer por el pueblo; casó con una guapa muchacha lugareña y vivió dichoso el resto de sus días. El segundo entró en la quebrada de Anasquisque, trabajó con el pueblo y en corto tiempo formó un hogar feliz. Querido y respetado por los pobladores, residió venturoso en ese paraje por muchos años.

HUANCARUMI, el más carismático de los hermanos, fue a buscarlos. Pasó por Huariaca, por Cajamarquilla, y un día cuando la sequía se había aposentado en la zona, se encontró  en una soledad inmensa y, creyente como era, pidió al Sol que aplacara sus rigores porque se moría de sed. En el ruego puso toda su fe y emoción, que al momento,  dejó de brillar el sol, y de una roca brotó abundante agua cristalina que bebió con avidez. Cuando hubo terminado de beber, el sol le reveló que debería ir a una elevada zona para su seguridad y fundar un pueblo allí, que él siempre estaría vigilante y atento para ayudarle. Así lo hizo.

Fundó el pueblo y estableció normas que todos obedecieron. Como resultado, las cosechas fueron abundantes y el ganado numeroso.

Las cosas iban muy bien en la comarca, hasta que un día vieron que una legión de extranjeros altos, blancos y barbudos, portando arcabuces, espadas, falconetes y caballos, trataban de apoderarse del lugar. Valientes defendieron la plaza y cuando ya no les quedaban piedras para sus hondas, HUANCARUMI, llamó a su gente para que lo rodearan; él al centro de todos, rogó a Inti para que lo protegiera y al momento quedaron convertidos en piedra, en la misma disposición en la actualmente se encuentran. La búsqueda de los españoles fue infructuosa porque en todo el ámbito de la comarca sólo encontraban piedras. Tuvieron que abandonar la región.

Tuvo que transcurrir mucho tiempo para que nuevos pobladores se aposentaran en ella.

Así, pasados centenares de años, Antapirca se constituyó en un tambo donde tenían que recalar los viajeros que transitaban entre los territorios de Tarama y la joven tribu de los Yaros Yacanes, amos y señores de la  zona. En este tambo regio de múltiples comodidades para chasquis y dignatarios, se aposentaron –cada uno en su oportunidad- visitadores reales del Imperio Incaico primero y aventureros conquistadores después. De aquellos tiempos ha quedado en la tradición, una bella historia de amor cuyos protagonistas fueron un conquistador trotamundos y una escogida del sol, hermosa como la flor más delicada de aquellos lugares.

El “Garashipo” -códice ancestral- refiere que corría el nublado mes de marzo de 1533 cuando el capitán Hernando Pizarro, que andaba por estos lugares en persecución de Chalcuchimac -rebelde capitán de Atahualpa- arribó al tambo de Antapirca. No dejaba ningún lugar sin registrar en busca del proveedor del oro y la plata que satisfaría el pago del rescate real del inca prisionero. Por aquellos días, el pueblo guardaba con celo extremo a la más linda chica del lugar que estaba destinada a ser concubina del Inca y que por su singular belleza era llamada Acclla Cantu, (Flor escogida) adorno y orgullo de aquellos campos.

Todo fue que la vio y el conquistador quedó prendado de la belleza nativa. No era para menos. Su porte majestuoso, cimbreante y provocativo, realzado por unos ojos oscuros y brillantes, rostro armonioso y delicado, enmarcado por una cabellera endrina y abundosa que le llegaba a la cintura, hacía de esta escogida para el inca, la majestad de la belleza. El aguijón fue recíproco. El joven corazón de la guapa aborigen quedó prendado de la apostura del español.  Entre ellos nació una mutua atracción que devino en desenfrenada entrega pasional. Los ímpetus cada vez más renovados por la magia del WANARPO -tradicional planta afrodisiaca lugareña que exacerba la apetencia sexual de los varones- los tuvo prisioneros de un amor de mutua entrega que duró varios días. Al final, obligado a cumplir con el periplo que le había encargado su hermano el marqués Francisco Pizarro, Hernando tuvo que alejarse del lugar: “Volveré por ti, flor de hermosura; volveré para llevarte y ser finalmente felices” le dijo el conquistador, pero urgido por las luchas que después surgieron entre sus gentes, jamás pudo retornar. Entretanto, cumplido el tiempo de gestación, Aclla Cantu, alumbró a un hermoso niño al que llamaron “El Español”, denominación que quedó reducida a España y que más tarde se convirtió en tronco de ramas familiares que todavía vive en Antapirca.

Así pasaron los años, las nieves borraron vestigios de antiguas huellas y el tiempo hizo desaparecer pasados rastros. Rendido el Imperio de los Incas y expulsados los españoles, las abundantes piedras del tambo regio -entonces derruido- sirvieron de base para erigir un templo en honor de San Santiago, patrono del pueblo.

La edificación tardó muchos años. Cuando se hubo terminado, se trajeron cuatro hermosas campanas para coronar su torre; una de ellas tenía la siguiente inscripción: “Santa Catalina, Virgen y Mártir, Año del Señor de 1772”. Asimismo los cuadros interiores de ángeles y querubines que adornan las paredes fueron pintados por diligentes artistas franciscanos que fueron los encargados de la edificación del templo. Hasta que llegó la fiesta de bendición del edificio.

 Continúa……

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