EL VENCEDOR DEL DIABLO (Leyenda cerreña)

el vencedor del diabloEs muy sabido en el mundo entero que a partir de los primeros años del siglo XVII, se consolida el prestigio que venía ganando el Cerro de Pasco gracias a sus fabulosas riquezas minerales. Es precisamente que en 1626 adquiere fama universal cuando desparecen las vetas argentíferas de Potosí. Ese día ocurrió un aluvión estremecedor que un cronista describía así: “El domingo 15 de marzo de 1626, tercera de Cuaresma, entre la una y las dos del día, a la hora en que todos los de la Villa estaban comiendo reventó con gran estrépito la laguna grande de Caricari que sólo los presentes a tan grande estrago pueden deponer de una verdad increíble, de una nunca antes vista pérdida, la mayor que tuvieran los reyes en Castilla y con las más lastimosas muertes que imaginar se puedan; la más terrible tragedia que se hubiera visto en el mundo; justo juicio de Dios por tanto pecado e infamia en Potosí, la Villa Imperial” (…) “De los que describieron este estrago, hay quien diga que de españoles e indios de  la Villa de Potosí, llegaron a más de cuatro mil los muertos”. Es a partir de entonces que  reemplazando al emporio desaparecido y merced a sus notables contribuciones a las arcas reales españolas, se le denomina “El nuevo Potosí”; bien ganado valimiento que se afianza universalmente cuando por Real Cédula de 1639,  se le otorga el título de “Ciudad Real de Minas”.

En todo este tiempo los audaces mineros venidos allende los mares llenan sus faltriqueras con buenos doblones de plata. Entre estos aguerridos aventureros destacaba don Manuel Bautista Pérez, minero portugués que se daba el lujo –en aquel momento- de ser el hombre más rico del Perú. Residente en una amplia casona solariega, frente a la capilla de la Virgen del Milagro, en Lima, con amplísimo patio, escalera principal frente a la puerta de la calle, numerosas habitaciones, corredores espaciosos le daban todas las trazas de castillo feudal. Desde este regio aposento capitalino, el portugués comandaba a distancia, el arduo trabajo minero en sus socavones del Cerro de Pasco.

Era el único minero –cosa rara- que no encontraba dificultades en el recio trabajo de sus minas. Era proverbial su continuo hallazgo de deslumbrantes filones que explotaba con celeridad y facilidad asombrosas. La plata se reproducía misteriosamente. Nunca se supo que tuviera algún tropiezo. Hasta el agua, enemiga declarada y persistente de los socavones, había respetado sus propiedades. No obstante esta suerte que el pueblo no se explicaba, el rico pero avariento minero, trataba cruel y despiadadamente a los astrosos hombres que trabajaban de sol a sol en las negras galerías de su propiedad. Nunca le importó la suerte de estos miserables que, con el sudor y sangre de sus cuerpos, amasaban incalculables fortunas para él.

Lo que el apacible y laborioso pueblo cerreño ignoraba era que el tal Manuel Bautista Pérez tenía firmado un pacto con Satanás, mediante el cual, Lucifer atiborraría de riquezas las arcas del sacrílego minero a cambio de que éste le sirviera incondicionalmente como su ministro en la satisfacción de todas sus apetencias.

En cumplimiento del diabólico convenio, todos los viernes por la noche, en los amplios salones de su casona limeña, Bautista Pérez convocaba a sus numerosos seguidores, más de cien judío-portugueses, a una sacrílega ceremonia de escarnio y afrenta a Dios.

En una espaciosa habitación cubierta de negros catafalcos, iluminada por gruesos velones, se ubicaba el ministro de Luzbel en un amplio butacón negro bajo encarnado dosel. Desde allí dirigía encendidas y demoníacas palabras a los adoradores del maligno que en riguroso orden se dirigían al centro de la sala donde se encontraba un crucifijo de tamaño natural con el cuerpo del Divino Nazareno para azotarlo salvaje y encarnizadamente; siete veces cada uno. Esta era la manera de renovar su creencia y su fe en Satán que, complacido, retribuía con riquezas mineras a sus adoradores.

Un día, imperioso, el exigente Lucifer conminó al minero para que lo acompañara al Cerro de Pasco. Le explicó que la única dificultad que encontraba para el cumplimiento de sus malvados designios de arrastrar a todo el pueblo a su reino del pecado, era el Pan Sagrado de los Cielos que se encontraba en la custodia de oro de la iglesia de Chaupimarca. Que era imperativo sacarlo de ahí para destruirlo: “Sólo así –le dijo- se podrá conseguir que todas las gentes del pueblo me sigan”.

  • Pero, para ti que eres poderoso y en otras iglesias lo has demostrado hurtando el cáliz y el cuerpo de Cristo. ¿Cómo es que en el Cerro de Pasco no puedes hacerlo? –preguntó el ministro.
  • Es que en la iglesia hay un guardián muy poderoso al que realmente temo. Es el Arcángel San Miguel, el Príncipe de los Ejércitos Celestiales, que ya una vez me venció. No quiero darle una nueva oportunidad de hacerlo. Por eso entrarás tú solo y robarás el cáliz y el Pan Sagrado de los Cielos.

Como tenía que ser, el apóstata minero aceptó la orden y una lóbrega noche que el pueblo cerreño dormía, se dirigió a la vieja iglesia de Chaupimarca en compañía de su amo. Ya en la puerta, Mefistófeles entregó un puñal a su ministro diciéndole:

  • Toma, con esta daga, podrás violentar la puerta del tabernáculo y cumplir con todo lo que te ordeno. Yo te estaré esperando a la puerta.

El sacrílego tomó el arma y franqueando la puerta de la iglesia, se dirigió sigilosamente al altar mayor donde estaba el tabernáculo. En el momento de introducir el filo del puñal en la juntura de la puertecilla para violentarla, sintió que una fuerza superior a la suya lo contenía de la muñeca; sorprendido vio que aquella mano blanca y fuerte, continuaba en un brazo hercúleo cubierto con  reluciente coraza.

El profanador quedó como petrificado por un instante, pero temeroso de que el demonio ejerciera represalias contra él, intento nuevamente destruir la puertecilla del propiciatorio, pero esta vez, un fuerte sacudón le hizo girar. En ese momento vio a un joven rubio cubierto de una brillante armadura que con su espada en la diestra y los ojos como ascuas, le señalaba la puerta del sagrado recinto para que se marchara. El intruso no lo pensó dos veces. Presa de terror, salió despavorido, y al llegar a la puerta, fue contenido por Belcebú, que le dijo:

  • No te atormentes. Bien sabía yo que no lo conseguirías. Esta custodia está muy bien resguardada por Miguel el Santo, el Arcángel, el defensor del Pueblo de Dios. Vámonos, nuevamente me ha derrotado.

A partir de entonces, el diablo humillado abandonó el Cerro de Pasco dejando en el más completo desamparo a su protegido que cayó en desgracia; sus minas se inundaron, las ricas vetas desaparecieron como por encanto, y lo que es peor, la noche del diabólico aquelarre del 11 de agosto de 1635, sin que advirtieran que estaban siendo espiados, los judío-portugueses fueron apresados por los alguaciles de la Santa Inquisición. Enterado el pueblo limeño de la profanación de la santa imagen de Cristo por los seguidores del demonio, bautizaron con el nombre de Judas a Bautista Pérez y, la casona donde se realizaban estos actos demoníacos, con el nombre de la Casa de Pilatos.

El proceso de este sonado juicio duró cuatro años en que los judaizantes –todos ellos económicamente poderosos-  trataron de torcer la vara de la ley sin conseguirlo. El domingo 23 de enero de 1639, se realizó el acto de fe en el que Manuel Bautista y Pérez y diez de sus cómplices fueron quemados vivos en la plaza de la inquisición.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s